El Perfecto Prometido | KOOKTAE

Summary

Taehyung el eterno prometido. ———————— ♡ Adaptación al segundo libro de "Señores de las Highlands" de Rowyn Oliver.

Status
Ongoing
Chapters
22
Rating
5.0 1 review
Age Rating
18+

Prólogo

Invierno 1208, Las Highlands

Era el festival de invierno. Como de costumbre, la multitud se congregaba alrededor de la hoguera para escuchar las gaitas ceremoniales. Pero ese año, Taehyung no podría ver a los formidables guerreros con sus tartanes bordados con tupidos hilos, ni escuchar la mágica melodía de las gaitas escocesas resonando en una noche estrellada. El niño estaba acurrucado en su camastro, contemplando el otro que yacía vacío porque su hermana Taeyeon no estaba. ¡Ella sí podía disfrutar del festival! ¡Qué injusticia!

Taeyeon era dos años mayor que él y, por lo visto, mucho más bonita. Hay que decir que Taehyung no lo creía así, pero lo aceptaba; no podía menos que percatarse, que la gente admiraba vivamente la belleza de su hermana mayor. Sus increíbles ojos azules y los graciosos bucles del color de la brea que tan grácilmente solían colgarle a los lados de su rostro, enmarcándolo en un óvalo perfecto, le daban esa apariencia atractiva y etérea. Su tez era pálida, mucho más que la suya, y causaba admiración. Todos, y en un majestuoso conjunto, eran encantos que difícilmente pasaban inadvertidos.

Los encantos de Taehyung, sin embargo, bronceado y pecoso, era una mortificación para él y esta aumentaba cuando sus largas caminatas le arrebolaban las mejillas enrojeciendo sus pómulos altos como si se hubiera frotado moras maduras. Un efecto que aborrecía.

No era justo. Simplemente Dios no había hecho justicia con él.

Cuando toda la admiración recaía en Taeyeon, Taehyung tenía que conformarse con palabras amables: qué niño más gracioso. No esperaba más, tenía el pelo lacio y tan liso como las aguas del lago Tummel. ¡Por Dios, ni siquiera era dorado! Era color del pálido atardecer en un día ventoso o de un terroso que daba espanto. ¿Acaso Dios no podría haber elegido un solo color para su pelo? Parecía que no, sus mechones que se enredaban entre sí anudándose en los días de viento daban la impresión de haber sido tintados mechón a mechón en colores dorados y ocres. Ni siquiera sus ojos, aunque rasgados, destacaban en su rostro pálido y sin gracia, eran de un pardo vulgar.

Pero Taehyung se consideraba bonito, no importaba que con dos años menos que su hermana, en sus ropajes entrasen dos cuerpos de Taeyeon por culpa de su voluminosa figura.

―No es justo ―gimoteó, abrazando la delgada almohada.

Moqueaba. Se enjugó la cara y la nariz goteante con la manga y las mejillas húmedas con los puños.

Era muy injusto que no lo quisieran tanto como a Taeyeon, que en esos momentos estaría divirtiéndose, mientras él se acurrucaba en el catre llorando por las injusticias de la vida.

Golpeando con su puño la almohada, el niño recordó las palabras que horas antes había dedicado a su padre.

―No he sido yo, papá, ella se cayó al río sola ―dijo Taehyung cabizbajo; entretanto, su hermana lloraba desconsoladamente en brazos de su severo padre.

―¿Qué no has sido tú...?

Maldita engatusadora. Taeyeon era tan buena mintiendo como Taehyung trepando a los árboles y tirando piedras con honda, es decir, increíblemente buena.

―Sí, ha sido Raven. ―Taehyung apretó los puños. Así lo llamaban todos por culpa de otro ser insufrible que le hacía la vida imposible: McJeon Jungkook. Ahora no podía quitarse ese apodo de encima. No era Taehyung para el mundo, sino un estúpido cuervo. Pero esa era otra historia―. ¡Ha sido él, papá!

―¡No es cierto!

¡Por supuesto que había sido él! ¿A quién iba a engañar? Pero su hermana era una bruja y se lo merecía. Además, por una vez que Taeyeon decía la verdad… ¡Eso sí era algo nuevo!

Su hermana le había gritado a pleno pulmón lo poco agraciado que era. Ese no era un hecho aislado, solía gritárselo a menudo y lo hizo nuevamente, hasta que su cara se puso del color púrpura.

Simplemente… se lo merecía.

―¡Raven! Te quedarás en la tienda hasta que decida qué castigo ponerte.

¡Por Dios! Como si quedarse en la tienda en plenos juegos no fuera castigo suficiente. Pero Taehyung no lloró; bueno, al menos no al principio, estaba demasiado acostumbrado a todo aquello.

Taeyeon sonrió bajó el brazo de su padre. Quedarse sin recital era un castigo muy duro para Taehyung, su hermana lo sabía bien y por eso se sentía tan satisfecha.

Horas después, acurrucado bajo el manto con los colores McKim, Taehyung volvió a moquear y a hipar levemente.

Cómo echaba de menos a su mamá, al menos ella era dulce y buena y le quería, aunque no fuera tan bonito como Taeyeon.

Su hermana lo odiaba, o eso creía. Sabía que no debería haberla tirado al río, al menos si quería haberse librado de un buen castigo, pero Taeyeon se había puesto histérica por el mero hecho de avergonzarlo ante McJeon Jungkook, a quien quería impresionar. ¡Y que le arrancaran los dientes si él podía decir algo amable sobre ese demonio!

Bueno… quizás puedas decir que es guapo.

Había que reconocerlo, McJeon Jungkook era, sin duda, el chico más guapo del festival, pero eso no era mérito suyo, es que su papá era precioso y su padre el guerrero más formidable que existía y existiría jamás en todas las Highlands.

Solo la figura del Laird McJeon lo hizo sonreír levemente. Este era amigo de su padre y ambos clanes parecían ser amigos, aunque Raven había oído decir que buscaban una sólida alianza.

―Mediante el matrimonio. ―Había escuchado decir a una de las ancianas McJeon mientras lavaban la ropa en el río.

Los hermanos escuchaban a escondidas las conversaciones de sus mayores; a veces las entendía, otras no, pero Taeyeon siempre estaba atenta a la mención de los McJeon. A Raven, por su parte, le traía sin cuidado el primogénito de dicho clan. Lo único que quería de él, es que lo dejara en paz.

No le gustaba Jungkook. El futuro Laird era demasiado alto, demasiado rubio, y demasiado... bueno, tirando con honda. Más que él, maldito fuera. Ya te venceré la próxima vez, maldito narizotas.

En cambio, McJeon Jongsuk era otra cosa. El padre del chico le gustaba de verdad.

El Laird vecino era un hombre gruñón y que al parecer atemorizaba a todos los hombres, ya llevaran su propio tartán o no. Alto y fuerte, con un espeso pelo rubio que su hijo Jungkook había heredado, encandilaba a Raven con sus cuentos o sus sangrientas historias de batallas ancestrales.

―Y entonces metí mi mano en su pecho y le arranqué el corazón.

―¡Ooooh! ―¡Qué emocionante! Esas historias encandilaban a Taehyung.

También ayudaba que Woobin, su encantador esposo, fuera el doncel más dulce del mundo, tan dulce como los caramelos que preparaba con miel.

―Ten, sé que te encantan. ―Esa mañana le había dado un puñado. Se los había comido todos antes de que Taeyeon se diera cuenta de qué escondía. Lo malo es que ahora le dolía la tripa.

Quizás esa predilección por los señores del clan vecino derivaran de ambas cosas.

McJeon Woobin le había regalado dulces nuevamente, nada más verlo solo y cabizbajo sobre el peñasco en el cual descansaba, cerca del lago. Y el gran Laird le había guiñado un ojo cuando nadie miraba.

Lo único que le había desagradado de esa maravillosa pareja, era que, hacía cosa de dos años, le presentaran a su único hijo Jungkook.

Raven sabía que pasara lo que pasara jamás olvidaría ese momento.

Llevaba el tartán McJeon y una honda de fino cuero colgada a la cintura. Raven se consoló pensando que eso no era muy masculino para un chico de trece años, llevar una honda en lugar de una espada. No es que Jungkook no fuese varonil, todo lo contrario, Raven consideraba que tenía el pecho ancho como un oso, claro que a esa edad poco agradable encontraba los músculos de los hombres.

Cuando el muchacho se había acercado y con una sonrisa resplandeciente había inclinado levemente su cabeza hacia él, Raven torció el gesto con disgusto, mientras la carcajada de McJeon Jongsuk resonaba en su cabeza ante el ceño fruncido del pequeño.

―¿Qué pasa? ―había preguntado inocente, ante las risas de Jongsuk y Woobin.

McJeon Woobin se limitó a sonreírle como si hubiera esperado esa reacción, aunque también era cierto que el señorito de los McJeon esperaba fervientemente que ese ceño desapareciera con el tiempo y el trato entre ambos muchachos se hiciera mucho más cordial.

En la cabeza del Señor bailaba la idea de que no habría mejor esposo para Jungkook que McKim Taehyung.

Jongsuk no se había equivocado en absoluto; al tercer año, Taehyung, a quienes ya todos llamaban Raven por culpa de su hijo, se convertía, año tras año, en todo lo contrario de lo que sería su hermana Taeyeon.

El Laird vecino admiraba a Raven por su fortaleza y por defender lo que él creía justo. Lo había observado pegar a puñetazo limpio a un pobre chico del clan McPark por haber tirado un guijarro a un conejo salvaje, solo por diversión. También lo vio mostrar compasión por aquel pobre animalito, hasta curarle la pata herida. Pero lo que le había hecho reír a carcajadas a Jongsuk era que el decidido mocoso no tuvo ningún escrúpulo en ayudar a desollar al pobre conejo cuando se lo dio a unos pobres aldeanos, visiblemente necesitados, para que se lo zamparan para la cena.

Sin duda para Jongsuk, McKim Raven era como su esposo Woobin, una gema preciosa que solo brillaba a base de amor y paciencia. Un diamante que quizás su hijo supiera pulir y apreciar con el tiempo.

Pero… de momento, Jungkook no tenía ni la más mínima intención de entablar amistad con ese desaliñado chiquillo.

Pero poco importaba lo que ambos mocosos desearan o pensaran el uno del otro, Jongsuk iba a hacer su voluntad. Ya había expuesto su plan a McKim Hyunsik.

―Haremos una buena alianza con los McKim ―anunció el Laird McJeon—, tu hijo será un buen esposo para mi Jungkook.

Jongsuk estaba dispuesto a sorprender a su amigo anunciando que no era la bella Taeyeon quien eligió para su hijo, sino Raven, la pequeña bolita de cabellos de seda. Pero guardó silencio, hablarían después de los juegos.

Esa noche, de los planes de alianza y matrimonio que había urdido el Laird McJeon poco sabía el chiquillo desaliñado que lloraba acurrucado en su camastro.

En la fría oscuridad, mientras escuchaba la letanía de las gaitas escocesas, Raven ni siquiera sospechaba lo que le deparaba el futuro.

Sabía del intento de alianza de su padre con el clan vecino, y de que las alianzas acababan en matrimonio, significara lo que significara eso, pero Raven no quería ser el elegido para esa tarea. De hecho, creía firmemente como un dogma que Taeyeon sería la escogida para esas nupcias. Y se alegraba, pues el matrimonio implicaba cosas desagradables o al menos eso había escuchado decir a la cocinera una mañana que entró sigilosamente para tomar un trozo de pan con miel.

No, desde luego no quería casarse si eso conllevaba ser la pobre persona a quien le pasaban mil y una desgracias.

Todavía recordaba las palabras de la robusta mujer y las carcajadas de los demás criados que estaban a su alrededor. Salió corriendo de su habitación. No podía creerse que su marido hubiera hecho sangrar a la rechoncha cocinera y los demás se burlaran de ella. A Raven, por primera vez en su vida y sin que sirviera de precedente, se le quitó el apetito.

―La cosa hubiera sido distinta si mi madre le hubiera explicado lo que pasa realmente en la noche de bodas ―había dicho la cocinera―, pero no fue así.

Raven lo tuvo claro, la noche de bodas era horrible: el marido te hacía sangrar de tal modo que te obligaba a salir corriendo de la habitación y, por si fuera poco, la única que podía consolarte era tu madre explicándote no sé qué historia, y como Raven no tenía madre, la conclusión fue que no debería casarse nunca. Y menos cuando escuchó algo que colgaba entre las piernas de los hombres era la culpable de tanto dolor.

No, él no se casaría, y mucho menos con Jungkook.

Raven se había horrorizado ante la idea. ¡Tener que casarse con McJeon Jungkook!

―Eeeggsssss.

Lo había visto bañarse en el río, y la serpiente que tenían los hombres entre las piernas era pequeña y arrugada como un gusano. No entendía cómo algo así podía causar dolor a una persona, seguramente escupiendo veneno o algo.

Aquella no había sido una escena agradable. Cuando el muchacho le había sorprendido por entre los matorrales, había cogido su tartán y como alma que lleva el diablo lo alcanzó con grandes zancadas para darle un buen escarmiento.

Y tuvo efecto, Raven jamás se volvió a acercar a él, y si lo veía de lejos alzaba la barbilla y daba media vuelta, no fuera que le volviera a meter una serpiente en sus ropas. No es que le dieran miedo las serpientes, bueno, sí que le daban, pero él creía que con solo un par de gritos no lo había parecido.

No obstante, Taeyeon no demostraba interés alguno en sus palabras cuando él se esforzaba por hablar mal del heredero McJeon y menos aun cuando sorprendieron a su padre hablando de matrimonio y una alianza.

Taeyeon, a pesar de su edad, ya sabía que Jungkook debía ser suyo y con ello la futura señora de los McJeon.

El pequeño Raven, ajeno a los planes familiares de su hermana, era partidario de otra opción, alejarse lo más posible de McJeon Jungkook.

Taeyeon era una hermana pésima, pero la única que tenía, y él no quería quedarse solo con su padre. No, McKim Hyunsik le daba demasiado miedo.

Raven se removió nuevamente inquieto en su camastro y abrió los ojos al escuchar pasos a su espalda, se quedó quieto al percatarse de que alguien entraba en la tienda. Un viento gélido entró arremolinándose a su alrededor. Taeyeon había regresado. Cuando se tiró sobre el camastro, Raven se obligó a mirarla. Sus ojos se volvieron a llenarse de lágrimas de impotencia, mientras los de su hermana estaban resplandecientes de puro gozo.

―Me casare con él, papá ya lo ha decidido. He escuchado cómo hablaban de mi futuro como señora de los McJeon.

Raven no supo por qué, pero aquella noticia lo entristeció, quizás porque perdería a su hermana, o por otra cosa que aún no alcanzaba a explicar.

―No me importa —murmuró cuando volvió a llorar de nuevo―, no me importa en absoluto.

Él lloraba y su hermana reía, pero algún día eso iba a cambiar, aunque Raven aún no lo supiera. Por muchas batallas que ganara su hermana, él vencería la guerra.

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