Obsesión

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Summary

Olivia lleva seis años convirtiendo sus cicatrices en arte y su rabia en armadura. Sobrevivió a lo que debería haberla destruido, y desde entonces no confía en nadie, no necesita a nadie. Hasta que alguien empieza a dejarle sobres carmesíes con fotografías de aquella noche, recordándole que nunca estuvo realmente a salvo. Entonces aparece Damián. No pide permiso, no da explicaciones. Le ofrece trabajo, la mira como si ya hubiera tomado una decisión sobre ella y se marcha antes de que Olivia pueda decir que no. Y lo peor no es que vuelva. Lo peor es que una parte de ella lo está esperando. Porque por primera vez alguien la mira entera, sombras incluidas, y no aparta los ojos. ¿Pero qué pasará cuando la verdad sobre aquella noche salga a la luz y todo lo que creía saber se derrumbe? Obsesión es la primera entrega de «Entre sombras», una adictiva y desgarradora historia de romance oscuro que no podrás olvidar.

Status
Complete
Chapters
44
Rating
n/a
Age Rating
18+

Capítulo 1: Olivia

Dicen que el tiempo lo cura todo. Quienquiera que soltara esa soplapollez nunca tuvo que sentarse en un banco de madera astillada, con el sudor frío bajándole por la columna, mientras el hombre que intentó matarte te observaba desde el otro lado de la sala, maldiciéndose a sí mismo por haber dejado el trabajo a medias.

Me quedo apoyada en el marco de la puerta, dejando que la penumbra me trague. La luz del centro comunitario es una basura, un fluorescente que parpadea y nos tiñe la piel de un gris cadavérico, como si ya estuviéramos muertas y solo estuviéramos esperando a que alguien se decidiera a enterrarnos de una vez.

—Lo peor fue el juicio. Volver a estar en la misma sala, encerrada con él…

La chica nueva se calla. No le queda aire, o quizás no le quedan palabras. Se queda mirando el suelo, apretando un vaso de plástico hasta que el material cede.

—Esa es nuestra condena —suelta otra voz desde el círculo—. Revivirlo todo una y otra vez para convencer a unos desconocidos de que lo que te pasó fue real.

Tienen razón, pero se quedan cortas. No es solo revivirlo, se trata de que esa mierda se te queda marcada a fuego, como un tatuaje hecho con una aguja sucia. No es una herida que se niega a cerrar, es un parásito que vuelve a supurar cada vez que alguien pronuncia un nombre prohibido o el aire transporta el mismo olor a tabaco barato que desprendía el cabrón que te inmovilizó contra el suelo.

Han pasado seis años y todavía lo recuerdo como si hubiera sido ayer. Yo, sentada frente a ellos, sentíndome insignificante. Recuerdo mis propios temblores, el rastro de mis lágrimas en la cara y las preguntas de su abogado. Aquel imbécil con traje caro que intentaba convertir mi ropa en una proposición y su violencia en un malentendido. Como si la culpa residiera en el dobladillo de mi falda y no en esos tres hijos de puta que probablemente durmieron como bebés esa noche.

Especialmente él. El que me apretó la tráquea mientras me miraba a los ojos, esperando a que el brillo se me apagara.

Bajo la mirada hacia el círculo de sillas. El café oscila en las manos de la chica nueva, un temblor rítmico que me resulta asquerosamente familiar. Todas tiemblan. Es un espejo en el que me niego a mirarme porque, si lo hago, sé de lo que sería capaz. Si me permitiera sentir lo que ellas sienten, no estaría aquí con las entradas de mi exposición. Estaría de camino a la cárcel donde se pudren esos cabrones, terminando el trabajo que la justicia dejó a medias. Lenta y meticulosamente. Disfrutando de cada centímetro de piel que les arrancaría como pago.

Cuando la sesión termina, el silencio se rompe con el roce de sillas y susurros de consuelo. Algunas al verme en la puerta intentan acercarse, buscando un contacto físico que me hace tensar cada músculo de mi cuerpo. Detesto que me toquen. Detesto la solidaridad que nace de haber sido destruida. No es un vínculo, ni un grupo de amigas, es un club al que ninguna de nosotras quiso pertenecer, una hermandad de supervivientes que solo compartimos el mismo secreto podrido.

—Pensé que no volverías —dice María.

Tiene esa media sonrisa cansada de quien ya ha aceptado que el mundo es un vertedero.

—Tenía que traeros esto. —Saco del bolso las invitaciones y se las tiendo.—Eres una de las protagonistas, no podías faltar.

—Olivia, es increíble. —Sus ojos recorren el diseño. —No pienso faltar por nada del mundo.

María es mi musa más valiosa y, a la vez, mi recordatorio más amargo. Me permitió capturar su historia, una de esas que te revuelven las tripas hasta que solo queda el sabor de la bilis en la garganta. Verla ahí, tan entera, dedicando su tiempo a salvar a las nuevas, me irrita. Me hace pensar que ella posee una fuerza que yo jamás tendré.

Su padre y su abuelo abusaron de ella desde que tenía tres años. Sobrevivió a esos hijos de puta hasta que pudo huir a los dieciséis. Yo la miro y la oscuridad en mi interior ruge, si yo hubiera sido ella, no habría huido. Les habría cortado el cuello mientras dormían.

Sin parpadear.

Sin una pizca de arrepentimiento.

Me habría quedado allí, sentada en el borde de la cama, escuchando el gorgoteo de sus pulmones llenándose de sangre y disfrutando del momento exacto en el que la luz se extinguía en sus ojos.

Me despido con un nudo amargo en la garganta y salgo de allí a toda prisa, esquivando el sol de la tarde que brilla con una intensidad ofensiva para mi estado de ánimo. Barcelona despierta a mi alrededor, pero yo solo escucho el eco de mis propios pensamientos mientras pongo rumbo a la galería en el Eixample.

Lucía me espera, y ya voy tarde. Si hay algo que esa mujer no tolera es la impuntualidad, especialmente cuando la arrastro conmigo a mis propios infiernos creativos. Sé que me va a despellejar, y honestamente, me lo merezco.

—¡Eh, fotógrafa! Llegas tarde, para variar.

No hace falta que me gire para saber quién es. Esa voz de pito solo puede ser de Lucía. Está apoyada en la puerta con dos cafés en la mano y una sonrisa que me da ganas de abofetear y besar a partes iguales. Lucía es una anomalía en mi existencia, es la única persona que ha conseguido quedarse a mi lado sin que su presencia me resulte una invasión.

—He ido a ver a las chicas —le digo, arrebatándole el café sin pedir permiso—. ¿Está abierta la galería?

—Sí. Y muévete, porque Jordi ya está dentro. Ha amenazado con empezar a colgar las fotos él mismo si tardabas cinco minutos más.

Pongo los ojos en blanco mientras cruzo el umbral, dejando que el aire acondicionado me golpee la cara como una bofetada fría.

—Ni de coña —mascullo con desgana—. Como toque una sola de mis piezas, le corto las manos y las expongo en el escaparate.


Pasamos el resto del día encerradas, inmersas en el caos del montaje. Es un trabajo minucioso, casi quirúrgico. Nivelar cada marco con el láser, pelearnos con los focos para evitar reflejos traicioneros y decidir el orden del recorrido para que la narrativa del dolor tenga sentido.

Mis dedos huelen a metal y a líquido de limpieza. Tengo la espalda molida, pero necesito que todo roce la perfección. Mañana no solo expongo fotos, expongo mis demonios en papel satinado y espero que el mundo sea capaz de sostenerles la mirada sin parpadear.

A última hora, me dedico a repasar cada imagen, buscando errores que nadie más verá. Es entonces cuando Lucía interrumpe mi aislamiento. No dice nada, se limita a extender la mano.

—Liv, alguien ha dejado esto en la puerta. Tiene tu nombre.

Es un sobre grande, su color es de un carmín tan intenso que parece sangre fresca. Tiene pinta de ser un sobre caro, de esos que no encuentras en una papelería de barrio.

—¿Has visto quién lo ha dejado?

—Ni idea. Estaba en el pomo cuando he salido a por agua —responde ella, encogiéndose de hombros—. Con un Olivia bien grande en el centro, como puedes ver.

Miro el sobre, dándole un par de vueltas. Lucía se aleja hacia el fondo del local para recoger alguna cosa que nos hayamos dejado en medio de la sala, dejándome a solas con el silencio denso de la sala.

Abro la solapa con cuidado y compruebo al momento que no es una carta.

Es una fotografía.

Soy yo. Hace seis años. Estoy cruzando el umbral de aquella discoteca, con una sonrisa ingenua grabada en la cara y la mano entrelazada con la de unos amigos que ya no significan nada. Es la misma noche. Reconozco esa falda y ese corsé. Reconozco esa inocencia que ahora me resulta un insulto a la inteligencia. Miro a esa chica y sé que estoy observando a un cadáver. Fue lo último que quedó de mí antes de que me molieran a palos en aquel callejón y me dejaran rota en un charco de mi propia sangre.

Le doy la vuelta a la imagen. Mis pulmones se han convertido en una caja de cristales rotos. Detrás, escrita con una caligrafía negra, elegante y letal, hay una frase que me clava al suelo:

«Esa sonrisa fue lo primero que murió. Mañana veremos qué es lo que ha resurgido».

—¿Qué era? —La voz de Lucía me saca del trance.

Cierro el puño sobre la foto, arrugando la cara de esa chica muerta hasta que solo sea un desecho de papel. Guardo el resto en el bolsillo del pantalón, sintiendo el borde afilado de la cartulina contra mi muslo.

—Nada. Una confirmación de última hora para mañana —miento.

Sé de sobra que esto no es obra de ellos. Aquellos tres animales no tenían este nivel de sofisticación, ni la paciencia necesaria para esperar seis años a que yo me creyera a salvo. Esto es algo distinto. Alguien me observó antes de que el mundo se acabara para mí y ha estado esperando, agazapado en las sombras, viendo cómo me recomponía solo para tener el placer de volver a romperme.

—¿Te apetece cenar por ahí para celebrar que ya hemos acabado? —dice Lucía, ajena al abismo que acaba de abrirse bajo mis pies.

—Sí, claro. Necesito salir ya de aquí —respondo. Y es la verdad más grande que he dicho en todo el día.

Salimos y Lucía echa el cierre. Camino hacia el coche con los sentidos en alerta, analizando cada portal y cada silueta que se cruza en mi camino. El Eixample está lleno de gente con prisa por llegar a casa, rostros anónimos que no significan nada. Nadie me mira. Nadie se detiene. Pero el sobre en mi bolsillo me dice que hay unos ojos fijos en mi nuca que no estoy viendo, alguien que conoce exactamente quién soy.

Mañana el mundo verá mi obra, pero yo solo buscaré al dueño de esa caligrafía. A la persona que ha decidido que mi tiempo de paz ha terminado.

Cree que me conoce porque tiene una foto antigua. Cree que puede jugar conmigo desde las sombras. Lo que no sabe es que la chica de esa imagen murió hace seis años en un charco de sangre, y lo que ha quedado en su lugar no sabe cómo ser una víctima.

Adelante, cabrón. Ven a buscarme. No tienes ni idea de con quién te estás metiendo.