Capítulo 1: Intento de vida normal
Año 2147.
Una voz en off, fría como acero quirúrgico, recita los números mientras hologramas rojos tiñen el aire de la habitación.
—La tasa de suicidios ha aumentado un sesenta y ocho por ciento en los últimos años.
Los gráficos caen en picada.
—La preocupación científica es evidente.
Una pausa.
—Pero la gente sigue sin hacer nada. Solo encerrarse en sus casas.
El holograma parpadea y se estabiliza en el rostro de un presentador. Ojeras profundas. Párpados pesados. Mira directo a cámara, pero parece hablarle a nadie.
—¿Cuánto durará la humanidad si siguen así?
El holograma se apaga. Un pequeño chasquido eléctrico, y la pantalla queda negra.
Afuera, la ciudad respira con ritmo de motor.
Edificios tecnológicos gigantes se alzan como dientes de metal contra un cielo que nunca vio una nube orgánica. En lugar de plantas, pintura de colores cálidos intentando engañar a la retina. El aire se siente denso, filtrado, con un ligero sabor a plástico y ozono. No huele a tierra mojada. No huele a nada vivo.
Entre ese paisaje de hormigón y luces LED, caminan robots. Decenas. Centenares. Pasos sincronizados, miradas vacías, movimientos sin vacilación.
En medio de ellos, un chico de aspecto normal avanza con las manos hundidas en los bolsillos de una chaqueta desgastada. Se llama Brian. Su mirada es reservada, de quien aprendió a no mirar a nadie a los ojos para que no lo miren de vuelta.
Entra en una tienda.
El interior es frío, blanco, esterilizado. Una fila larga de robots ayudantes aguarda tras el mostrador, sus luces parpadeando en verde. Brian suelta un gruñido leve —apenas un ronquido de fastidio— y desvía la vista.
Entonces la encuentra. Al fondo, a la derecha, un cartel pintado a mano que dice “Atención Humana”. Como si lo humano fuera un lujo, una rareza, una sección especial.
Camina hasta allí.
Detrás de un ventanal blindado, una chica de carne y hueso está sentada. Su mirada se ha ido a alguna parte, perdida en la esquina blanca de la pared. No parpadea. Quizás ya ni sabe por qué viene.
Brian se acerca y saluda.
—Hola —dice.
Su voz sale más grave de lo que intentaba. Le sale ronca, como si las cuerdas vocales llevaran días sin usarse.
La chica gira la cabeza con lentitud. Sus ojos lo encuentran. Y entonces —como si alguien hubiera encendido una luz dentro de ella— sus pupilas se agrandan, su espalda se endereza, y se pone de pie como un resorte.
—¿En serio? —dice, y su voz tiembla con algo que podría ser alegría o incredulidad—. Pasaron algunos meses desde que vi otro humano.
Señala con un gesto perezoso hacia la fila de robots.
—Yo sigo viniendo solo por la paga.
Brian sonríe. Una sonrisa torcida, media incómoda, pero genuina.
La chica estira su mano a través del ventanal. Sus dedos son pálidos, delgados, casi translúcidos.
—Me llamo Luna —dice.
Brian estrecha su mano. La piel de ella es fría. La de él también.
—Brian —responde.
Con la otra mano saca una nota doblada del bolsillo trasero del pantalón y la desliza hacia ella. Está escrita con letra apretada, casi ilegible.
—Salsa, vegetales y alitas de pollo.
Luna lee la nota, asiente con un pequeño movimiento de cabeza y una esquina de los labios que se levanta.
—Espérame un momento.
Se da la vuelta y desaparece entre los estantes metálicos.
Brian se queda ahí. Solo. Frente al ventanal vacío. Escucha el zumbido bajo de los robots, el silbido del aire acondicionado, el latido lejano de la ciudad muerta.
Y sonríe. Un poco más que antes.
Brian sale de la tienda. La bolsa con la compra cuelga de su mano derecha, las asas de plástico apretadas contra sus nudillos.
Camina por la ciudad. Entre robots. Entre luces falsas. Entre el aire que no huele a nada.
Entonces lo escucha.
Muchas patas. Un tintineo metálico, rítmico, como lluvia fina sobre chapa. No viene de un solo lado. Viene de todos.
Brian se agacha y se desliza detrás de un robot publicitario grande, de esos que proyectan hologramas de bebidas que nadie compra. Se pega a su base de metal, conteniendo la respiración.
Espía.
Una araña robótica aparece bordeando una columna. Sus ocho patas articuladas se mueven con una precisión enfermiza, cada punta terminada en una aguja que perfora el suelo sin hacer ruido. En el lomo, grabado a láser, el logo de Security Live.
Brian no se mueve. Mira con cautela.
Entonces ve más. Otra araña. Otra. Otra.
Cruzan las calles vacías como un enjambre mecánico, patas alzándose y cayendo en sincronía perfecta. No lo han visto. Aún.
Con movimientos lentos, Brian toma la bolsa de la compra y hace un nudo apretado en las asas. La pasa por su hombro, como una bandolera. Se asegura de que nada vaya a caerse.
Y sale de la ciudad.
No camina. Corre.
Una masa viscosa y gris brota de su espalda baja, envolviendo su pierna derecha como una serpiente perezosa. No aprieta. Solo se acompaña. Brian no se detiene a mirarla. Ya sabe lo que es.
Comienza a correr más rápido. Sus pies se hunden un segundo en el pavimento y luego lo impulsan hacia adelante con una fuerza imposible. Da saltos que ningún humano normal podría dar, dejando marcas profundas en el suelo seco y sin vida.
La ciudad se queda atrás. Los robots, las luces, el aire artificial. Todo se empequeñece.
Las afueras son otra cosa.
La tierra muerta se extiende a su alrededor como una sábana marrón agrietada. No hay árboles. No hay pasto. Solo polvo y silencio.
Pero no es infinita.
Sorprendentemente, Brian alcanza un borde. Un cambio en el terreno. Y entonces lo ve: un pueblo abandonado.
Casas de piedra derrumbadas, techos hundidos, ventanas rotas. La vegetación salvaje ha comenzado a devorar lo poco que queda —enredaderas trepan las fachadas, arbustos espinosos rompen las puertas, flores amarillas brotan de las grietas— pero todo tiene un aire cansado, como si la naturaleza también estuviera agotada.
Brian ignora todo. No mira las casas. No se detiene a explorar. Atraviesa el pueblo con paso firme y se dirige directamente a un edificio enorme y cuadrado que se alza al fondo.
Entra.
El interior es oscuro, fresco, huele a polvo y a humedad vieja. Brian no duda. Sube las escaleras. Sus pisadas resuenan en los escalones de piedra.
Llega arriba.
—Ya llegué —dice.
Su voz sale normal esta vez. Cansada, pero normal.
Desde algún lugar del piso, alguien lo llama con voz emocionada. Un tono que ilumina el silencio del edificio.
Una joven aparece corriendo, extendiendo las manos hacia él. Tiene el pelo violeta —un color que no parece teñido, sino genuino, imposible— y ojos grises como tormenta lejana. Su brazo izquierdo es mecánico, placas de metal gris oscuro articuladas entre sí. En su cuello, justo donde termina la mandíbula y comienza el hueso, una parte metálica está expuesta, sin piel que la cubra. Las juntas brillan débilmente con un leve reflejo aceitoso.
Brian la abraza.
La joven apenas responde al principio. Su cuerpo se queda rígido un segundo, como si el gesto le fuera extraño. Pero luego cierra los ojos. Y sonríe. Una sonrisa amplia, enorme, que le ilumina todo el rostro.
Brian, con la cara apoyada en el hombro de ella, dice:
—Hueles bien.
La joven —Violeta, porque solo puede ser ella— se separa apenas lo suficiente para mirarlo a los ojos. Su voz es suave, con una calidez vacilante.
—Estoy cocinando algo complicado —dice—. Pero valdrá la pena si tú sientes un sabor diferente.
Brian le sonríe. Una sonrisa limpia, sin incomodidad.
—Gracias, Violeta.
Ella inclina un poco la cabeza hacia un lado, como un pájaro curioso, y le devuelve la sonrisa. Luego se da la vuelta y vuelve a la cocina.
Brian se queda un momento quieto, mirándola irse. Después suspira —un suspiro suave, de alivio— y se pone a ordenar la mesa.
Sobre una superficie desgastada, coloca los productos que trajo: salsa, vegetales, alitas de pollo. A un lado deja un juego de mesa casero, hecho con partes encontradas —fichas de distintos colores, un tablero pintado a mano sobre cartón, dados tallados en madera—.
Mientras acomoda los platos y los cubiertos, Brian tararea una pequeña canción.
Una canción sin nombre. Una melodía que quizás escuchó de niño, o quizás acaba de inventar.
En la cocina, algo burbujea.
En la cocina, Violeta cocina.
Cada movimiento es preciso. Perfecto. Corta los vegetales en cubos exactos, ajusta la temperatura sin mirar los controles, agrega las especias en cantidades que parecen medidas por una máquina. Su mirada es neutra, concentrada, perdida en algún punto de la tarea.
No ve el vidrio.
Un foco roto, olvidado en el borde de la ventana, se desprende y cae al piso.
El sonido del cristal al romperse es agudo, inesperado.
Violeta se sobresalta. Sus hombros se elevan, su espalda se tensa. Pero luego sonríe —una sonrisa pequeña, de quien se ríe de su propio susto— y se agacha para recoger el cristal.
Entonces el sol entra por la ventana.
El fragmento de vidrio brilla. Refleja un color azul, transparente, líquido, que se cuela directo en la retina de Violeta.
Se paraliza.
Su respiración cambia. Se vuelve temblorosa, entrecortada, como si el aire ya no entrara del todo.
—No —dice—. No, no, no…
Retrocede. Un paso. Otro. Su espalda choca contra la pared.
Sus manos suben a su cabeza. Una golpea su sien. Luego la otra. Golpea más fuerte. Un gruñido ronco sale de su garganta.
—No. No.
Se achica contra la pared. Se encoge sobre sí misma, como si quisiera ocupar menos espacio, como si quisiera desaparecer.
Y entonces todo empieza a temblar.
Las paredes vibran. Los platos tintinean. El suelo tiembla bajo sus pies. Es ella. Es siempre ella.
Pero Violeta no está en la cocina.
Violeta está dentro de una cápsula. Todo es de ese azul transparente. Frío. Líquido. Afuera, una pareja de científicos la observa. Sus miradas son cínicas. Uno sonríe. El otro toma nota en una tableta.
Brian siente el temblor en el living.
El suelo se mueve bajo sus pies. Las fichas del juego de mesa ruedan.
—No otra vez —murmura.
Sale corriendo hacia la cocina.
—¡Violeta!
Cuando llega, la ve. Encogida contra la pared. Las manos en la cabeza. Los ojos abiertos pero vacíos. Todo tiembla.
Brian se acerca con lentitud. Su voz es suave, muy suave.
—Violeta.
Da otro paso.
—Violeta, soy yo.
Estira la mano y toma su antebrazo con cuidado. Sin apretar. Sin asustar.
Pero Violeta no ve su mano. Ve otra. Una mano vieja, pálida, con bata de científico.
—¡Déjame! —grita.
Y lo empuja.
La fuerza es inhumana. Brian atraviesa la ventana como si fuera de papel. Los vidrios estallan a su alrededor. Cae al suelo de afuera. Da varias vueltas. Se golpea. Y queda inmóvil, boca arriba, inconsciente.
Adentro, Violeta aprieta su cabeza con más fuerza. Algo caliente baja por sus mejillas. Lágrimas. No sabe cuándo empezó a llorar.
Flashes. Imágenes.
Un hombre reteniéndola.
Un cuchillo muy grande, muy filoso, cortando.
Sangre.
Un taladro. El ruido. Las vibraciones en su cráneo.
Cables. Muchos cables. De colores. Entrando en su piel, en su hueso, en su metal.
—Paren… —murmura—. Mamá… Mamá, por favor, que paren…
Su voz se quiebra. Se hace pequeña.
—Me… me duele.
Chilla. Un sonido agudo, animal, perdido en algún lugar de su mente que nadie puede alcanzar.
Afuera, Brian yace inconsciente. No ve cómo su extremidad herida comienza a volver a su lugar. Una masa viscosa, gris, brota de su cuerpo y reacomoda los huesos, junta la piel, sella las heridas. Pero sí escucha una voz. Profunda. Grave.
—Despierta.
Abre los ojos.
Se levanta. Pero no como un humano. Su cuerpo se endereza con una fluidez extraña, articulaciones moviéndose en ángulos imposibles. Se incorpora de un salto.
—¡Violeta!
Estira su mano. Y la mano se extiende. Los dedos se alargan en tentáculos grisáceos que se pegan al edificio, que lo impulsan hacia arriba, que lo devuelven a la cocina rota.
Entra cojeando. Apenas cojea. Damián ya está curando lo que se rompió.
—Violeta —dice otra vez.
Ella sigue en el suelo. Encogida. Temblando. Los flashes siguen ahí, ella sigue ahí, perdida.
Brian se arrodilla frente a ella.
—Está todo bien —dice, moviendo con cuidado sus brazos, bajando las manos de su cabeza—. Está todo bien. Soy yo. Estoy aquí. Es Brian. Tu hermano.
Violeta parpadea. Sus ojos grises encuentran los de él poco a poco, como si nadaran en una niebla espesa.
—¿Brian? —pregunta. Su voz es quebrada, apenas un susurro.
—Sí —dice él, y la abraza.
Sus brazos la rodean con ternura. Una mano le acaricia el pelo violeta, despacio, una y otra vez.
—Ya pasó —dice—. Ya pasó.
Violeta se queda quieta en el abrazo. Respira hondo. Más hondo. El temblor del edificio comienza a cesar. Las paredes dejan de vibrar.
Cuando separa el rostro del hombro de Brian, sus ojos están húmedos pero presentes. Mira hacia la cocina. Hacia la sartén humeante.
—Perdón —dice, con la voz todavía rota—. Quemé la comida. Otra vez.
Brian la mira. Y se ríe. Una risa suave, cansada, cálida.
—Ya estoy acostumbrado —dice—. Lo que importa es que tú estés mejor.
Violeta asiente. Un movimiento pequeño, frágil.
Brian se pone de pie y le ofrece la mano. Ella la toma. Él la ayuda a levantarse, sin soltar sus dedos.
Con la otra mano, Brian apaga la cocina. El gas se corta. La sartén deja de humear.
Y los dos, tomados de la mano, vuelven lentamente al living. Dejan atrás el olor de la comida quemada, los cristales rotos en el suelo, los surcos de las lágrimas secándose en las mejillas de Violeta.
El juego de mesa casero sigue desparramado sobre la mesa. Las fichas de colores esperan.
Brian aprieta suavemente la mano de Violeta.
Y ella —apenas, muy apenas— le devuelve el apretón.