PRÓLOGO
Mónaco, 11:47 p. m.
El Mediterráneo parecía un espejo negro bajo las luces de Mónaco.
Desde la terraza del Hôtel Bellecour, los yates brillaban en el puerto y los automóviles de lujo se detenían frente a la entrada del hotel mientras fotógrafos y periodistas intentaban descubrir quién había llegado a la recepción privada.
Era una noche perfecta.
Demasiado perfecta.
Elizabeth Beaumont observaba la fiesta desde el extremo de la terraza.
Llevaba un vestido azul oscuro y el cabello recogido con sencillez. A su alrededor, jóvenes de familias conocidas en Londres, París, Milán y Ginebra hablaban sobre sus vacaciones, sus universidades futuras y los viajes que harían durante el verano.
Todo parecía normal.
Hasta que su teléfono vibró.
Número desconocido.
Elizabeth abrió el mensaje.
¿Quieres saber por qué realmente entraste a Valmont?
Frunció el ceño.
Otro mensaje apareció inmediatamente.
Mañana comienza el último año. Esta vez no podrás esconderte.
Elizabeth levantó la mirada.
Al otro lado de la terraza, un chico vestido de negro la observaba.
Julian Ashford.
Cuando sus miradas se encontraron, él no apartó los ojos.
Entonces el teléfono volvió a vibrar.
Pregunta por la habitación 314.
Elizabeth sintió un escalofrío.
La habitación 314 no existía.
O, al menos, eso era lo que todos creían.
Guardó el teléfono.
Aquella noche todavía no lo sabía, pero acababa de comenzar el año que cambiaría absolutamente todo.








