El Peso De La Corona

Summary

Solo Lee

Status
Complete
Chapters
1
Rating
n/a
Age Rating
16+

Capítulo 1

El silencio en el Valhalla tenía una textura pesada. Ya no era la quietud divina y eterna a la que los dioses estaban acostumbrados, sino un silencio denso, sepulcral, nacido del agotamiento absoluto. El Ragnarok había concluido. La humanidad, contra todo pronóstico estadístico y divino, había asegurado su derecho a existir por otros mil años. Pero en los pasillos de la mansión de las valkirias, la palabra "victoria" sabía a ceniza.

Siegfried caminaba por los amplios corredores de piedra blanca. Sus pasos eran lentos, desprovistos de urgencia. A pesar de haber pasado incontables años confinado en la oscuridad opresiva del Tártaro, su postura no se había encorvado. Mantenía los hombros rectos y una expresión plácida, casi perezosa, que contrastaba fuertemente con la imponente musculatura de su cuerpo y las cicatrices que asomaban por su ropa holgada. Era el héroe legendario, el matadragones, y sin embargo, su presencia emanaba la extraña calma de un lago sin viento.

Las cadenas físicas habían sido retiradas de sus muñecas, pero al acercarse a la gran puerta doble que daba al salón principal de las hermanas, podía sentir otras cadenas más pesadas: las del duelo.

Al empujar las puertas, el crujido de la madera pareció resonar demasiado fuerte. El salón, usualmente un epicentro de discusiones acaloradas, banquetes improvisados y un caos fraternal interminable, estaba sumido en la penumbra. Las grandes cortinas de terciopelo estaban cerradas, bloqueando la luz dorada de los cielos.

En el centro de la sala, sentada en una de las largas mesas de roble, estaba Hrist

Siegfried se detuvo en el umbral, observando a la segunda hermana mayor. Hrist sostenía una taza de té que había dejado de humear hace horas. Su rostro pálido mantenia la mirada perdida en la superficie oscura del líquido.

—Huele a humedad —dijo Siegfried, rompiendo el silencio con un tono deliberadamente casual. Se acercó a las ventanas y, con un movimiento fluido, descorrió las pesadas cortinas. La luz del sol inundó la sala, arrancando un gemido molesto de la valkiria.

—Cierra eso, Siegfried —murmuró Hrist. Su voz temblaba, frágil como el cristal a punto de romperse. La faceta "Temblorosa" de su alma estaba al mando, consumida por la melancolía—. No hay nada que iluminar hoy. Randgriz... Thrud... Reginleif... ya no están aquí para ver el sol.

Siegfried no cerró las cortinas. En cambio, caminó hasta la mesa, arrastró una silla y se sentó frente a ella, apoyando los codos sobre la madera y descansando la barbilla en sus manos entrelazadas.

—No, no están —concordó él, su voz era un barítono suave y reconfortante—. Pero tú sí, Hrist. Y apuesto a que a Thrud no le gustaría verte bebiendo té frío en la oscuridad. Probablemente te obligaría a beber un barril de hidromiel y a romper esta mesa con la cabeza.

El comentario pretendía ser un pequeño rayo de luz, pero el alma de Hrist era una moneda de dos caras que giraba peligrosamente en tiempos de crisis. En un parpadeo, la fragilidad desapareció. Sus ojos se afilaron, inyectados en sangre, y sus manos golpearon la mesa con tanta fuerza que la madera crujió.

—¡Cállate! —rugió la faceta "Rugiente" de Hrist, poniéndose de pie de un salto. Su aura asesina llenó la habitación, tan densa que habría puesto de rodillas a cualquier humano ordinario—. ¡Tú no estabas ahí! ¡Tú estabas pudriéndote en el fondo del Tártaro mientras nosotras éramos eliminadas! ¡No te atrevas a hablar de lo que a Thrud le hubiera gustado, maldito bastardo despreocupado!

Cualquier otro dios o héroe se habría puesto en guardia, pero Siegfried ni siquiera parpadeó. Su expresión relajada no vaciló; simplemente levantó la vista hacia ella, dejando que la tormenta de ira lo golpeara de lleno. Era inamovible. Su paciencia, forjada en la oscuridad absoluta de su prisión, era infinita.

—Tienes razón —dijo Siegfried tranquilamente, sin levantar la voz—. No estaba ahí. No pude protegerlas. Y eso me enfurece tanto como a ti.

La honestidad brutal y desprovista de defensas en su voz detuvo a Hrist. La valkiria levantó un puño, temblando, debatiéndose entre golpear al héroe o derrumbarse. Siegfried se puso de pie lentamente, demostrando la colosal diferencia de tamaño entre ambos, pero no hizo un movimiento agresivo. Simplemente extendió un brazo largo y rodeó los hombros de Hrist.

El contacto físico rompió la represa. La ira de Hrist se evaporó, dejando solo el llanto ahogado de una hermana rota. Se aferró a la camisa de Siegfried, sollozando amargamente mientras él apoyaba una mano grande y cálida en su cabeza, dejándola vaciar su dolor.

—Llora todo lo que necesites, Hrist —murmuró Siegfried, mirando hacia el pasillo—. Yo seré el escudo que soporte su ira, y el pañuelo que seque sus lágrimas.

El sonido de los sollozos de Hrist no pasó desapercibido. Desde el pasillo contiguo, unos pasos pesados y rítmicos anunciaron la llegada de Geirölul. La valkiria de hierro entró con una lanza en la mano, su rostro torcido en una mueca de perpetua hostilidad. La sangre de su propio Völund aún parecía manchar simbólicamente su orgullo.

—¿Qué es esto? ¿Una sesión de lástima? —escupió Geirölul, clavando la base de su lanza contra el suelo de mármol con un sonido metálico ensordecedor—. Deja de llorar, Hrist. Las hermanas murieron en batalla. Murieron con honor, empalando a los dioses. Llorarlas como si fueran víctimas es un insulto a sus armas.

Siegfried apartó suavemente a Hrist, quien se secaba las lágrimas avergonzada, y se giró hacia Geirölul.

—El honor en la muerte no borra el dolor de las que se quedan vivas, Geirölul —respondió Siegfried, metiendo las manos en los bolsillos de sus pantalones holgados—. Incluso las espadas más afiladas necesitan descansar para no mellarse.

Geirölul apretó los dientes, apuntando su lanza directamente a la garganta del héroe. La punta de la hoja se detuvo a un milímetro de la piel de Siegfried.

—No me des sermones, prisionero. Que Brunhilde esté enamorada de ti no te hace nuestro líder —siseó—. Si de verdad quieres ser útil, toma un arma. Muéstrame que la leyenda del matadragones no es solo basura poética. Ayúdame a sacar esta rabia, o te atravesaré aquí mismo.

Siegfried suspiró, cerrando los ojos por un segundo como si estuviera lidiando con una niña caprichosa en lugar de una semidiosa letal.

—No voy a pelear contigo, Geirölul.

—¡Entonces muere!

La valkiria embistió con una velocidad cegadora. El empuje llevaba fuerza suficiente para perforar acero celestial. Sin embargo, Siegfried no retrocedió ni sacó un arma. Con un movimiento tan fluido que pareció casual, levantó una mano y, usando solo dos dedos, desvió la punta de la lanza milímetros antes del impacto. La fuerza centrífuga del ataque desviado hizo que Geirölul tropezara hacia adelante.

Antes de que ella pudiera recuperar el equilibrio, Siegfried ya estaba a su lado. No la golpeó; simplemente puso una mano en el centro de su espalda, obligándola a apoyarse en él para no caer al suelo.

—Tu técnica es perfecta, pero tu centro de gravedad es un desastre —murmuró Siegfried, desprovista de burla—. Estás atacando con odio ciegas, no con precisión. Si hubieras peleado así en el Ragnarok, habrías muerto en el primer minuto.

Geirölul se apartó bruscamente, jadeando, con los ojos muy abiertos. La demostración de superioridad marcial y la calma absoluta de Siegfried lograron lo que las palabras no pudieron: romper su armadura de agresividad. La lanza cayó de sus manos resonando en el suelo. Cayó de rodillas, golpeando el piso con los puños mientras soltaba un grito de frustración pura que rápidamente se transformó en llanto.

—¡Las extraño, maldita sea! —gritó Geirölul a la piedra fría—. ¡Eran mis hermanas!

Siegfried se agachó a su lado, recogiendo la lanza y colocándola frente a ella.

—El hierro más fuerte es el que se somete al fuego y sobrevive —le dijo en voz baja—. Llorar no te hace débil. Te hace humana. Y fue la humanidad la que ganó este torneo. Aprende de ellos.

Dejando a Hrist al cuidado de Geirölul, Siegfried continuó su camino hacia los niveles inferiores del complejo. Necesitaba encontrar a dos personas más. Una de ellas era fácil de rastrear.

En los jardines interiores, acurrucada debajo de un manzano cósmico, estaba Göll. La más joven de las valkirias parecía haberse encogido a la mitad de su tamaño. Tenía las rodillas pegadas al pecho y el rostro oculto entre sus brazos. El silencio a su alrededor era diferente al del resto de la mansión; era el silencio del terror y la culpa.

Siegfried caminó por el pasto, cuidando que sus pesadas botas no hicieran demasiado ruido. Se sentó bajo el árbol, justo al lado de ella, apoyando la espalda contra el tronco, y sacó una pequeña manzana de su bolsillo. Le dio un mordisco ruidoso.

Göll levantó la cabeza lentamente. Sus grandes ojos estaban rojos, hinchados, con bolsas oscuras que una niña no debería tener.

—¿Señor Siegfried? —su voz era apenas un hilo de aire.

—Tienes una mansión enorme, Göll, y eliges el rincón más frío del jardín para esconderte —dijo él, masticando tranquilamente.

—No me estoy escondiendo —mintió ella, bajando la mirada—. Solo... no quiero estorbar. Hild-nee-sama está muy ocupada. Y las demás están... enojadas. Yo solo lloro. No fui valiente. No fui útil. Randgriz-nee-sama, Reginleif-nee-sama, Göndul-nee-sama... todas murieron siendo útiles. Yo solo me quedé mirando.

El corazón de Siegfried, curtido por batallas y traiciones, sintió una punzada profunda. Esta niña llevaba sobre sus hombros el peso del espectador impotente.

Siegfried dejó la manzana a un lado, se giró hacia ella y, con una mano gigantesca, le alborotó el cabello con suavidad.

—¿Y quién te dijo que tu trabajo era morir, pequeña? —preguntó él. Göll lo miró, confundida. Siegfried sonrió, una sonrisa genuina y cálida—. El Ragnarok no se trataba de quién moría mejor, sino de asegurar un futuro. Y alguien tiene que estar vivo para vivir en ese futuro. Tu hermana mayor no te mantuvo al margen por considerarte inútil, Göll. Te mantuvo al margen porque tú eres la aurora. Eres la que nos recordará cómo sonreír cuando esta pesadilla termine.

—Pero... duele mucho —sollozó la niña, arrojándose hacia él. Siegfried la atrapó fácilmente, sosteniéndola contra su pecho.

—Lo sé. Y seguirá doliendo por un buen tiempo —admitió él con franqueza, sin intentar adornar la realidad—. Pero yo estoy aquí ahora. No dejaré que cargues con esto sola. Prometo ser un buen cuñado mayor, ¿de acuerdo? Incluso si hago malos chistes.

Göll soltó una pequeña y temblorosa carcajada entre lágrimas, aferrándose a la camisa del héroe. Por primera vez en meses, la valkiria más joven sintió que el suelo dejaba de temblar bajo sus pies. Siegfried se quedó con ella hasta que el cansancio la venció y se quedó dormida. La levantó en brazos con delicadeza, la llevó a su habitación y la arropó.

Ahora, quedaba la tarea más difícil. El núcleo del dolor.

La oficina de Brunhilde estaba en el piso más alto. La puerta de madera maciza estaba cerrada con llave, pero para un hombre que había roto las cadenas del Tártaro, un cerrojo mortal era apenas una sugerencia. Con un empuje firme pero controlado, Siegfried rompió el mecanismo y abrió la puerta.

El interior era un desastre. Había pergaminos esparcidos por todas partes, mapas de los reinos destrozados, tazas de café volcadas y libros de registros apilados de forma precaria. Y en el centro de ese caos, sentada tras un gran escritorio de caoba, estaba la mayor de las valkirias.

Brunhilde no levantó la vista. Tenía una pluma en la mano y escribía furiosamente en un pergamino. Su cabello oscuro estaba despeinado, sus ojos fijos, bordeados por ojeras tan profundas que parecían moretones. Su espalda estaba rígidamente recta, sostenida únicamente por pura terquedad y fuerza de voluntad.

—Dije que no quería que nadie entrara, Göll —dijo Brunhilde, su voz ronca, fría y mecánica.

—No soy Göll —respondió Siegfried. Cerró la puerta rota detrás de él, encajándola en el marco lo mejor que pudo.

El sonido de la voz de Siegfried hizo que la pluma de Brunhilde se detuviera por una fracción de segundo, pero inmediatamente reanudó su escritura.

—Siegfried. Deberías estar descansando. Tus niveles de energía espiritual aún se están estabilizando tras tu liberación. Si necesitas algo, habla con Alvitr.

Siegfried ignoró la orden. Caminó por la habitación, esquivando los montones de papeles, y se acercó al escritorio. Brunhilde seguía sin mirarlo, su pluma rascando el pergamino a un ritmo frenético.

—Estoy bien, Hilde. He estado hablando con tus hermanas.

—No tengo tiempo para esto —cortó ella, pasando a otro papel—. Debo redactar los tratados de autonomía de la humanidad, reasignar los roles celestiales en el Valhalla post-Ragnarok, asegurar que los dioses no intenten una represalia diplomática y firmar los registros de... —su voz se quebró un milímetro, pero aclaró su garganta de inmediato—... de las bajas de combate.

Siegfried apoyó ambas manos sobre el escritorio y, con un movimiento deliberado y firme, apartó el pergamino y el tintero, deslizándolos fuera de su alcance.

Brunhilde finalmente levantó la vista. Sus ojos verde oscuro brillaron con una intensidad febril y furiosa.

—¿Qué crees que haces? ¡Devuélveme eso! ¡Hay trece mil millones de vidas humanas dependiendo de que yo termine este maldito papeleo! —gritó, su máscara de frialdad comenzando a resquebrajarse ante la intromisión. Se puso de pie, apoyando las manos en la mesa, mirándolo con fiereza.

Siegfried se mantuvo impasible. La miró desde su mayor altura, sus ojos azules fijos en los de ella, transmitiendo una mezcla de tristeza infinita y amor incondicional.

—Las valkirias guiaban a los muertos, Brunhilde. Y tú eres su líder. Pero mírate... pareces más un cadáver que los propios guerreros caídos en la arena.

—¡Es mi deber! —escupió ella, su voz temblando por la tensión acumulada—. ¡Yo inicié esto! ¡Yo declaré el Ragnarok! ¡Yo empujé a mis hermanas a la muerte! Randgriz... Reginleif... Thrud... murieron porque yo se los pedí. Murieron porque yo fui demasiado cobarde para enfrentar a los dioses sola. ¡No tengo derecho a descansar, Siegfried! ¡Tengo que cargar con esta corona!

Brunhilde golpeó el escritorio con los puños cerrados, pero no había fuerza en sus golpes, solo desesperación. Su respiración era entrecortada, al borde de la hiperventilación. El monstruoso peso de la culpa que había soportado estoicamente durante cada combate del torneo finalmente la estaba aplastando.

Siegfried rodeó el escritorio lentamente. Brunhilde retrocedió un paso, levantando una mano como si intentara alejarlo, pero él no se detuvo. Cuando estuvo frente a ella, tomó las manos de la valkiria, callosas y manchadas de tinta, entre las suyas.

—Declaraste el Ragnarok por compasión, Hilde. Porque no podías soportar ver desaparecer a la humanidad —Siegfried habló con una voz baja y retumbante que vibró en el pecho de la mujer—. Tomaste una decisión imposible. Ninguna de tus hermanas fue engañada. Ninguna fue obligada. Caminaron hacia la muerte con el mismo fuego en los ojos que tú tienes ahora, porque creían en ti.

—Fui yo quien las sacrificó... —murmuró ella, mirando sus propias manos entrelazadas en las del héroe, su voz reducida a un susurro agonizante.

—Y fue por eso que vine por ti —dijo él, soltando una de sus manos para llevarla al rostro de Brunhilde, acariciando su mejilla y apartando un mechón de su cabello oscuro—. Porque sabía que cuando todo terminara, no te perdonarías. Sabía que te encerrarías aquí, intentando llevar el peso del cielo entero sobre tus hombros hasta quebrarte el cuello.

Brunhilde cerró los ojos ante el contacto. El calor de la mano de Siegfried rompió el último muro de resistencia. La majestuosa líder de las valkirias, la estratega implacable que había desafiado y doblegado a los mismísimos dioses, dejó escapar un sollozo ahogado.

Siegfried la atrajo hacia sí, envolviéndola en un abrazo firme, apretado y cálido. La ocultó contra su pecho amplio, cubriendo la vista de la oficina, del papeleo, del universo que le exigía tanto.

—Ya está hecho, Hilde. Ganaste. Ganaron —le susurró en el oído, apoyando la barbilla en la coronilla de la valkiria—. Déjalo caer. Puedes soltar la corona. Al menos por hoy. Estoy aquí. Te sostendré.

La mujer que había orquestado el derrocamiento de deidades inmortales finalmente se rindió. Brunhilde se aferró a la espalda del héroe con una fuerza desesperada, hundiendo el rostro en su pecho, y por primera vez desde que comenzó el Ragnarok, lloró. No fue un llanto silencioso o estoico. Fue un llanto crudo, ruidoso y desolador, nacido del abismo de su alma; el luto atrasado por sus hermanas caídas y la liberación del terror paralizante de perder a las que quedaban.

Siegfried no dijo nada más. Mantuvo su postura relajada pero inamovible, actuando como la base de una montaña que no se sacude ante la tormenta. Dejó que sus lágrimas empaparan su ropa, acariciando la espalda de la mujer que amaba con movimientos lentos y rítmicos.

Fuera de la oficina, en el pasillo oscuro, Göll, Hrist y Geirölul escucharon en silencio, apretándose las manos unas a otras. Sabían que, con el matadragones de regreso, el núcleo de su familia finalmente podía comenzar a sanar.

El Ragnarok había dejado cicatrices irreparables, y el Valhalla nunca volvería a ser el mismo. Pero mientras Siegfried estuviera allí, sosteniendo a su indomable líder, las valkirias que quedaban tendrían un faro al cual aferrarse. El héroe no necesitaba empuñar una espada para salvarlas; solo necesitaba estar ahí, siendo el ancla que les impediría perderse en la oscuridad.