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Momentos presentes🌈 || Romance LGBT (Trilogía Momentos #2)

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Summary

Dos mujeres marcadas por un pasado que no eligieron. Dos formas opuestas de sobrevivir. Un encuentro que cambiará sus vidas para siempre. Elisa ha vivido siempre rodeada de lujo, apariencias y espinas disfrazadas de seda; manejada como una marioneta de alta costura. Cuando decide empezar de cero, cree que lo más difícil será aprender a vivir en libertad... hasta que descubre que la vida real no entiende de guiones ni de instrucciones. Silvia, impulsiva, irónica y de carácter indomable, carga con un pasado de traiciones que le ha enseñado a no confiar en nadie. Para ella, Elisa representa todo lo que detesta. El enemigo perfecto. Compartir techo debería haber sido un desastre anunciado. Y, en muchos momentos, lo es. Pero entre discusiones absurdas, choques constantes y pequeños instantes en los que ambas se desarman sin querer, las certezas empiezan a agrietarse. Entre verdades a medias, prejuicios que pesan demasiado y una química que ninguna se atreve a nombrar, descubrirán que las personas nunca son quienes parecen. Y que, a veces, la persona que más puede cambiar tu vida no es la que viene a salvarte. Es la que te obliga a dejar de huir... y empezar a vivir.

Status
Ongoing
Chapters
21
Rating
5.0 1 review
Age Rating
18+

Prólogo - El amanecer



Prólogo

El amanecer comenzó a asomar por la ventana de la habitación de invitados de la casa de Nora. Aquel lugar era tan diferente a lo que estaba acostumbrada… Llevaba toda la vida encerrada en Madrid, y Ribadesella era su opuesto, su mayor rival. Mi hermana me había dicho que me encantaría, pero yo todavía no lo tenía muy claro. Sin embargo, quedarme con Cruella de Vil versión abogada corporativa, después de todo lo que había pasado, no era una opción; convivir con mi madre sonaba menos apetecible que una colonoscopia sin anestesia. Había estado un buen rato rememorando todos los acontecimientos acaecidos en las últimas horas. Me parecía completamente surrealista.

La mañana anterior había estado preocupadísima por sacar adelante un caso en el bufete y, de repente, en un abrir y cerrar de ojos, me encontraba en el norte de España, con la muda que llevaba y nada más.

Estando allí, en aquella habitación y con el inicio del presente abriéndose ante mis ojos, me sentía una simple espectadora de todo, sin identidad propia. Nunca me había parado a pensar qué era lo que me apasionaba, ni por qué hacía las cosas que hacía; había pasado tanto tiempo en modo supervivencia que ni siquiera recordaba el significado de vivir.

Laura y Nora me estaban haciendo un regalo llevándome con ellas; sin embargo, no podía evitar sentir miedo. Miedo a lo desconocido, a no encajar, a descubrir que, sin las cadenas de mi antigua vida, no hubiera absolutamente nada debajo.

Para ser honesta, no había nada que me atara a aquel lugar. Apenas tenía amigos, nunca me había gustado salir… o eso decía mi madre:

—Elisa, si a ti no te gusta salir. A ti lo que te gusta es quedarte en casa estudiando. Ya sabes que tienes un futuro brillante y prometedor, no me defraudes.

Recordar aquellas palabras de mi madre me causaba escalofríos.

Tenía compañeros de universidad, sí, pero nunca se convirtieron en mis amigos. Porque, mientras ellos salían a disfrutar de la juventud, yo me quedaba en casa; era la rarita empollona. Todavía me sentía así.

Y ni que hablar de tener citas… Tenía veintiséis años y podía confirmar, con bastante vergüenza, que era virgen y que jamás me habían besado. Si eso no era ser rara, que bajara Dios y lo viera.

Mi vida había girado alrededor del bufete, las clases de equitación —que odiaba profundamente— y fingir que me encantaba todo aquello.

Era una farsa andante disfrazada de Prada, acostumbrada a vivir entre algodones cargados de espinas y retenida en una cárcel con apariencia de castillo.

¿Qué haría a partir de este momento? No sabía ni por dónde empezar… Aunque, pensándolo bien, lo mejor sería dormir un rato; estaba agotada. Ya cuando despertara sería momento de pensar en el presente.

Cuando abrí los ojos, después de haber dormido completamente del tirón, me encontré totalmente desubicada. Miré a mi alrededor, asustada, agradeciendo al menos que las paredes no fueran rosas, un color que también odiaba, por cierto.

Me levanté, fui al baño y después bajé las escaleras que llevaban a la cocina-comedor. La casa estaba en completo silencio; al menos lo estaba hasta que, dos minutos más tarde, escuché sonidos provenientes de arriba que no debería haber escuchado.

¿Eran eso gemidos?

Dios, qué horror. Pensar en mi hermana haciendo ese tipo de cosas… ¡Qué asco! Salí al jardín; necesitaba alejarme de esas dos un rato o acabaría echando la bilis.

El jardín de Nora no era ni de lejos tan grande como el de mi casa; sin embargo, tenía algo especial, algo llamado vistas. Eran una auténtica maravilla: daban directamente a la ría. Quería descubrir más cosas de aquel lugar. Iba directa a cruzar la puerta del jardín cuando me di cuenta de que iba en pijama.

Mierda. No tenía nada de ropa.

Iba a volver adentro, en contra de mi voluntad y arriesgándome a oír cosas que ninguna hermana pequeña debería escuchar jamás, cuando vi una prenda colgada. Me asomé por el lateral de la casa y… ¡sorpresa! Había ropa tendida, seca y lista para ser utilizada. Suponía que a Nora no le importaría que cogiera prestada una sudadera y un pantalón de chándal.

Entré a cambiarme a la velocidad del rayo, cogí mi móvil, le dejé un mensaje a mi hermana diciéndole que me iba a dar un paseo, me envié la ubicación a mí misma para saber volver y salí a investigar el terreno.

Hacía bastante frío a pesar de que eran las cuatro de la tarde. Madrid no era la ciudad más cálida que digamos, pero el norte era un caso aparte y el aire otoñal calaba los huesos. Sin embargo, ante aquellos paisajes de cuento, el frío quedaba relegado a un segundo plano.

Paseé alrededor de la ría, cruzando uno de sus puentes para ir al otro lado, donde se encontraba el puerto. Seguí caminando en dirección al horizonte y el mar, abierto e inmenso, se desplegó ante mí. Me quedé completamente fascinada.

Había pisado la playa un total de dos veces en mi vida: en la graduación del instituto y otra vez, durante un viaje de negocios con mi madre, en el que pude observar a lo lejos. Nunca había tenido tiempo para viajar; había estado atrapada en El show de Truman desde el día de mi nacimiento.

Apenas había gente por la calle. Era una localidad bastante pequeña, por lo que no debía de residir mucha gente allí, lo cual hacía de aquel lugar algo todavía más diferente a Madrid y, por tanto, mejor para empezar de cero.

La playa estaba completamente desierta, toda para mí. Me quité las zapatillas y caminé descalza por la orilla. Aquella sensación era celestial, mucho mejor que ir a que te hicieran una pedicura. Cerré los ojos y respiré, por primera vez, la vida.

Al final del paseo vi unos carteles que señalizaban el mirador de la Punta del Pozo. Me sacudí los pies, me volví a poner las zapatillas y seguí las indicaciones. Aquel mirador era una maravilla, no solo por las vistas, sino por el sonido del mar agitado rompiendo contra las rocas. Era relajante.

Me quedé absorta observando el paisaje durante un buen rato, hasta que, de pronto, algo se lanzó sobre mí de la nada, haciendo que me tambaleara y casi cayera de bruces al suelo.

—¡Joder! —solté, asustada, llevándome una mano al pecho con el corazón en la garganta. ¡Era un perro gigante!

—¡Ay, mierda! Lo siento muchísimo. Creí que no habría nadie; casi nunca hay gente a estas horas —me dijo una chica morena, de pelo largo estilo surfero y aspecto totalmente despreocupado, mientras acortaba la correa del animal.

—No te preocupes… Es solo que he pensado durante dos segundos que iba a morir de forma inminente —le dije, todavía intentando recuperar el pulso.

—Nah, este asesina a besos como mucho. Es que lo acabo de adoptar de la perrera hace apenas unas horas y todavía tengo que educarlo. No pensé que se echaría encima de nadie.

—No pasa nada. ¿Cómo se llama? —pregunté, agachándome para acariciar al perro, que era precioso: un border collie jaspeado que me miraba con absoluta inocencia.

—Si te soy sincera, no le he puesto nombre todavía. No me ha dado tiempo para pensar en ninguno.

—He oído que estos perros tienen la energía de un gremlin. Tendrás que ponerle un nombre que vaya con su personalidad —le sugerí, recordando un documental que vi hacía poco.

—Sí… así es. Yo no lo sabía hasta después de enseñarle la casa al perro y buscar información. Es lo que tiene ser tan impulsiva —admitió ella, haciendo una mueca de lo más graciosa.

—Mira el lado positivo… Seguro que no te vas a aburrir con él. Eso sí, ni se te ocurra darle un trozo de empanada a las doce y un minuto de la noche; si no, el perro sufrirá una mutación y te tuneará el sofá a base de mordiscos —le dije, haciendo referencia a lo que les pasaba a los gremlins.

—¡Ya lo tengo! Me gusta lo que has dicho sobre los gremlins; era una de mis pelis favoritas cuando era pequeña. ¡Lo llamaré Grem!

Ambas acabamos riendo ante aquella ocurrencia. Una risa real por mi parte, nada de educación formal.

—¡Gracias por darme la idea! Por cierto, me llamo Silvia.

—Encantada, Silvia. Yo me llamo Elisa. —Y le tendí la mano automáticamente, por puro reflejo profesional.

Su cara fue de absoluta confusión. Miró mi gesto como si le estuviera ofreciendo cerrar una fusión empresarial en mitad del mirador, pero me siguió el juego y me estrechó la mano también, con una sonrisa divertida.

—¿Me estás… estrechando la mano?

—Lo siento —respondí, retirando el brazo lentamente y sintiendo los colores subir a mi cara—. Costumbre laboral. Me cuesta socializar de otra forma.

—No, no, si me ha encantado —respondió entre risas—. Muy formal todo.

Genial. Primer contacto social en Ribadesella y ya parecía una señora de LinkedIn.

—¿Eres de por aquí? —me preguntó, curiosa.

—No, de hecho me he mudado hoy, con mi hermana. ¿Y tú? —Aunque, suponiendo que en un pueblo debían conocerse todos, intuía que ella tampoco era de allí.

—¡Qué va! Yo llegué hace unas semanas. Soy la enfermera del pueblo, así que, si necesitas que te suministre un pinchazo, no dudes en venir a la consulta. Pero ninguno relacionado con drogas, ¿eh?

Y comenzamos a reír.

—Tranquila, no me van mucho ese tipo de sustancias. —Ni ninguna, en realidad; sin ir más lejos, ni el alcohol había probado.

—Bueno, no te molesto más. Espero que nos veamos pronto, Elisa. —Me dijo, cogiendo a su perro en dirección a la playa.

—Hasta luego, Grem —dije, acariciándolo—. Nos vemos, Silvia.

Qué chica tan maja y agradable. El comienzo de mi nueva vida no iba nada mal; ya hasta había hecho una conocida, que para mí era todo un logro.

Lo que yo no sabía en aquel momento era que justo esa misma chica estaba a punto de convertirse en mi peor pesadilla.



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