El sellado
Prólogo — El sellado
El contenido puede ser inapropiado para la sensibilidad de algunos lectores. Se recomienda discreción.
El desierto no tenía piedad, pero la pequeña casa oculta entre las dunas ardientes soportaba un tormento mucho peor que el clima. En su interior, las paredes de madera crujían bajo el eco de un grito desgarrador. Malta se aferraba a las sábanas empapadas en sudor, con los ojos inyectados en sangre y el vientre contraído en el espasmo final del parto. A su lado, una monja de rostro severo y manos temblorosas presionaba sus piernas, rezando en un murmullo sordo que se ahogaba ante la violencia de las contracciones.
— ¡Puja con fuerza, mi niña! — exclamó la religiosa, sintiendo cómo el aire de la habitación se volvía extrañamente denso, pesado como el plomo.
En la planta baja, Satmal caminó con paso tenso hacia el teléfono y levantó el auricular, marcando con prisa. Su rostro, surcado por cicatrices de viejas batallas, estaba bañado en un sudor frío. Al primer tono, del otro lado contestaron.
— Hou, soy yo — dijo Satmal, con la mandíbula apretada y la mirada fija en la escalera —. Ya está sucediendo.
— Muy bien, enseguida estoy allá — respondió el anciano Zhau Hou, cortando la llamada al instante.
Arriba, el último alarido de Malta fue sepultado por el llanto agudo y penetrante de un recién nacido. La monja cortó el cordón umbilical con manos torpes y envolvió al infante en una manta azul. Al mirar fijamente aquellos ojos inocentes, un escalofrío le recorrió la espina dorsal. Dejó al niño en los brazos exhaustos de su madre y susurró una bendición que sonaba más a súplica: «Un precioso niño... que tendrá una vida muy agitada. Dios te proteja».
Satmal entró a la habitación justo a tiempo para ver la escena. Su primogénito, el pequeño Daniel, se mantenía timorato junto a la cama, observando a su nuevo hermano.
* * *
Lejos del plano terrenal, en las profundidades abisales del Averno donde la luz del sol es un mito olvidado, unas enormes alas negras impregnadas de miasma se agitaron con lentitud desde un trono de roca pura. Belcebú, el Rey Demoniaco, observó el firmamento espiritual con una sonrisa torcida.
— El niño humano ha nacido — sentenció la macabra deidad, su voz resonando como el crujido de mil tumbas —. Quiero que vayas personalmente al plano terrenal y me lo traigas. Ese niño es importante para mis planes, por eso no debes fallar.
A sus pies, un joven demonio de cabello oscuro y mechones fucsias hincó una rodilla en tierra, mostrando una dentadura afilada y letal.
— Sí, padre. Iré de inmediato y no le fallaré — respondió el Duque Demoníaco, Abezi. Mientras se ponía en pie, un pensamiento sádico cruzó su mente: Al fin iré al plano terrenal. Tengo mucho que no me divierto con los humanos.
* * *
La puerta de la casa en el desierto se abrió de golpe. Zhau Hou entró jadeando, sacudiéndose la arena de su traje gris. Satmal lo recibió de inmediato, pero el anciano no ocultó su descontento.
— ¿Por qué tardaste tanto? — reclamó Satmal.
— Porque te mudaste en medio de un inmenso desierto y pusiste una barrera espiritual gigantesca. Me impidió teletransportarme cerca y tuve que caminar kilómetros desde donde termina la cúpula hasta aquí — gruñó Hou, apoyando una mano en el hombro de su amigo —. ¿Sabes lo difícil que es caminar en estas arenas?
— Ya, ya, no te alteres. Ven, Malta está por aquí con el bebé.
Subieron al aposento. Malta, sosteniendo al recién nacido contra su pecho, esbozó una débil sonrisa al ver al invitado. Daniel se aferró a la pierna de su madre, mirando con curiosidad al anciano.
— Hola, Hou. ¿Cómo estás?
— Hola, Daniel, ¡cuánto has crecido! — dijo Hou, acariciando la cabeza del niño antes de volverse hacia la cama —. Hola, Malta. Pero tú no pareces que has dado a luz.
— Gracias, Hou. ¡Aquí está el bebé hermoso!
Zhau Hou se acercó para examinar al infante, pero al enfocar su percepción espiritual, sus ojos grises se abrieron con absoluto espanto. La palidez borró el color de su rostro. Lo que emanaba de ese diminuto cuerpo no era el aura normal de un recién nacido; era un torbellino colosal. Las bombillas parpadearon con violencia y una presión invisible aplastó el pecho de los presentes.
— Esto es imposible... — balbuceó el anciano, con la voz quebrada —. El poder espiritual de este niño es increíblemente grande. Malta, dime, ¿qué puedes sentir?
Satmal dio un paso al frente, con el rostro ensombrecido por la gravedad de la situación.
— Esa es la razón por la que debes sellarlo lo más rápido posible.
— Imposible, Satmal. No tengo las fuerzas ni el poder para hacerlo — confesó Hou, dando un paso atrás, con el terror marcado en las arrugas de su rostro.
— Mi amigo, tú eres el mejor en esto, si tú no lo haces, no habrá nadie que pueda — le reclamó Satmal —. ¡Tú sellaste a mi hijo Daniel!
— Sí, Daniel tiene un gran poder espiritual — respondió Hou —, pero esto... esto es el poder de un Dios. Si ese poder llega a manifestarse, desintegrará al niño, a mí y a todos los que estén cerca.
Malta, con lágrimas corriendo por sus mejillas pero con una determinación feroz, intervino:
— Por favor, señor Hou, debe hacerlo. ¡Es nuestra única esperanza!
— Malta, lo más seguro es que el niño y yo muramos en el proceso — advirtió el anciano.
— ¡Él morirá de todos modos, señor Hou! — sentenció la madre, apretando al bebé contra sí —. Los demonios pronto vendrán por él.
Un silencio sepulcral inundó la habitación mientras la presión aumentaba. De repente, Malta ahogó un grito, llevándose una mano al pecho, aterrorizada.
— ¡No, Satmal! — exclamó ella con la respiración cortada —. ¡Es que ya está aquí!
— ¿Uno solo? — preguntó Satmal, alarmado —. Uno solo no podrá romper la barrera.
— ¡Sí, podrá! Es un clase A, o como mínimo un clase B — gritó ella con lágrimas en los ojos —. ¡Es muy fuerte, puedo sentirlo!
Zhau Hou se despojó de su chaqueta gris, revelando una camisa blanca lista para la acción. El miedo se había evaporado.
— Manos a la obra. Vamos a sellar ese monstruoso poder. Malta, voy a necesitar de tu sangre, ya que tienes el mayor poder espiritual de los adultos aquí.
— Lo que necesites, solo haz lo posible por salvar a mi hijo — respondió ella sin vacilar.
Satmal se dio la vuelta, encaminándose hacia la salida con paso firme.
— Yo iré a hacer tiempo para que puedas sellar al niño. Sor, por favor, lleve a Daniel a la habitación y protéjalo.
En la planta baja, Satmal caminó hacia el estante de madera de la sala. Sus dedos envolvieron la empuñadura de la espada familiar: la Enhancer. En cuanto su mano hizo contacto con el metal, una llamarada de energía morada y oscura envolvió la hoja curvada.
* * *
Afuera, a kilómetros de distancia de la casa, justo en el límite de la inmensa barrera espiritual, el cielo diurno se resquebrajó. Una densa bandada de cuervos y plumas negras emergió de un vórtice dimensional. Abezi aterrizó en medio de la nada, con su gabardina púrpura ondeando con el viento. El demonio miró a su alrededor, fastidiado por el inmenso desierto de arena que se extendía hasta el horizonte.
— ¿Dónde estoy? ¿Por qué siento al pequeño humano tan lejos? — murmuró, llevándose una mano al mentón —. Ya veo, pusieron una barrera espiritual gigantesca... Jajajaja. Esa barrera es solo para espíritus menores, lo único que logró fue alejarme un poco.
Con una arrogancia desmedida, Abezi extendió su mano derecha. Una onda expansiva de energía violenta impactó el aire a la distancia, haciendo que la gigantesca cúpula protectora se rompiera en mil pedazos con un crujido ensordecedor que resonó por todo el desierto.
Dentro de la casa, Zhau Hou sintió el impacto en su propio ser, deteniendo el pincel por un milisegundo.
— ¡Ya rompió la barrera! Aún está lejos, pero estará aquí muy pronto. Coloca al niño dentro del pentagrama — ordenó el anciano, completando los trazos externos del sello de sangre.
Malta dejó al bebé en el centro geométrico del círculo rojizo y, desoyendo los gritos de Hou, se puso en pie con las piernas temblorosas.
— Malta, ¿a dónde vas? No puedes hacer eso, tú acabas de dar a luz, estás muy débil.
— Voy a ayudar a Satmal — declaró ella, con los ojos encendidos en un fuego maternal —. Sé que tengo que ir, o todo será en vano.
— Malta, Satmal es fuerte. Detendrá al demonio hasta que sellemos al niño — insistió Hou.
— Nadie conoce más que yo lo poderoso que es mi esposo, pero también sé lo poderoso que es ese demonio — replicó ella, caminando hacia la salida —. Señor Hou, en realidad ni Satmal ni yo vamos a sobrevivir. Solo le pido que, inmediatamente logre sellar a Leandro, se vaya con mis hijos a donde no los puedan encontrar jamás. ¡Ya no hay barreras!
Zhau Hou, sintiendo el peso de la muerte rondar la casa, apretó los puños y juró con solemnidad:
— Te prometo que, de ustedes no sobrevivir, cuidaré de esos niños con mi vida.
* * *
Sobre la arena ardiente del desierto, Abezi finalmente se acercó al perímetro de la casa, pero una silueta le cortó el paso. Satmal lo esperaba, sosteniendo la Enhancer con ambas manos, dejando que el miasma morado barriera el suelo.
— Vaya, vaya... buena espada la que llevas — dijo Abezi, deteniéndose con las manos en los bolsillos —. Tengo mucho tiempo buscándola.
— Sí que es buena — respondió Satmal con una sonrisa fría —. Con ella es que asesino a cosas como tú.
— Sí, me imagino... ¿pero sabes que no soy uno como ellos?
— No importa qué eres, ni qué tan poderoso seas. Te detendré aunque muera en el intento.
— La suerte me sonríe — se burló el demonio —. Me divertiré matándote, luego me llevaré la espada y al pequeño humano.
— Jaja, ¿qué arrogancia la tuya? ¿Qué te hace pensar que te llevarás a mi hijo y mi espada? — bramó Satmal.
— Jajaja, primeramente esa espada no es tuya, ni siquiera pertenece a este plano — escupió Abezi —. Y segundo, soy el Duque Demoníaco más poderoso del Averno y tú solo eres un simple humano.
— No me importa. Solo sé que tengo el libre albedrío para hacer lo que quiera. Y tú te irás sin mi hijo y sin la espada — sentenció Satmal.
Sin esperar un segundo más, Satmal flexionó las rodillas y saltó con una fuerza descomunal por los aires, lanzando un tajo vertical descendente con la Enhancer para partir al demonio en dos.
Abezi reaccionó con una velocidad espeluznante. Levantó su mano izquierda y generó una densa bola de energía oscura que detuvo el golpe de la espada en seco. Con Satmal aún suspendido y la guardia rota, Abezi cerró su puño derecho y le asestó un golpe demoledor directo en el estómago.
El impacto sonó como un cañonazo. Satmal salió disparado por los aires como un muñeco de trapo, estrellándose violentamente contra una enorme formación rocosa del desierto que se agrietó por completo. El guerrero cayó de rodillas sobre la arena ardiente, tosiendo con desesperación y vomitando una espesa bocanada de sangre.
Abezi bajó el brazo, ladeando la cabeza mientras lo miraba con desprecio.
— ¿Qué diablos eres? — preguntó el demonio —. Ese golpe fue directo al cuerpo... ¡debiste haber explotado como un globo! ¿En verdad eres humano? Vamos, levántate, esto está empezando a emocionarme. ¡Párate y demuéstrame qué tanto quieres a tu hijo!
Satmal intentaba apoyarse en la espada, escupiendo sangre, cuando una enorme ráfaga de fuego puro pasó rugiendo por su lado, impactando directamente contra el flanco izquierdo de Abezi. Malta había llegado al campo de batalla.
La bola de fuego impactó con tal violencia que arrastró al Duque Demoníaco varios metros por la arena. Mientras era arrastrado por el calor abrasador, Abezi pensó, atónito: ¿Cómo fue que no pude sentir su presencia?
Malta no le dio un segundo de respiro; con los brazos extendidos y círculos mágicos ígneos girando alrededor de sus muñecas, comenzó a disparar una ráfaga continua de proyectiles ígneos. Abezi, fastidiado, empezó a repeler cada bola de fuego con una sola mano a una velocidad vertiginosa.
Aprovechando la distracción, Satmal saltó con una fuerza bestial por el aire y, soltando un grito de rabia absoluto, lanzó un tajo vertical descendente con la Enhancer. Abezi repelió el ataque cubriéndose con una densa bola de energía, pero el filo maldito de la espada logró atravesar la defensa y hacerle un corte profundo en el brazo, lanzando al demonio por los aires hasta estrellarlo varios metros lejos en la arena.
Los padres no perdieron el ritmo. Se combinaron en una danza letal y atacaron al unísono, pero el demonio, recuperando el equilibrio, comenzó a lanzar rayos oscuros de energía perforante. Uno de los rayos fue directo hacia Malta. Con un esfuerzo titánico, ella logró repelerlo canalizando una esfera de fuego como escudo, pero la fuerza del impacto fue tanta que salió despedida hacia atrás, cayendo de espaldas sobre la arena ardiente.
Sin perder un segundo, Abezi salió disparado a una velocidad imperceptible directo hacia Malta, apuntando una esfera de energía letal.
— ¡Tú, maldita! — le gritó Abezi, dispuesto a rematarla.
— ¡¡Nooooo!! — gritó Satmal, desesperado.
En el último instante, Satmal se interpuso, interceptando el golpe directo con la hoja de la Enhancer. El choque entre la espada y la magia demoníaca creó una explosión de energía tan inmensa que mandó a volar a Malta nuevamente y levantó una cortina de arena kilométrica.
Del interior de la tormenta de polvo, Abezi emergió como un espectro y le conectó una patada demoledora a Satmal. El crujido del hueso del brazo derecho del guerrero partiéndose resonó en todo el desierto, mientras su cuerpo salía disparado a la lejanía.
Abezi continuó caminando con calma, quitándose el abrigo dañado con fastidio mientras observaba a la pareja destrozada.
— De verdad nunca pensé que me divertiría tanto — dijo el demonio, esbozando una sonrisa retorcida.
Malta, cegada por la rabia, se puso en pie de un salto e intentó conectarle un puñetazo envuelto en fuego directo a la cara.
— ¡Eres un maldito! — gritó ella.
El demonio simplemente se agachó esquivando el golpe, la agarró por el cuello con su mano izquierda y la levantó del suelo.
— Tienes un gran poder... pero lamentablemente en un frágil cuerpo humano — le dijo Abezi con total frialdad, mirándola a los ojos.
— No te saldrás con la tuya... — logró responder Malta a duras penas, ahogándose.
Abezi apretó el agarre y cargó su puño derecho.
— Podría matarte con solo tocarte, pero es divertido torturarlos. ¡Jajajaja! — le gritó, asestándole un brutal puñetazo en el estómago.
Malta soltó un grito de dolor desgarrador y el demonio abrió la mano, dejándola caer de rodillas en la arena, asfixiada y tosiendo. Abezi la miró desde arriba con superioridad.
— Alégrate de que reconozca que son fuertes, pero no por eso dejan de ser simples humanos.
* * *
Mientras la masacre ocurría afuera, dentro de la casa, Zhau Hou estaba al límite. Sus manos temblaban trazando los últimos sellos de sangre, recitando las palabras prohibidas.
— Et signaculum huius sanguinis, ego ligare divinam vim... — invocaba el anciano en latín profundo, intentando contener lo incontenible.
Afuera, la presión en el aire cambió bruscamente. Abezi detuvo su burla, miró hacia el cielo perturbado y murmuró:
— Esto es imposible...
En el centro del pentagrama, el bebé Leandro comenzó a levitar. Un grito desgarrador, antinatural para un recién nacido, salió de sus pulmones. El poder estalló.
No fue una simple onda expansiva. Fue una presión espiritual de magnitud apocalíptica que barrió la tierra entera.
En cuestión de segundos, la anomalía sacudió el Vaticano. En los sagrados pasillos, los obispos y el Papa se encontraban reunidos de emergencia, con los rostros pálidos por el terror ante lo que estaban sintiendo.
— ¿Sabemos qué es este poder? — preguntó uno de los cardenales, temblando.
— No... pero sin duda es el poder de un Dios — respondió el Papa, apoyándose pesadamente en su báculo.
— ¿Habrá llegado el día final? — insistió otro cardenal, al borde del pánico.
— No, es imposible, faltan muchas cosas por pasar — respondió un tercer cardenal tratando de mantener la calma.
— Pero se supone que hay una promesa de que no vendrán más ángeles ni dioses a la tierra hasta el día final... — debatió el primer cardenal.
— No sé lo que es... — murmuró el Papa, mirando hacia la cúpula con los ojos llenos de una mezcla de reverencia y miedo —. Pero de una cosa estoy seguro: y es que traerá muchos problemas.
El impacto no se detuvo en el plano terrenal. Traspasó las dimensiones hasta llegar al Averno, donde miles de demonios miraban hacia el firmamento, impresionados y asustados por el aplastante poder espiritual que descendía sobre ellos. Sin embargo, en el centro del abismo, sentado en su trono de piedra, el Rey Demoniaco Belcebú simplemente sintió el poder y esbozó una sonrisa macabra.
* * *
De vuelta en el desierto, el estallido espiritual bañaba a Abezi. El demonio miraba a su alrededor, procesando la magnitud de lo que estaba sintiendo.
«¿Cómo es que ese malnacido sabía de este poder?», se preguntó el Duque.
Satmal aprovechó ese mínimo instante de distracción. Moviéndose a una velocidad sobrehumana a pesar de su brazo destrozado, agarró a Malta y se retiró a varios metros de distancia, poniéndola a salvo temporalmente.
Abezi volvió en sí y los miró con desdén.
— ¿Creen que pueden escapar de mí?
— ¿Quién dijo que nos vamos a escapar? — respondió Malta, con la respiración entrecortada pero sin un ápice de rendición en los ojos.
Abezi los evaluó por un segundo.
— Bien. Tienen mucho valor, nunca había visto humanos como ustedes. Veo que sostienes la espada aun teniendo el brazo destrozado... — El demonio sonrió, alzando la voz —. ¡Estoy tan emocionado que en agradecimiento les voy a dar una muerte rápida!
Dentro de la estructura, Zhau Hou dio el último trazo. El pentagrama brilló con una luz carmesí cegadora y luego se apagó, sellando el poder divino de Leandro de golpe. El esfuerzo casi le cuesta la vida al anciano: su cuerpo quedó severamente quemado por la radiación de la energía espiritual, perdiendo la visión de su ojo izquierdo.
Afuera, la sonrisa de Abezi se borró al instante.
«Desapareció el poder... Debo llegar lo más rápido posible», pensó el demonio, aterrado.
Ignorando a los padres, Abezi salió volando a toda velocidad y reventó la entrada de la casa. Al entrar, vio a Hou, medio muerto, sosteniendo al bebé escudado por la monja y el pequeño Daniel.
— ¿Qué le hicieron al pequeño humano? — preguntó Abezi. Al bajar la mirada, vio las runas frescas del sello grabadas en el abdomen de Leandro —. Bueno, bueno... estoy de buen humor. Entréguenme al pequeño humano y los dejaré vivir, de lo contrario los mataré.
Antes de que pudiera dar un paso, Satmal y Malta irrumpieron por la pared a sus espaldas, combinando el fuego de la madre y el miasma oscuro de la espada en un ataque doble a quemarropa. Abezi alcanzó a cruzar los brazos imbuidos en poder oscuro para cubrirse, pero el impacto fue tan devastador que lo mandaron a volar, atravesando la pared opuesta y cayendo varios metros afuera de la casa.
Satmal no dudó. Le lanzó la Enhancer al anciano malherido.
— ¡Vete con mis hijos donde nadie los encuentre! — le gritó Satmal a Hou.
— ¡Por favor, señor Hou! — suplicó Malta.
Hou atrapó la pesada hoja en el aire con dificultad. Pero el tiempo se les había acabado.
Una oscuridad asfixiante llenó la habitación. Abezi apareció de golpe, habiendo liberado su verdadera Forma Demoníaca. Antes de que nadie pudiera reaccionar, el demonio hundió su brazo desnudo en la espalda de Satmal. La mano atravesó la carne y los huesos, saliendo por la barriga del guerrero, empapada en sangre.
— Te dije que nadie escaparía de mí — susurró Abezi al oído del moribundo.
— ¡¡Satmal!! — gritaron Malta y Hou al unísono, horrorizados.
— ¡¡Papá!! — gritó Daniel bañado en lágrimas, intentando correr hacia él, pero la monja lo retuvo.
Satmal escupió un torrente de sangre. Con su último aliento y un esfuerzo sobrehumano, agarró la mano del demonio que lo atravesaba para retenerlo.
— ¡Hou! ¿Qué esperas? ¡Vete de una maldita vez! — le gritó Satmal, con la garganta ahogada en rojo.
— ¿Crees que van a poder escapar? — se burló Abezi.
Pero Hou no perdió un segundo más. Apretando los dientes y levantando la Enhancer, comenzó a recitar:
— Aglasis infernum, ex profundo averni ad me veni, abedi mihi...
— ¡No te dejaré hacer la invocación! — rugió Abezi, levantando su mano libre, lista para masacrar al anciano.
Pero Malta se interpuso, dando un salto desesperado directo hacia el demonio, con una gigantesca bola de fuego concentrada en su mano derecha intacta.
— ¡¡Te olvidaste de mí!! — gritó la madre.
El fuego y la oscuridad chocaron de frente, generando una explosión masiva que sacudió la casa. La onda expansiva mandó a Malta a volar contra la pared, cayendo al suelo agonizando, con su mano derecha completamente destruida.
Abezi se volteó rápidamente hacia la sala, con la mirada ardiendo en ira.
— ¡Eres insignificante! — le escupió a la mujer herida.
Pero al girar por completo, vio al gigantesco demonio Aglasis, quien ya había envuelto a Hou, Leandro, Daniel y la monja en su energía distorsionada.
— Vámonos... — resonó la voz espectral de Aglasis.
— ¡No lo hagas! — gritó Abezi, estirando la mano ensangrentada.
En ese instante, el espacio se dobló y el grupo desapareció sin dejar rastro.
Al darse cuenta de que se habían ido, Abezi soltó un grito de rabia tan monumental y bestial que retumbó por todo el desierto, levantando la arena y agrietando lo que quedaba de la estructura.
Desde el suelo, escupiendo sangre y a segundos de morir, Malta esbozó una sonrisa débil.
— Perdiste...
El demonio la miró con odio visceral.
— ¿Cómo puedes asumir que perdí cuando estás a punto de morir? — le preguntó Abezi, escupiendo las palabras.
Malta cerró los ojos lentamente, con una paz profunda.
— Sabíamos que íbamos a morir... El objetivo era que se llevaran al niño y que no supieras dónde está. Y lo logramos.
Abezi la miró con desdén.
— ¿Crees que ese simple sello va a aguantar ese poder que tiene el pequeño humano?
Malta abrió los ojos una última vez, con una chispa inquebrantable.
— Sigues subestimando a los humanos... No conoces al hombre que selló y se llevó a mis hijos.
El demonio apretó los puños, dejando caer el cuerpo inerte de Satmal a la arena.
— No va a durar más de unas horas para que se rompa el sello. Entonces iré por él, y te prometo que esta vez no tendré piedad.