La Tierra no nos Quiere

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Summary

La humanidad ya no es la dueña del mundo; ahora es la presa. Expulsados de la superficie, los últimos supervivientes se marchitan en un refugio de piedra y óxido, escondiéndose de una Tierra que cobró vida solo para devorarlos. Pero un día, algo cae del cielo. Un desconocido despierta en medio del bosque, sin recuerdos, sin identidad y con una habilidad que ningún ser humano debería poseer. Para algunos, es la respuesta a su salvación. Para otros, es una amenaza capaz de condenarlos a todos.

Status
Ongoing
Chapters
5
Rating
n/a
Age Rating
18+

Prólogo.

Gran parte del mundo se hundió sin previo aviso. No hubo trompetas ni juicios finales. El fin no fue una explosión, sino un suspiro, uno largo y profundo, como el aliento de algo muy antiguo que por fin decidía despertar.

Antes de esto, caminamos por la Tierra como si nos perteneciera. La llamamos hogar, pero la usamos como una simple herramienta. La perforamos y la vaciamos, creyendo que su silencio era obediencia, cuando en realidad ese silencio era pura memoria.

Incluso cuando el desastre comenzó, nada fue como esperábamos. No hubo una declaración de guerra, sino una sacudida de la realidad. De pronto, el suelo se cansó de sostenernos y las ciudades se doblaron como castillos de naipes, devoradas por grietas que parecían tener hambre.

Avanzó el mar con una calma aterradora. No venía como un enemigo a pelear, sino como alguien que vuelve a casa a ocupar su lugar. El cielo dejó de ser nuestro camino y se volvió un sitio peligroso, lleno de tormentas que ya no podíamos entender ni controlar.

Entonces llegaron las raíces. Rompieron el concreto, pasaron por debajo de las calles y abrazaron los edificios. No lo hicieron con odio, sino con la seguridad de quien sabe perfectamente cómo y dónde debe crecer.

Se sintió un aire distinto, más pesado y lleno de vida. Respirar ya no era algo que dábamos por hecho; se convirtió en un regalo que el mundo ya no quería darle a cualquiera de nosotros.

Esto no fue una guerra, fue un arreglo. Fue como cuando un cuerpo se cura de una enfermedad.

La humanidad no fue echada del paraíso; simplemente, el paraíso dejó de saber quiénes éramos. No hubo escondites seguros ni forma de pedir perdón.

El planeta no necesitó explicaciones para seguir su curso; simplemente continuó girando, borrando nuestro rastro con indiferencia.

Quizás el error fue pensar que éramos lo más importante. Creímos que el mundo se hizo solo para nosotros, como si las montañas y los ríos existieran solo para darnos comodidad.

Un nuevo orden nació sobre las ruinas. No necesitó banderas ni canciones; solo raíces rompiendo el asfalto y árboles creciendo en medio de las estructuras que juramos que durarían para siempre.

Imperios de vegetación devoraron el gris de las ciudades. Las avenidas se perdieron bajo mantos de musgo, mientras los esqueletos de los edificios se deshacían lentamente bajo la humedad.

La vida volvió a cada rincón. No lo hizo por venganza, sino por esa fuerza natural de recuperar el espacio que le quitamos durante tantos años.

Inevitablemente, el ciclo se cerró. Todo lo que construimos terminó hecho polvo, igual que las civilizaciones que el tiempo ya olvidó.

Bajo el nuevo sol, no quedaba ni el rastro de nuestras máquinas.

Respiró la tierra de nuevo, libre de la carga de nuestro progreso. Los cielos recuperaron su claridad, los océanos se calmaron y las montañas volvieron a brillar sin cicatrices.

Instantes después, la quietud fue absoluta. En el momento en que nuestra era se detuvo, el ruido de los siglos se borró de golpe. Sin el eco de nuestras ciudades, solo quedó el susurro de un planeta que, por fin, volvía a estar en paz.

Olvidados por el tiempo, nos convertimos en el abono de una nueva era.