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Ruinas y paraíso

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Summary

229 años después de que el mundo estallara, los humanos sobreviven dentro de murallas de plomo y cemento. Los Cascarones, antiguas personas deformadas por la radiación, acechan en las ruinas. Los soldados cyborg son enviados al exterior a matar o morir. Pero Elías, un soldado de nombre 7-G-23, tiene algo por lo que luchar: cuatro huérfanos que le llaman "hermano mayor". Cuando los doctores deciden "reutilizar" a los soldados que empiezan a mutar, Elías descubre que la lista tiene su nombre. Ruinas y paraíso es una historia de familia, resistencia y monstruos... los de afuera, y los de adentro

Genre
Action,Drama
Author
Melissa
Status
1mo ago
Chapters
2
Rating
n/a
Age Rating
16+

El día que volvieron


Capítulo 1: El día que volvieron

Prólogo

Hace 229 años, el mundo cambió para siempre.

Una explosión nuclear de origen desconocido arrasó gran parte del planeta, reduciendo ciudades enteras a escombros y dejando tras de sí un rastro de radiación que corrompió el aire, el agua y la vida misma.

Pero lo peor no fue la destrucción.

Fue lo que vino después.

La radiación no solo mató… también se transformó.

Muchos seres humanos comenzaron a mutar de formas grotescas. Sus cuerpos se deformaban, perdiendo toda apariencia humana, y sus mentes se quebraban hasta quedar reducidas a impulsos básicos: hambre, violencia, instinto.

Los pocos sobrevivientes les dieron un nombre: Cascarones. Criaturas vacías. Restos de lo que alguna vez fueron personas.

Con el paso del tiempo, los ríos se secaron o se volvieron veneno líquido. Los cultivos desaparecieron. La comida escaseaba. El mundo exterior se volvió inhabitable.

Los humanos que quedaban aprendieron a esconderse. Pequeños grupos se refugian en búnkeres improvisados, aislados del resto, intentando sobrevivir con lo poco que tenían. Pero ni siquiera eso era suficiente: la radiación seguía presente, silenciosa, infiltrándose en sus cuerpos… cambiándolos.

Los altos mandos, sin embargo, estaban preparados. Mucho antes del desastre, habían construido un enorme refugio subterráneo, diseñado para resistir el fin del mundo. Y cuando el caos estalló, se encerraron en él.

Pero no podían ignorar a los sobrevivientes que acudían en masa.

Así nació la ciudad. Una estructura levantada en la superficie, protegida por una gigantesca muralla de plomo y hormigón que la separaba del infierno exterior. Una barrera entre la humanidad… y lo que quedaba fuera.

Pero… No fue suficiente.

Con los años, los cascarones comenzaron a encontrar la forma de entrar. Ataques, muertes, desapariciones… la seguridad era una ilusión.

Para combatirlos, se crearon unidades especiales: soldados enviados al exterior, entrenados para resistir lo imposible.

O al menos, eso decían.

Porque la verdad era otra.

La sociedad comenzó a pudrirse desde dentro. La confianza desapareció. Nadie ayudaba a nadie. Mientras los altos mandos permanecían seguros bajo tierra, los civiles sobrevivían como podían… con miedo constante.

Treinta y siete años después del incidente, algo nuevo comenzó a ocurrir.

Niños. Niños que nacían… diferentes.

Algunos podían escuchar a kilómetros de distancia. Otros veían en la oscuridad como si fuera pleno día. Algunos movían objetos sin tocarlos. Otros poseían una fuerza anormal, además de sentidos mejorados o con propiedades únicas.

Eran el siguiente paso de la evolución. O eso creían los científicos.

Porque para los altos mandos, esos niños no eran milagros. Eran recursos.

Fueron capturados, estudiados y sometidos a dolorosos experimentos. Muy pocos sobrevivían… y los que lo hacían, jamás volvían a ser los mismos. Rotos. Vacíos. Convertidos en herramientas.

Y así, con el paso de los años, la gente dejó de cuestionar. La injusticia se volvió rutina. El miedo, costumbre.

Y ahora, 229 años después… nada ha cambiado.

...

Escena 1 – La espera

El callejón era angosto, flanqueado por paredes de ladrillo y ventanas tapiadas con chapas oxidadas. El suelo, cubierto de escombros y cajas rotas, olía a humedad y orín. Una hilera de ropa tendida cruzaba por encima, goteando agua sucia sobre los adoquines rotos.

Connor: —¡Vamos o llegaremos tarde! —gritó, girando la cabeza mientras corría.

Kailo: —¡No corras! ¡Te vas a caer otra vez! —respondió desde atrás, acelerando el paso.

Connor: —Descuida, no me volveré a caer—

No terminó la frase. Tropezó con una caja de cartón y casi se va de frente contra el suelo.

Kailo: —…te lo dije.

Connor: —¡Cállate! —gruñó, levantándose con molestia.

Un estruendo metálico resonó al otro lado del callejón. Después, gritos. Muchos gritos. Pero no de miedo. De emoción.

Connor: alzó la vista, en alerta.

—Corre, Kailo… —dijo, con una sonrisa que crecía rápido—. Ya entraron.

Sin esperar respuesta, salió disparado hacia la salida del callejón.

Kailo: dio un gran suspiró y lo siguió

Al llegar, se encontraron con una multitud reunida frente a una enorme puerta de metal incrustada en el muro de la ciudad. Justo en ese momento, se abría. Y de ella… salían soldados. Cubiertos de polvo, algo golpeados pero enteros, avanzando en formación.

Connor: se estiraba entre la gente, saltando, intentando ver mejor.

—Mira, mira… ya llegaron…

Kailo: —Desde aquí no vas a ver nada —dijo, señalando unas escaleras apoyadas contra una pared—. Sube ahí.

Connor: no lo dudó.

Kailo: —Y esta vez no te caigas.

Connor: —Sí, mamá —respondió, rodando los ojos con sarcasmo.

Subió rápido, apoyándose con cuidado… o al menos, eso intentó.

Desde arriba, finalmente lo vio. Entre los soldados que avanzaban en formación, uno llevaba en el casco una flor pintada a mano, pequeña, de un color rojo apagado por el polvo y el tiempo, pero aún visible.

Connor: —¡Ahí está! —gritó—. Ya entró.

Kailo: —¿Está bien? —preguntó desde abajo, con un tono más serio.

Connor: entrecerró los ojos, intentando distinguir mejor entre los soldados. Vio al soldado del casco pintado caminando algo encorvado, apoyándose en el hombro de otro soldado.

—Se ve… bien —respondió, aunque su voz tembló un poco—. Un poco hecho polvo, pero entero.

Hizo una pausa. Luego sonrió con burla, para disimular.

—Pero no sé… no le he preguntado.

Kailo: —Idiota… —negó con la cabeza, pero una sonrisa se le escapó.

—Ja, ja… qué chistoso. Solo responde —dijo.

Connor: —Sí, está bien, no parece que tenga algo —respondió, aún subiendo un poco más en la escalera.

Kailo: —Entonces ya baja, tenemos que apurarnos para avisarles a las chicas.

Connor: —Está bien, ya voy —dijo mientras comenzaba a bajar—, pero sujetala bien, que está en muy mal estado.

Kailo: —De acuerdo, de acuerdo… pero rápido. Aún tenemos que ir con las chicas para preparar todo.

…

Escena 2 – En casa

Jessica: bajaba corriendo las escaleras, dirigiéndose apresuradamente hacia la ventana.

—¡Angela! —gritó—. ¿Todavía no está?

Angela: —No, aún no. ¡Y mejor ven a ayudarme en vez de quedarte en la ventana como mensa! —respondió desde la cocina, sin dejar de moverse.

Jessica: —Están tardando demasiado… —murmuró, haciendo un pequeño puchero.

Angela: —Mejor tranquilízate. Aunque ya haya llegado, todavía tiene que ir abajo a reportarse. Puede que tarde… o incluso que llegue hasta mañana.

Jessica: —¿Qué? ¡Pero qué injusto! Él casi siempre está afuera peleando contra esa cosa y ni siquiera lo dejan descansar —dijo, alejándose de la ventana y caminando hacia la cocina dando pasos fuertes en reproche.

Angela: estaba encorvada frente al viejo horno, sacando lo que parecía ser un pan recién hecho.

—Lo sé… pero los de abajo son los que mandan. Y no podemos hacer nada.

Jessica: —Ya lo sé, pero…

Un fuerte golpe interrumpió la conversación. La puerta se abrió de golpe.

Connor: —¡Ya llegó! ¡Ya llegó! —gritó, entrando corriendo y saltando de un lado a otro.

Kailo: —Cálmate. Apenas entró y aún tiene que ir a reportarse. No llegará hasta dentro de unas horas, no te emociones —dijo mientras cerraba la puerta.

Connor: se detuvo en seco y giró ligeramente la cabeza hacia él, frunciendo el ceño con molestia.

—Sabes… a veces le quitas lo divertido a la vida.

Jessica: corrió hacia Connor y lo sujetó de los hombros, sacudiendo sus hombros con insistencia.

—¿Y cómo estaba? ¿Se veía bien? ¿A qué hora llegó? ¿Estaba completo? ¡Dime!

Kailo: —¡Jessica! ¡Jessica! Ya déjalo, lo vas a dejar más tonto de lo que está —intervino entre risas,mientas los separava.

Connor: —Gracias… pero mejor no me defiendas —respondió—. Y sí, está bien. Se veía algo sucio, pero es todo.

Se escuchó su risa mientras se alejaba de la cocina.

Ángela: suspiró con fuerza, negando ligeramente con la cabeza.

—Ya dejen de jugar. Aún falta arreglar la casa antes de que él llegue.

Kailo: —Jessica y Connor, vayan a limpiar el cuarto para que pueda descansar. Yo ayudaré a Angela con la cocina —dijo, empujando a ambos suavemente hacia las escaleras.

...

Escena 3 – Bajo los muros (elevador e inspección)

En otra parte, en el centro de la ciudad, los soldados se dirigían al interior de un enorme edificio con forma de cúpula, reforzado con gruesas puertas de hierro, mientras dos soldados parecían resguardar la entrada.

Dentro, un viejo elevador industrial, similar a los de minería, pero con ciertas modificaciones los esperaba. El metal oxidado crujía con cada movimiento.

Eco (5-C-07): —Oye… ¿cuánto crees que nos den por estas cosas? —preguntó mientras sacaba una bolsa de tela vieja y remendada.

Molotov (6-B-96): —No lo sé —respondió—. Si funcionan, tal vez te den algo. Pero si no… mejor ni se las muestres, y reza para que sean útiles… o al menos semillas, y no rocas como la última vez.

Algunos soldados soltaron pequeñas risas.

Elías (7-G-23): —No se rían —intervino con tono serio—. Si los altos mandos ven que no sirven, el doctor no se lo va a tomar bien, sino funcionan esta vez te amonestan de verdad

Molotov: —Tranquilo, un poco de risa no hace daño —dijo otro—. Además, ellos saben que Eco no es bueno con esto, dudo que lo regañen.

granjero (10-A-06): se acercó en silencio y tomó la bolsa de las manos de Eco.

Eco: —Oye, ¿qué demonios te pasa? ¡Eso es mío!

granjero: —Relájate… solo quiero ver si son semillas o no.

Abrió la bolsa y observó el contenido con atención. Sus dedos rozaron los granos con una delicadeza que contrastaba con su habitual tono descuidado.

granjero: —Vaya… parece que sí. Y varias. Trigo, manzana, melón… fresa… y esta grande… parece de mango.

Elías: —¿Estás seguro de eso? —preguntó—. Porque si son de flores o árboles inútiles, se van a molestar y mucho.

granjero: —Sí… eso creo, es lo que veo, los libros a veces no son muy exactos.

Devolvió la bolsa a Eco con un gesto juguetón y volvió a su lugar.

De pronto, el elevador se detuvo con un golpe seco. Las puertas se abrieron lentamente.

Al otro lado, una figura los esperaba. D.G. vestía de negro, con una máscara de gas cubriendo su rostro y una bata encima. Su presencia imponía silencio.

D.G.: —Vaya, vaya… qué gusto verlos regresar —dijo con un tono burlón—. Y todos juntos. Qué suerte… esta vez no hubo bajas.

Los soldados intercambiaron miradas incómodas.

D.G.: —Formación —ordenó.

Todos se alinearon de inmediato.

D.G.: —Inspección.

Un asistente apareció a su lado con una tableta en mano.

Asistente: —Identifíquense.

Uno por uno, avanzaron.

Eco: —5-C-07.

Molotov: —6-B-96.

Elías: —7-G-23.

Granjero: —10-A-06.

Cada uno daba un paso al frente al decirlo… y luego regresaba a su lugar.

Asistente: —Estado físico.

Eco: —Operativo.

Molotov: —Sin daños graves.

Elías: —Heridas menores.

granjero: —Operativo.

D.G.: los observó en silencio durante unos segundos.

—Bien… al menos siguen siendo útiles.

Se dio la vuelta.

—Procedan a limpieza y evaluación.

Granjero: habló antes de que se fuera.

—Vaya, D.G.… ¿sigue vivo? Me sorprende. Pensé que ya lo habrían reemplazado.

El ambiente se tensó de inmediato. D.G. se detuvo. Giró lentamente la cabeza.

D.G.: —Tan alegre como siempre… —dijo con calma—. Me alegra que aún conserves ese humor. Lástima que sea lo único que te queda.

Siguió caminando.

Eco: dio un paso al frente, molesto, pero Elías lo detuvo.

Elías: —Ni se te ocurra…

Molotov: —Mejor vámonos a reportar —murmuró—. Entre más rápido terminemos, más rápido terminaremos con esto.

Eco: —Está bien… pero te juro que algún día… —apretó los dientes—, en cuanto se descuide, te juro que lo mató.

Avanzaron hacia otro pasillo. Las puertas del elevador se cerraron tras ellos con un golpe seco que resonó por todo el pasillo.

Más adelante, una figura apareció entre las sombras.

D.B.: —¿Y qué tal está tu “mascota”, D.G.? —preguntó con tono burlón—. ¿Regresaron enteras u otra vez viene dañada?

D.G.: no se detuvo.

—él no se puede dañar —respondió con frialdad—. Yo solo vine a ver si los demás están dañados, ya que a diferencia de ti, la mayoría de mis experimentos funcionan.

D.B.: soltó una risa seca.

—No dirás eso cuando los míos los superen —respondió con arrogancia—. Al menos los míos no mueren tan seguido como los tuyos.

D.G.: la miró de reojo.

—Ya veremos, ya veremos.

Sin decir más, se dio la vuelta y se marchó.

D.B.: observó su espalda alejarse… y soltó una leve risa antes de retirarse en dirección opuesta.

...

Escena 4 – Descontaminación

El sonido del metal selladose retumbó en la sala. Los soldados avanzaron en fila hacia la zona de descontaminación, delimitada por paredes de acero y paneles de vidrio grueso.

altavoces: —Quítense la armadura.

Uno a uno comenzaron a despojarse de sus protecciones. Las piezas de metal y polímero caían al suelo con golpes sordos y pesados. Cascos, placas pectorales, protectores de extremidades… todo se acumulaba en montones junto a sus pies.

Voz desde altavoces: —Entren.

Las compuertas se cerraron detrás de ellos. Un segundo después— el agua cayó. Chorros helados descendieron con fuerza, golpeando sus cuerpos sin piedad.

Eco: —¡Mierda, esto nunca mejora! —gruñó, cubriéndose el rostro y temblando debido al agua, que parecía estar demasiado helada.

Elías: —Cállate y aguanta —respondió—. Prefieres esto a que te derrite la piel, además es mejor esto a no poder bañarse

El agua arrastraba polvo, sangre seca… restos del exterior. Revelando cicatrices. Quemaduras. Piel marcada por años de exposición.

Al fondo, Granjero permanecía inmóvil. No se quejaba. No se movía. Ni siquiera parpadea. El agua golpeaba su rostro… pero él solo miraba al frente. Como si no lo sintiera.

El sistema se detuvo de golpe.

altavoces: —Secado térmico.

Aire caliente recorrió la sala.

Eco: —Ah… esto sí — dijo, cerrando los ojos y dejando que el calor envolviera su cuerpo — esto si se siente bien

altavoces: —Pueden salir.

Los soldados avanzaron en silencio. granjero fue el último en salir.

…

Escena 5 – Sala de descanso

Los soldados se encontraban en una pequeña sala de descanso, con apenas un par de sillones viejos y una mesa en el centro.

Elías: se dejó caer en uno de los sillones.

—¿Y qué fue lo que te dieron por las semillas?

Eco: soltó una risa seca y amarga.

—Nada. Esos hijos de perra no me dieron nada. Dijeron que no servían… —apretó los dientes—. Les pedí que me las devolvieran… y me las quitaron.

De una patada, golpeó la mesa.

—¡Maldita sea!

granjero: soltó una pequeña risa y se sentó a su lado, pasando un brazo por sus hombros.

—Ja, ja… tranquilo, está bien… relájate—

Eco: apartó su brazo con brusquedad.

—¿Cómo demonios voy a estar tranquilo? —se levantó de golpe—. ¡No me dieron nada y ni siquiera me las regresaron!

Se giró dando un golpe fuerte a la pared.

—¡Mierda! ¡Seguro sí funcionaban!

granjero: lo observó con calma.

—Claro que funcionaban… eso es obvio —dijo—. De lo contrario, no te las habrían quitado.

En ese momento, la puerta se abrió. Molotov entró, mirando directamente a Eco.

Molotov: —Oye, ¿cómo te fue? ¿Te dieron algo o ya no servían?

Elías: —No le dieron nada —respondió antes de que él hablara—. Y además se las quitaron con la excusa de que no servían, ellos dijeron que las tirarían por el

Molotov: —¿Qué demonios? ¿En serio te dijeron esa estupidez? —frunció el ceño—. Qué hijos de puta… mejor las hubieras guardado, seguro en las superficie te hubieran dado algo bueno

Eco: —Ya sé —gruñó—. Para la otra las esconderé. Y que ni piensen en revisarme.

granjero: se levantó lentamente.

—Como dije… tranquilo. No todo está perdido.

Metió la mano en su bolsillo trasero… y sacó un pequeño puñado de semillas.

— ¡Tarán! ten toma, tome algunas antes de que D.G. llegara —las lanzó ligeramente hacia Eco—. Ten. Guárdalas bien… porque la próxima no creo poder ayudarte.

Eco: los ojos se le abrieron con emoción.

—¿En serio? que bien —sonrió—. ¡Gracias! ¡Tú sí eres un buen amigo!

Se acercó y lo abrazó con fuerza.

Molotov: cruzó los brazos, mirándolo con una ceja levantada.

—¿Seguro que lo hiciste por él? o solo pensabas en ti?

granjero: sonrió levemente.

—¿No se a qué te refieres?

Elías: soltó una risa corta.

—Vamos… no te hagas. Hiciste lo mismo cuando traje esos chips.

Eco: se acercó con una sonrisa, mirándolo fijamente.

—¿Qué chips?

Elías: —Sí —continuó—. Se ofreció a revisarlos para ver si aún funcionaban… y cuando llegamos, le dijo a los doctores que él también había encontrado unos.

Hizo una pausa.

—Casualmente… idénticos a los míos.

Molotov: sonrió con burla.

—Y también casualmente… a mí me faltaban.

granjero: levantó las manos, fingiendo inocencia.

—Vamos, no sean así… además, si no lo hubiera hecho, los doctores los habrían estafado igual.

Molotov: se acercó y le dio un golpe en la cabeza.

—Sí, claro… gracias por robar.

granjero: soltó una pequeña risa.

Pero sus ojos… por un segundo… dejaron de parecer divertidos.

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