Segundo Gobierno by Any at Inkitt
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Segundo Gobierno

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Summary

Cuando la violencia silenciada que azota al país llega en la forma de una guerra contra la facción de los Rapallino, el destino de la organización Lombardi estará en manos de dos hombres. Marco Albir, quien tras sufrir un accidente termina casi al borde de la quiebra. Y como único sustento económico de su familia, se verá obligado a aceptar un trabajo demasiado simple que promete grandes ganancias. Y Kareth Moretti, el heredero perfecto de la organización. Atrapado en un futuro impuesto por otros, buscará la forma de mantener la paz entre las organizaciones mientras intenta librarse de sus propias cadenas. Entre traiciones, mentiras y aliados, ambos descubrirán que tanto de si mismos están dispuestos a sacrificar por el bienestar de aquellos que consideran familia.

Genre
Drama/Action
Author
Any
Status
Ongoing
Chapters
4
Rating
n/a
Age Rating
18+

Capítulo 1: Lo que debes hacer

(Marco Albir)

Aún sentía el calor de la sangre que escurría hacia su boca mezclándose con su saliva y dejando ese extraño sabor metálico. Abrió ligeramente sus labios tratando de alejar esa sensación, los sintió secos, tan agrietados que parecía que con cada respiración se desgarraban un poco más. Paso su lengua por ellos y el sabor salado le llego hasta la mandíbula. Hizo una mueca mientras su cuerpo se levantaba de golpe.

Se sentía pesado. Sus extremidades cosquilleaban, como si hubiera estado debajo de escombros por varias horas. Algo menos pesado, como una pila de cuerpos. Marco se estremeció al tener ese pensamiento, un ligero ardor empezó en su mano izquierda remplazando cualquier otro malestar. Bajo su vista y noto la enorme aguja conectada a una bolsa de suero. Trago.

Sus ojos revisaron el lugar en silencio. Una habitación de hospital, con muebles blancos limpios y relucientes. Incluso el equipo medico al que estaba conectado parecía nuevo. Era más caro que las clínicas que solía visitar con su madre. Maldijo por lo bajo. Nunca tendría el dinero suficiente para pagar todo eso, habría sido más fácil dejarlo morir. Aunque sus deudas no se irían, pasarían a su madre y, si dios no lo quiera, a su hermana. Ella apenas iba a entrar a la secundaria y era la mejor de su clase. Tenia un futuro por delante. Uno mejor de lo que Marco podría ofrecerle con todos sus esfuerzos.

Paso una de sus manos por su cara. Aquella mañana tardó más de la cuenta en salir de su casa, incluso había pensado en no ir con ellos, pero el imbécil del Doko le había prometido el doble de su paga usual. Marco apretó su frente con sus dedos, el estomago le ardía interrumpiendo el ritmo de su respiración. Solo a alguien como él se le ocurre terminar en el hospital a tan poco tiempo de empezar el ciclo escolar. ¿Como iba a comprarle los útiles escolares a su hermana? Es más, ¿como iba a explicarle eso a su madre?

Contuvo la respiración unos segundos al oír la puerta de la habitación abriéndose. Entro un doctor seguido de una mujer de cabello largo amarrado en una coleta alta. Ella llevaba unos enormes pendientes circulares que sonaban con cada movimiento que hacia. Marco frunció el ceño. No la conocía, sin embargo, ella lo saludo como si fueran amigos desde siempre.

—¿Como dormiste?—dijo la mujer mientras caminaba hacia el. Se sentó en el borde de la cama, posando su mano en una de sus piernas.

Marco llevo su mano a su cuello. Sobó la zona que siempre le dolía al despertar. No había rastro de dolor.

—Bien—musito.

La mujer asintió, parecía complacida con esa respuesta pues sus labios se curvaron en una leve sonrisa. Se volvió hacia el doctor, era tan alto como viejo y se encorvaba sobre un folder que sostenía con manos dudosas mientras revisaba unos documentos, probablemente algo del ingreso. Le tomo unos minutos a Marco poder distinguir la etiqueta difusa con sus datos en una esquina. Habían escrito mal su fecha de nacimiento.

—Doctor Suárez—llamo la mujer. El hombre alzo su mirada—, podría decirme todos los malestares de mi amigo.

Sintió una punzada de odio al oírla llamarlo de esa forma. Ni siquiera la conocía y tampoco estaba de humor para escuchar todas las cosas que lo llevarían a la quiebra.

—Tiene varias heridas de bala en los brazos y piernas —el doctor tardo unos segundos en responder. Se ajusto los lentes un par de veces mientras leía, parecía estar haciendo un esfuerzo por describir las heridas de Marco en un lenguaje no técnico—. Extrajimos al rededor de dos proyectiles y… Hay varios esguinces.

La mujer hizo una mueca de sorpresa exagerada. Marco chasqueo la lengua alejando su mano de la de la mujer cuando ella se acerco para tomarla.

—Pobrecito de ti —dijo ella con pesar, aunque por la forma en la que arrugo su boca solo sintió que se burlaba de él—. Eso te saldrá muy caro, Marquito. Mas de cincuenta mil…tal vez.

Sintió la cama moverse debajo de él junto a un leve sonido agudo que lleno sus oídos. ¿Porque sabía su nombre? Trató de alejarse más de esa mujer. Mordió sus labios para no hacer ni un sonido mientras su peso caía en la mano conectada al suero empujando la aguja sobre la vena.

—Y probablemente la policía no te dejará en paz—continuo ella con su tono condescendiente-. Más con esa extraña masacre a tres cuadras de aquí—. La mujer miro al doctor, golpeaba su labio inferior con su dedo indice—Dicen que fue un disturbio entre vendedores de droga.

—¡Me asaltaron! —gritó Marco de inmediato. Su cuerpo temblaba. El dolor provoco que su brazo empezara a temblar y no podía alejarse más sin caerse de la camilla.

La mujer soltó una risa. Se levanto de un salto y dejo una tarjeta negra en la mesita blanca a un lado de la camilla. Marco la miro alejarse, ella se coloco a un lado del doctor.

—Claro, te asaltaron—afirmo ella—. No tienes que mentirme.

Marco apretó los dientes.

—Te haré un favor si tu me haces otro—La mujer extendió su mano, con una pequeña seña hizo que el doctor le entregara los papeles en sus manos— .Nos encargaremos de este pago y de la policía. Solo llámame.

—¿Quién mierda eres?—preguntó Marco. Sus ojos estaban fijos en la tarjeta negra, podía leer con claridad el número de teléfono escrito con letras enormes.

—Luna—ella pronuncio su nombre con lentitud, como si temiera que Marco fuera tan idiota como para no recordar algo tan simple.

Su vista se alzo deteniéndose en los ojos ámbar de la mujer, tratando de entender que había en él que pudiera interesarle o a cualquiera que la hubiese mandado.

—¿Por qué?

Luna ladeo la cabeza y se encogió de hombros.

Lo mantuvieron en el hospital por al rededor de dos semanas. No importó cuantas veces rogó al personal médico que lo dejará ir, ni cuantas veces trató de explicar su situación, el doctor Suárez se negó a firmar cualquier papel de salida hasta que Marco estuviera en una condición decente para partir. O al menos eso le dijeron las enfermeras.

Una de ellas trató tranquilizarlo diciéndole que la tal Luna dejó un váucher abierto a nombre de la compañía Lombardi. Pero Marco solo sintió un vacío en su pecho. Nunca había escuchado esa empresa y mucho menos conocía a alguien que se llamará así. Pensó que podía ser el apellido de esa mujer. Al preguntarle directamente a la chica, ella soltó una risita.

—Hacen muebles— le explico, sus manos frías quitaban la agua de su brazo—. La mayoría de los cuartos fueron amueblados con donaciones de la compañía. El doctor Suárez las consiguió.

Marco apenas si pudo disipar su gesto de cansancio. Estaba empezando a odiar oír ese nombre. El doctor parecía ser una eminencia dentro del hospital, y aun así, aceptó el encargo de cuidar a un inútil como él. Sus ojos fueron de nuevo a la tarjeta negra que le dio la mujer, no había querido moverla de lugar como si fuera una bomba que ante el más mínimo toque estallaría.

Desde el primer día había decidido rechazar la propuesta. Tenia algo de dinero ahorrado, podía vender un par de cosas y pedir un préstamo a nombre de su madre si no alcanzaba. Pero cada noche miraba la tarjeta entre las sombras de la habitación hasta quedarse dormido. Incluso ahora, su cabeza aún divagaba en los beneficios de hacer esa llamada.

La enfermera dio unos pasos hacía atrás, su mano se movía con firmeza sobre el papel apoyándose sobre una tabla de madera al escribir.

— Tus cosas están en la silla— dijo ella, su mano apenas si se alargo para señalar el lugar.

Los ojos de Marco ya habían calculado la distancia y el camino más rápido para tomarlas, pero aun así se levanto despacio. Dando cada paso como si fuera el primero, sintiendo sus piernas temblar ante su peso, como si no hubiera estando dando vueltas en su habitación como loco. Bajo sus zapatos, y desdoblo la ropa. Sus labios se fruncieron al ver las enormes manchas de color café rojizo que adornaban los jirones de su sudadera.

—Tratamos de contactar a tu familia—se excuso la enfermera—, pero nadie respondió. ¿Su número de teléfono sigue siendo 55…?

La puerta se abrió con un estruendo y la enfermera dio un salto hacia atrás, colocando la tabla de madera delante de ella como si fuera un escudo indestructible. Marco no pudo ocultar la sonrisa en sus labios cuando la figura de su madre se deslizó por el umbral. No lo regaño de inmediato, pero su cabeza se movió de un lado al otro mientras sus ojos lo recorrían por completo, sin terminar de creer que Marco hubiera estado tan mal.

La enfermera apretó la tabla contra su pecho. —Señora, no puede…

—¡Soy su madre!—espeto. Aventó una mochila de color rojo a los pies de Marco—. Vístete, que no tenemos todo el día.

Marco se hincó para sacar las cosas de la mochila, no era ropa limpia. Las mangas de la sudadera estaban percudidas y aun tenían rastros de una salsa que no recordaba haber comido. No encontró el segundo par de sus calcetines y entre el pantalón había una playera sucia de su hermana. Sin embargo, Marco no dejo de sonreír. Su madre se había tomado algo de tiempo para buscarle ropa.

Se vistió con rapidez, aventó sus cosas viejas a la mochila y se puso el único par de tenis que tenia. Esos que habían visto y vivido más de lo que incluso podía recordar. Marco sentía su corazón latir con fuerza en el pecho, no recordaba bien la ultima vez que vio a su madre pero, como siempre, se veía radiante. Su cabello marrón caía sobre sus hombros en mechones sin una sola imperfección, sus brazos estaban cruzados sobre su pecho tapando un chal gris que Marco le regaló y se mantenía derecha con los hombros hacia atrás, mostrando una clase que no tenía.

Tomo la hoja de papel que le extendió la enfermera y salio disparado para abrazar a su madre. Ella lo recibió con una cachetada.

—¡Como chingados se te ocurre hacerme esto?—grito. El golpe desestabilizó un poco a Marco, tardo unos segundos en retomar su postura normal y se sobó la mejilla. Al menos sonaba preocupada.

—¿Acaso tratas de matarme? —continuo ella— ¿Quieres que desperdiciemos así el dinero?

Marco agacho la cabeza.

—Lo siento.

Oyó a su madre bufar. La mujer soltó un par de maldiciones, todas dirigidas hacia Marco y el poco cerebro que tenia en la cabeza. Marco apenas si levanto su mirada, trato de que lo dejara hablar pero ella alzaba la mano cada que intentaba calmarla. Dejo de mirarla porque sabia que se calmaría cuando notara que no le estaba prestando atención, pero sus ojos captaron algo en la puerta del cuarto. Una mata de cabello marrón, se asomaba cada tanto, espiando una conversación que no debería ver.

Marco hizo una ademan con su mano, un pequeño saludo hacia su pequeña hermana que no se atrevía a entrar. Cuando ella lo noto, dio un grito antes de esconderse de nuevo detrás de la pared. Mairu también fue a verlo. Probablemente ambas habían estado muy preocupadas esos días y esperaba que el poco dinero ahorrado les hubiera servido de algo.

Su madre se calló de inmediato al notar esa interacción. Arrastro a Marco hacia afuera de la habitación, apenas dejándolo despedirse de la enfermera que lo miraba con una expresión llena de lastima. Todo el mundo tenia esa reacción al conocer a su madre. No lo entendía, solo era una mujer muy sentimental que se preocupaba mucho por sus hijos.

—¿Con que piensas pagar todo esto?—siseo su madre, dándole un golpe en el hombro. Vio a su hermana esconderse detrás de ella, aferrando sus manos a la falda que vestía.

Marco dudo un momento. ¿Debía contarle sobre esa extraña compañía? ¿O solo debía fingir que le pagaría al hospital para luego arreglarse con Luna? Suspiro. La opción era obvia.

—Tengo un guardadito en la casa—dijo tratando de que su calma pasara a su madre— y si vendemos el bocho, chance y alcanza pa'todo.

Le dolía vender un coche que apenas había terminado de pagar. Se esforzó demasiado para que su familia tuviera otro medio de transporte, y odiaba el perderlo tan rápido. Pero de esa forma, no tendría que meterlas en más problemas por sus acciones.

—No—espeto su madre cruzándose de brazos—. Mairu necesita un celular nuevo para la escuela.

Marco frunció el ceño. No recordaba haber leído eso en la lista de útiles, tampoco recordaba que esos aparatos fueran tan importantes como para usarse en la escuela. Miro a su hermana, estaba tan pegada a la pierna de su madre tratando de pasar lo más desapercibida posible.

—Mairu—llamó a la niña. Ella solo dio un brinco—, ¿es enserio?

—¡Por supuesto!—La mano de su madre acaricio la cabeza de su hermana, mientras trataba de taparla con su cuerpo—Tu hermana sigue en la escuela porque sabe lo que necesita. A diferencia de ti.

Marco suspiro.

—Y aún tienes que llevarla a la escuela.

Entonces no podía vender el auto. Marco miro a su hermana, la niña se tomo unos segundos antes de empezar a negar con fervor. Iba a cumplir 12 en unos meses, probablemente odiaba que Marco la fuera a dejar y recoger en ese auto destartalado en el que apenas cabían los dos. Su madre movió su mano como si espantará mosquitos.

—Haz lo que quieras — Concluyó. Le dio unas palmaditas en la cabeza a su hermana y la empujo del hombro incitándola a caminar hacia las escaleras—. Pero ni creas que te vamos a ayudar.

Su madre camino detrás de Mairu y Marco las vio empezar a alejarse. Dudo en seguirlas, la cabeza le daba vueltas. Mientras más lo pensaba, más difícil le era recordar alguna situación donde su madre le hubiera ayudado de verdad. A veces parecía que esa mujer solo vivía para recriminarle sus errores.

— Como si lo hicieras—murmuro Marco, un pensamiento que se escapo de sus labios.

Su madre se detuvo para mirarlo. Lo había escuchado. Ella empezó a empujar con más fuerza a Mairu para que avanzara más rápido. Marco las miro alejarse mientras sentía que su corazón se apachurraba. No había querido decirlo tan alto, ni siquiera sabia porque aquello salió de sus labios. Quería gritar una disculpa pero ya estaban muy lejos.

Tapo su boca, como si fuera a volver a traicionarlo. Su cuerpo se recargo en la pared, cerro sus ojos, sintiendo como su cabeza daba un par de vueltas. Por unos breves instantes agradeció que aquella mujer, Luna, hubiera ya pagado el hospital y luego se maldijo por si quiera tener ese pensamiento. Soltó una leve risa. No tenia en donde caer muerto y esperaba conseguir lo suficiente para pagarle a una compañía que se daba el lujo de curar a un bueno para nada como él.

Que idiota era.

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