La luz en la oscuridad 《CharlieBabe》

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Summary

En la Academia del Equilibrio, donde las criaturas mágicas deben respetar estrictas fronteras para convivir, Babe —heredero vampiro, frío, distante y obsesionado con el control— se convierte en el objetivo de Charlie, un hada brillante, caótico y lleno de vida que se niega a aceptar un no por respuesta. Lo que comienza como rechazo absoluto se convierte en una lenta e intensa batalla de voluntades, donde la luz insiste en acercarse a la oscuridad y los límites empiezan a tambalearse. Una historia de opuestos, persistencia y la tensión de querer lo que no deberías desear.

Genre
Fantasy
Author
Vanesa
Status
Complete
Chapters
1
Rating
n/a
Age Rating
18+

ONE SHOT

El Primer Choque de Luces y Sombras

En los amplios corredores de la Academia del Equilibrio, donde las columnas de mármol blanco se entretejían con enredaderas luminosas que pulsaban con magia antigua, Babe caminaba con su habitual paso medido.

Su capa oscura rozaba apenas el suelo, sin hacer ruido.

Sus ojos, de un gris acerado y frío, no se desviaban ni un milímetro de su camino. El silencio era su aliado; cada movimiento suyo estaba calculado, cada palabra, medida.

Entonces apareció él.

Charlie irrumpió desde uno de los jardines interiores, con las alas translúcidas aún brillando por el rocío mágico que había levantado al volar demasiado bajo entre las flores. Su risa resonaba como campanillas de cristal, llenando el pasillo de una energía imposible de ignorar. Llevaba el uniforme de las hadas ligeramente desarreglado: la camisa blanca abierta en el cuello, el cabello revuelto por el viento que él mismo generaba sin darse cuenta.

—¡Cuidado!— exclamó Charlie, deteniéndose justo antes de chocar contra el pecho de Babe. Sus ojos, de un verde dorado vibrante, se iluminaron al instante.— ¡Vaya! No te había visto. ¿Siempre caminas cómo si fueras un fantasma?

Babe se detuvo. No retrocedió. Solo inclinó ligeramente la cabeza, observándolo con esa expresión impasible que parecía tallada en hielo. Sus labios apenas se movieron cuando habló, la voz baja, controlada y distante.

—No soy un fantasma. Y tú deberías aprender a respetar el espacio ajeno.

Charlie parpadeó, pero en lugar de ofenderse, su sonrisa se amplió. Dio un pequeño paso atrás, pero solo para poder mirarlo mejor. Las pequeñas chispas de luz que siempre flotaban alrededor de sus hombros se agitaron con más fuerza.

—Soy Charlie. Del linaje de las hadas del Viento del Este. ¿Y tú eres…?

—Babe.— La respuesta fue seca, casi cortante.— Hijo del líder del Consejo Vampírico. Y preferiría que no me hablaras como si fuéramos amigos.

Charlie soltó una risa suave, genuina, que hizo que varias hadas cercanas giraran la cabeza con curiosidad. Extendió la mano sin pensarlo dos veces, con la palma abierta y brillante.

—Encantado, Babe. De verdad. Tienes una…aura interesante. Como una noche sin luna, pero con estrellas escondidas. ¿Nunca te han dicho qué pareces sacado de un cuadro antiguo?

Babe miró la mano extendida como si fuera un objeto extraño y potencialmente peligroso.

No la tomó. En cambio, cruzó los brazos sobre el pecho con lentitud deliberada, manteniendo esa distancia gélida que parecía un muro invisible.

—No me interesan los cumplidos vacíos ni las metáforas brillantes. Las hadas como tú solo traen caos. Ruidos innecesarios. Emociones descontroladas.— Sus ojos grises se entrecerraron apenas un milímetro.— Mantén tu luz lejos de mí. Hay líneas que no deben cruzarse.

El rechazo fue claro, cortante como el filo de un cristal. Cualquier otra persona habría bajado la mirada, avergonzada o enfadada.

Pero Charlie solo inclinó la cabeza, observándolo con una mezcla de fascinación y desafío. Sus alas se movieron ligeramente, emitiendo un suave brillo dorado.

—¿Y si quiero cruzar esa línea?— preguntó, la voz baja pero llena de calidez.— Solo un poquito. Para ver qué pasa cuando la luz toca la oscuridad. No muerdo…bueno, eso es más tu especialidad, ¿no?

Babe permaneció inmóvil. Solo un músculo en su mandíbula se tensó de forma casi imperceptible. Dio un paso lateral, rodeando a Charlie como si fuera un obstáculo en su camino.

—Tu insistencia es tan agotadora como tu brillo. No me interesa tu caos, hada. No me interesas tú.

Dicho esto, continuó caminando, la espalda recta, la expresión tan fría como al principio.

Pero Charlie no se movió. Se quedó allí, mirándolo alejarse con una sonrisa lenta y decidida que se dibujaba en sus labios.

—Esto recién empieza, Babe.— murmuró para sí mismo, lo suficientemente bajo como para que solo el viento lo escuchara.— Y pienso hacer que esa frialdad tiemble.

Babe no se volvió. Pero por un segundo, brevísimo e imperceptible, sus dedos se cerraron con más fuerza dentro de los guantes negros.

El equilibrio de la Academia acababa de recibir su primera grieta.

Grietas en el Hielo

Habían pasado varias semanas desde el primer choque en el pasillo. Charlie no había dejado de intentarlo. Cada día encontraba una nueva forma de aparecer: dejando pequeñas flores luminosas sobre el pupitre de Babe en las clases compartidas, esperándolo después de las reuniones del consejo, incluso volando a su lado en los jardines solo para hablarle del color del atardecer.

Y cada vez, Babe lo rechazaba con mayor frialdad.

Esa tarde, la biblioteca antigua estaba casi vacía. Los rayos de sol filtrados por las vidrieras coloreaban el aire con tonos dorados y carmesíes. Babe estaba sentado en una mesa apartada, rodeado de libros antiguos sobre control mágico y equilibrio vampírico.

Su postura era perfecta, sus dedos pasaban las páginas con precisión quirúrgica.

Entonces sintió esa presencia cálida antes de verlo.

Charlie se dejó caer en la silla frente a él sin pedir permiso, apoyando los codos sobre la mesa. Tenía una pequeña herida reciente en el antebrazo —un corte limpio que aún brillaba con restos de magia oscura—, recuerdo de la última vez que había intentado acompañar a Babe en un ejercicio de contención nocturna. Aun así, sonreía.

—Sabía que te encontraría aquí.— dijo Charlie con voz suave pero llena de energía contenida.— ¿Sabes? Hoy vi un cuervo que se posó en la torre norte y pensé en ti. Elegante, callado…pero con ojos que lo ven todo.

Babe levantó la mirada lentamente. Sus ojos grises eran como dos lagos congelados.

Cerró el libro con un golpe seco pero controlado.

—¿Otra vez tú? —Su voz era baja, cortante.— Creí haber sido claro la última vez. No quiero tu compañía. No quiero tus flores. Ni tus metáforas. Vete.

Charlie se inclinó un poco más hacia adelante, invadiendo deliberadamente su espacio. El brillo natural de sus alas iluminaba la mesa entre ellos.

—Te vi rechazarme ayer frente a todo el grupo. Me hablaste como si fuera un insecto molesto. Y aún así…aquí estoy.— Se señaló la herida del brazo con una sonrisa torcida.— Esto me lo hice porque insistí en quedarme cuando me dijiste que me fuera. Duele. Pero ¿sabes qué? Sigo sonriendo. Porque decidí que vales la pena, Babe. Todo tu hielo, tu silencio, tus reglas…quiero conocerlo.

Babe se mantuvo inmóvil, pero sus dedos se tensaron visiblemente sobre la tapa del libro.

La temperatura alrededor de la mesa pareció bajar varios grados.

—Eres patético.— dijo con frialdad absoluta, cada palabra medida y afilada.— Te hieres a ti mismo y sonríes como si fuera un juego. ¿Crees qué eso me impresiona? Solo demuestra lo imprudente y emocional que eres. Las hadas como tú nunca entienden los límites.

Hizo una pausa, mirándolo directamente a los ojos sin parpadear.

—Te lastimas porque yo te lastimo. Y sigues volviendo. ¿Quieres qué te diga la verdad, Charlie? Me molestas. Tu luz me irrita. Tu risa me resulta ruidosa. Tu insistencia es una debilidad que desprecio. No te quiero cerca. No te quiero en mi espacio. No te quiero en mi vida.

Las palabras cayeron como golpes. Por un segundo, el brillo alrededor de Charlie titiló, haciéndose más tenue. Bajó la mirada hacia la mesa, respirando hondo. El corte en su brazo parecía palpitar.

Pero luego levantó la cabeza. Y sonreía. Una sonrisa suave, herida, pero decidida.

—Duele.— admitió en voz baja, casi un susurro.— Cada vez que me hablas así, duele. Pero no voy a rendirme. Porque debajo de todo ese control y esa frialdad…sé que hay alguien que tiene miedo de sentir. Y yo quiero quedarme hasta que dejes de tenerlo.

Charlie extendió la mano sobre la mesa, no para tocarlo, solo para dejarla allí, abierta, con la palma hacia arriba. Pequeñas partículas de luz danzaban sobre sus dedos.

—Invadiré tu espacio todos los días si es necesario. Romperé tus límites uno por uno. Y me quedaré, Babe. Aunque me sigas hiriendo. Porque hay quienes no se rinden ante lo imposible.

Babe se levantó con lentitud elegante, recogiendo sus libros. Miró la mano extendida con desprecio evidente y dio un paso atrás, aumentando la distancia.

—Entonces prepárate para seguir sangrando.— respondió con voz gélida.— Porque yo no cambio. Y nunca voy a querer lo que tú ofreces.

Dio media vuelta y se alejó entre las estanterías, la capa ondeando tras él como una sombra viva.

Charlie se quedó sentado, mirando el lugar vacío frente a él. La sonrisa seguía allí, aunque sus ojos brillaban con lágrimas no derramadas. Se tocó el corte del brazo y susurró para sí mismo:

—Vale la pena…Tú vales la pena.

Y en algún lugar entre las sombras de los pasillos, Babe apretó la mandíbula con más fuerza de la habitual. El silencio que tanto amaba parecía, por primera vez, un poco más pesado.

La Lluvia que No Apaga el Fuego

En los jardines traseros de la Academia, una lluvia fina caía sobre los senderos empedrados. Babe caminaba solo bajo un paraguas negro encantado que repelía el agua con perfección. Sus pasos eran silenciosos, su expresión impasible.

Charlie apareció desde atrás, empapado. Sus alas brillaban débilmente bajo el agua, y tenía una nueva marca rojiza en la mejilla —resultado de un hechizo de contención que había recibido esa misma mañana por acercarse demasiado al ala vampírica durante una clase práctica.

—Babe, ¡espera!— llamó, acelerando el paso hasta ponerse a su lado.— Te vi salir y pensé que tal vez querrías compañía. La lluvia es hermosa, ¿no? Hace que todo brille más.

Babe ni siquiera giró la cabeza. Siguió caminando, la voz baja y cortante como el filo de un cuchillo.

—Estás mojado. Pareces un perro callejero. Y esa marca en tu cara…déjame adivinar: te metiste donde no te llamaron otra vez.

Charlie se rió suavemente, aunque el sonido salió algo tembloroso por el frío.

—Sí. Intenté sentarme cerca de ti en la clase. Solo quería pasarte las notas. El profesor dijo que mi “energía disruptiva” era peligrosa cerca de los vampiros. Pero valió la pena verte de cerca. Tienes un perfil muy elegante cuando estás concentrado.

Babe se detuvo abruptamente y lo miró de frente. Sus ojos grises reflejaban la lluvia como espejos helados.

—¿Elegante?— repitió con desprecio.— Eres ridículo. Te hieren, te humillan, te rechazan una y otra vez, y sigues sonriendo como un idiota. ¿Qué parte de “no te quiero cerca” no entiendes, hada? Tu insistencia es patética. Me provocas náuseas con tanta luz barata y falsa alegría.

Las palabras golpearon fuerte. Charlie bajó la mirada un segundo, el agua mezclados con algo más cálido en sus ojos. Pero cuando levantó la vista, la sonrisa seguía allí, aunque más pequeña.

—Duele escuchar eso…mucho. Pero sigo aquí. Mojado, herido y sonriendo. Porque detrás de tus insultos veo cómo aprietas la mandíbula. Cómo tu voz se vuelve un poco más baja cuando estoy cerca. No me rindo, Babe. Voy a seguir invadiendo tu espacio hasta que te acostumbres a mí.

Babe dio un paso atrás, aumentando la distancia.

—Acostúmbrate tú a mi ausencia.— Giró y continuó su camino, dejando a Charlie bajo la lluvia.

Charlie se quedó mirando su espalda, tocándose la mejilla lastimada. Susurró:

—Un día dejarás de huir.

El Asiento Prohibido

En el gran salón de estudios compartido, los alumnos elegían sus lugares con cuidado.

Los vampiros preferían las zonas de sombra, las hadas las más iluminadas. Babe había ocupado una mesa en la esquina más oscura y apartada.

Charlie llegó tarde y, sin dudarlo, dejó sus libros justo frente a él. Se sentó, ignorando las miradas de los demás.

Babe levantó la vista lentamente, la expresión congelada.

—Levántate. Ahora.

Charlie apoyó la barbilla en una mano, observándolo con ojos brillantes.

—No. Hoy quiero estudiar contigo. Mira, traje té de miel lunar, es dulce pero no empalaga. Pensé que tal vez…

—No quiero tu té. No quiero tu presencia.— Babe cerró su libro con fuerza controlada.— Cada vez que te acercas, rompes el orden. Eres ruido en mi silencio. Luz donde solo debe haber sombra. ¿Cuántas veces más debo humillarte para que entiendas que no te deseo cerca?

Charlie tragó saliva. Sus alas se plegaron ligeramente contra su espalda.

—Las que sean necesarias.— respondió con voz firme, aunque sus dedos temblaban sobre la taza que había traído.— Me llamaste “molestia” ayer delante de tus amigos. Me empujaste mágicamente para que me alejara. Y aquí estoy. Porque elegí quedarme. Porque creo que debajo de todo ese hielo hay alguien que se siente solo.

Babe se inclinó ligeramente hacia adelante, la voz convertida en un susurro helado:

—Estás equivocado. No me siento solo. Simplemente no te tolero a ti. Tu emoción es debilidad. Tu persistencia es irritante. Vete antes de que haga que te expulsen de esta mesa.

Charlie se quedó sentado unos segundos más, sonriendo con los labios apretados.

Luego se levantó lentamente, recogiendo sus cosas.

—Está bien. Hoy me voy. Pero mañana volveré. Y pasado. Y el siguiente. Hasta que dejes de decirme que me vaya.

Babe no respondió. Solo volvió a abrir su libro, pero sus ojos no se movían sobre las páginas.

La Noche de las Luces Flotantes

Era noche avanzada en uno de los balcones que daban al bosque encantado. Babe estaba solo, contemplando la oscuridad en busca de calma.

Charlie apareció volando suavemente, aterrizando a varios metros de distancia.

Llevaba pequeñas luces flotantes en las manos —pequeñas esferas brillantes que había creado él mismo.

—Pensé que te gustarían las estrellas.— dijo en voz baja.— No son ruidosas. Solo brillan. Como tú cuando crees que nadie te ve.

Babe giró con lentitud. Su rostro era una máscara de pura frialdad.

—Otra vez. Siempre otra vez.— Dio un paso hacia él, invadiendo ahora él el espacio de Charlie por primera vez.— ¿No te cansas de sangrar por alguien qué no te quiere? Te he insultado, rechazado, humillado. Y sigues trayendo regalos y sonrisas. Eres masoquista. O simplemente estúpido.

Charlie sostuvo su mirada, las luces flotantes temblando entre sus dedos.

—Tal vez un poco de ambas.— admitió con honestidad.— Pero cuando te miro, veo a alguien que ha sido criado para no sentir. Y yo quiero mostrarte que sentir no es debilidad. Duele cuando me hablas así…cada palabra es como un corte. Pero elijo quedarme.

Extendió una de las luces hacia Babe.

Babe la miró con desprecio y la apagó con un simple gesto de su mano, sumiendo esa parte en oscuridad.

—Guárdate tu luz. No la quiero. Ni a ti.— Su voz fue casi un siseo.— Vete. Y no vuelvas a buscarme esta noche.

Charlie dejó caer las luces restantes. Estas flotaron un momento más antes de desvanecerse. Sonrió, con los ojos brillantes por el dolor.

—Buenas noches, Babe. Mañana nos vemos.

Se dio la vuelta y voló hacia la oscuridad.

Babe se quedó en el balcón, solo. Por primera vez, el silencio no le pareció tan perfecto.

El Regalo Rechazado

En el patio central durante el recreo, varios estudiantes descansaban entre clases. Babe estaba de pie junto a una columna, revisando unos pergaminos con expresión concentrada.

Charlie se acercó con algo entre las manos: un pequeño relicario de cristal que contenía una luz suave y constante, como una estrella atrapada.

—Babe.— llamó con voz cálida.— Espera. Esto lo hice anoche pensando en ti. No es ruidoso, ni brillante como yo. Es…tranquila. Como el silencio que tanto te gusta. Pensé que tal vez podrías llevarlo.

Extendió el relicario con una sonrisa esperanzada.

Babe lo miró fijamente durante varios segundos. Luego tomó el objeto con dos dedos, como si quemara, y lo dejó caer al suelo con desprecio. El cristal se agrietó con un sonido seco.

—No quiero tus regalos.— dijo con voz gélida y baja.— No quiero nada que venga de ti. ¿Cuántas veces tengo qué pisotear tu orgullo para que entiendas? Eres molesto. Insistente. Patético. Cada vez que apareces con esa sonrisa estúpida después de que te rechazo, me das más asco.

Charlie miró el relicario roto en el suelo. Su sonrisa flaqueó por un instante, pero regresó, aunque más frágil. Una pequeña grieta apareció en su ala izquierda por la oleada emocional.

—…Duele.— murmuró.— Duele mucho verte romperlo. Pero sigo aquí. Porque sé que lo tiraste tan fuerte precisamente porque te tocó. No te soy indiferente, Babe. Aunque solo sea odio por ahora…es algo.

Babe dio un paso adelante, invadiendo su espacio con frialdad abrumadora.

—Odio es poco. Desprecio es la palabra correcta. Vete de mi vista antes de que haga que te arrepientas de haber nacido tan brillante y tan estúpido.

Charlie recogió los pedazos del relicario con cuidado, guardándolos en su bolsillo.

—Mañana te traeré otro.— susurró con suavidad.— Hasta que aceptes uno.

La Sombra que Persigue la Luz

Era tarde en los pasillos del ala este. Babe caminaba hacia sus habitaciones privadas.

Sus pasos eran silenciosos, pero detrás de él se escuchaban otros más ligeros.

Charlie lo seguía a unos metros, sin intentar esconderse.

—Sé que no quieres que te acompañe.— dijo Charlie en voz alta.— pero el camino es largo y oscuro. Solo caminaré detrás. No hablaré si no quieres.

Babe se detuvo de golpe y se giró con rapidez. Sus ojos brillaban con irritación contenida.

—¿Ahora me sigues como un perro faldero?— Su voz fue un latigazo.— Eres humillante. Mírate: herido, cansado, con las alas bajas…y aún así sonríes. ¿No tienes dignidad? ¿No te cansas de ser rechazado como basura?

Charlie se acercó un par de pasos más, deteniéndose a una distancia respetuosa pero claramente más cerca de lo que Babe toleraba.

—Mi dignidad la dejé de lado el día que decidí que valías la pena. Sí, me duele. Cada rechazo es como una espina clavada. Pero cuando te miro y veo esa frialdad…sé que estás protegiéndote. Y yo quiero ser la persona que te demuestre que no necesitas protegerte de mí.

Babe soltó una risa corta y helada, sin pizca de humor.

—Qué arrogante eres. Crees que puedes “salvarme” o “cambiarme”. Solo eres un insecto molesto que no sabe cuándo morir.— Se acercó hasta quedar frente a frente, mirándolo desde su altura con puro desdén.— No te quiero. No te necesito. Y nunca te necesitaré. Vete o haré que te arrepientas de seguirme.

Charlie sostuvo su mirada. Sus ojos brillaban con lágrimas contenidas, pero su sonrisa seguía presente, suave y terca.

—Entonces tendré que arrepentirme mañana…porque hoy sigo aquí. Buenas noches, Babe. Descansa.

Se quedó quieto mientras Babe se alejaba, sin moverse hasta que la figura oscura desapareció por completo en el pasillo.

El Límite Quebrantado

Durante una clase práctica de equilibrio mágico, los estudiantes estaban emparejados. Babe había dejado claro que no quería pareja, pero Charlie se plantó frente a él de todas formas.

El profesor los observó con curiosidad, pero no intervino.

—Trabajemos juntos.— propuso Charlie con entusiasmo contenido.— Solo esta vez. Prometo no hablar mucho.

Babe lo miró con absoluta frialdad. Cuando el ejercicio comenzó y sus magias tuvieron que rozarse, Babe canalizó un pulso oscuro que golpeó la energía luminosa de Charlie con fuerza. El hada retrocedió varios pasos, conteniendo un jadeo de dolor. Una quemadura oscura apareció en su muñeca.

—¿Ves lo qué pasa cuando cruzas la línea?— dijo Babe en voz baja para que solo él lo escuchara.— Te quemo. Te lastimo. Y aun así sigues sonriendo. Eres un masoquista enfermo.

Charlie se sostuvo la muñeca, respirando entre dientes, pero levantó la vista con esa sonrisa característica.

—Duele…sí. Pero no me iré.— Dio un paso adelante otra vez, acercándose a pesar del dolor.— Porque cada vez que me lastimas, también te veo dudar por un segundo. Tu control no es tan perfecto cuando estoy cerca. Y eso me basta por ahora.

Babe apretó la mandíbula visiblemente. Su voz salió aún más baja y peligrosa:

—Te destruiré si sigues insistiendo. No soy luz. No soy calidez. Soy silencio y frío. Y tú eres solo un error que se niega a desaparecer.

Charlie extendió la mano herida hacia él, sin tocarlo.

—Entonces destrúyeme poco a poco. Pero yo me quedaré hasta el final.

Las Primeras Grietas

Habían pasado dos meses desde aquel primer encuentro en el pasillo. Dos meses de rechazos constantes, de heridas emocionales y físicas para Charlie, de sonrisas que nunca se apagaban del todo. Dos meses en los que Babe había intentado, con toda su fuerza, mantener el muro intacto.

Pero las grietas ya eran visibles.

Era una noche tranquila en la terraza superior de la Academia, lejos del bullicio. Babe estaba apoyado contra la barandilla de piedra, observando el bosque iluminado por la luna. No había buscado ese lugar; simplemente había huido del ruido.

Y, como siempre, Charlie lo encontró.

El hada llegó volando bajo, aterrizando a unos metros de distancia. Ya no se acercaba de golpe. Había aprendido a dar pequeños pasos. Esta vez traía solo una taza de té caliente entre las manos, sin regalos brillantes ni grandes gestos.

—Sabía que estarías aquí.— dijo Charlie con voz suave, sin la euforia de antes.— Hace frío. Pensé que esto podría servir.

Extendió la taza sin acercarse demasiado.

Babe la miró durante varios segundos en silencio. Finalmente, la tomó. No bebió, solo la sostuvo entre sus dedos enguantados.

—No entiendo por qué sigues haciendo esto.— murmuró Babe. Su voz seguía siendo fría, pero ya no tenía el filo cortante de antes. Dos meses, Charlie. Dos meses de humillaciones, de rechazos, de decirte que te vayas. Cualquiera habría desistido.

Charlie se apoyó en la barandilla, a una distancia prudente, mirando el mismo paisaje.

—Porque vi algo desde el primer día.— Sonrió levemente, con esa sonrisa cansada pero sincera.— Vi a alguien que ha vivido toda su vida controlando cada emoción, cada gesto, cada palabra. Y pensé…¿qué pasaría si alguien se queda lo suficiente como para que ese control se canse?

Babe giró la cabeza lentamente hacia él. Sus ojos grises ya no reflejaban puro desprecio. Había algo más: cansancio, confusión, una lucha interna.

—Estás consiguiendo que me moleste menos tu presencia.— admitió a regañadientes, casi como si le doliera decirlo.— Pero eso no significa que te quiera cerca. Todavía me irrita tu luz. Todavía pienso que eres demasiado…todo.

Charlie soltó una risa baja, suave. Se tocó inconscientemente la cicatriz apenas visible en su antebrazo, recuerdo de una de las tantas veces que Babe lo había empujado con magia.

—Lo sé. Todavía me hablas con frialdad. Todavía te tensas cuando me acerco. Pero ya no me dices que me vaya de inmediato. Y hoy…tomaste el té.— Lo miró de reojo.— Eso es progreso, Babe. Pequeño, pero progreso.

Babe apretó la mandíbula. Bajó la vista hacia la taza y dio un sorbo muy lento. El sabor era dulce, pero no empalagoso. Exactamente como Charlie había dicho una vez.

—No te confundas.— dijo con voz baja y controlada.— No estoy cambiando. Solo…estoy cansado de pelear contra algo que no se rinde. Tu insistencia es agotadora.

Charlie se atrevió a dar un paso más cerca, solo uno. Lo suficiente para que Babe pudiera sentir el calor suave que siempre emanaba de él.

—Entonces no pelees.— susurró.— Solo déjame estar. No pido que me abraces ni que me sonrías. Solo…déjame quedarme a tu lado. Aunque sea en silencio.

Hubo un largo silencio. Babe no respondió inmediatamente. Miraba el bosque, pero su cuerpo ya no estaba tan rígido. Sus hombros habían bajado apenas un milímetro, un detalle que solo alguien que lo observaba obsesivamente como Charlie podía notar.

—Eres peligroso.— dijo Babe finalmente, casi para sí mismo.— Porque empiezas a hacer que el silencio se sienta…menos vacío.

Charlie sonrió, esta vez con una calidez que iluminó suavemente sus ojos.

—Y tú estás empezando a dejarme entrar. Poco a poco. No tengo prisa, Babe. Me quedaré el tiempo que haga falta.

Babe no lo miró. Pero tampoco se alejó cuando Charlie se quedó a su lado, compartiendo el mismo espacio en silencio durante varios minutos.

Por primera vez en dos meses, ninguno de los dos se fue.

El equilibrio entre ellos seguía frágil…pero ya no era imposible.

El Silencio Compartido

Habían pasado dos semanas desde la noche en la terraza. Babe ya no rechazaba de inmediato la presencia de Charlie, aunque seguía manteniendo una distancia emocional gélida.

Era media tarde en la biblioteca. Babe ocupaba su mesa habitual en la zona más oscura. Charlie se sentó dos sillas más allá, no enfrente, sin pedir permiso. Colocó sus libros en silencio y empezó a leer.

Babe levantó la vista lentamente, observándolo con esa frialdad habitual.

—Sigues invadiendo mi espacio.— dijo en voz baja, sin levantar el tono.— Aunque ya no lo hagas de forma tan escandalosa.

Charlie levantó la mirada y sonrió con suavidad, sin mostrar su antigua euforia.

—Progreso. Hace un mes me habrías dicho que me fuera. Hoy solo comentas que invado tu espacio.— Cerró su libro a medias.— ¿Menos molesto?

Babe tardó en responder. Miró las páginas de su propio libro sin leerlas realmente.

—Tu presencia sigue siendo…ruidosa para mis estándares. Pero ya no me provoca el mismo rechazo visceral.— Hizo una pausa y añadió con sequedad.— Eso no significa que me gustes. Solo que me estoy acostumbrando a ti, como uno se acostumbra a una sombra persistente.

Charlie soltó una risa baja, casi inaudible.

—Es un buen comienzo. No necesito que me gustes hoy. Solo que dejes de odiarme.— Se atrevió a correr un poco su silla, quedando un asiento más cerca.— ¿Puedo quedarme aquí hoy?

Babe lo miró fijamente. Sus ojos grises mostraban una mezcla de irritación y algo más suave, casi resignado.

—Quédate. Pero en silencio. Si hablas demasiado, te irás.

Charlie asintió, sonriendo con calidez contenida.

—Trato hecho.

Y por primera vez, estudiaron en el mismo espacio durante más de una hora. Babe seguía tenso, pero ya no se levantaba para marcharse.

La Primera Grieta Visible

Una noche de luna llena, en uno de los balcones privados del ala vampírica. Babe estaba solo hasta que Charlie apareció, como siempre.

Esta vez no traía regalos. Solo se apoyó en la barandilla a su lado, respetando más distancia que antes.

—Llevas días más callado de lo normal.— comentó Charlie con cuidado.— ¿Estás bien?

Babe tardó en contestar. Su voz salió baja, controlada, pero con un matiz diferente:

—Tu insistencia está funcionando más de lo que me gustaría admitir.— Giró la cabeza hacia él.— Ya no me molesta tanto verte aparecer. A veces…incluso espero que lo hagas. Eso me irrita profundamente.

Charlie sintió que su corazón se aceleraba, pero mantuvo la calma. Sonrió con ternura.

—Entonces estoy ganando terreno.— susurró.— Poco a poco, como te prometí. No quiero que cambies de golpe, Babe. Solo quiero que dejes de verme como una amenaza.

Babe se giró completamente hacia él. Su expresión seguía siendo distante, pero ya no había desprecio puro en sus ojos.

—Sigues siendo luz, donde yo soy oscuridad. Caos donde yo soy orden. Eso no ha cambiado.— Dio un paso más cerca, mirándolo intensamente.— Pero ya no quiero hacerte daño cuando te acercas. Eso…es nuevo.

Charlie contuvo la respiración. Extendió la mano lentamente y rozó apenas los dedos de Babe por encima del guante, sin llegar a tomarla.

—¿Puedo quedarme un rato más?

Babe no retiró la mano. Se quedó quieto, permitiendo el leve contacto.

—Quédate.— murmuró al fin, casi contra su voluntad.— Pero no hables. Solo…quédate.

Se quedaron allí, hombro con hombro, mirando la noche. Babe seguía rígido, pero su cuerpo ya no se alejaba.

La Noche de las Palabras Cautelosas

Tres días después, en los jardines nocturnos.

Charlie caminaba junto a Babe. No volaba.

Caminaba a su ritmo, en silencio. Esta vez fue Babe quien habló primero, rompiendo la quietud:

—Eres terco. Absurdamente terco.— Su voz era baja y fría, pero sin el veneno anterior.— Dos meses y medio de rechazos brutales y sigues aquí. Sonriendo. ¿Por qué?

Charlie lo miró de reojo, con esa sonrisa suave que ya era habitual.

—Porque vi al verdadero tú detrás del hielo. Y me gustó lo que vi. Alguien fuerte, elegante, leal a sus principios.— Hizo una pausa.— Alguien que merece sentir algo más que solo control y deber.

Babe se detuvo bajo un árbol antiguo. Lo miró directamente a los ojos, con intensidad.

—Estoy empezando a tolerarte, Charlie. Incluso…a disfrutar de tu compañía en pequeñas dosis. Pero no te confundas. Sigo siendo quien soy. Frío. Distante. Controlado. No esperes que de repente sea cariñoso o cálido.

Charlie dio un paso más cerca, invadiendo suavemente su espacio personal.

—No espero eso. Solo quiero estar a tu lado. Poco a poco. Día a día. Hasta que dejes de tensarte cuando estoy cerca.

Babe no retrocedió. Solo suspiró, un sonido casi imperceptible.

—Estás consiguiéndolo.— admitió en voz muy baja.— Y eso me aterra más que cualquier cosa.

Charlie sonrió, con los ojos brillantes de emoción contenida.

—Entonces déjame quedarme esta noche un rato más.

Babe miró hacia otro lado, pero asintió ligeramente.

—Quédate.

La Primera Rendición

Habían pasado casi tres meses desde el primer rechazo. La transformación era lenta, casi imperceptible para cualquiera que no los observara de cerca, pero real.

Era una noche fresca en la biblioteca vacía.

Babe estaba sentado en su lugar habitual.

Charlie, en vez de sentarse dos sillas más allá, se atrevió a ocupar la silla justo a su lado. Ninguno habló durante casi veinte minutos.

Finalmente, Babe cerró su libro con lentitud y giró la cabeza hacia él. Su voz salió baja, controlada, pero sin el filo habitual:

—…Ya no me molesta tanto que te sientes tan cerca.

Charlie levantó la mirada, sorprendido pero feliz. Sonrió con esa calidez contenida que había aprendido a usar.

—¿Eso es un avance, o solo estás cansado de pelear?

Babe se quedó en silencio unos segundos, mirando las manos de Charlie sobre la mesa.

Luego, con un movimiento casi imperceptible, movió ligeramente su propia mano hasta que sus dedos quedaron a solo un centímetro de distancia.

—No estoy cansado de pelear.— admitió con honestidad fría.— Estoy cansado de fingir que tu presencia no afecta en absoluto mi orden. Has conseguido…meterte en mis rutinas. Ya espero verte aparecer.

Charlie sintió que su corazón latía más fuerte, pero se contuvo. No hizo ningún movimiento brusco. Solo giró la palma hacia arriba, dejando la mano abierta sobre la mesa como una invitación silenciosa.

—¿Y eso te molesta?— preguntó suavemente.

Babe miró la mano abierta durante un largo momento. Luego, con una lentitud casi dolorosa, colocó dos dedos sobre la palma de Charlie. No era un agarre. Solo un roce leve, frío contra cálido.

—Me molesta.— confesó en voz muy baja.— Porque significa que estás ganando. Poco a poco estás rompiendo mis límites sin que yo pueda impedírtelo del todo.

Charlie no cerró la mano. Dejó que Babe mantuviera ese mínimo contacto, respetando su ritmo.

—No quiero romperte, Babe. Solo quiero entrar. Y parece que…ya empezaste a abrir una puerta.

Babe no retiró los dedos. Se quedó allí, permitiendo el toque, con la mirada fija en sus manos unidas de forma tan mínima.

—No te acostumbres demasiado rápido.— murmuró, aunque su voz había perdido parte de su frialdad.— Todavía soy quien soy. Pero…puedes quedarte aquí esta noche. A mi lado.

Charlie sonrió con ternura, sin victorias exageradas.

—Gracias. Eso es más de lo que esperaba hoy.

Y se quedaron así, en silencio compartido, con los dedos apenas rozándose sobre la mesa de madera antigua.

La Noche en que Babe No Se Alejó

Dos días después, en el balcón favorito de Babe.

Charlie llegó y, en vez de mantenerse a distancia, se colocó directamente a su lado, hombro con hombro. Babe no se movió. No retrocedió.

—Estás más callado que de costumbre.— observó Charlie con suavidad.

Babe tardó en responder. Miraba la luna con expresión distante, pero su cuerpo ya no estaba rígido como antes.

—Porque estoy pensando.— dijo al fin.— En cómo alguien tan brillante y caótico como tú ha conseguido que yo, que odio el desorden, te permita estar tan cerca sin sentir la necesidad inmediata de alejarte.

Charlie giró ligeramente la cabeza para mirarlo.

—¿Y qué conclusión has sacado?

Babe soltó un suspiro largo y controlado.

Luego, con un gesto que parecía costarle mucho, levantó su mano y la colocó sobre la barandilla, muy cerca de la de Charlie.

—Que mis muros están cayendo.— admitió en voz baja, casi reluctante.— No del todo. Todavía tengo miedo de lo que representas.

Pero ya no quiero que te vayas cuando apareces. Eso es…nuevo para mí.

Charlie movió sus dedos hasta rozar los de Babe. Esta vez, Babe no los apartó. Dejó que entrelazaran solo el meñique, un contacto mínimo pero significativo.

—Entonces déjalos caer un poco más.— susurró Charlie.— No tienes que hacerlo todo de golpe. Solo…un poco cada día.

Babe giró la cabeza y lo miró directamente a los ojos. Su expresión seguía siendo seria y fría, pero había un calor nuevo, muy pequeño, en el fondo de su mirada.

—Estás consiguiéndolo, Charlie. Poco a poco…me estás conquistando. Y odio lo mucho que eso ya no me molesta.

Se quedaron allí, con los meñiques entrelazados, compartiendo el silencio de la noche. Babe no se alejó ni una sola vez.

La Primera Sonrisa

Habían pasado casi tres meses y medio. Los muros de Babe seguían cayendo, pero lo hacían con una lentitud dolorosa y deliberada. Ya permitía que Charlie se sentara a su lado, que sus manos se rozaran ocasionalmente y que compartieran silencios largos. Sin embargo, su expresión seguía siendo mayormente fría y controlada.

Esa tarde llovía suavemente sobre la Academia. Ambos se habían refugiado en un pequeño mirador cubierto junto al jardín oriental. Charlie estaba contando una anécdota de su infancia, gesticulando con las manos de forma contenida para no abrumar a Babe.

—Y entonces, en vez de volar hacia arriba, volé directamente contra el nido de luciérnagas. Terminé cubierto de luz pegajosa durante tres días. Mi madre no paraba de reírse.

Babe escuchaba en silencio, con la mirada fija en la lluvia. De pronto, sin previo aviso, soltó una risa baja, corta y ronca. No era una carcajada, pero sí una sonrisa real: la comisura de sus labios se elevó de forma sutil pero visible, transformando por completo su rostro normalmente impasible.

Sus ojos grises, usualmente fríos como acero, brillaron por un instante con un destello plateado, casi plateado-luminoso. La sonrisa era hermosa, elegante, pero tenía un toque seductor involuntario: la forma en que sus labios se curvaban ligeramente hacia un lado, combinada con esa mirada intensa, resultaba hipnótica.

Charlie se quedó completamente callado, mirándolo maravillado. Sus alas emitieron un brillo más fuerte sin que pudiera controlarlo.

—Babe…— susurró, casi sin aliento.— Estás…sonriendo.

Babe se dio cuenta tarde de lo que había hecho. La sonrisa se desvaneció casi al instante, pero no completamente. Todavía quedaba un rastro de ella en sus labios mientras intentaba recomponer su expresión fría.

—No es nada.— murmuró, apartando la mirada hacia la lluvia, visiblemente incómodo.— Solo fue…un recuerdo absurdo.

Charlie no pudo ocultar su fascinación. Se inclinó un poco hacia adelante, observándolo como si estuviera viendo algo mágico por primera vez.

—No, no fue nada. Fue…hermoso.— Su voz bajó, llena de admiración genuina.— Tus ojos brillaron. De verdad brillaron. Y esa sonrisa…es elegante, controlada, pero al mismo tiempo seductora. Como si ni siquiera fueras consciente de lo que provocas cuando bajas la guardia un segundo.

Babe giró la cabeza hacia él con rapidez. Sus mejillas no se sonrojaron (los vampiros rara vez lo hacían), pero su mandíbula se tensó y apartó la mirada de nuevo, claramente perturbado por el cumplido.

—No digas tonterías.— respondió con voz baja y distante, aunque sin su habitual frialdad cortante.— Solo sonreí. No significa nada. No te acostumbres.

Charlie sonrió con ternura, sin presionar. Pero sus ojos seguían brillantes de emoción.

—Demasiado tarde. Ya me acostumbré. Y ahora solo quiero hacerte sonreír otra vez. Aunque sea una vez más. Aunque sea pequeña. Porque esa sonrisa…me dejó sin aliento, Babe.

Babe permaneció en silencio durante casi un minuto, mirando la lluvia. Luego, muy lentamente, volvió a mirarlo. La comisura de sus labios se elevó apenas un milímetro otra vez, casi contra su voluntad. Sus ojos volvieron a brillar por un segundo fugaz.

—Eres un peligro.— murmuró Babe, con la voz más suave de lo que jamás había usado con él.— Sigues rompiendo mis defensas…y ni siquiera te esfuerzas ya tanto.

Charlie se atrevió a acercar su mano y rozar suavemente los nudillos de Babe con los dedos.

—Y tú sigues dejándome entrar.— respondió en voz baja.— Poco a poco…pero lo estás haciendo.

Babe no retiró la mano. Solo suspiró y miró hacia otro lado, permitiendo que esa pequeña y seductora sonrisa permaneciera un segundo más en sus labios.

Por primera vez, el hielo no solo se había agrietado. Había dejado ver un destello de lo que había debajo.

Conversaciones en la Penumbra

En la biblioteca, ya no había dos sillas de distancia. Charlie se sentaba siempre al lado de Babe. Esa tarde, Babe cerró su libro y, en lugar de permanecer en silencio, habló primero:

—Hoy fue un día particularmente agotador en el consejo.— dijo con voz baja y calmada.: Mi padre sigue insistiendo en que mantenga distancia de las hadas.— Miró de reojo a Charlie.— Si supiera que estoy aquí contigo…

Charlie sonrió con suavidad, observándolo con atención.

—¿Y qué sientes tú al respecto?

Babe tardó un momento. Sus dedos tamborilearon una sola vez sobre la mesa antes de responder:

—Irritación. Pero ya no es hacia ti.— Hizo una pausa y añadió con honestidad.— Contigo es diferente. Hablar se ha vuelto…tolerable. Incluso agradable en ciertos momentos.

Charlie sintió un calor en el pecho, pero mantuvo la calma.

—Me gusta cuando me hablas así. Sin filtros fríos. Solo tú.

Babe dejó escapar una pequeña sonrisa, sutil pero real. Sus ojos grises se suavizaron al mirarlo.

—Solo lo hago contigo. Nadie más ve esto.

Sonrisas Privadas

Estaban en el balcón favorito bajo la luz de la luna. Charlie contaba una historia absurda sobre hadas jóvenes y Babe, en vez de escuchar en silencio, reaccionaba.

Cuando Charlie imitó el vuelo torpe de un hada novata, Babe soltó una risa baja y genuina. La sonrisa se extendió por sus labios, elegante y ligeramente seductora, haciendo que sus ojos brillaran con un destello plateado.

Charlie se quedó mirándolo embelesado.

—Otra vez…— susurró.— Sonreíste otra vez.

Babe intentó borrar la sonrisa, pero no lo consiguió del todo. Bajó la mirada, claramente avergonzado pero sin esconderse.

—Eres el único que consigue sacarme estas reacciones.— admitió en voz baja.— Contigo…no siento la necesidad constante de mantener el control absoluto. Es liberador y aterrador al mismo tiempo.

Charlie se acercó un poco más, hasta que sus hombros se rozaron.

—Me encanta ser el único que ve esta versión tuya. La sonrisa te queda demasiado bien, Babe.

Babe giró la cabeza hacia él. La tensión entre ellos era palpable: el aire se sentía más pesado, cargado de algo que ninguno nombraba. Sus miradas se sostuvieron unos segundos más de lo normal.

Babe fue el primero en apartar la vista, pero su mano se quedó cerca de la de Charlie, casi tocándola.

—No digas esas cosas.— murmuró, aunque su voz no sonaba molesta.— Me desestabilizas.

La Tensión que No Se Rompe

Una noche, sentados en el suelo del mirador cubierto mientras caía una lluvia suave. Babe hablaba más de lo habitual, compartiendo pequeños detalles de su vida:

—Desde niño me enseñaron que las emociones son debilidad. Por eso…— miró a Charlie.— contigo estoy rompiendo todas las reglas que me impusieron. Muestro más de lo que debería.

Charlie lo escuchaba con devoción, apoyado contra la pared, muy cerca de él.

—Me honras al hacerlo. Sé que no es fácil para ti.

La tensión creció. Sus rodillas se rozaban. La mirada de Babe se detuvo más tiempo en los labios de Charlie, y este sintió cómo su corazón se aceleraba. El aire entre ellos vibraba.

Babe levantó una mano y, con dedos fríos, apartó suavemente un mechón de cabello del rostro de Charlie. El gesto fue lento, casi reverente.

—Eres peligroso.— susurró Babe, con voz más ronca de lo normal.— Consigues que quiera cosas que no debería querer.

Charlie tragó saliva, sintiendo la electricidad entre ellos. Se inclinó un poco hacia adelante, pero se detuvo.

—Y tú consigues que yo espere con paciencia.— respondió en voz baja.— Aunque esta tensión me esté matando.

Babe sonrió de lado, esa sonrisa hermosa y seductora que solo le dedicaba a él. Sus ojos brillaban intensamente.

—Bien. Que siga así…por ahora.

Ninguno se movió para cerrar la distancia. Se quedaron allí, respirando el mismo aire, con la tensión vibrando entre ellos como un hilo a punto de romperse, pero aún intacto.

Babe seguía siendo distante con el mundo, pero con Charlie…se estaba abriendo. Poco a poco. Y ambos lo sabían.

El Umbral Cruzado

Una semana después, la relación entre ellos había avanzado de forma notable. Babe ya no luchaba contra su propia receptividad. Le sonreía más a Charlie, conversaba con mayor fluidez y buscaba su compañía sin necesidad de excusas.

Estaban sentados en su mirador favorito, resguardados de la noche. Charlie contaba una anécdota divertida sobre una clase de vuelo fallida cuando, de pronto, Babe soltó una risa genuina y cálida. Sin pensarlo, apoyó su cabeza en el hombro de Charlie, cerrando los ojos por un momento.

Charlie se quedó quieto, casi sin respirar, maravillado por el gesto.

—Babe…— susurró con ternura.

Babe no se movió. Su voz salió suave, casi tímida contra el hombro de Charlie:

—Cállate. Solo…déjame quedarme así un rato. Me siento…bien aquí.

Conversaron un poco más en voz baja, compartiendo anécdotas. La cabeza de Babe seguía apoyada en el hombro de Charlie, y este había deslizado un brazo alrededor de su espalda con cuidado.

De repente, ambos se quedaron en silencio. Babe levantó la cabeza lentamente y sus miradas se encontraron. El aire se cargó de tensión acumulada. Sus rostros se acercaron poco a poco, dubitativos.

El Primer Beso

Sus labios se rozaron primero con timidez, casi como una pregunta. Babe fue quien dio el paso final. El beso comenzó lento, suave, exploratorio. Los labios de Babe eran fríos al principio, pero se fueron calentando con el contacto.

Charlie respondió con delicadeza, dejando que Babe marcara el ritmo. Poco a poco, el beso ganó profundidad. Babe inclinó la cabeza y profundizó el contacto, su mano subiendo hasta la nuca de Charlie. El beso se volvió más intenso, más hambriento, lleno de meses de tensión contenida. Sus respiraciones se entrecortaron, pero ninguno se separó.

Cuando finalmente se apartaron, Babe escondió su rostro en el cuello de Charlie, respirando agitado contra su piel. Charlie lo rodeó por la cintura con ambos brazos, apretándolo contra sí con evidente felicidad.

—Babe…— murmuró Charlie con voz ronca de emoción.— Por fin…

Babe permaneció escondido en su cuello, su voz amortiguada pero clara:

—No digas nada…todavía. Solo abrázame.

Se quedaron así varios minutos, disfrutando del calor del otro. Charlie acariciaba suavemente la espalda de Babe, mientras esté respiraba su aroma.

La Dulce Vuelta

Babe fue el primero en moverse. Salió de su escondite en el cuello de Charlie, lo miró a los ojos con una intensidad nueva y lo besó otra vez. Este segundo beso fue más seguro, más profundo desde el principio. Sus labios se movieron con mayor confianza, saboreándose mutuamente.

Al separarse, Babe sonrió con esa sonrisa seductora que solo Charlie conocía. Se inclinó y mordió juguetona pero suavemente la mandíbula de Charlie, un gesto travieso que contrastaba con su habitual frialdad.

Charlie soltó una risa sorprendida y encantada.

Babe volvió a esconder su rostro en el cuello de Charlie, esta vez con una sonrisa evidente en los labios.

—Eres un peligro.— murmuró contra su piel, la voz teñida de afecto.— Me haces hacer cosas que nunca pensé que haría…y me gusta demasiado.

Charlie lo abrazó más fuerte, besando su cabello con ternura.

—Y tú me haces el hada más feliz de la Academia. Puedes esconderte en mi cuello las veces que quieras…siempre voy a estar aquí para recibirte.

Babe no respondió con palabras. Solo se apretó más contra él, sonriendo en silencio contra su cuello, dejando que la tensión acumulada durante meses se transformara en una calidez nueva y compartida.

Noche de Caricias y Susurros

En el balcón privado bajo la luz de la luna.

Estaban sentados en el suelo, Charlie apoyado contra la pared y Babe prácticamente en su regazo. Babe besaba su cuello con lentitud, pequeños besos suaves que iban subiendo hasta la mandíbula.

—Eres adictivo.— murmuró Babe entre beso y beso.— Tu piel es demasiado cálida…me hace querer quedarme aquí toda la noche.

Charlie suspiró de placer y acarició la espalda de Babe por debajo de la capa.

—Quédate entonces. No tengo intención de soltarte.

Babe levantó la cabeza y lo besó en la boca.

El beso empezó suave, pero pronto se volvió más intenso. Sus labios se movían con deseo contenido, mordiendo suavemente el labio inferior de Charlie antes de calmarlo con la lengua. Cuando se separaron, Babe volvió a bajar la cabeza y escondió el rostro en el hueco de su cuello, respirando profundamente.

—Me gusta cuando me abrazas así.— confesó en voz baja.— Me hace sentir…seguro. Y eso es nuevo para mí.

Charlie lo apretó más contra su pecho y besó su sien.

—Entonces te abrazaré siempre que quieras. Eres mío ahora, mi vampiro frío y cariñoso.

Babe sonrió contra su cuello y lo mordió juguetona en la clavícula.

—Solo tuyo.

La Grieta que Amenaza con Romperlo Todo

Babe había discutido fuertemente con su padre la noche anterior. El líder del Consejo Vampírico se había enterado de su relación con Charlie y le había prohibido tajantemente continuar viéndolo. Babe se negó de forma rotunda, algo que nunca antes había hecho.

Al día siguiente, con el pecho apretado por la ansiedad, Babe fue en busca de Charlie.

Necesitaba contarle todo, decirle que estaba dispuesto a enfrentarse a su padre y a todo el consejo por él. Lo encontró en el mirador donde solían pasar sus momentos juntos.

—Charlie…— llamó Babe, con un evidente alivio en la voz al verlo.

Charlie no se giró. No sonrió. No lo saludó con esa calidez habitual. Se quedó de espaldas, mirando hacia el bosque.

Babe frunció el ceño, confundido. Se acercó y tocó suavemente su hombro.

Charlie se apartó con brusquedad, rechazando el contacto. Babe se quedó helado. Nunca lo había visto así.

—¿Qué te pasa, Charlie?— preguntó Babe, con la voz más baja y preocupada.

Charlie finalmente se giró. Sus ojos, siempre brillantes y cálidos, estaban fríos como el hielo. Babe sintió un pinchazo agudo en el pecho, como si su corazón muerto hubiera recibido una estaca.

—Pasa que me mentiste, Babe.— dijo Charlie con voz cortante.

Babe parpadeó, desconcertado.

—¿Mentirte? ¿En qué, Charlie

Charlie soltó una risa amarga, llena de dolor.

—Ese tal Willy. El vampiro de la alta sociedad. Dijiste que no era nadie importante, que solo intentaba coquetear contigo y que lo rechazabas siempre. Resulta que es todo lo contrario. Te has comprometido con él. Tu padre vino personalmente a decírmelo esta mañana. Me pidió, muy “amablemente”, que me alejara de ti porque tú ya tienes un compromiso formal.

Babe sintió que el suelo se abría bajo sus pies. Negó con la cabeza, desesperado.

—No…Espera, Charlie. Eso no es verdad. Te lo juro. Willy ha intentado acercarse varias veces, sí, pero siempre lo rechacé. Tú eres el único para mí. Nunca ha habido ningún compromiso. Mi padre está mintiendo para separarnos.

Charlie lo miró con frialdad, los ojos brillando con lágrimas contenidas y rabia.

—¿No es verdad? Sabes mejor que nadie que la palabra de tu padre es ley en tu mundo. ¿Por qué mentiría sobre algo así? ¿Para separarnos? Claro, porque soy un hada. Caos. Luz. Todo lo que él desprecia.— Su voz se quebró un poco.— ¿Sabes cómo me sentí cuando vino y me lo dijo a la cara? Como un idiota. Como el juguete secreto que escondías mientras tenías un compromiso real.

Babe dio un paso adelante, angustiado. Su habitual frialdad se había resquebrajado por completo.

—Charlie, por favor, escúchame. No hay ningún compromiso. Mi padre quiere controlarme, como siempre. Willy no significa nada. Te elegí a ti. Estoy dispuesto a enfrentarme a él, a todo el consejo si es necesario. Lucharé por nosotros. Por ti.

Charlie apretó los puños, la voz subiendo de tono.

—¡Entonces por qué tu padre parecía tan seguro! ¡Me miró con lástima, Babe! Como si fuera una distracción temporal. ¿Sabes lo qué duele? Confiar en ti, abrirme, dejar que me besaras y me abrazaras…¿para esto?

La discusión escaló rápidamente.

—¡Porque mi padre es un manipulador!— exclamó Babe, levantando la voz más de lo habitual.— ¡No voy a dejar que nos destruya! Te amo, Charlie. Aunque nunca lo haya dicho con estas palabras…te amo. No voy a renunciar a ti.

Charlie dio un paso atrás, con los ojos llenos de dolor.

—Ahora dices que me amas…después de que tu padre me humillara.— Sonrió con amargura.— Necesito pensar. Ahora mismo no puedo mirarte sin sentirme traicionado.

Charlie se dio la vuelta y empezó a caminar.

—¡Charlie, espera!— Babe intentó detenerlo, sujetándolo del brazo.

Charlie se soltó con fuerza y siguió andando sin mirar atrás.

—Déjame en paz, Babe.

Babe se quedó solo en el mirador, apretando los puños con tanta fuerza que sus nudillos se pusieron blancos. Sus ojos brillaban con una mezcla de furia y dolor.

—No voy a permitir esto.— murmuró para sí mismo, con voz gélida y decidida.

Dio media vuelta y se dirigió con paso firme hacia las salas del Consejo. Iba a confrontar a su padre. Esta vez, no iba a quedarse callado.

La Noticia que Rompe el Orgullo

Habían pasado dos días desde la dolorosa discusión en el mirador. Babe no había aparecido por la Academia. Ni en las clases compartidas, ni en los pasillos, ni en ninguno de los lugares donde solían encontrarse.

Charlie intentaba mantener una máscara de indiferencia fría, caminando con la cabeza alta y evitando cualquier conversación relacionada con vampiros. Sin embargo, en el fondo, una preocupación sorda y constante le carcomía el pecho.

Durante el receso, mientras Charlie estaba sentado solo en un banco apartado del jardín central, Jeff —su mejor amigo, prácticamente un hermano— se acercó casi corriendo. Su rostro estaba tenso y sus alas brillaban con nerviosismo.

—Charlie.— dijo Jeff con voz urgente.— Es sobre Babe.

Charlie levantó la mirada, fingiendo desinterés, aunque su corazón dio un vuelco.

—No me importa nada sobre él.— respondió con tono seco, desviando la mirada hacia los árboles.

Jeff ignoró por completo sus palabras. Se sentó a su lado y bajó la voz, visiblemente preocupado:

—Está muy grave, Charlie.

Charlie sintió que todo su mundo se derrumbaba de golpe. Su expresión de indiferencia se hizo añicos en un segundo. Se giró bruscamente hacia su amigo, con los ojos muy abiertos.

—¿Qué acabas de decir?

Jeff respiró hondo y continuó, hablando rápido pero claro:

—Alan, el mejor amigo de Babe, me lo contó todo hace unos minutos. Después de tu discusión con él…Babe fue directamente a confrontar a su padre. Le exigió que retirara la mentira sobre el compromiso con Willy. La discusión se salió de control. Tú sabes que después de su padre, Babe es el segundo vampiro más fuerte en este mundo…pero no estaba solo. Usaron una sustancia especial, un veneno paralizante diseñado para vampiros de sangre antigua, para debilitarlo y poder castigarlo.

Jeff tragó saliva antes de seguir:

—Babe luchó hasta donde pudo, Charlie. Dicen que destruyó parte de la sala del consejo y dejó heridos a varios guardias. Pero al final lo redujeron. Cuando Alan llegó, Babe se desplomó totalmente en sus brazos. Ahora mismo está en su penthouse. Gracias a Alan, tienen vigilado el lugar con personas de absoluta confianza para que nadie se acerque a hacerle daño. Lleva dos días sin despertar.

Charlie se quedó en silencio absoluto durante unos segundos. Su rostro perdió todo el color.

Las lágrimas subieron a sus ojos sin que pudiera detenerlas y sus alas se apagaron por completo, perdiendo su brillo habitual.

—No…— susurró con la voz rota.— Eso no puede ser…Babe es fuerte…él no…

Jeff puso una mano en su hombro, apretándolo con fuerza.

—Alan me dijo que mientras se desvanecía, Babe repetía tu nombre. Decía que no iba a renunciar a ti. Que lucharía por lo que tenían. Charlie…casi lo matan por defender tu relación.

Charlie se levantó de golpe, con las manos temblando y el pecho agitado.

—¿Dos días? ¿Lleva dos días inconsciente y yo aquí fingiendo qué no me importaba?— Su voz se quebró.— ¡Fui un idiota! Le dije cosas horribles…lo alejé…y él fue y casi muere por mí.

Jeff se levantó también, mirándolo con comprensión.

—Sé que estás herido, pero él te ama de verdad. Suficiente como para enfrentarse al líder del Consejo Vampírico. Tienes que ir a verlo.

Charlie se pasó las manos por el cabello, desesperado, con lágrimas corriendo por sus mejillas.

—¿Dónde está? Llévame ahora mismo, Jeff. No me importa si hay guardias o si su padre intenta impedirlo. Necesito verlo. No puedo perderlo…no así.

Jeff asintió con seriedad.

—Alan me dio la ubicación exacta del penthouse y las contraseñas para pasar los guardias de confianza. Pero tienes que prepararte…no se ve bien, Charlie. Está muy débil.

Charlie apretó los puños, con el corazón destrozado por la culpa y el miedo.

—Vamos. No voy a esperar ni un segundo más.

Heridas que Hablan Más que las Palabras

Charlie llegó al imponente penthouse acompañado de Jeff. Los guardias vampiros apostados en la entrada principal lo observaron con desconfianza, pero cuando mencionó su nombre, uno de ellos asintió.

—Alan nos advirtió que vendrías. Puedes pasar.— dijo el guardia con voz neutra.

Charlie subió solo en el ascensor privado. El corazón le latía con fuerza. Al llegar al último piso, caminó por el pasillo oscuro hasta la puerta principal de la habitación de Babe. Introdujo la contraseña que Alan le había enviado y la puerta se abrió con un suave clic.

Lo que vio al entrar lo destrozó por completo.

La habitación estaba en penumbras, iluminada solo por una tenue luz azulada que provenía de un hechizo de sanación. Babe yacía en la enorme cama, con el torso parcialmente descubierto. Tenía cortes profundos en el rostro, moretones oscuros en los pómulos, la mandíbula y el cuello. Varios moretones grandes cubrían su pecho y brazos. Su piel, normalmente pálida y perfecta, estaba marcada y herida. Babe respiraba con dificultad, muy lentamente. Su cuerpo intentaba sanarse solo, pero el proceso era terriblemente lento debido a la debilidad extrema causada por la sustancia que le habían inyectado.

Charlie se quedó paralizado en la puerta, con las lágrimas cayendo sin control por sus mejillas.

—Babe…— susurró con la voz rota.

En ese momento, Alan salió de una esquina de la habitación, donde había estado vigilando. Se veía exhausto.

—Charlie…— dijo Alan en voz baja.— Me alegra que hayas venido.

Charlie se acercó lentamente a la cama, sin poder apartar la mirada de las heridas de Babe. Se sentó con cuidado en el borde del colchón y tomó una de sus manos frías entre las suyas.

—¿Qué le hicieron…?— preguntó con la voz temblorosa.

Alan suspiró y se acercó un poco más, hablando con honestidad:

—El padre de Babe se enteró de su relación contigo. No sé cómo, pero lo sabía. Lo llamó a su despacho y le prohibió rotundamente que volviera a verte. Le dijo que eras una debilidad, una vergüenza para su linaje. Babe se negó. Discutieron fuerte. Babe le dijo que no iba a renunciar a ti, que por primera vez en su vida sentía algo real y que no pensaba obedecer.

Alan hizo una pausa, mirando el rostro herido de su amigo.

—Al día siguiente, Babe iba a buscarte. Quería contarte todo y decirte que estaba dispuesto a luchar por ti, por su relación. Iba a enfrentarse a todo el consejo si era necesario. Pero después de tu discusión…fue directamente a confrontar a su padre. No quería esperar.

Charlie sintió que una daga se clavaba en su pecho. Las lágrimas caían sin parar.

—Ese día…— susurró Charlie con voz quebrada.— Ese día yo lo rechacé. Le dije cosas horribles. Pensé que me había mentido…y él iba a decirme que lucharía por mí. Dios mío, Alan…soy un idiota.

Alan colocó una mano en su hombro.

—Babe te ama, Charlie. De una forma que nunca lo había visto amar a nadie. Luchó como un demonio contra su padre y sus guardias. Logró herir a varios, pero al final usaron esa sustancia. Lo dejaron muy débil. Lleva dos días sin despertar. Los sanadores dicen que su cuerpo está resistiendo, pero necesita tiempo…y una razón para despertar.

Charlie se inclinó hacia adelante y apoyó su frente con cuidado contra la mano de Babe, llorando en silencio.

—Perdóname…— susurró contra su piel fría.— Perdóname, Babe. Fui un estúpido. Creí lo peor de ti cuando tú estabas dispuesto a darlo todo por mí. Por favor…despierta. Necesito decirte que te amo. Necesito decirte que estoy aquí y que no voy a ir a ningún lado.

Alan se retiró discretamente hacia la puerta para darles privacidad.

—Estaré afuera si me necesitas.— dijo antes de salir.

Charlie se quedó solo con Babe, sosteniendo su mano con fuerza, acariciando suavemente su cabello y besando sus nudillos heridos.

—Voy a quedarme aquí.— murmuró entre lágrimas.— Hasta que despiertes. Y cuando lo hagas…voy a besarte y a decirte todo lo que no te dije ese día. No voy a dejarte solo nunca más, mi vampiro terco y valiente.

La habitación quedó en silencio, solo interrumpido por la respiración débil de Babe y los sollozos contenidos de Charlie.

Días de Vigilancia y Culpa

Los siguientes días se convirtieron en una rutina extraña pero constante para Charlie.

Por las mañanas asistía a clases en la Academia, pero su mente estaba lejos.

Apenas prestaba atención y en cuanto terminaba el último período, volaba directamente al penthouse. Alan y Jeff se turnaban para acompañarlo y darle apoyo.

Esa tarde, Charlie entró a la habitación de Babe con una bandeja de té de hierbas curativas que había preparado él mismo.

Babe seguía inconsciente, pero su rostro ya tenía menos moretones. Charlie dejó la bandeja a un lado, se sentó en el borde de la cama y tomó la mano fría de Babe entre las suyas.

—Hoy fue un día horrible sin ti.— susurró Charlie, acariciando suavemente sus nudillos.— Todos preguntaban por ti. Yo solo quería volver aquí.— Se inclinó y besó su frente con ternura.— Perdóname por haber dudado de ti. Sigo sintiéndome tan estúpido…

Alan entró en silencio a la habitación y se apoyó contra la pared.

—Ha mejorado un poco.— dijo Alan en voz baja.— La fiebre bajó. Los sanadores dicen que tu presencia ayuda. Los vampiros sanamos más rápido cuando tenemos una razón emocional fuerte.

Charlie asintió, sin soltar la mano de Babe.

—No me voy a mover de aquí hasta que despierte.

Noches en Velas

Por las noches, Charlie casi no dormía. Se quedaba sentado junto a la cama, a veces apoyando la cabeza en el colchón cerca de Babe, otras veces hablándole en voz baja.

Jeff estaba sentado en un sillón al otro lado de la habitación, vigilando en silencio.

—Charlie…deberías dormir un poco.— dijo Jeff con preocupación.— Llevas tres días así.— No puedo.— respondió Charlie, pasando un paño húmedo con cuidado por la frente de Babe.— Cada vez que cierro los ojos veo su cara el día que discutimos. Le dije cosas horribles…y él estaba dispuesto a morir por mí. Lo mínimo que puedo hacer es quedarme aquí.

Se inclinó y besó suavemente los labios secos de Babe.

—Despierta, por favor…— susurró contra su boca.— Te extraño. Extraño tu sonrisa fría, tu forma de sonrojarte sin querer cuando te beso, tu voz cuando me dices que solo conmigo eres diferente…

Jeff sonrió con tristeza.

—Nunca te había visto tan enamorado.

—Nunca había estado tan enamorado.— contestó Charlie sin apartar la mirada de Babe.

Pequeños Avances

Al cuarto día, hubo una mejoría notable.

Charlie estaba cambiándole las vendas a Babe en el pecho cuando sintió un leve movimiento. Los dedos de Babe se movieron ligeramente contra su mano.

—Babe…— Charlie contuvo la respiración.— ¿Me escuchas?

Alan, que estaba cerca revisando unos documentos, se acercó rápidamente.

—Es la primera respuesta motora en días.— dijo Alan, esperanzado.

Charlie se inclinó y besó la frente de Babe, luego sus mejillas marcadas, y finalmente sus labios con mucha suavidad.

—Estoy aquí.— susurró contra su boca.— No me he movido de tu lado. Alan, Jeff y yo estamos cuidándote. Cuando despiertes voy a besarte hasta que te canses…y luego voy a decirte mil veces que te amo.

Jeff entró en ese momento con más suministros y sonrió al ver la escena.

—Miren nada más…el hada más terco de la Academia domando al vampiro más frío del consejo.

Charlie rio entre lágrimas, sin soltar la mano de Babe.

—Que se despierte primero…después podremos bromear todo lo que quiera.

Se quedó allí, acariciando el cabello de Babe y hablándole durante horas, contándole todo lo que había pasado en la Academia, las clases aburridas, lo mucho que lo extrañaba.

La Promesa en la Oscuridad

Esa misma noche, Charlie se acostó con cuidado al lado de Babe en la gran cama, abrazándolo suavemente por la cintura para no lastimarlo.

—Cuando despiertes.— susurró en su oídom— vamos a hacer las cosas bien. No voy a dudar de ti nunca más. Vamos a enfrentar a tu padre juntos si es necesario. Solo…vuelve conmigo, Babe. Te necesito.

Alan y Jeff se habían retirado a otra habitación para darles privacidad.

Charlie besó su cuello con ternura y se quedó pegado a él, escuchando su respiración lenta pero constante.

—Te amo.— repitió varias veces contra su piel.— Y voy a demostrártelo todos los días cuando despiertes.

La Vuelta y la Rendición

Una semana después, Charlie entró a la habitación de Babe con una sonrisa nerviosa, llevando una bandeja con té.

Sin embargo, la cama estaba vacía. El pánico lo invadió al instante.

—¿Babe…?— llamó, dejando la bandeja rápidamente.

Entonces lo vio.

Babe estaba de pie en la terraza, completamente curado. No quedaba ni un solo moretón en su piel. Llevaba solo una camisa blanca larga y suelta que le llegaba a mitad de los muslos. Nada más. Su cabello estaba ligeramente revuelto por el viento.

—¡Babe!— exclamó Charlie con alivio, corriendo hacia él.— Por fin despertaste…

Babe giró lentamente. Sus ojos grises tenían esa frialdad antigua, la misma del primer encuentro en los pasillos de la Academia.

Charlie sintió un déjà vu doloroso.

—¿Qué haces aquí?— preguntó Babe con voz distante.— No deberías estar aquí. Es peligroso para ti.

Charlie negó con la cabeza, acercándose más.

—Mi lugar está a tu lado, Babe.

Babe sonrió con frialdad, casi cruel.

—Lo mejor es que te vayas, Charlie. Lo que teníamos se acabó. Mereces ser feliz sin que te den problemas constantemente. Y ya debes saberlo…casi me matan. Tendrían que haberlo hecho.

Charlie sintió un golpe en el pecho.

—No digas eso, Babe…

—Es la verdad.— respondió Babe, pasando por su lado para volver a la habitación.— Vete, Charlie. No quiero causarte más problemas.

Cuando Babe intentó alejarse, Charlie lo tomó firmemente de la cintura y lo atrajo contra su cuerpo con determinación.

—No.— dijo Charlie con voz firme y cargada de emoción.— No lo haré. No pienso irme ni renunciar a ti. Mi lugar está a tu lado. Te amo, Babe. Te amo muchísimo, mi amor…Y estoy dispuesto a luchar por ti, por lo nuestro.

Sin darle tiempo a responder, Charlie devoró su boca con hambre acumulada de días. Fue un beso intenso, profundo y desesperado.

Babe se tensó un segundo, pero casi inmediatamente correspondió, enredando una mano en el cabello de Charlie y tirando de él para acercarlo más.

El beso se volvió ardiente. Sus lenguas se encontraron con urgencia. Charlie bajó las manos por la espalda de Babe hasta llegar a su trasero, apretándolo con fuerza contra su cuerpo. Gruñó contra sus labios al descubrir que Babe no llevaba nada debajo de la camisa.

—Joder, Babe…— murmuró Charlie con la voz ronca, separándose apenas para respirar.— ¿Estás desnudo debajo de esto?

Babe soltó un jadeo cuando Charlie apretó su trasero con más fuerza, clavando los dedos en la carne suave.

—Me siento más cómodo así…— respondió Babe con voz entrecortada, aunque todavía intentaba mantener algo de su frialdad.

Charlie lo besó de nuevo, más agresivo, mordiendo su labio inferior antes de calmarlo con la lengua.

—No vas a echarme.— dijo Charlie entre besos, apretándolo más contra su cuerpo.— No después de casi perderte. Te amo. Y tú me amas a mí. Lo sentí cuando te besé mientras estabas inconsciente. No me mientas ahora.

Babe gruñó contra su boca, su cuerpo traicionándolo. Sus caderas se movieron instintivamente contra Charlie.

— Eres un maldito hada terco…— susurró Babe, pero su voz ya había perdido la frialdad. Ahora estaba cargada de deseo y alivio.

Charlie sonrió contra sus labios y apretó su trasero con ambas manos, levantándolo ligeramente.

—Tu hada terca. Y no pienso irme de tu lado nunca más. ¿Entendido?

Babe lo miró a los ojos. La frialdad había desaparecido casi por completo. Solo quedaba deseo, amor y una rendición que ya no podía ocultar.

—Entendido…— murmuró antes de volver a besarlo con la misma hambre.

Sus cuerpos se apretaron con fuerza bajo la luz de la terraza. La camisa de Babe se subió peligrosamente mientras Charlie lo sostenía contra sí, sin intención alguna de soltarlo.

Rendición y Posesión

Charlie caminó hacia atrás sin soltar a Babe, besándolo con hambre mientras sus manos apretaban posesivamente su trasero. Cuando sus piernas tocaron la cama, se sentó y Babe subió inmediatamente encima de él, colocando una pierna a cada lado de sus caderas.

Babe pasó sus labios por el cuello de Charlie, rozando suavemente sus colmillos contra la piel sensible. Charlie soltó un gruñido bajo y lo tomó del cabello con firmeza, tirando de su cabeza hacia atrás para devorar su boca en un beso profundo y dominante.

—Así…justo así.— murmuró Charlie contra sus labios, mientras Babe comenzaba a moverse lentamente encima de él, frotándose con necesidad.

Charlie bajó la boca hasta el cuello de Babe, lamiendo, besando, chupando y mordiendo la piel pálida con deseo. Babe gimió suavemente, moviendo las caderas con más insistencia mientras enredaba los dedos en el cabello de Charlie.

—Charlie…— jadeó Babe, con la voz entrecortada.

Charlie lo tomó de las caderas y, con un movimiento rápido, lo volteó sobre la cama.

Babe quedó acostado boca arriba, mirándolo con ojos brillantes. Con una sonrisa seductora que mostraba sus colmillos, Babe separó las piernas para él, invitándolo abiertamente.

Eso fue suficiente para volver loco a Charlie.

—Joder, Babe…— gruñó Charlie, quitándole la camisa con urgencia. Se deshizo de su propia ropa en segundos, quedando completamente desnudo sobre él.

Charlie se inclinó, besando y chupando el cuello de Babe mientras bajaba hacia sus pezones. Los lamió, los mordió suavemente y los chupó con fuerza, haciendo que Babe arqueara la espalda y soltara gemidos agudos.

—Tan hermoso…— murmuró Charlie con voz ronca y posesiva.— Tan mío.

Chupó dos de sus dedos generosamente y los llevó hasta la entrada de Babe. Empezó a acariciarlo en círculos lentos, presionando poco a poco.

—Relájate para mí, mi amor.— susurró Charlie mientras introducía el primer dedo con cuidado, moviéndolo dentro de él.— Eso es…déjame sentirte.

Babe soltó un gemido agudo, echando la cabeza hacia un lado mientras Charlie comenzaba a mover el dedo lentamente, curvándolo en busca de ese punto sensible.

—Charlie…ah…— gimió Babe, moviendo las caderas contra su mano.

Charlie añadió un segundo dedo, abriéndolo con movimientos precisos y profundos.

Besaba y mordía el cuello de Babe mientras sus dedos entraban y salían con ritmo constante, rozando su próstata una y otra vez.

—Tan apretado…tan caliente por dentro.— gruñó Charlie contra su piel, mordiendo suavemente un pezón.— Me vuelves loco cuando gimes así. ¿Sientes cómo te abro? Quiero prepararte bien para mí.

Babe arqueó la espalda, soltando gemidos más altos y agudos mientras Charlie acelera el movimiento de sus dedos. Sus manos se aferraban a las sábanas y al cabello de Charlie.

—Más…por favor…— suplicó Babe con voz entrecortada.

Charlie sonrió con posesividad, curvando los dedos con más precisión y rapidez.

—Así, mi amor. Déjame escucharte. Eres tan hermoso cuando te deshaces en mis dedos…Tan perfecto. Tan mío.

Babe temblaba debajo de él, gimiendo sin control mientras Charlie continuaba masturbándolo con los dedos, besando y mordiendo su cuello y pecho, marcándolo con su boca.

Charlie lo miró a los ojos con intensidad, sin dejar de mover los dedos.

—Nunca más voy a dejarte ir, Babe. ¿Entiendes? Eres mío. Y yo soy tuyo.

Babe solo pudo responder con un gemido largo y tembloroso, completamente entregado al placer que Charlie le daba.

Posesión Profunda

Charlie siguió moviendo sus dedos dentro de Babe con ritmo profundo y constante, curvándolos en cada embestida para rozar ese punto sensible que hacía temblar al vampiro. Babe gemía sin control, moviendo las caderas para encontrarse con sus dedos.

—Charlie…por favor…— suplicó Babe con voz entrecortada.

Charlie sonrió con satisfacción y sacó los dedos lentamente. Babe gimió en protesta, un sonido agudo y necesitado que hizo reír suavemente a Charlie.

—Tan impaciente…— murmuró Charlie con voz ronca y divertida.

Agarró su miembro duro y lo posicionó en la entrada de Babe. Sin apartar la mirada de sus ojos, lo embistió de una sola vez, hundiéndose hasta el fondo.

Babe abrió la boca para soltar un grito, pero Charlie lo silenció con un beso feroz, tragándose su sonido mientras se enterraba completamente en él.

—Shh…ya te tengo.— gruñó contra sus labios, quedándose quieto un momento para que Babe se adaptara.— Tan apretado…tan caliente alrededor de mí. Perfecto.

Empezó a moverse lentamente, con embestidas profundas y controladas. Cada vez que salía casi por completo, volvía a entrar con fuerza, llenándolo por completo.

Mientras lo follaba, Charlie besaba, chupaba, lamía y mordía el cuello de Babe, bajando después hasta sus pezones, torturándolos con la lengua y los dientes.

Babe rasguñaba la espalda de Charlie con cuidado de no dañar sus alas, dejando marcas rojas con las uñas. También mordía su mandíbula y cuello, dejando marcas visibles.

—Charlie…ahh…más profundo…— gemía Babe, arqueando la espalda.

Charlie aceleró el ritmo, haciendo que las embestidas fueran más brutales pero manteniendo la profundidad.

—Así te gusta, ¿verdad?— gruñó Charlie contra su oído, mordiendo el lóbulo.— Sentirme tan adentro…llenándote por completo. Eres mío, Babe. Solo mío.

Babe soltó un gemido agudo cuando Charlie golpeó ese punto sensible con fuerza. Sus piernas se envolvieron alrededor de la cintura de Charlie, atrayéndolo más.

—Más…por favor…— suplicó Babe, clavando las uñas en su espalda.

Charlie lo besó con rudeza, devorando su boca mientras aumentaba la intensidad de sus embestidas. Salía casi por completo y volvía a entrar con fuerza brutal, haciendo que la cama se moviera.

—Tan hermoso cuando te deshaces debajo de mí.— murmuró Charlie, chupando uno de sus pezones con fuerza.— Me vuelves loco, mi amor. Quiero follarte así todos los días…hasta que solo puedas pensar en mí.

Babe mordió el cuello de Charlie con fuerza, dejando una marca oscura mientras gemía contra su piel. Charlie respondió embistiéndolo más duro, profundo y posesivo.

—Así…marcame.— gruñó Charlie, acelerando el ritmo.— Quiero llevar tus marcas. Quiero que todos sepan que soy tuyo mientras yo sé que tú eres mío.

Los movimientos se volvieron más intensos.

Charlie follaba a Babe con embestidas lentas pero brutales, profundas y precisas, golpeando ese punto una y otra vez. Besaba su boca, su cuello y sus pezones sin parar, mientras Babe se deshacía en gemidos y rasguños debajo de él.

—Te amo…— jadeó Charlie contra sus labios, sin dejar de moverse.— Y no voy a dejarte ir nunca más.

Babe solo pudo responder con un gemido largo y tembloroso, completamente entregado al placer y a la posesión de Charlie.

Hambre Insaciable

Después del primer orgasmo intenso que dejó a ambos jadeando, Charlie apenas le dio tiempo a Babe para recuperarse. Con una sonrisa oscura y posesiva, giró a Babe sobre su estómago y lo levantó por las caderas, poniéndolo de rodillas.

—Todavía no he terminado contigo.— gruñó Charlie contra su oído, mordiendo el lóbulo de su oreja.— Quiero más. Quiero follarte hasta que no puedas caminar mañana.

Babe soltó un gemido ahogado cuando sintió el miembro duro de Charlie presionando nuevamente contra su entrada, aún sensible por la primera ronda.

—Charlie…— jadeó Babe, empujando hacia atrás con necesidad.

Charlie lo penetró de una sola embestida brutal y profunda, arrancándole un grito de placer a Babe. Empezó a follarlo con fuerza, con embestidas largas, duras y profundas que hacían que sus caderas chocaran sonoramente contra el trasero de Babe.

—Joder…qué apretado sigues.— gruñó Charlie, agarrando con fuerza las caderas de Babe mientras lo embestía sin piedad.— Tan perfecto para mí…tomando todo lo que te doy.

Babe enterró el rostro en las sábanas, gimiendo alto y sin control con cada embestida brutal.

—Más fuerte…por favor…— suplicó con voz rota.

Charlie sonrió con satisfacción y aceleró el ritmo, follándolo más duro y profundo. El sonido de piel contra piel llenaba la habitación junto con los gemidos de Babe.

—Eso es…así te gusta, ¿verdad?— dijo Charlie con voz ronca, inclinándose sobre su espalda para morder su nuca.— Que te folle como si quisiera partirte en dos. Eres mío, Babe. Este culo es mío.

Agarró el cabello de Babe, tirando de su cabeza hacia atrás mientras seguía embistiéndolo con fuerza salvaje. Con la otra mano, rodeó su miembro y lo masturbaba al mismo ritmo de sus embestidas.

—Tan duro otra vez para mí…— murmuró Charlie contra su cuello, mordiéndolo.— Me encanta cómo tiemblas cuando te follo así.

Babe gemía sin parar, empujando hacia atrás para encontrarse con cada embestida brutal.

—Charlie…ahh…¡sí! Más…más adentro…

Charlie lo penetraba con embestidas profundas y violentas, golpeando su punto sensible una y otra vez. Cambió el ángulo ligeramente y Babe soltó un grito agudo de placer.

—Justo ahí…— gruñó Charlie, follándolo sin piedad.— Quiero que sientas cada centímetro. Quiero que mañana solo puedas pensar en cómo te follé.

Babe rasguñaba las sábanas, el cuerpo temblando de placer.

—Voy a…Charlie…me voy a correr otra vez…— advirtió con voz entrecortada.

—Hazlo.— ordenó Charlie, acelerando aún más, follándolo con brutalidad.— Córrete para mí, mi amor. Quiero sentir cómo te corres mientras estoy bien adentro.

Con un grito ahogado, Babe se corrió por segunda vez, temblando violentamente.

Charlie lo siguió poco después, embistiéndolo profundamente mientras se derramaba dentro de él con un gruñido posesivo.

Ambos cayeron sobre la cama, jadeando.

Charlie permaneció dentro de Babe, abrazándolo por detrás con fuerza.

—Te amo.— susurró Charlie contra su nuca, besándola con ternura.— Y no voy a dejarte escapar nunca más.

Babe, aún recuperando el aliento, giró ligeramente la cabeza para besarlo.

—Más te vale…— respondió con una sonrisa débil pero satisfecha.

Después de Tres Horas

Tres horas después, la habitación estaba impregnada del olor a sexo y sudor. Babe yacía boca abajo sobre las sábanas revueltas, completamente desnudo y agotado.

Charlie estaba encima de él, cubriéndolo con su cuerpo, embistiendo con movimientos lentos pero profundos y constantes.

Babe había perdido completamente la cuenta de cuántas veces Charlie lo había hecho correrse.

—Ahh…Charlie…— gimió Babe con voz rota, aferrándose a la almohada mientras sentía cómo el miembro de Charlie entraba y salía de él con fuerza controlada.

Charlie mordió su hombro y gruñó contra su piel, acelerando el ritmo de sus caderas.

—Una vez más, mi amor…solo una vez más.— susurró con voz ronca y posesiva, penetrándolo más profundo.— Estás tan lleno de mí…tan mojado…tan mío.

Las embestidas se volvieron más intensas.

Charlie lo follaba con movimientos largos y brutales, presionando todo su cuerpo contra la espalda de Babe. El sonido húmedo de sus caderas chocando llenaba la habitación junto con los gemidos ahogados de Babe.

—Charlie…voy a…otra vez…— jadeó Babe, temblando.

—Córrete para mí.— ordenó Charlie, mordiendo su nuca.— Quiero sentir cómo te corres mientras estoy enterrado hasta el fondo.

Con un grito ahogado, Babe se corrió por enésima vez, apretando alrededor del miembro de Charlie. Este lo siguió segundos después, embistiéndolo profundamente mientras se derramaba dentro de él con un gruñido bajo y satisfecho.

Ambos quedaron jadeando. Charlie se dejó caer suavemente sobre la espalda de Babe, besando con ternura su hombro desnudo y la línea de su columna.

Babe gimió suavemente cuando sintió la mano de Charlie bajar por su espalda, acariciando posesivamente su trasero antes de que dos dedos volvieran a deslizarse dentro de su entrada sensible y empapada.

—Charlie…— protestó Babe con voz débil, aunque no hizo ningún intento por apartarse.

Charlie movió los dedos lentamente dentro de él, acariciando las paredes internas con suavidad mientras besaba su hombro y su nuca.

—Shh…solo estoy jugando un poco.— murmuró Charlie contra su piel, curvando los dedos con pereza.— Me encanta cómo te sientes por dentro después de follarte tantas veces…tan caliente, tan resbaladizo…lleno de mí.

Babe soltó un gemido largo y tembloroso, enterrando el rostro en la almohada.

—Déjame descansar, Cachorro…— jadeó Babe, con la voz ronca y exhausta.— Ya me has follado lo suficiente…

Charlie rio suavemente contra su hombro y mordió la piel con cariño, sin dejar de mover los dedos lentamente dentro y fuera de él.

—¿Cachorro?— repitió divertido, empujando sus dedos un poco más profundo.— Me gusta cómo suena eso cuando estás destrozado debajo de mí. Pero aún no quiero parar del todo…déjame sentirte un rato más.

Babe gimió de nuevo, separando ligeramente las piernas para facilitarle el acceso, aunque su cuerpo temblaba de cansancio.

—Eres insaciable…— murmuró Babe, con una sonrisa agotada en los labios.— Tres horas, Charlie…tres malditas horas…

Charlie besó su nuca con ternura mientras sus dedos seguían moviéndose perezosamente dentro de él, explorando y acariciando.

—Y aún podría seguir.— susurró contra su oído con voz oscura.— Pero por ahora…solo voy a mantenerte así. Lleno de mí. Relájate, mi amor. Descansa…mientras yo te cuido.

Babe soltó un suspiro tembloroso y se dejó consentir, gimiendo bajito cada vez que los dedos de Charlie rozaban ese punto sensible dentro de él.

La Línea de Sangre Que Se Rompe

Al día siguiente, la luz de la tarde entraba suavemente por los ventanales del penthouse. Babe ya estaba completamente recuperado, vestido con una camisa negra holgada y pantalones oscuros. Alan y Jeff habían llegado para visitarlo y los cuatro estaban sentados en la sala principal.

Alan sonreía ampliamente, visiblemente aliviado.

—Joder, Babe…verte de pie y con esa cara de siempre es un alivio enorme. Pensé que tardarías mucho más en recuperarte.

Jeff, con las alas brillando de felicidad, le dio un leve golpe en el hombro a Babe.

—Te ves bien, vampiro. Aunque todavía tienes una pequeña marca en el cuello que seguro no es de la pelea…— bromeó mirando de reojo a Charlie.

Babe solo soltó un bufido, pero sus labios se curvaron ligeramente. Charlie, sentado a su lado, entrelazó sus dedos con los de él sin decir nada.

Hablaron durante casi una hora sobre lo ocurrido, sobre los próximos pasos y sobre cómo protegerse del padre de Babe.

Finalmente, Alan se levantó.

—Bueno, nosotros ya nos vamos. Tienen mucho de qué hablar.— dijo Alan con una sonrisa cómplice.— Si necesitas algo, Babe, solo avísame.

Jeff abrazó brevemente a Charlie antes de irse.

—Cuídalo, hada. Y tú, Babe, no hagas ninguna locura.

Cuando la puerta se cerró detrás de ellos, el penthouse quedó en silencio. Charlie notó que Babe se había quedado callado, mirando hacia la ciudad a través del ventanal con expresión seria.

Charlie se acercó, tomó su mano y lo atrajo suavemente hasta sentarse en el sofá. Babe suspiró y se subió a su regazo, acomodándose a horcajadas sobre él. Charlie rodeó su cintura con los brazos, sosteniéndolo con cariño.

—¿En qué piensas, mi amor?— preguntó Charlie en voz baja, acariciando su espalda.— Puedes decírmelo.

Babe tardó unos segundos en responder.

Apoyó su frente contra la de Charlie y suspiró profundamente.

—Es sobre mi padre…— admitió finalmente, con voz baja pero firme.— Siéndote sincero, Charlie…con lo que me hizo, mató lo poco que aún sentía por él. Ya no me importa ser parte de esa familia. Para mí, él está muerto.

Charlie lo abrazó más fuerte, escuchándolo con atención.

Babe continuó, su voz ganando fuerza y frialdad:

—No siento nada. Ni dolor, ni tristeza, ni lealtad. Solo…vacío. Me crió bajo reglas estrictas, me enseñó a ser frío, a controlar todo…y cuando por fin encontré algo real— te encontró a ti.— intentó destruirlo de la peor forma posible. Casi me mata por eso.

Babe levantó la cabeza y miró directamente a los ojos de Charlie. Sus ojos grises tenían un brillo peligroso.

—No voy a permitir que nos toque ni un solo cabello.— declaró con determinación absoluta.— Si lo intenta…lo mató. Sin dudarlo. Ya no es mi padre. Es solo una amenaza. Y yo protejo lo que es mío.

Charlie acarició su mejilla con el pulgar, observándolo con una mezcla de amor y preocupación.

—Babe…sé que estás herido. Y te entiendo. Pero no quiero que tengas que cargar con eso tú solo. Estamos juntos en esto. Si tu padre vuelve a intentar algo, no vas a enfrentarlo solo. Yo estaré a tu lado.

Babe asintió lentamente y se inclinó para besarlo con intensidad, un beso profundo y posesivo.

—Eres lo único que me importa ahora.— murmuró contra sus labios.— Tú y esto que tenemos. No voy a dejar que nadie lo destruya. Ni mi padre, ni el consejo, ni nadie.

Charlie lo apretó contra su cuerpo, besando su cuello con ternura.

—Te amo, Babe. Y vamos a enfrentar esto juntos. No tienes que ser el frío heredero vampírico nunca más si no quieres. Conmigo puedes ser quien realmente eres.

Babe escondió el rostro en el cuello de Charlie, respirando su aroma.

—Contigo ya no quiero ser frío…— susurró.— Pero por ti…soy capaz de volverme letal si es necesario.

Se quedaron abrazados en silencio, con Babe todavía sentado en el regazo de Charlie, dejando que la promesa de protección y el peso de su decisión flotara entre ellos.

El Regreso a la Academia

Los días siguientes fueron extrañamente tranquilos. Babe y Charlie regresaron juntos a la Academia, aunque ahora todo se sentía diferente. Ya no había secretos ni dudas.

Caminaban uno al lado del otro por los pasillos, y aunque Babe mantenía su habitual expresión fría y distante con los demás, su mano rozaba discretamente la de Charlie cada vez que podían.

En su primera clase compartida, varios estudiantes los miraron con curiosidad. Babe se sentó en su lugar habitual en la zona de sombra, y Charlie ocupó el asiento justo a su lado, ignorando las miradas.

Cuando un vampiro de otro curso se atrevió a comentar algo en voz baja sobre “el heredero y la hada”, Babe solo giró la cabeza lentamente y lo miró con ojos gélidos. El chico se calló al instante.

Charlie sonrió para sí mismo y, por debajo del pupitre, apretó suavemente la mano de Babe.

—Mi protector.— susurró.

Babe solo respondió con un leve apretón, sin cambiar su expresión impasible.

Momentos Robados en la Biblioteca

Por las tardes, volvían a su rincón favorito de la biblioteca. Babe seguía leyendo sus libros antiguos sobre control mágico, pero ahora Charlie podía sentarse prácticamente pegado a él sin que lo rechazara.

—Sigues leyendo lo mismo de siempre.— comentó Charlie en voz baja, apoyando la cabeza en el hombro de Babe.

—Y tú sigues siendo un distractor.— respondió Babe, aunque su tono era suave. Cerró el libro, giró el rostro y besó la sien de Charlie con lentitud.— Pero ya no me molesta.

Charlie sonrió ampliamente y levantó la cabeza para robarle un beso corto pero profundo.

—Te amo.— susurró contra sus labios.

Babe miró alrededor para asegurarse de que nadie los viera, luego tomó la barbilla de Charlie y lo besó otra vez, más lento, más intenso.

—Solo tú me haces querer esto en público.— murmuró Babe, apoyando su frente contra la de Charlie.— Solo tú.

La Noche en el Balcón

Por las noches, regresaban al balcón donde todo había empezado a cambiar. Ahora ya no había distancia. Babe se apoyaba en la barandilla y Charlie se colocaba detrás de él, abrazándolo por la cintura y apoyando la barbilla en su hombro.

—¿No tienes miedo de qué tu padre intente algo?— preguntó Charlie en voz baja.

Babe giró ligeramente la cabeza y besó su mandíbula.

—Tengo miedo de perderte.— admitió con honestidad.— A él ya no le tengo miedo. Si se acerca…lo terminaré.

Charlie lo abrazó más fuerte, besando su cuello.

—No vas a perderme. Estamos juntos en esto. Luz y sombra, ¿recuerdas?

Babe soltó una pequeña risa baja, de esas que solo Charlie conseguía sacarle.

—Luz y sombra.— repitió, girándose entre sus brazos para mirarlo de frente.— Aunque últimamente mi sombra se está volviendo bastante cariñosa.

Charlie rio y lo besó profundamente, presionándolo contra la barandilla. Babe correspondió con la misma intensidad, enredando los dedos en su cabello.

Rutina que Sana

Pasaron los días y su rutina se volvió más natural. Por las mañanas caminaban juntos hacia la Academia. Durante el receso, Charlie le llevaba té dulce y Babe fingía quejarse, pero siempre lo aceptaba. Por las tardes estudiaban juntos, y por las noches se quedaban en el penthouse o en el mirador, besándose, hablando en voz baja y disfrutando de la cercanía.

Una tarde, mientras descansaban en el jardín, Charlie estaba recostado contra un árbol y Babe tenía la cabeza apoyada en su regazo.

—Nunca pensé que tendría esto.— murmuró Babe, mirando el cielo mientras Charlie acariciaba su cabello.— Alguien por quien vale la pena romper todas las reglas.

Charlie sonrió y se inclinó para besarlo suavemente.

—Y yo nunca pensé que el vampiro más frío de la Academia terminaría durmiendo con la cabeza en mi regazo.

Babe abrió un ojo y lo miró con esa sonrisa seductora que solo le dedicaba a él.

—Solo contigo, hada. Solo contigo.

La Pregunta que Ilumina la Oscuridad

Era una noche clara en el balcón privado del penthouse. La ciudad brillaba a lo lejos como un mar de luces, pero ninguno de los dos le prestaba atención. Estaban sentados en el amplio sillón exterior, con Babe recostado contra el pecho de Charlie, quien lo rodeaba con los brazos. El silencio era cómodo, solo interrumpido por el viento suave.

Charlie acariciaba lentamente el brazo de Babe, reuniendo valor. Su corazón latía con fuerza. Después de todo lo que habían pasado, sentía que era el momento correcto.

—Babe…— murmuró contra su cabello.

—¿Mm?— respondió Babe, girando ligeramente la cabeza para mirarlo.

Charlie lo acomodó mejor para poder verlo a los ojos. Tomó una de sus manos y entrelazó sus dedos, visiblemente nervioso pero decidido.

—Estos meses han sido…intensos. Desde que te rechacé, hasta que casi te pierdo, pasando por cada beso robado y cada noche en que me demostraste que valías cada herida.— Sonrió con ternura.— Ya no quiero solo estar contigo a escondidas o llamarte “mi amor” sin que sea oficial. Quiero que seas mío de verdad. Y yo quiero ser tuyo.

Charlie respiró hondo y lo miró directamente a los ojos grises.

—Babe, ¿quieres ser mi novio?

Babe se quedó mirándolo en silencio durante unos segundos. Luego, lentamente, una sonrisa grande y genuina se extendió por sus labios. No fue una sonrisa pequeña ni contenida. Fue amplia, hermosa, seductora y llena de calidez, haciendo que sus ojos brillaran con fuerza bajo la luz de la luna.

Charlie sintió que algo se agitaba dentro suyo. Las alas del hada se abrieron de golpe y empezaron a aletear con fuerza, emitiendo un brillo dorado intenso que iluminó parte del balcón.

Babe soltó una risa baja y ronca, claramente feliz.

—Eres un idiota por preguntar algo tan obvio.— dijo Babe, sin borrar esa sonrisa radiante.— Claro que sí. Acepto. Quiero ser tu novio, Charlie.

Charlie soltó una carcajada llena de alivio y alegría. Sus alas seguían aleteando sin control, imposible de detener por la emoción.

—Dios…esa sonrisa tuya va a matarme un día.— susurró antes de tomar el rostro de Babe con ambas manos y besarlo con pasión.

El beso fue profundo, lleno de felicidad y alivio. Cuando se separaron, Babe seguía sonriendo, apoyando su frente contra la de Charlie.

—Nunca había sonreído así por nadie.— admitió Babe en voz baja.— Solo tú consigues esto de mí.

Charlie lo abrazó con fuerza, todavía con las alas brillando y moviéndose por la emoción.

—Mi novio…— repitió con una sonrisa enorme.— Me encanta cómo suena. Mi novio frío, terco y absolutamente perfecto.

Babe rio suavemente y escondió el rostro en el cuello de Charlie, mordiéndolo juguetón.

—Y tú eres mi novio ruidoso, brillante y demasiado insistente. Pero ya no te cambiaría por nada.

Se quedaron abrazados bajo la noche, con las alas de Charlie aún brillando y moviéndose de vez en cuando por la felicidad desbordante, mientras Babe sonreía contra su piel como nunca antes lo había hecho.

Entrega Brutal

Babe estaba completamente desnudo, acostado boca arriba en medio de la gran cama. Tenía las piernas abiertas y flexionadas, los talones clavados en el colchón mientras se aferraba con fuerza a las sábanas. Su cabeza estaba echada hacia atrás, la boca abierta, dejando escapar gemidos agudos y sin ninguna vergüenza cada vez que Charlie lo embestía.

Charlie, también desnudo y cubriéndolo por completo, follaba con fuerza y profundidad.

Sus caderas chocaban contra el trasero de Babe con golpes rudos y constantes, hundiendo su miembro hasta el fondo en cada embestida.

—Así…mírate.— gruñó Charlie con voz ronca y posesiva, sin dejar de moverse.— Tan hermoso abierto para mí. Tomando cada centímetro como si hubieras nacido para esto.

Se inclinó y capturó la boca de Babe en un beso brutal, mordiendo su labio inferior antes de meter la lengua y devorarlo mientras seguía follándolo con fuerza. Luego bajó por su cuello, chupando con intensidad y mordiendo la piel pálida, dejando marcas rojizas.

—Charlie…¡ahh!— gimió Babe agudamente, arqueando la espalda cuando Charlie golpeó ese punto sensible dentro de él.

Charlie sonrió contra su piel y atacó uno de sus pezones. Lo lamió, lo chupó con fuerza y lo mordió, tirando de él con los dientes mientras sus caderas seguían embistiendo sin piedad, profundo y brutal.

—Eres tan sensible aquí…— murmuró Charlie, moviéndose al otro pezón para torturarlo igual.— Me encanta cómo te aprietas alrededor de mí cada vez que te muerdo. Tan apretado…tan caliente…tan perfecto.

Babe soltó un gemido largo y agudo, las uñas clavándose en la espalda de Charlie mientras este aceleraba el ritmo. Las embestidas eran rudas, profundas y salvajes, haciendo que la cama crujiera con fuerza.

—Más…Charlie…más fuerte…— suplicó Babe con voz rota, las piernas temblando alrededor de la cintura de su novio.

Charlie gruñó y cambió el ángulo, follándolo aún más duro y profundo, golpeando ese punto una y otra vez sin misericordia.

—Te voy a dar todo lo que quieres.— dijo con voz oscura y dominante.— Quiero sentir cómo tiemblas debajo de mí. Quiero que mañana todavía sientas cómo te follé. Eres mío, Babe…solo mío.

Se inclinó de nuevo y mordió el cuello de Babe con fuerza mientras una mano bajaba para sujetar su cadera, manteniéndolo en el lugar mientras lo penetraba con embestidas brutales y precisas. Su boca no dejaba de moverse: besaba, chupaba y mordía el cuello, la clavícula y los pezones hinchados de Babe.

—Joder…qué rico te sientes por dentro.— gruñó Charlie contra su oído, sin dejar de embestir con rudeza.— Tan mojado…tan lleno de mí…Me vuelves loco cuando gimes así.

Babe echó la cabeza hacia atrás otra vez, gimiendo sin control, el cuerpo entero temblando de placer con cada embestida profunda y violenta.

—Charlie…¡ahh! ¡Sí! Así…por favor…— gritó Babe, completamente entregado.

Charlie lo besó con fuerza, tragándose sus gemidos mientras seguía follándolo sin piedad, profundo, rudo y posesivo, marcando su cuerpo con la boca y llenándolo con cada embestida brutal.

—No voy a parar hasta que te corras gritando mi nombre.— prometió contra sus labios, acelerando aún más el ritmo.

La Risa y el Ritmo

Después de esa intensa y brutal ronda, ambos estaban jadeando, cubiertos de sudor.

Charlie estaba acostado boca arriba, recuperando el aliento, cuando Babe levantó una mano y murmuró un hechizo suave. Una suave luz dorada envolvió las alas de Charlie, permitiéndole estar completamente recostado sin que estas se lastimaran contra el colchón.

Babe se subió encima de él, sentándose a horcajadas sobre sus caderas. Una risa baja y ronca escapó de sus labios mientras observaba a Charlie desde arriba.

Charlie levantó una ceja, aún respirando con dificultad, y acarició los muslos de Babe con ambas manos.

—¿De qué te ríes, mi amor?— preguntó con una sonrisa curiosa y divertida.

Babe lo miró con ojos brillantes, apoyando las manos en el pecho de Charlie. Su risa se suavizó, pero no desapareció.

—Es que jamás imaginé que serías así…— confesó Babe, mordiéndose el labio inferior.— Con esa carita de ángel inocente y esa personalidad de “no rompo un plato”…y resulta que eres un maldito insaciable que me folla como si quisiera partirme en dos.

Charlie soltó una carcajada ronca, apretando con fuerza los muslos de Babe.

—¿Y te quejas?— respondió con diversión, subiendo las manos hasta apretar posesivamente su cintura.— Tú eres el que gime como un desesperado y me araña la espalda pidiendo más. Creo que hacemos una muy buena pareja, mi vampiro pervertido.

Babe sonrió con esa expresión seductora que solo le dedicaba a él y se inclinó para besarlo brevemente.

—Tal vez sí.— murmuró contra sus labios.

Unos minutos después, Babe se incorporó.

Agarró el miembro de Charlie, ya duro otra vez, y lo posicionó en su entrada. Con lentitud deliberada, empezó a bajar sobre él, dejando que lo llenara centímetro a centímetro.

—Ahh…joder…— gimió Babe, echando la cabeza hacia atrás mientras lo sentía entrar profundo.

Charlie soltó un gruñido de placer, clavando los dedos en las caderas de Babe.

—Así…despacio, mi amor. Déjame sentir cómo me tragas entero.

Babe comenzó a cabalgarlo con movimientos sensuales y profundos. Subía casi por completo y volvía a bajar con fuerza, disfrutando de la sensación de estar completamente lleno por él. Sus gemidos eran bajos y roncos al principio, pero fueron subiendo de intensidad conforme aceleraba el ritmo.

—Charlie…estás tan profundo…— jadeó Babe, moviendo las caderas en círculos antes de volver a subir y bajar con más fuerza.

Charlie lo miraba desde abajo con ojos oscuros de deseo, una mano subiendo para pellizcar y apretar uno de sus pezones mientras la otra guiaba sus movimientos.

—Qué rico te ves así…cabalgándome como si no pudieras tener suficiente.— gruñó Charlie, empujando sus caderas hacia arriba para encontrarse con cada bajada de Babe.— Tan apretado…tan caliente…Me vuelves loco cuando me montas de esta forma.

Babe apoyó las manos en el pecho de Charlie para tener mejor apoyo y empezó a moverse más rápido, cabalgándolo con fuerza. El sonido húmedo de sus cuerpos chocando llenaba la habitación junto con sus gemidos.

—Más…dame más…— suplicó Babe, moviéndose con desesperación, sintiendo cómo Charlie lo llenaba por completo en cada descenso.

Charlie apretó su cintura con ambas manos y empezó a embestir desde abajo con fuerza, sincronizándose con los movimientos de Babe.

—Todo lo que quieras, mi amor.— gruñó, mirándolo con posesividad.— Monta mi polla todo lo que necesites…quiero verte deshacerte encima de mí.

Babe echó la cabeza hacia atrás, gimiendo alto y sin control mientras cabalgaba a Charlie con movimientos rápidos, profundos y necesitados, completamente entregado al placer.

Placeres Compartidos

Babe cabalgaba a Charlie con movimientos cada vez más rápidos y desesperados, apoyando las manos en su pecho mientras subía y bajaba con fuerza. Su respiración era entrecortada, los gemidos salían sin control de su garganta.

—Charlie…estoy cerca…muy cerca.— jadeó Babe, moviendo las caderas con frenesí.

Charlie apretó con fuerza sus caderas, embistiendo desde abajo para encontrarse con cada bajada.

—Córrete para mí, mi amor.— gruñó Charlie, mirándolo con ojos oscuros.— Quiero sentir cómo te corres mientras me tienes dentro.

Con un grito agudo y tembloroso, Babe llegó al clímax. Su cuerpo se tensó violentamente, arqueando la espalda mientras se corría sobre el abdomen de Charlie. Sus paredes internas apretaron con fuerza alrededor del miembro de Charlie.

—Ahh…¡Charlie!— gimió Babe, temblando encima de él.

Apenas se recuperó del orgasmo, Babe se levantó con piernas temblorosas y se bajó de Charlie. Se posicionó entre sus piernas abiertas, mirándolo con una sonrisa seductora y peligrosa.

Charlie se incorporó ligeramente sobre los codos, respirando con dificultad.

—Babe…¿qué haces…?

Babe no respondió con palabras. Agarró el miembro duro y mojado de Charlie con una mano y, sin apartar la mirada de sus ojos, se lo metió en la boca de una sola vez, tragándoselo hasta el fondo.

—¡Joder, Babe!— gruñó Charlie, echando la cabeza hacia atrás con un gemido ronco.

Babe empezó a chupar con hambre, moviendo la cabeza arriba y abajo con ritmo rápido y profundo. Su lengua lamía la parte inferior mientras sus labios apretaban con fuerza. Cada vez que subía, chupaba con intensidad la cabeza, pasando la lengua por la ranura.

—Mierda…tu boca…— jadeó Charlie, enredando los dedos en el cabello oscuro de Babe.— Eres tan bueno en esto…me estás volviendo loco.

Babe soltó un gemido vibrante alrededor de su polla y lo tomó aún más profundo, hasta que la punta golpeó el fondo de su garganta.

Sus ojos llorosos miraban hacia arriba, observando cómo Charlie se deshacía.

Charlie gruñó y apretó más el cabello de Babe, luchando por no embestir su boca con demasiada fuerza.

—Así…trágatela toda…eres tan sucio y tan perfecto.— murmuró con voz rota de placer.— Nadie me la había chupado así…joder, Babe…vas a hacer que me corra muy rápido.

Babe aceleró el ritmo, chupando con más fuerza y usando la mano para masturbar la base que no le cabía en la boca. Sus mejillas se hundían con cada succión mientras sus colmillos rozaban suavemente la piel sensible, enviando escalofríos de placer a Charlie.

—Babe…mi amor…estoy muy cerca.— advirtió Charlie con la voz temblorosa, las caderas moviéndose involuntariamente.

Babe no se apartó. Al contrario, lo chupó con más intensidad, mirándolo a los ojos con deseo mientras gemía alrededor de su miembro.

Con un gruñido largo y gutural, Charlie llegó al orgasmo. Su cuerpo se tensó y se corrió con fuerza dentro de la boca de Babe, que tragó todo sin derramar una gota, chupando hasta sacarle hasta la última gota.

Charlie cayó hacia atrás sobre la cama, jadeando fuertemente, el cuerpo temblando por el intenso placer.

—Ven aquí…— susurró con voz ronca.

Babe subió de nuevo sobre él, besándolo profundamente y compartiendo el sabor de su propio orgasmo. Charlie lo abrazó con fuerza, aún recuperando el aliento.

—Eres peligroso…— murmuró Charlie contra sus labios, sonriendo.— Me vas a matar de placer un día de estos.

Babe rio bajito y escondió el rostro en su cuello, mordiéndolo suavemente.

—Ese es el plan, novio mío.

Dulce Agotamiento

Babe rio bajito contra el cuello de Charlie, mordiéndolo suavemente una vez más antes de relajar el cuerpo sobre él. Ambos seguían desnudos, sudorosos y con la respiración todavía agitada.

Charlie lo abrazó con fuerza, acariciando lentamente su espalda con una mano mientras la otra bajaba hasta su trasero, apretándolo con cariño posesivo.

—Eres un peligro real, ¿lo sabías?— murmuró Charlie con voz ronca y satisfecha.— Primero me cabalgas como si quisieras romperme, y después me chupas hasta dejarme sin alma. Creo que voy a necesitar varios días para recuperarme.

Babe levantó la cabeza lo suficiente para mirarlo, apoyando la barbilla en su pecho.

Tenía una sonrisa pequeña pero visiblemente complacida, con los labios aún hinchados por los besos y las mamadas.

—Bien. Ese es exactamente el efecto que quiero causarte.— respondió Babe, pasando un dedo por el centro del pecho de Charlie.— Quiero que cada vez que me mires, recuerdes cómo me siento por dentro…y cómo me veo cuando estoy lleno de ti.

Charlie soltó una risa baja y lo giró con cuidado, colocándose de lado para poder mirarlo de frente. Acarició la mejilla de Babe con el pulgar, luego bajó hasta trazar las marcas que le había dejado en el cuello.

—Estás lleno de mis marcas.— dijo con orgullo oscuro.— Y yo estoy lleno de las tuyas. Me encanta vernos así.

Babe se acercó más, pegando su cuerpo al de Charlie y escondiendo nuevamente el rostro en su cuello. Sus piernas se enredaron con las de su novio.

—Quédate dentro de mí un rato más…— susurró Babe, casi tímido.— Aunque ya no estemos follando. Me gusta sentirte ahí.

Charlie gruñó suavemente de aprobación y ajustó sus caderas, deslizándose de nuevo dentro de Babe con lentitud, solo para quedarse quieto, llenándolo. Ambos suspiraron de placer al mismo tiempo.

—Así…— murmuró Charlie, besando su sien.— Me encanta cuando eres codicioso conmigo. Mi vampiro frío y elegante por fuera…y este ser insaciable y necesitado solo para mí.

Babe mordió su clavícula juguetón, pero su voz salió más suave:

—Solo contigo puedo ser así. No tengo que fingir control. No tengo que ser perfecto. Contigo puedo gemir, suplicar, correrme hasta que me tiemblen las piernas…y sé que te encanta.

Charlie lo abrazó más fuerte, acariciando su cabello con ternura.

—Me vuelve loco.— admitió.— Verte perder el control es una de las cosas más sexys que he visto en mi vida. Y saber que soy yo quien te hace así…joder, Babe. Te amo tanto.

Babe se quedó en silencio unos segundos, solo respirando contra su cuello. Luego habló en voz baja:

—Yo también te amo. Más de lo que nunca pensé que podría amar a alguien.— Levantó la cabeza y lo miró a los ojos.— Gracias por no rendirte conmigo…incluso cuando yo era un idiota frío que te rechazaba constantemente.

Charlie sonrió y lo besó con lentitud, un beso profundo pero suave, lleno de cariño.

—No hay nada que agradecer. Valiste cada rechazo, cada herida y cada espera. Ahora eres mío. Oficialmente mi novio. Y pienso recordártelo todos los días…dentro y fuera de esta cama.

Babe rio bajito y volvió a esconder su rostro en el cuello de Charlie, apretándose más contra él, sintiéndolo aún dentro.

—Bien…porque no pienso dejarte ir nunca, Cachorro.

Se quedaron así, abrazados, conectados y en silencio, disfrutando del calor del otro mientras la noche avanzaba fuera del penthouse.

¡FIN!

Dedicado a @Daniela343095…La idea que me pediste, espero te guste….