CAPÍTULO UNO

Juzgados de Appomattox, Virginia 9 de Abril de 1865
La mañana de la batalla amaneció gris y fría. La Dra. Vance Phelps examinó la suave pendiente que se extendía al sudoeste del edificio de los Juzgados de Appomattox donde el Teniente General Ulysses S. Grant había desplegado el Ejército del Potomac después de forzar al General Robert E. Lee y al Ejército de Virginia del Norte a abandonar Richmond. Apenas un centenar de yardas más allá, 30.000 soldados rebeldes, todo lo que quedaba de las diezmadas fuerzas de Lee, estaban preparados para montar su asalto. Cerca, los cirujanos asistentes se arremolinaban en un grupo inquieto, esperando órdenes sobre donde establecer el hospital de campaña de regimiento. Vance era el cirujano jefe tras haber prestado servicio por casi tres años en la 155 de los Voluntarios de Pensilvania,
más tiempo que cualquier otro del personal médico, y por ser el único cirujano en la división formalmente capacitado. La mayor parte de los demás solo tuvieron algunas semanas de aprendizaje o absolutamente ningún entrenamiento médico. Habían aprendido los conocimientos básicos del trabajo en combate.
-Allí -Vance señaló un denso grupo de árboles en la cima de una colina, directamente tras las filas de cañones pesados manejados por la 24ª de Ord. Por su larga experiencia en escaramuzas y batallas, demasiado numerosas como para contarlas, Vance sabía que dentro de poco el aire se inundaría de espesas nubes de humo negro que abrasaba los pulmones, escupido con fuerza por el fuego de artillería y de armas cortas. A los camilleros y a los heridos que pudieran caminar les costaría mucho encontrar el puesto de socorro, a menos que estuviesen próximos a la línea de batalla y claramente visibles- Establece las tiendas de campaña delante de esa cerca de setos.
-Seremos un objetivo claro allá arriba, Doctora -comentó Milton Cox, el sargento que hacía las funciones de supervisor principal del hospital. Vestido con los pantalones azules del uniforme de la Unión y una camisa de algodón amarilla, deshilachada y descolorida y que, probablemente, había robado del tendedero de alguna ingenua ama de casa sureña, parecía más un vagabundo que un veterano experimentado.
-Podría ser -Vance coincidió con él con un destello de humor en sus ojos negros,- si los hombres de Lee son tan descorteses como para apuntar al hospital. Pero creo que tendremos la sección más fuerte de la Unión enfrente de nosotros y, simplemente, puede que el cuerpo de ambulancias tenga más fácil encontrarnos una vez empiece el tiroteo.
El sargento sonrió abiertamente, mostrando una fila desigual de dientes manchados en tabaco- Bueno, has acertado más veces de las que te has equivocado.
Simplemente es cuestión de suerte, pensó Vance, pasando la manga de su holgado abrigo azul de oficial por el sudor frio de su frente. En algún momento de la noche, mientras yacía despierta cubierta por una fina manta en la parte trasera de uno de los vagones médicos de suministros pensando en la batalla próxima a llegar, la congestión en su pecho se había aligerado lo suficiente como para que pudiera respirar sin sentir el dolor punzante que había estado presente durante la última semana. La tos y los escalofríos persistían, un resto de la neumonía con la que se había estado peleando desde febrero. Ahora su figura, antes larga y delgada, era casi demacrada, aunque su piel estaba bronceada y curtida por sol y el viento y sus músculos estaban fibrosos por el constante trabajo. Mientras las fuerzas de Grant habían penetrado profundamente en el sur, los días cálidos de abril y el aire húmedo de Virginia, habían ayudado a aliviar la presión en sus pulmones. Se consideraba afortunada por no haber sucumbido al agotamiento o la disentería o a algunas de las otras enfermedades que se habían llevado a tantos otros en ambos lados de la guerra.
No era primera vez que agradecía la buena salud y al comida normal de la que ella había gozado antes de ocultar su sexo e inscribirse en el Cuerpo Médico Militar de los U.S. recién formado en 1862. Después de las cuantiosas pérdidas en la Batalla de Bull Run, cuando murieron miles de soldados por falta de acceso a tratamiento médico, y la escasez general de médicos en los regimientos, los reclutadores aceptaban a cualquiera con el más mínimo entrenamiento médico. Nadie miraba cuidadosamente las credenciales, o el género, de los aspirantes.
-Andamos cortos de cloroformo -dijo Milton.
Vance asintió, considerándose afortunada por que tuvieran algún tipo de la sustancia medianamente nueva. Se decía que los cirujanos sureños habían estado teniendo que pasar con éter durante meses, un anestésico mucho menos confiable- Tenemos un montón de morfina y láudano por si nos quedamos sin
anestesia.
-Bien, si necesito que se haga cualquier amputación, quiero que seas tú quien la haga -Milton giró su cabeza y escupió un chorro de jugo de tabaco de color café oscuro- Ninguno de los otros es tan rápido y limpio como tú.
-Gracias, Milton -dijo Vance, hacía mucho tiempo que había perdido cuenta de los cientos de extremidades que había seccionado- Asegúrate de mantener la palangana de desinfectante preparada para hoy.
-Sip. No pienses que acabaremos con él rápidamente, tú eres el único que usa eso.
Vance sabía que Milton, igual que sus cirujanos asociados, pensaba que la costumbre de sumergir sus manos en el líquido desinfectante entre las cirugías era, no sólo una pérdida de tiempo, sino también una superstición tonta. No obstante, las teorías del Dr. Lister sobre la higiene tenían sentido para ella. Pensó en cuántos soldados había perdido, no por sus heridas sino por la gangrena. Muchos más que los que había salvado. Su cara, enflaquecida de sobrevivir a base de poco más que galletas saladas y carne seca durante meses, se volvió más sombría todavía- Ahí fuera es poco lo que podemos hacer por ellos. No veo que pueda perjudicarles.
-De acuerdo -dijo Milton quedamente, como reconociendo el oscuro estado de ánimo de Vance- Esta guerra no puede durar mucho más tiempo. No con las fuerzas de Lee divididas y con nosotros entre ellos.
-Espero que estés en lo correcto. Ha habido demasiada muerte -con un suspiro, Vance enderezó sus hombros y empezó a comprobar el progreso de los soldados asignados al cuerpo de ambulancias que estaban levantando la tienda de campaña del hospital y subiendo los vagones del suministro. Su mesa de operaciones consistía en una puerta de madera, sacada de la casa de una plantación grandiosa, apoyada en dos barriles de munición vacíos. El
instrumental era suyo, lo trajo de Filadelfia cuando había dejado su puesto en el hospital para llevar sus habilidades donde más se necesitaban. Lo cuidaba y limpiaba ella misma, llevándolos en una caja de madera grabada que le había regalado su padre el día que se licenció en la Universidad Médica para Mujeres de Pensilvania. Ese día, en 1861, ella había imaginado una vida muy diferente a esta. Solo que desde entonces, todo había cambiado.
El sonido de fuego de armas cortas la arrancó de un pasado que había parecido tan cierto en el presente, devolviéndola a una vida que ahora solo podía ser medida con momentos. Un sonido escalofriante flotó entre las inmaculadas nubes de humo blanco que se elevaban en el aire más allá de las líneas de la Unión como un solo aliento. Un entusiasta, ondulante grito de desafío y, extrañamente, de alegría.
El Grito Rebelde.
-Aquí vienen -susurró Milton casi reverentemente.
-Sí -dijo Vance, caminando a grandes pasos rápidamente hacia el área de localización del hospital. Se quitó su abrigo y enrolló los puños de su camisa blanca de algodón mientras caminaba. Una vez allí, recogió su maletín quirúrgico del vagón y extendió su instrumental sobre un banco áspero de pino junto a la improvisada mesa de operaciones. Dudaba que necesitara algo más que las sondas, el cuchillo de amputación, y la sierra para la primera fase.
Los perdigones y la metralla de los cañones le dejaban pocas opciones excepto amputar.
Sumergió sus manos en el ácido fénico y las sacudió para eliminar el exceso, escrutando la ladera cercana en busca de la primera señal de heridos.
-¡Sean inteligentes! -exhortó el General Philip Sheridan mientras galopaba arriba y abajo por la línea delantera de la primera parte de sus tres divisiones de caballería, luciendo su sable con bravuconería militar, pegado a su muslo en su
vaina grabada de oro.
-La infantería de Lee estará sobre nosotros antes de que el sol seque el rocío de la hierba.
La línea de caballería montada de Sheridan, preparada para la señal de ataque, cambió de posición en la luz del sol como una enorme serpiente negra, los jinetes y los animales estaban igualmente agitados por el sonido de las armas de fuego y los hombres gritando.
La artillería ligera, colocada en plataformas de madera, se sacudía y abría fuego vomitando con fuerza su mortífero granizo de metralla. El suelo tembló con la fuerza de miles de pies golpeando sobre la dura tierra roja, y el aire brilló tenuemente con el trueno ominoso de guerra. Vance oyó el cornetín anunciar la carga, y la caballería de Sheridan embistió en dirección a las líneas rebeldes. Entonces, entre el humo y las sombras, vio aparecer a los primeros camilleros, corriendo tanto como podían, remolcando su carga de seres humanos heridos.
Cuando el primer hombre fue colocado sobre su mesa, la batalla se alejó de su mente. Solo existía el herido.
-Cambia la hoja de la sierra, -dijo Vance mientras se apartaba de la mesa y sumergía sus manos en el antiséptico teñido de sangre de la palangana situada en un tocón de madera colocado a su derecha.
-No es que tengamos de sobra, -dijo Milton mientras limpiaba la sangre y los restos coagulados de la mesa de madera con un cubo de agua.
Vance miró la cola de heridos que estaban en espera. Los que podían caminar se estaban sentando bajo el refugio de los árboles, se vendaban ellos mismos o a sus compañeros. Ella podría atender a algunos de ellos antes de que el día se hubiese acabado, pero los que no estaban heridos gravemente vagarían de regreso a sus regimientos antes de que tuviese alguna posibilidad de encargarse de ellos. Sabían tan bien como ella que había poco que ella pudiera hacer por
ellos, más allá de lo que habían hecho por ellos mismos. Los que necesitaban sus servicios eran los soldados con heridas graves, lesiones principales en el tronco o en las extremidades, y estos esperaban en el suelo formando un semicírculo compacto y tan extenso como abarcaba su vista.
-Podremos aguantar con la que estamos usando, por ahora -dijo. Había necesitado casi quince minutos para amputar la última pierna porque la hoja de la sierra estaba tan roma que había tenido que forzarla a pasar a través del hueso a base de fuerza la última media pulgada. Siempre se había mantenido activa, evitando el transporte para caminar cada vez que podía, y trabajando en los jardines que rodeaban la casa de su familia en el tiempo libre que le dejaban sus estudios. Era lo suficientemente fuerte físicamente para hacer lo que debía hacer, pero su corazón sufría.- El siguiente.
El chico no aparentaba más de catorce años, e incluso pudiera ser que no los tuviera, dado que la guerra se había alargado tanto, cualquiera que pudiera sujetar un rifle y afirmara que tenía dieciséis años era bienvenido en las tropas. La bala de cañón le había golpeado justo por debajo de la rodilla, destrozando la mayor parte del hueso inferior de su pierna y dejando sólo una masa deforme de músculo conectada a su pie. Ella miró directamente a los ojos del chico.
-Voy a cortarte la pierna, hijo, y vas a vivir.
Vance asintió con la cabeza hacia Milton que estaba de pie a su izquierda con una tela y frasco de cloroformo en su mano, y mientras él presionaba el paño con el anestésico sobre la cara del chico ella apretó la correa de cuero alrededor de la parte baja de su muslo con un tirón firme. De nuevo, tomó el cuchillo de amputación en sus manos y rápidamente cortó hasta llegar al hueso, cuatro pulgadas por debajo de su rodilla. Con una rotación circular de su muñeca, completó la incisión a todo alrededor y dejó caer el cuchillo sobre la mesa cogiendo la sierra en su lugar. Debería haber tardado menos de dos minutos para
cortar transversalmente el hueso, pero necesitó dos veces más tiempo para pasar los desgastados dientes a través de la joven pierna sana. Cuando la parte destrozada cayó de golpe encima de la puerta que le servía como mesa, Milton la recogió y la lanzó sobre un montón próximo de extremidades amputadas.
-Condenadas moscas, -murmuró Vance, apartando con las manos los insectos, siempre presentes, que zumbaban alrededor de su cabeza y el cuerpo inmóvil del chico obstaculizando su visión. Milton le pasó una aguja recta enhebrada con seda negra, y rápidamente localizó y cosió cerrando los vasos principales en el muñón. Entonces cubrió el extremo del hueso que quedaba a la vista con un trozo de piel y músculo y velozmente lo suturó para rematar la amputación.
A alguna parte detrás de ella podía oír a los hombres gritando, incluso por encima de las andanadas de los cañones y la cacofonía general de la batalla.
-Llévalo al vagón de evacuación. Que pase el siguiente.
Cuando no apareció inmediatamente otro cuerpo ante ella, miró hacia arriba inquisitivamente. El sudor y las salpicaduras de sangre le entraron en los ojos y parpadeó, entonces de forma mecánica se secó la cara con su manga. Vio a Milton gesticulando aparatosamente mientras un teniente a caballo se inclinaba sobre él y le gritaba algo, Vance gritó- ¿Qué pasa?
-Lee ha roto las líneas de Sheridan -Milton gritó mientras corría- debemos retroceder.
Vance miró a los heridos que cubrían casi cada pulgada del suelo a su alrededor y negó con la cabeza- No podemos mover a todos estos soldados.
-Entonces se los dejaremos a los cirujanos de Lee -dijo Milton, recogiendo apresuradamente los medicamentos y el instrumental.
-No. Los cirujanos de Lee se encargarán primero de los suyos, y estos hombres necesitan atención ahora. Tú te vas. Me quedaré yo
Milton dejó lo que estaba haciendo y clavó los ojos en Vance.- Si te quedas, te harán prisionero.
-Puede ser. Pero soy un cirujano y seré valiosa para ellos. Adelante, Sargento. Déjame suficiente medicina para estos hombres y vete.
-No creo que pueda hacer eso, Doc -Milton avanzó hasta colocarse a su lado.
-Hemos peleado juntos, hombro con hombro, durante estos tres años. No sería correcto. Además, mi mamá no me crió para dejar a una mujer resistiendo sola cuando las cosas se ponen difíciles.
Vance se quedó mirando fijamente sus serenos ojos color café.- ¿Lo sabes?-él asintió con la cabeza- ¿Lo saben los demás?
-No puedo decirte. Tú no serías la primera, y la mayoría elige no hacer ningún comentario sobre ello, aun si lo saben. -se encogió de hombros- Yo mismo he visto algunos buenos soldados condenadamente bonitas. Y nunca un cirujano mejor que tú.
-Gracias, Milton. Pongamos al siguiente sobre la mesa.
Vance siguió trabajando, el rumor de la batalla se oía cada vez más cerca. Mientras los combate se sucedían a su alrededor, el aire se volvió espeso con el humo y el sufrimiento. El dolor en el pecho de Vance regresó, atravesándola con cada aliento. Tosió y negó con la cabeza, lanzando el sudor de su espeso pelo oscuro en un arco alrededor de ella. Contradictoriamente, el sol asomó por un instante, y las gotitas transparentes bailaron en los rayos de sol antes de caer en la sangre que se acumulaba alrededor de sus botas negras llenas de rozaduras.
-Ese es el último, Doc, -dijo Milton- Ahora tenemos que salir pitando.
-Creo que tienes razón, Sargento, -dijo Vance, lanzando la sierra en su maletín y enjuagándose las manos una vez más. Mientras trataba de alcanzar su abrigo, logró ver brevemente la mirada de horror en la cara de Milton a la vez que sintió la tierra sacudirse. Entonces el mundo dio vueltas locamente, y al instante siguiente estaba tendida boca arriba con los ojos clavados en el cielo. Todavía se veían algunos pocos retazos azul brillante entre la densa niebla de la batalla. No podía oír nada a través del pitido constante en sus oídos. Giró su cabeza. Milton estaba tendido en el suelo a diez pies de distancia, su cuello estaba doblado en un ángulo antinatural, sus ojos estaban vacíos. El dolor le sobrevino en indescriptibles oleadas de angustia. Extendiendo la mano a ciegas, Vance sintió el borde de hierro del barril que soportaba la mesa de operaciones y, agarrándose a la parte superior, se impulsó para ponerse de pie. El lado izquierdo de su cuerpo estaba chorreando sangre. Su brazo izquierdo colgaba inútilmente por su lado. Mareada, se apoyó contra la mesa esperando no perder el equilibrio, esforzándose por inspeccionar su herida. La sangre rojo fuerte salía a borbotones por alguna parte cerca de su codo llevando el compás de los latidos de su corazón. De una cosa estaba segura... moriría desangrada en unos pocos minutos. Apretando los dientes contra del dolor y los gritos que amenazaban con salir de su garganta, encontró la correa de cuero que usaba como un torniquete y lo ciñó alrededor de la parte superior de su brazo. El sangrado se ralentizó.
Una bola de metralla golpeó la mesa y levantó astillas en el aire. No mucho tiempo más. Se deslizó al suelo, con su espalda contra el barril, con el brazo herido en su regazo. Entonces cerró los ojos y esperó.