EL PECADO VIVE EN EL 4B
El cielo de Seúl estaba teñido de un naranja violento cuando Gabriel descendió. Sus pies, calzados con sandalias blancas impecables, tocaron el asfalto sucio de un callejón. Llevaba una túnica que brillaba demasiado para este mundo y una libreta dorada donde debía registrar las transgresiones de "El Sujeto 666".
—Cálmate, Gabriel... solo es un demonio de clase media-alta —se mintió a sí mismo, apretando contra su pecho el Pergamino de Sentencias.
Se detuvo frente a la puerta 4B. Era de madera negra pulida, con un pomo de oro frío al tacto. Sus manos, pequeñas y blancas, temblaron antes de tocar.
Toc, toc.
No hubo respuesta inmediata. Solo el eco de una música de jazz suave viniendo del interior. Gabriel tragó saliva, sus mejillas ya estaban teñidas de un rosa suave por los puros nervios. Cuando estaba a punto de tocar otra vez, la puerta se abrió de golpe.
Una nube de humo espeso y gris salió del interior, envolviendo al ángel. Gabriel empezó a toser desesperadamente, agitando sus manos frente a su cara.
¿Qué mierda...? —Belial soltó una carcajada ronca al ver las alas blancas vibrando de puro nerviosismo—. ¿Me han mandado un pollo desplumado para comer?
Gabriel levantó la vista. Sus ojos se abrieron de par en par detrás de los cristales de sus gafas. Belial estaba allí, apoyado perezosamente contra el marco de la puerta. Su cabello negro estaba despeinado, cayendo sobre unos ojos carmesí que parecían brillar con fuego propio. No llevaba camisa, solo una bata de seda negra que colgaba peligrosamente de sus hombros anchos, revelando una piel bronceada y llena de cicatrices finas que solo lo hacían ver más peligroso.
—S-Señor Belial... —Gabriel recuperó el aliento, aunque su voz salió en un hilo
—. Soy Gabriel, del Departamento de Vigilancia Ética... He sido enviado para... para...
—¿Para mirarme así? —Belial soltó una carcajada ronca, exhalando el humo del cigarrillo hacia arriba, observando cómo el ángel se ponía rojo hasta las orejas—. Estás temblando, pequeño. ¿Te doy miedo o es que nunca habías visto a un hombre de verdad?
—¡Es falta de respeto! —chilló Gabriel, abriendo el pergamino con torpeza
—¡Usted ha violado tres decretos de convivencia celestial! Anoche... ¡usted invitó a tres humanos a beber y... y... cometió actos impuros hasta las 4 de la mañana!
Belial dio un paso hacia adelante, invadiendo el espacio personal de Gabriel. El ángel retrocedió hasta chocar con la pared del pasillo. El diablo puso una mano a cada lado de la cabeza del ángel, atrapándolo. El olor a tabaco y sándalo era embriagador.
—Fueron cuatro humanos, polluelo. El tercero se fue temprano —Belial bajó la voz, acercando sus labios a la oreja de Gabriel—. Y si crees que eso fue impuro, no tienes ni idea de lo que puedo hacer contigo si sigues gritando en mi pasillo.
Gabriel cerró los ojos con fuerza, soltando un pequeño gemido de miedo. Sus alas, ocultas bajo la gabardina, se agitaron con violencia, haciendo que la tela de su ropa se moviera.
—¡Es usted un libertino! —sollozó Gabriel, con lágrimas asomando en sus ojos—. ¡Un... un pecador desvergonzado!
Belial se detuvo. Miró las lágrimas de Gabriel y sintió una punzada de algo que no era aburrimiento. El ángel era tan... blanco. Tan tierno. Una presa perfecta para alguien que ya lo había probado todo.
¿libertino? —Belial se inclinó, soplando un poco de aire caliente en el cuello de Gabriel, haciendo que el ángel soltara un hipido de pavor—. Pequeño santo, no has visto ni el diez por ciento de lo que hago en este ático.
—Bien, "Vigilante" —Belial le quitó las gafas a Gabriel con un movimiento rápido, dejando la vista del ángel nublada
— Si vas a vigilarme —susurró Belial, rozando sus labios con los de Gabriel sin llegar a besarlos—, vas a tener que ver cosas que harán que tus plumitas blancas se caigan una por una
Belial se dio la vuelta, dejando a Gabriel en la puerta, paralizado. El ángel miró hacia el cielo, buscando ayuda, pero solo vio las nubes negras. Con un sollozo ahogado, dio el primer paso hacia el apartamento del diablo.