El extraño de la carretera
A veces Estrella pensaba que la gente sólo veía lo que quería ver.
Veían a la chica callada del salón.
La que se sentaba atrás.
La que nunca era invitada a las fiestas.
La que escuchaba más de lo que hablaba.
Pero nadie veía el esfuerzo.
Nadie veía las noches estudiando hasta quedarse dormida sobre los apuntes.
Nadie veía las veces que fingía que ciertos comentarios no le dolían.
Nadie veía lo cansada que estaba de sentirse insuficiente.
Aquella noche se sentía exactamente así.
Cansada.
Agotada.
Vacía.
El limpiaparabrisas iba y venía frente a ella mientras conducía por la carretera bajo una lluvia interminable.
Las luces del vehículo apenas lograban atravesar la oscuridad.
Era tarde.
Demasiado tarde.
Y todo lo que quería era llegar a casa.
Su madre probablemente estaría dormida.
Su padre seguramente había dejado encendida la luz del porche como siempre.
Y su abuelo Mateo...
Bueno.
Su abuelo probablemente seguiría despierto.
Mateo tenía la extraña costumbre de quedarse observando la lluvia cuando no podía dormir.
Desde pequeña había pensado que era raro.
Ahora simplemente le parecía una de esas cosas que hacían que él fuera él.
Miró el reloj.
11:37 p.m.
Suspiró.
Todavía faltaba.
—Genial —murmuró—. Sólo faltaba esto.
La universidad había sido un desastre.
Su exposición salió peor de lo esperado.
Y después vinieron las risas.
Las bromas.
Los comentarios disfrazados de amabilidad.
Como siempre.
Nada nuevo.
Apretó un poco más el volante.
No quería pensar en eso.
No esa noche.
No cuando estaba tan cerca de llegar a casa.
Las luces de otro vehículo aparecieron a lo lejos.
Una camioneta negra.
Nada extraño.
Al menos al principio.
Estrella apenas le prestó atención.
Hasta que vio algo raro.
La camioneta se movió bruscamente.
Demasiado bruscamente.
Como si hubiera esquivado algo invisible.
Frunció el ceño.
Durante una fracción de segundo esperó ver las luces de freno.
No aparecieron.
La camioneta giró nuevamente.
Luego otra vez.
Y entonces salió disparada fuera de la carretera.
El estruendo fue brutal.
Metal.
Vidrio.
Tierra.
Todo explotó en un solo sonido.
—¡Dios mío!
Estrella pisó el freno.
El corazón comenzó a golpearle las costillas.
La camioneta desapareció entre árboles y matorrales.
Por un instante permaneció inmóvil.
Respirando.
Mirando.
Esperando.
La lluvia seguía cayendo.
La oscuridad seguía allí.
Y la carretera seguía completamente vacía.
Podía llamar a emergencias.
Podía quedarse dentro del vehículo.
Podía esperar ayuda.
Era lo más inteligente.
Era lo más seguro.
Entonces escuchó algo.
Un sonido débil.
Dolorido.
Humano.
Un quejido.
Estrella cerró los ojos un segundo.
—No...
Sabía exactamente lo que iba a pasar.
No iba a irse.
Porque aunque intentara convencerse de lo contrario, jamás podría abandonar a alguien herido.
Tomó el paraguas.
Abrió la puerta.
Y salió corriendo bajo la lluvia.
El barro se hundía bajo sus zapatos mientras descendía por la pendiente.
El vehículo estaba destrozado.
Una parte delantera completamente deformada.
Cristales rotos.
Humo.
Y un olor fuerte a combustible.
—¡Hola! —gritó—. ¿Puede escucharme?
No hubo respuesta.
Se acercó un poco más.
El corazón le latía tan fuerte que apenas podía escuchar otra cosa.
Entonces lo vio.
Un hombre.
Inconsciente.
Cubierto de sangre.
Su cabeza descansaba contra una ventana rota.
Tenía cortes.
Quemaduras.
Golpes.
Y aun así...
Parecía imposible que estuviera tan malherido.
Era enorme.
Sus hombros ocupaban casi todo el asiento.
Los músculos de sus brazos parecían tallados en piedra.
Incluso inconsciente transmitía una sensación extraña.
Como si fuera peligroso.
Como si no perteneciera a aquel lugar.
Pero lo que llamó la atención de Estrella fue otra cosa.
El olor.
Bosque húmedo.
Madera mojada.
Lluvia.
Era extraño.
No debería haber podido percibir nada entre el humo y el combustible.
Y aun así lo hizo.
Sacudió la cabeza.
No era momento para pensar en tonterías.
—¡Señor!
Nada.
El humo comenzaba a aumentar.
Estrella intentó abrir la puerta.
No se movió.
Volvió a intentarlo.
Nada.
Maldijo entre dientes.
Buscó desesperadamente algo en el suelo.
Encontró una piedra.
Golpeó el cristal.
Una vez.
Dos veces.
Tres.
El vidrio finalmente estalló.
El sonido la hizo sobresaltarse.
Introdujo los brazos.
Buscó el cinturón.
Lo soltó.
—Vamos...
Intentó moverlo.
Ni siquiera logró desplazarlo.
Era demasiado pesado.
Muchísimo.
—No me haga esto...
El fuego apareció cerca del motor.
Pequeño.
Pero visible.
Y el miedo golpeó su estómago.
Entonces ocurrió algo extraño.
Algo que años después seguiría sin saber explicar.
Volvió a sujetarlo.
Y esta vez logró moverlo.
No mucho.
Lo suficiente.
Volvió a tirar.
Otra vez.
Y otra.
Hasta que finalmente logró sacarlo.
El cuerpo cayó parcialmente sobre ella.
El peso era absurdo.
Pero siguió arrastrándolo.
Más lejos.
Más lejos.
Más lejos.
Hasta que ambos rodaron sobre la tierra mojada.
Segundos después.
La camioneta explotó.
El sonido sacudió toda la carretera.
Estrella gritó.
El calor golpeó su espalda.
Y durante un instante quedó inmóvil bajo la lluvia.
El desconocido seguía sobre ella.
Inconsciente.
Respirando con dificultad.
Entonces emitió un sonido.
Un gruñido.
Profundo.
Grave.
Extrañamente animal.
La piel de Estrella se erizó.
Algo en aquel sonido no parecía humano.
Antes de que pudiera pensar más en ello, escuchó sirenas acercándose.
Las luces aparecieron a través de la lluvia.
Ayuda.
Por fin.
Sin saberlo, aquella noche acababa de cambiar su vida para siempre.








