JEON
La lluvia golpeaba con fuerza los cristales blindados de la mansión Kim, pero dentro, el silencio era tan denso que podía cortarse con un cuchillo. Kim estaba sentado frente a su escritorio de caoba, con la espalda recta y la mirada fija en una serie de informes financieros. Sus gafas de montura fina le daban un aire intelectual y gélido; era el heredero perfecto, la joya de la corona de la campaña presidencial de su padre.
De pronto, la puerta se abrió sin previo aviso. Kim no levantó la vista, pero sus fosas nasales captaron un aroma que su cerebro analítico no pudo clasificar de inmediato: cuero, tabaco de alta gama y algo metálico, como la lluvia antes de una tormenta.
—Te han asignado un nuevo escolta, no a un sirviente que te abra la puerta —dijo una voz ronca, cargada de una arrogancia que hizo que Kim apretara su pluma con fuerza.
Kim levantó la mirada lentamente. Frente a él estaba Jeon. Era masivo, con una chaqueta de cuero que apenas contenía sus hombros anchos y una mirada oscura que parecía estar desnudando cada secreto de la habitación. No vestía el uniforme de seguridad; vestía como lo que era: el heredero de un imperio criminal.
—Jeon —dijo Kim, su voz era como un témpano de hielo—. Tu padre y el mío han hecho un trato, pero eso no te da derecho a entrar en mi espacio personal sin permiso. Mantén tu distancia. Tres metros, como mínimo.
Jeon soltó una risa seca, una que vibró en el pecho de Kim de una forma que lo irritó profundamente. El Alfa caminó con pasos pesados y seguros, ignorando la orden de "distancia", hasta quedar justo frente al escritorio. Se inclinó, apoyando sus manos tatuadas sobre la madera, invadiendo el campo visual de Kim.
—Tres metros es demasiado lejos para alguien que tiene que proteger tu cuello, Kim —Jeon bajó la voz, su aliento rozando la mejilla del Omega—. Además, ¿cómo piensas analizarme si no me tienes cerca? He oído que nunca te has enamorado, que eres una máquina... pero hueles a que te mueres por saber qué se siente cuando alguien te rompe esa calma de porcelana.
Kim sintió una punzada de calor en la nuca, un instinto de Omega que intentó suprimir de inmediato. Se levantó, quedando a escasos centímetros de Jeon, desafiándolo con la mirada.
—No eres más que un animal con collar, Jeon. Mi padre te compró para que me cuides, no para que pienses. Haz tu trabajo y mantente callado.
Jeon sonrió, una sonrisa depredadora que no llegó a sus ojos. Estiró una mano y, antes de que Kim pudiera reaccionar, le ajustó la corbata con una lentitud insultante. Sus dedos rozaron la piel de la garganta de Kim por un milisegundo, enviando una descarga eléctrica por la columna del Omega.
—Veremos cuánto dura esa máscara de hielo cuando empiece el verdadero peligro —susurró Jeon—. Bienvenido a tu nueva realidad, Kim.








