PrĂłlogo - El amanecer

PrĂłlogo
El amanecer comenzĂł a asomar por la ventana de la habitaciĂłn de invitados de la casa de Nora. Aquel lugar era tan diferente a lo que estaba acostumbrada⊠Llevaba toda la vida encerrada en Madrid, y Ribadesella era su opuesto, su mayor rival. Mi hermana me habĂa dicho que me encantarĂa, pero yo todavĂa no lo tenĂa muy claro. Sin embargo, quedarme con Cruella de Vil versiĂłn abogada corporativa, despuĂ©s de todo lo que habĂa pasado, no era una opciĂłn; convivir con mi madre sonaba menos apetecible que una colonoscopia sin anestesia. HabĂa estado un buen rato rememorando todos los acontecimientos acaecidos en las Ășltimas horas. Me parecĂa completamente surrealista.
La mañana anterior habĂa estado preocupadĂsima por sacar adelante un caso en el bufete y, de repente, en un abrir y cerrar de ojos, me encontraba en el norte de España, con la muda que llevaba y nada mĂĄs.
Estando allĂ, en aquella habitaciĂłn y con el inicio del presente abriĂ©ndose ante mis ojos, me sentĂa una simple espectadora de todo, sin identidad propia. Nunca me habĂa parado a pensar quĂ© era lo que me apasionaba, ni por quĂ© hacĂa las cosas que hacĂa; habĂa pasado tanto tiempo en modo supervivencia que ni siquiera recordaba el significado de vivir.
Laura y Nora me estaban haciendo un regalo llevĂĄndome con ellas; sin embargo, no podĂa evitar sentir miedo. Miedo a lo desconocido, a no encajar, a descubrir que, sin las cadenas de mi antigua vida, no hubiera absolutamente nada debajo.
Para ser honesta, no habĂa nada que me atara a aquel lugar. Apenas tenĂa amigos, nunca me habĂa gustado salir⊠o eso decĂa mi madre:
âElisa, si a ti no te gusta salir. A ti lo que te gusta es quedarte en casa estudiando. Ya sabes que tienes un futuro brillante y prometedor, no me defraudes.
Recordar aquellas palabras de mi madre me causaba escalofrĂos.
TenĂa compañeros de universidad, sĂ, pero nunca se convirtieron en mis amigos. Porque, mientras ellos salĂan a disfrutar de la juventud, yo me quedaba en casa; era la rarita empollona. TodavĂa me sentĂa asĂ.
Y ni que hablar de tener citas⊠TenĂa veintisĂ©is años y podĂa confirmar, con bastante vergĂŒenza, que era virgen y que jamĂĄs me habĂan besado. Si eso no era ser rara, que bajara Dios y lo viera.
Mi vida habĂa girado alrededor del bufete, las clases de equitaciĂłn âque odiaba profundamenteâ y fingir que me encantaba todo aquello.
Era una farsa andante disfrazada de Prada, acostumbrada a vivir entre algodones cargados de espinas y retenida en una cĂĄrcel con apariencia de castillo.
ÂżQuĂ© harĂa a partir de este momento? No sabĂa ni por dĂłnde empezar⊠Aunque, pensĂĄndolo bien, lo mejor serĂa dormir un rato; estaba agotada. Ya cuando despertara serĂa momento de pensar en el presente.
Cuando abrà los ojos, después de haber dormido completamente del tirón, me encontré totalmente desubicada. Miré a mi alrededor, asustada, agradeciendo al menos que las paredes no fueran rosas, un color que también odiaba, por cierto.
Me levantĂ©, fui al baño y despuĂ©s bajĂ© las escaleras que llevaban a la cocina-comedor. La casa estaba en completo silencio; al menos lo estaba hasta que, dos minutos mĂĄs tarde, escuchĂ© sonidos provenientes de arriba que no deberĂa haber escuchado.
ÂżEran eso gemidos?
Dios, quĂ© horror. Pensar en mi hermana haciendo ese tipo de cosas⊠¥QuĂ© asco! SalĂ al jardĂn; necesitaba alejarme de esas dos un rato o acabarĂa echando la bilis.
El jardĂn de Nora no era ni de lejos tan grande como el de mi casa; sin embargo, tenĂa algo especial, algo llamado vistas. Eran una autĂ©ntica maravilla: daban directamente a la rĂa. QuerĂa descubrir mĂĄs cosas de aquel lugar. Iba directa a cruzar la puerta del jardĂn cuando me di cuenta de que iba en pijama.
Mierda. No tenĂa nada de ropa.
Iba a volver adentro, en contra de mi voluntad y arriesgĂĄndome a oĂr cosas que ninguna hermana pequeña deberĂa escuchar jamĂĄs, cuando vi una prenda colgada. Me asomĂ© por el lateral de la casa y⊠¥sorpresa! HabĂa ropa tendida, seca y lista para ser utilizada. SuponĂa que a Nora no le importarĂa que cogiera prestada una sudadera y un pantalĂłn de chĂĄndal.
Entré a cambiarme a la velocidad del rayo, cogà mi móvil, le dejé un mensaje a mi hermana diciéndole que me iba a dar un paseo, me envié la ubicación a mà misma para saber volver y salà a investigar el terreno.
HacĂa bastante frĂo a pesar de que eran las cuatro de la tarde. Madrid no era la ciudad mĂĄs cĂĄlida que digamos, pero el norte era un caso aparte y el aire otoñal calaba los huesos. Sin embargo, ante aquellos paisajes de cuento, el frĂo quedaba relegado a un segundo plano.
PaseĂ© alrededor de la rĂa, cruzando uno de sus puentes para ir al otro lado, donde se encontraba el puerto. SeguĂ caminando en direcciĂłn al horizonte y el mar, abierto e inmenso, se desplegĂł ante mĂ. Me quedĂ© completamente fascinada.
HabĂa pisado la playa un total de dos veces en mi vida: en la graduaciĂłn del instituto y otra vez, durante un viaje de negocios con mi madre, en el que pude observar a lo lejos. Nunca habĂa tenido tiempo para viajar; habĂa estado atrapada en El show de Truman desde el dĂa de mi nacimiento.
Apenas habĂa gente por la calle. Era una localidad bastante pequeña, por lo que no debĂa de residir mucha gente allĂ, lo cual hacĂa de aquel lugar algo todavĂa mĂĄs diferente a Madrid y, por tanto, mejor para empezar de cero.
La playa estaba completamente desierta, toda para mĂ. Me quitĂ© las zapatillas y caminĂ© descalza por la orilla. Aquella sensaciĂłn era celestial, mucho mejor que ir a que te hicieran una pedicura. CerrĂ© los ojos y respirĂ©, por primera vez, la vida.
Al final del paseo vi unos carteles que señalizaban el mirador de la Punta del Pozo. Me sacudà los pies, me volvà a poner las zapatillas y seguà las indicaciones. Aquel mirador era una maravilla, no solo por las vistas, sino por el sonido del mar agitado rompiendo contra las rocas. Era relajante.
Me quedé absorta observando el paisaje durante un buen rato, hasta que, de pronto, algo se lanzó sobre mà de la nada, haciendo que me tambaleara y casi cayera de bruces al suelo.
âÂĄJoder! âsoltĂ©, asustada, llevĂĄndome una mano al pecho con el corazĂłn en la garganta. ÂĄEra un perro gigante!
âÂĄAy, mierda! Lo siento muchĂsimo. CreĂ que no habrĂa nadie; casi nunca hay gente a estas horas âme dijo una chica morena, de pelo largo estilo surfero y aspecto totalmente despreocupado, mientras acortaba la correa del animal.
âNo te preocupes⊠Es solo que he pensado durante dos segundos que iba a morir de forma inminente âle dije, todavĂa intentando recuperar el pulso.
âNah, este asesina a besos como mucho. Es que lo acabo de adoptar de la perrera hace apenas unas horas y todavĂa tengo que educarlo. No pensĂ© que se echarĂa encima de nadie.
âNo pasa nada. ÂżCĂłmo se llama? âpreguntĂ©, agachĂĄndome para acariciar al perro, que era precioso: un border collie jaspeado que me miraba con absoluta inocencia.
âSi te soy sincera, no le he puesto nombre todavĂa. No me ha dado tiempo para pensar en ninguno.
âHe oĂdo que estos perros tienen la energĂa de un gremlin. TendrĂĄs que ponerle un nombre que vaya con su personalidad âle sugerĂ, recordando un documental que vi hacĂa poco.
âSĂ⊠asĂ es. Yo no lo sabĂa hasta despuĂ©s de enseñarle la casa al perro y buscar informaciĂłn. Es lo que tiene ser tan impulsiva âadmitiĂł ella, haciendo una mueca de lo mĂĄs graciosa.
âMira el lado positivo⊠Seguro que no te vas a aburrir con Ă©l. Eso sĂ, ni se te ocurra darle un trozo de empanada a las doce y un minuto de la noche; si no, el perro sufrirĂĄ una mutaciĂłn y te tunearĂĄ el sofĂĄ a base de mordiscos âle dije, haciendo referencia a lo que les pasaba a los gremlins.
âÂĄYa lo tengo! Me gusta lo que has dicho sobre los gremlins; era una de mis pelis favoritas cuando era pequeña. ÂĄLo llamarĂ© Grem!
Ambas acabamos riendo ante aquella ocurrencia. Una risa real por mi parte, nada de educaciĂłn formal.
âÂĄGracias por darme la idea! Por cierto, me llamo Silvia.
âEncantada, Silvia. Yo me llamo Elisa. âY le tendĂ la mano automĂĄticamente, por puro reflejo profesional.
Su cara fue de absoluta confusión. Miró mi gesto como si le estuviera ofreciendo cerrar una fusión empresarial en mitad del mirador, pero me siguió el juego y me estrechó la mano también, con una sonrisa divertida.
âÂżMe estĂĄs⊠estrechando la mano?
âLo siento ârespondĂ, retirando el brazo lentamente y sintiendo los colores subir a mi caraâ. Costumbre laboral. Me cuesta socializar de otra forma.
âNo, no, si me ha encantado ârespondiĂł entre risasâ. Muy formal todo.
Genial. Primer contacto social en Ribadesella y ya parecĂa una señora de LinkedIn.
âÂżEres de por aquĂ? âme preguntĂł, curiosa.
âNo, de hecho me he mudado hoy, con mi hermana. ÂżY tĂș? âAunque, suponiendo que en un pueblo debĂan conocerse todos, intuĂa que ella tampoco era de allĂ.
âÂĄQuĂ© va! Yo lleguĂ© hace unas semanas. Soy la enfermera del pueblo, asĂ que, si necesitas que te suministre un pinchazo, no dudes en venir a la consulta. Pero ninguno relacionado con drogas, Âżeh?
Y comenzamos a reĂr.
âTranquila, no me van mucho ese tipo de sustancias. âNi ninguna, en realidad; sin ir mĂĄs lejos, ni el alcohol habĂa probado.
âBueno, no te molesto mĂĄs. Espero que nos veamos pronto, Elisa. âMe dijo, cogiendo a su perro en direcciĂłn a la playa.
âHasta luego, Grem âdije, acariciĂĄndoloâ. Nos vemos, Silvia.
QuĂ© chica tan maja y agradable. El comienzo de mi nueva vida no iba nada mal; ya hasta habĂa hecho una conocida, que para mĂ era todo un logro.
Lo que yo no sabĂa en aquel momento era que justo esa misma chica estaba a punto de convertirse en mi peor pesadilla.