TRONE | El Camino Del Mal Necesario

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Summary

Amaranth despertó de un coma sin recuerdos de quién era. Desde entonces, su abuelo no le ha permitido salir de casa. Pero el día del centenario, una simple mirada al exterior cambia algo dentro de ella. Porque hay ciudades que encierran personas. Y otras que esconden algo mucho peor. ⚠️ Nuevos capítulos todos los Viernes

Genre
Scifi
Author
Yamir
Status
Ongoing
Chapters
7
Rating
n/a
Age Rating
13+

El Desenlace en el Pasado

Año 2700.

Durante noventa y nueve años, la humanidad sobrevivió sobre Iluminae, un satélite artificial construido alrededor del planeta Gámatra tras el abandono de Vitarus, el mundo que alguna vez llamaron hogar. Con el paso de las décadas, Iluminae dejó de ser vista como un refugio y empezó a ser presentada como algo mucho mayor: el inicio de una sociedad perfecta.

No existía pobreza. No existía hambre. La violencia era tan extraña que muchos jóvenes crecían sin presenciar una sola pelea en toda su vida.

Cada habitante tenía un propósito asignado dentro del sistema. Medicina. Ingeniería. Trabajo Manual. Fuerzas Armadas. Nada parecía quedar fuera de control. La paz era tan absoluta, tan cuidadosamente sostenida, que incluso el miedo comenzó a desaparecer de la memoria colectiva.

O al menos eso era lo que todos creían.

Mientras la población se preparaba para celebrar el centenario de Iluminae, algo empezaba a cambiar en el vacío del espacio. Debido a la alineación de sus órbitas, Gámatra, Iluminae y otro planeta perteneciente a un sistema solar cercano comenzaban a aproximarse lentamente entre sí. Para la mayoría, aquello no era más que un fenómeno astronómico sin importancia.

Pero para quienes conocían la verdadera historia de Iluminae, significaba algo mucho peor.

Porque fue de ese planeta... de donde escaparon.

Y si los cálculos eran correctos, pronto ambos mundos estarían lo suficientemente cerca como para permitir contacto directo por primera vez en décadas.

El miedo estaba regresando.

Y junto a él, también empezaría a regresar la verdad.

Aquella noche, oculto entre las interminables estructuras iluminadas de la zona central iluminense, el hogar de los Basthet permanecía en silencio.

Gherd Basthet sostenía la manija de una puerta mientras observaba la oscuridad de la habitación frente a él. A pesar de cargar ciento cuarenta y ocho años sobre sus hombros, su piel canela y su cabello castaño apenas reflejaban el paso del tiempo. Solo el agotamiento permanente en sus ojos marrones delataba el peso real de los años.

Desde el interior de la habitación, la voz de su nieta rompió el silencio.

—Hasta mañana, abuelo.

Gherd abrió apenas la puerta para asentir en silencio antes de cerrarla nuevamente. Luego soltó un suspiro cansado y comenzó a caminar por el oscuro pasillo de la casa.

La sala principal parecía un lugar abandonado. El único color visible provenía de las paredes azul oscuro que cubrían toda la vivienda, dándole al ambiente una sensación fría y artificial. Gherd sacó un pequeño control del bolsillo de su chaqueta y apuntó hacia una de las paredes.

Un rectángulo se iluminó inmediatamente.

La pared se transformó en una gigantesca pantalla integrada a la arquitectura de la casa, y el escudo de una bandera apareció antes de dar paso a la transmisión de un noticiero local.

—Los momentos más trágicos y catastróficos de nuestra historia reciente —anunció el conductor con solemnidad.

Las imágenes comenzaron a cambiar detrás de él. Camillas ingresaban apresuradamente a ambulancias mientras varios cuerpos permanecían tendidos sobre el suelo, censurados parcialmente por mosaicos digitales.

—Y entre otros de los sucesos ocurridos durante el centenario —continuó la co-conductora mientras nuevos videos aparecían en pantalla—, una joven se enfrentó a mano armada contra unos conspiradores.

La grabación mostró el interior de un búnker gris de forma rectangular. Una chica sostenía unas llaves en la mano derecha mientras arremetía violentamente contra varias personas que intentaban esquivar sus ataques.

—En un gesto heroico, atacó a todos aquellos que violaron las leyes de difamación contra los Gladinder —continuó la mujer—. Este hecho sucedió en el búnker del parque central, donde más de cien personas fueron exiliadas por alterar la paz pública.

—Lamentablemente, veinte personas inocentes resultaron heridas —añadió el conductor con evidente incomodidad—. Pero ya saben cómo es esto... sin sacrificio no hay gloria.

La transmisión mostró entonces a varios guardias empujando brutalmente a personas esposadas mientras eran escoltadas fuera del lugar.

—Así es. Exactamente ciento veintidós falsos fueron detenidos junto a la joven que los agredió —dijo la co-conductora—. Sin embargo, la chica fue liberada debido a la falta de datos suyos, pues lo único que se sabe de ella es que es pariente del científico mecatrónico Gherd Basthet.

La pantalla mostró el rostro del propio Gherd.

En la oscuridad de la sala, el verdadero Gherd apretó lentamente el control remoto entre sus dedos mientras observaba el noticiero con una ira cada vez menos disimulada.

El conductor permaneció en silencio unos segundos, como si estuviera eligiendo cuidadosamente las palabras que podía decir sin meterse en problemas. La incomodidad en su rostro era evidente incluso a través de la pantalla.

—No importa que no tenga identidad —dijo finalmente—. La conoceremos como una heroína.

Suspiró apenas, pero la tensión no desapareció de su expresión.

—Aunque haya detenido a una secta de difamadores, lo que hizo estuvo mal... —continuó, esta vez con más firmeza—. No puedes dañar a gente inocente de esa forma, y menos en un lugar que debería ser segu...

La imagen se cortó abruptamente.

Durante tres segundos, la pantalla quedó atrapada en una violenta interferencia estática. El sonido chirrió por toda la sala antes de estabilizarse nuevamente en el rostro de la co-conductora. La sonrisa de la mujer parecía demasiado rígida.

—Cambiando de tema.

Detrás de ella comenzaron a reproducirse nuevas imágenes. Un cielo azul impecable ocupó la pantalla, atravesado por pequeños puntos luminosos que avanzaban a gran velocidad.

—Se detectó el acercamiento de otro ataque de mi...

La transmisión volvió a interrumpirse.

Esta vez fue peor.

Se escucharon golpes secos contra mesas, voces ahogadas y un ruido metálico que duró apenas un instante antes de desaparecer bajo la interferencia. La pantalla se contaminó completamente de estática hasta quedar teñida por un azul puro y brillante.

Entonces habló una voz artificial.

Fría.

Vacía.

Sin rastro alguno de humanidad.

—Este programa ha sido suspendido por alterar la paz pública. No caigan en el descontrol.

Las palabras aparecieron escritas lentamente sobre la pantalla azul. Debajo de ellas surgió una cara feliz distorsionada, inmóvil, observándolo todo desde el televisor.

Gherd apagó la pantalla de inmediato.

La enorme televisión volvió a camuflarse perfectamente con la pared azul del hogar, como si nunca hubiera existido. Durante unos segundos, el silencio reinó nuevamente en la sala.

Luego Gherd lanzó el control remoto al suelo.

Lo pisoteó una vez.

Y otra.

Y otra más.

El plástico resistente crujió bajo sus zapatos, pero no llegó a romperse.

Entonces un pitido agudo invadió la habitación.

Gherd cerró los ojos con fuerza y se cubrió los oídos mientras la interferencia aumentaba cada vez más. El sonido era insoportable. Un cortocircuito estalló violentamente en algún lugar de la casa y, apenas después, unas sirenas comenzaron a sonar a la distancia.

Gherd abrió los ojos de golpe.

Giró la cabeza hacia el origen del ruido.

Entonces todo retrocedió bruscamente

Los minutos se rebobinaron violentamente, como una cinta de vídeo que se reproduce en reversa a una velocidad imposible, hasta el instante exacto antes de que saliera de la habitación de su nieta. Regresamos minutos antes...

Ahora volvía a estar sentado junto a la cama.

El cuaderno cerrado descansaba entre sus manos.

—Y perdón por quitarte algo que es parte de ti —dijo con una calma extraña—. Es tu arte y no volveré a cuestionarlo.

Se levantó lentamente de la silla, dejó el cuaderno sobre la mesa de noche y caminó hacia la puerta.

—Hasta mañana, Amaranth. Descansa.

—Hasta mañana, abuelo.

Acostada bajo las frazadas celestes, Amaranth observó cómo él abandonaba la habitación. Su cabello castaño oscuro descansaba sobre la almohada, enmarcando sus ojos aguamarina y su piel canela.

Era la misma chica de la que acababan de hablar en las noticias.

N/A: Algunas historias comienzan con una guerra. Otras comienzan cuando alguien intenta ocultarla...