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Vaelí: La Última Raíz

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Summary

Siempre creí que mis sueños eran extraños, hasta que un día apareció una cicatriz en forma de raíz extendiéndose por mi espalda y descubrí que en realidad eran recuerdos de mi infancia. Luego empecé a sentir otros ´síntomas y decidí enfrentar a mamá, pero antes de que pudiera contarme todo sucedió algo terrible y me llevaron a otro mundo. Alghara, un mundo en el que me dicen que nací y en el que no puedo pasar desapercibida como hasta ahora. Todo era incierto. Incluso Jensen, mi mejor amigo, el vago encantador que dormía en clases y bromeaba diciendo que un día sería su novia. Vaelí, así me llaman en Alghara. Porque tengo el gen vaé puro y puedo crear árboles con mis manos, lo que me hace la última esperanza de devolverle la vida a ese lugar. El problema es que mis poderes están ligados a mis emociones y cada explosión de ira, miedo, verguenza o celos, podría ser un peligro para los demás o podría destruirme a mí misma. Así que no creo que pueda salvarlos. yo solo quiero volver a ver a mamá.

Genre
Fantasy
Author
M. Elena
Status
Ongoing
Chapters
5
Rating
4.0 1 review
Age Rating
16+

Capítulo 1

Capítulo 1

Jensen abrazaba su mochila como si fuera su almohada, con los ojos cerrados totalmente ajeno al caos, otra vez se había quedado dormido en clases. No tengo idea de cómo es que Jensen podía dormir en medio de tanto alboroto que había por el examen de historia.

Algunos chicos se movían de un lugar a otro intentando tener toda la información posible sobre las clases del maestro y otros estaban concentrados repasando sus apuntes. En el centro del salón, en el tercer asiento frente al pizarrón estaba Isabella, que leía en silencio mientras su hermoso cabello castaño se movía con la brisa que entraba por los ventanales laterales. Su cabello era realmente hermoso, tan diferente al mío, que era una verdadera maraña anaranjada en las mañanas, al que le tenía que dedicar al menos media hora para poder domar.

Miré atrás y el asiento de Hanna seguía vacío a mi espalda desde hacía ya dos años. Luego de un hondo y amargo suspiro mi vista fue al fondo y un poco arriba en la pared pude ver que solo quedaban unos veinte minutos para que llegara el maestro y entonces, como siempre me dispuse a despertar al chico de cejas pobladas que dormía a mi lado. Le di un golpe en la espalda y despertó enseguida quejándose del dolor.

— Rayos, Corín, cada vez me golpeas más fuerte.

Sus largas extremidades se estiraron haciendo ver cuan alto era ya a sus dieciocho años, muy alto, de hecho, era el más alto de todos los chicos.

— Si no te quedaras dormido no tendría que golpearte. Me deberías dar las gracias porque si no fuera por mí te ahogarías en tu propia baba y el maestro Frank te castigaría otra vez. Además, hoy tenemos examen y seguro que no has estudiado nada.

— ¿Examen? ¿en serio?

Ladeé mi cabeza de lado a lado exhalando aire por la boca, ya resignada. Él era un vago irresponsable sin remedio, aun así, le pasé mis apuntes para que por lo menos pudiera llenar una o dos preguntas del examen.

— Eres la mejor. Si no fuera por ti reprobaría el año—me dijo con una sonrisa cínica en su rostro y una mirada pícara que lo caracterizaba.

Jensen siempre se comportaba como un vago que prefería jugar y dormir que hacer las tareas, las últimas dos semanas estaba siendo más irresponsable que nunca y siempre lucía cansado. Era probable que se quedara hasta tarde jugando en su computadora o en el celular.

El examen no estaba difícil para mí, pero de repente empecé a sentir mucho frío. A inicios del verano, cuando el clima de la ciudad era suficientemente agradable y los rayos del sol atravesaban las ventanas no debería estar sintiendo frío.

Ni siquiera sopló el viento, pero la temperatura de mi cuerpo bajó de repente por aproximadamente quince segundos, fue realmente extraño.

Miré a todos lados, pero ahogué la mínima intención de preguntar a los demás si sentían frio al igual que yo.

Luego del examen de historia con el maestro Frank, fuimos a la clase de natación, mi favorita y en la única en la que Jensen se sentía feliz. Él no era el mejor ni más rápido nadador, pero parecía un niño pequeño cada vez que se metía a la piscina, realmente lo disfrutaba.

Era igual en la playa, se comporta como niño pequeño cada vez que estamos en un lugar con agua, siempre es el último en salir y la mayoría de las veces tengo que arrastrarlo afuera mientras hace berrinches.

No me gusta presumir, pero era la mejor nadadora de la escuela, cuando estoy en el agua me siento relajada y mi cuerpo se llena de energía.

Esa vez, mientras flotaba en la piscina, sentía que mi cuerpo absorbía el agua.

Como si fuera una planta, cerraba mis ojos y dejaba que pequeñas ondas de agua me envolvieran y movieran sutilmente.

Ese día después de los entrenamientos regulares, como siempre Jensen y yo éramos los últimos en salir del agua, seguí practicando mi clavado un poco más, hasta que empecé a sentirme mareada, todo me daba vueltas y me dieron ganas de vomitar.

Salí de la piscina, veía los mosaicos del piso girando bajo mis pies.

Giré para mirar al espejo de mi casillero.

Mi cara más pálida que de costumbre y mis ojos verdes se notaban cansados. Me vestí con un poco de esfuerzo.

Jensen me esperaba afuera del vestidor de chicas y tuve que sostenerme de su brazo para no caerme.

— ¿Oye, estás bien? ¿Corín?

— No pasa nada, creo que no comí bien en el almuerzo—Le respondí reponiéndome otra vez.

Mentí, mi almuerzo fue igual que siempre.

Hice de mi pelo mojado una coleta como pude, como si pudiera domarlo.

Pensé que iba a sentirme mejor cuando comiera unas galletas saladas que llevaba en mi mochila, pero no fue así. Todo el camino a casa estuve mareada, Jensen conducía su camioneta, preocupado, mientras volteaba a verme cada diez segundos. Él insistió en llevarme a un hospital, pero yo me negaba alegando que solo necesitaba descansar.

Me bajé frente a mi casa.

Si no lo hacía rápido me habría cargado hasta mi cuarto.

Lo despedí casi huyendo de él.

cuando atravesé el umbral de la gran puerta principal sentí una presión muy fuerte en mi pecho, el dolor era tan fuerte que no me permitía subir las escaleras. Llevé mi mano derecha a mi pecho y la izquierda me ayudaba a sostenerme del barandal frío de hierro. Perdía fuerza en cada escalón que subía.

Caí de rodillas, mi vista se nublaba.

Una sombra se acercó a mí y el olor a tierra húmeda del jardín emanaba como si estuviera lloviendo.

Me desplomé.

Abrí mis ojos.

Me sentía mejor, podía respirar sin que me doliera el pecho.

Miré alrededor, mi cuarto estaba oscuro, ya era de noche.

Busqué mi celular palpando en la oscuridad para ver la hora y no estaba encima de la mesita de noche al lado del retrato de Hanna, donde lo ponía siempre antes de acostarme.

Encendí la lámpara con forma de flor que adornaba el lugar.

Pude ver mejor mi habitación. Recordé que mi celular seguía en mi mochila, la que vi encima de una silla frente al escritorio blanco donde hago mis tareas, caminé sobre la alfombra y saqué mi celular del bolsillo pequeño del lado izquierdo, desbloqueé la pantalla y el reloj marcaba las 10: 30 pm.

Había estado inconsciente por más de cuatro horas.

Ahogué un quejido. No podía creerlo.

Peiné un poco mi rebelde cabello anaranjado sentada en la silla mientras escuchaba algunas notas de voz de Jensen, siete notas de voz para ser más específica.

Audio no. 1

—¿Ya te sientes mejor? Creo que no debí dejarte afuera ¿y si te caíste?

Audio no. 2

—Quiero saber si estás mejor, ¿ya comiste algo?

Audio no. 3

—¿Corín, dónde estás? ¿Por qué no me respondes?

Audio no. 4

—Espero que estés comiéndote una vaca entera. Cuando termines de comer me respondes por favor.

Audio no. 5

—¿Corín? Estoy realmente preocupado por ti. No quiero quedarme viudo antes de casarme contigo.

Audio no. 6

—¿Corín, por qué no respondes mis llamadas? Ya te he llamado unas 15 veces.

Audio no. 7

—Voy a ir a tu casa ahora...Rayos, ni siquiera pude cenar ¿Sabes?

Siempre se preocupaba por mí, pero esa noche estaba siendo demasiado intenso. Aunque era la primera vez que me desmayaba en toda mi vida.

Contesté los mensajes de Jensen con un “estoy bien, no seas dramático” y fui a mojar mi cara en el lavamanos del baño.

Me vi al espejo y noté que ya no llevaba la ropa con la que salí de la clase de natación, sino que tenía mi pijama de Bugs Bunny.

Miré otra vez mi cara y estaba seca.

Toqué mi toalla y no había rastros de que me la hubiera secado.

Volví a mojar mi cara y al mirarme al espejo vi como las gotas de agua desaparecían.

Sacudí mi cabeza y pestañeé varias veces, estrujé mis ojos y volví a mojar mi cara una vez más, me quedé varios segundos observándome hasta que me convencí de que mi piel no absorbía el agua, tomé mi toalla y luego de secarme las manos y el rostro salí del baño para buscar a mamá, que seguramente estaba muy nerviosa y preocupada.

Escuché personas discutir abajo y reconocí la voz de mamá mientras bajaba las escaleras, segundos más tarde confirmé que la otra voz era del doctor Garrick cuando me acercaba a la sala.

— Prométeme que no le pasará nada—Dijo mamá con cara de preocupación y algo alterada.

Me pregunté qué estaba pasando.

Noté una preocupación extraña en sus miradas, lo que me hizo pensar que tal vez tenía una enfermedad grave.

¿Cáncer? ¿Podría ser...?

No, no podía tener la misma enfermedad que me arrebató a Hanna...

Sacudí mi cabeza intentando no exagerar ni recordar a Hanna y los interrumpí.

— ¿Mamá? ¿Q—qué sucede?

Ambos miraron hacia mí. Con inquietud.

Parecía que estuvieran pensando que decir.

Segundos después mamá me contestó.

— Corín, te desmayaste esta tarde cuando llegaste de la escuela, por suerte llegué a tiempo. James tiene que hacerte unas pruebas así que iremos mañana para que te revisen.

Asentí en silencio mirando al suelo.

James Garrick era nuestro médico de confianza desde que tengo memoria, era el mejor amigo de mi papá, es como si fuera mi tío o algo así. Sin embargo, yo todavía no podía mirarlo a la cara luego de dos años, aun me dolía pensar que por su culpa no pude estar con Hanna en sus últimos días.

Hubo un largo silencio hasta que escuchamos el timbre sonar incesante. Yo estaba más cerca de la puerta y fui a ver quién tocaba de esa manera.

Jensen apareció frente a mí muy angustiado, con la respiración tan agitada que se notaba en el vaivén de su pecho.

Una cortada en su frente me sorprendió. La sangre se derramaba entre sus cejas.

— ¿Qué te pasó? — pregunté de inmediato, pero él me mostró una sonrisa que me pareció algo forzada.

Así no sonreía habitualmente.

— Es que choqué con la puerta de mi habitación cuando venía para acá ¿Es—estás bien? ¿Por qué no contestabas el teléfono?

Era mentira, las puertas no hacen heridas en forma diagonal.

Me preocupé aún más, sin preguntar sus razones.

En varias ocasiones descubrí algunos moretones en su cuerpo.

Siempre me daba excusas de alguna caída o decía que se tropezaba con algo.

Sospechaba que su padrastro lo maltrataba y que era algo demasiado vergonzoso para él contarme.

Pensé varias formas de ayudarlo, pero siempre llegaba a la conclusión de que no podía hacer mucho por él.

— Sí, estoy bien, pero tú no lo estás. Pasa, el doctor Garrick está aquí. Será mejor que te revise.

Lo tomé por el brazo e hice que se sentara en el sillón de la sala, el doctor dijo que solo era una herida superficial y que no tenía que preocuparse. Aunque de hecho él estaba más preocupado por mi desmayo.

Mamá le comentó que pasé horas inconsciente a pesar de que yo le hacía señas que no dijera nada.

Era inútil convencerlo de que me sentía mejor.

Insistió tanto en acompañarme a la clínica del doctor Garrick que al día siguiente lo encontré esperándome afuera.

Con su cuerpo recostado en la camioneta me sonrió, como burlándose de mi intento por escabullirme con la primera luz del día.

Pasé casi todo el día, sometida a una serie de pruebas que no entendía muy bien de que se trataban. Solo sé que una mujer con peluca muy mal puesta me conectó unos cables varias veces y que tuve que entrar a una máquina de esas donde hacen tomografías.

Miraba a mamá a través de un cristal y solo asentía en aprobación a todo lo que me estaban haciendo.

Durante toda la semana mi mamá estaba muy callada y nerviosa, a veces la sorprendía observándome mientras hacía mis tareas. No volví a sentirme mal, pero estaba segura de que mamá no iba a estar tranquila hasta saber los resultados de esas pruebas. Por otro lado, también estaba Jensen, que no me dejaba sola ni un instante mientras estábamos en la escuela, era su récord de cinco días seguidos yendo a clases y sin dormirse. Parecía que ambos se habían propuesto la meta de vigilar hasta mis pensamientos.

Cierto día en clases de natación, estaba perdida en mis pensamientos mientras me vestía para ir a la piscina, imaginándome todas las posibles causas para mi desmayo. También me preguntaba por qué el doctor Garrick aun no tenía los resultados después de una semana.

Buscaba mis googles cuando Diana Coleman dijo algo que me sacó de mi estado letárgico.

— ¡Wow!, Corín, ¿Cómo te hiciste esa cicatriz?

Fruncí el ceño.

— Ah, eso. Ya la habías visto antes, no sé por qué te sorprendes.

Ella seguía mirándome hasta volverlo incómodo. Caminé hasta el espejo y me detuve confundida.

Miraba mi hombro, perpleja, justo donde siempre había tenido una pequeña marca que apenas se notaba, ahora parecía extenderse.

Como una raíz.

Delgadas líneas de un color terracota en forma de ramificaciones sobre mi piel pálida abarcaba mi hombro izquierdo.

Parpadeé varias veces.

—No...—susurré.

Incliné el cuerpo, para buscar otro ángulo, como si el espejo pudiera estar descompuesto.

Pero no.

Estaba creciendo.

Sentí entonces un dolor punzante.

Agudo.

Como si algo desde dentro de mi hombro intentara salir con desesperación.

Ahogué un quejido y llevé la mano a mi hombro.

Estaba caliente.

Me puse mis jeans nuevamente y salí de allí corriendo mientras todavía me ponía mi camiseta gris.

Escuché a Diana pronunciar mi nombre. Luego Jensen gritó desde la piscina preguntando a donde iba.

Ignoré todo a mi alrededor y fui a casa.

Busqué a mamá por todas partes, pero no la encontré en ningún lado. Entré a su habitación y sobre el cobertor floreado había una delgada hoja que tenía un dibujo de la misma imagen de la cicatriz en mi espalda con una inscripción debajo. No podía entender nada de lo que decía porque estaba escrito en una lengua que desconocía. Probablemente africana o asiática, la verdad nunca había visto esos símbolos. Llevé la hoja conmigo y me dirigí al jardín, mamá se pasaba horas con sus plantas y había muy altas probabilidades que estuviera allí.

Bajé las escaleras corriendo y antes de salir empecé a sentir una punzada más en mi hombro.

Seguí como pude. Tenía que encontrar a mamá.

Otro dolor más intenso me hizo caer de rodillas al suelo, sentía que me golpeaban desde adentro. Me faltaba aire en los pulmones y una sensación de resequedad invadía mi boca. Apoyé mis manos en el suelo para no caer completamente. Sentía vibraciones en el suelo. Profundas.

La tierra se conectaba a mí, latía en mis manos.

— ¿Qué?

No era posible, pensaba.

La yerba crecía. No de forma natural. Crecía en segundos.

Brotaba de mis manos y se enredaba entre mis dedos como si me acariciara. Retrocedí de inmediato. Mis manos estaban húmedas y sucias de tierra. Con el corazón desbocado y temblorosa no podía dejar de ver como seguía emergiendo una planta donde yo había puesto mis manos.

No era una ilusión, ni un sueño. Todo pasaba frente a mis ojos.

Podía sentir la brisa que alborotaba mi cabello.

—¿Qué fue eso? —mi voz salió rota. Casi inaudible.

Mamá se arrodilló frente a mí y tomó mi rostro entre sus manos.

Estaban temblando.

—Corín, escúchame...—susurró—. No tenemos tiempo.

—¿Tiempo? —la aparté—. ¡Explícame qué fue eso! ¿Qué me está pasando?

Su mirada vaciló.

Como si estuviera tomando una decisión que había evitado durante años.

—Se suponía que esto no pasaría aquí...—murmuró.

—¿Qué cosa?

—Tus habilidades.

Sentí un nudo en el estómago.

—¿De qué hablas? No digas eso como si fuera normal.

—No lo es—respondió con voz baja—. Por eso te traje aquí. Por eso te alejé de todo.

Negué con la cabeza.

—No entiendo nada.

—Lo sé—dijo, y por un segundo pareció a punto de romperse—. Pero tienes que confiar en mí y solo en mí.

La miré, buscando alguna señal en su delgado rostro de que todo fuera una broma.

No la había.

—¿Recuerdas lo que decías en la escuela cuando eras niña?

Mi respiración se detuvo.

—...no.

—Sí lo recuerdas.

Apreté los labios.

—Decía cosas de niños, tonterías. Quería escapar de la realidad porque papá ya no estaba.

—No eran tonterías.

El mundo pareció quedarse en silencio.

—Eran recuerdos.

— ¿Cómo dices?

Las imágenes llegaban a mi mente, las que evité por muchos años.

El primer día de clases le conté a los demás niños que venía de otro mundo.

Las burlas invadieron mi memoria, se reían de mí porque intentaba una y otra vez que una pequeña semilla germinara en mi mano solo con apretar el puño.

La maestra, el doctor Garrick, mamá...Todos intentaban convencerme de que inventaba todo por la muerte de papá mientras lloraba impotente. Así lo hice hasta hoy.

Me costaba asimilar todo, estaba tan mareada que tenía dudas de mi salud mental en ese momento.

Se escuchó ruido dentro de la casa. Volteé, pero mi vista empezaba a nublarse.

— Levántate, tenemos que irnos.

— ¿Irnos? ¿A dónde?

Mamá no respondió.

Solo me sostuvo con más fuerza y prácticamente me empujó dentro del auto.

El motor rugió antes de que la puerta terminara de cerrarse.

El cinturón me rozó el cuello cuando arrancamos tan rápido.

—Mamá...

No me miró.

Sus manos apretaban el volante con tanta fuerza que los nudillos se le habían puesto blancos.

—No mires atrás —dijo.

Y, por supuesto, miré.

Un auto negro dobló la esquina segundos después que nosotros, muy cerca. Sentí un nudo en el estómago.

—¿Nos están siguiendo?

—Sí.

Aceleró más.

El paisaje comenzó a deformarse tras la ventana. Casas, árboles, postes... todo se volvía borroso.

—¿Quiénes son? —pregunté, con la voz temblando.

—No tenemos tiempo—respondió—. Solo escucha, tus recuerdos...

—¡No! —la interrumpí—. ¡No me vuelvas a decir eso!

El auto dio un giro brusco.

Mi cuerpo se fue contra la puerta.

—Lo que te dije...—continuó, ignorando mi reacción—. Tienes que creerme.

El corazón me latía en la garganta.

—Tus recuerdos de niña... no eran imaginación. Te hicimos creer que sí para protegerte, pero...

Sentí que el mundo se inclinaba.

—Eran reales.

El primer disparo sonó como un trueno.

Grité.

El vidrio trasero estalló en mil fragmentos que se esparcieron por el asiento.

—¡Agáchate!

Me encogí instintivamente, cubriéndome la cabeza.

Otro disparo.

El aire se llenó de ese olor metálico y seco que nunca había sentido antes.

—¡Mamá!

—¡No mires!

Pero miré. No podía dejar de mirar.

El auto negro estaba justo detrás.

Demasiado cerca.

—¿Qué quieren? —susurré.

—A ti.

Esas palabras me atravesaron más que el ruido de los disparos.

El dolor en mi pecho regresó.

Más fuerte.

Me llevé la mano al pecho, jadeando.

Por un segundo...

juraría que sentí algo moverse bajo mi piel.

—Mamá... algo me pasa...

—Resiste—dijo entre dientes—. Ya casi—

El tercer disparo no sonó igual.

Sonó... más cerca.

Mamá se tensó.

—Corín...

Su voz cambió.

Miré.

Había sangre.

—No...

El volante se desvió.

El auto giró bruscamente.

Todo ocurrió en un segundo.

El impacto fue seco.

Violento.

Mi cabeza golpeó contra algo.

Y luego... silencio.

Un zumbido agudo llenó mis oídos.

Intenté moverme, pero mi cuerpo no respondía bien.

—Mamá...

No respondió.

—Mamá...

La puerta fue arrancada de golpe.

Manos.

Manos desconocidas me sujetaron.

—¡Suéltame!

Intenté resistirme, pero mis fuerzas se desvanecían.

—Está activa—dijo una voz desconocida—. Llévensela ya.

—¡Mamá!

Alcancé a verla una última vez.

Inmóvil.

Y entonces me arrastraron lejos.

El aire cambió.

Lo sentí incluso antes de entender dónde estábamos.

El auto se detuvo de golpe y me sacaron a rastras. Mis piernas apenas respondían mientras me arrastraban entre los árboles.

El suelo estaba húmedo. Podía sentirlo bajo mis pies.

El olor a tierra mojada era tan intenso que me llenaba los pulmones.

—Camina —ordenó una voz detrás de mí.

Tropecé.

Apenas podía mantenerme consciente, pero algo... algo en ese lugar me mantenía despierta.

Como si mi cuerpo reconociera ese bosque.

Levanté la mirada y vi los árboles, eran altos, más de lo que jamás había visto. Sus troncos se retorcían en formas extrañas, como si hubieran crecido sin seguir ninguna regla. Una imagen muy vaga se paseó por mi mente, mamá me cargaba y caminaba sollozando, yo observaba todo con miedo.

Sentí un escalofrío recorrerme la espalda.

—Aquí —dijo uno de ellos.

Me soltaron de golpe.

Caí de rodillas frente a lo que parecía un tronco seco.

Lo miré, confundida.

Era... normal.

O al menos lo parecía.

—¿Qué es esto...? —murmuré.

Nadie respondió.

Uno de los hombres se acercó y apoyó la mano sobre la corteza.

Nada pasó.

Fruncí el ceño.

Entonces...el tronco respiró y mi corazón se detuvo por un segundo.

La superficie se onduló, como si fuera agua bajo la piel de la madera.

—No...—susurré, retrocediendo.

Pero alguien me sujetó por los brazos.

—Es hora —dijo la voz.

—¿Hora de qué? ¡Suéltenme!

El tronco comenzó a abrirse, a quebrarse hasta formar un hueco.

Una oscura profundidad se extendió desde el centro. Era infinita. Sentí que el aire a mi alrededor se deformaba, como si todo estuviera siendo absorbido hacia ese punto. Mi respiración se volvió irregular, mi piel dolía como si algo me carcomiera por debajo de los tejidos.

La cicatriz en mi hombro...

Era como si algo quisiera salir de adentro.

—¡No!

Intenté resistirme, pero mis piernas fallaron. Algo dentro de mí reaccionó cuando la tierra bajo mis manos vibró otra vez.

Por un instante...sentí que podía detenerlo todo. Pero no supe cómo.

—Muévanse —ordenó alguien.

Me empujaron hacia adelante.

El mundo pareció inclinarse.

El sonido desapareció.

Todo se volvió... silencio.

Crucé.

Y por un segundo, no hubo cuerpo, ni suelo, tampoco aire.

Solo una sensación...como si me estuvieran deshaciendo y reconstruyendo al mismo tiempo.

Abrí la boca para gritar—pero no salió ningún sonido.

Y entonces...todo volvió de golpe. El aire entró a mis pulmones como fuego. Mis rodillas chocaron contra el suelo, tosí, temblé. Cuando levanté la mirada...lo supe...

Ya nada era normal, ya no estaba en el mundo que conocía.

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