Prólogo
El castillo no estaba ardiendo, aunque en su mente veía su contorno en llamas. Habría fuego, pero no esta noche. No, está noche era muerte. Esta noche era traición.
Esos eventos ya habían ocurrido. Eran enviados desde el pasado, eran para asegurar su comprensión del presente y ayudarla a decidir el futuro. Eran importantes, por lo que el Oráculo los volvió a mirar de nuevo.
El segundo hijo del rey escapó del castillo, un grupo de sirvientes leales y guardias se aseguraron de que el Príncipe Jimin, el legítimo heredero al trono, embarcara en un buque en el puerto. Los cañones abrieron fuego cuando el White Crest forzaba su salida a través de la armada del país. Las noticias del golpe de Estado en el castillo acababan de llegar al puerto; demasiado tarde para detener al Príncipe Jimin. Aquellos capitanes leales a sus trabajos devolvieron el fuego inútilmente, mientras aquellos leales al país y a la corona abandonaron los barcos y huyeron a las colinas para comenzar una rebelión contra el falso rey.
La rebelión continuó en el mar también, dirigida por el Príncipe Jimin y su leal tripulación, y los años pasaron. El poder del Rey Ferim aumentó, pero la disconformidad también creció cuando la gente pensaba en su príncipe perdido. El Oráculo observó como una sombra enfermiza de codicia comenzó a crecer en Altnoia.
Al principio fue contenida, cómo sería cualquier sombra, por las fuerzas de la luz y la oscuridad. Se aferraba a la ropa de Ferim, a sus zapatos y a cada aliento del mismo. Por lo cual la enfermedad se extendió rápidamente. Cuando Ferim exhalaba sobre sus consejeros, sus sombras comenzaron a enfermar también. Cuando Ferim paseaba por la ciudad allí donde ponía un pie se formaba un charco de miasma letal. Pronto la sombra estuvo pululando por toda Altnoia.
Esas eran las imágenes que la mente del Oráculo le proveía, para simbolizar la corrupción y la codicia mientras fermentaban. Mientras, llenarse los bolsillos propios de oro y piedras preciosas estaba por encima del bien del país, los ciudadanos de a pie luchaban para producir el suficiente grano para alimentar a sus familias y pagar los impuestos que el rey demandaba. Ellos enfermaban y morían cuando una plaga invadió los cultivos, y las enfermedades mortales brotaban en los manantiales.
La gente recordaba la prosperidad que habían disfrutado bajo el rey asesinado, y recordaban que su príncipe había escapado ese día sanguinario. La gente esperaba por una vida mejor y la rebelión crecía en fuerza cada día. El rey Ferim se sentaba en su trono y escuchaba estos rumores, supo que el Príncipe Jimin tenía que morir para que su reinado continuase.
Y así, el presente había finalizado. Ahora, era el momento del futuro, para lo desconocido, y los posibles senderos que se bifurcaban en docenas de direcciones. ¿Debería el Rey Ferim ir a montar en un soleado día de verano a finales de primavera? su caballo pisaría un agujero y ambos caballo y rey-falso morirían. Pero tal evento era improbable. El rey Ferim tenía miedo de salir a montar, ya que así era como, supuestamente, había muerto su bien amada madre. El Oráculo descartó ese sendero y se movió a otro.
El Oráculo no residía solo en su mente, lo cual le ayudaba a sortear las posibilidades de cada sendero futuro. Ella poseía infinidad, era la consecuencia de cada Oráculo que había existido antes de que su actual cuerpo lo resguardara seguro con ella.
Cada conciencia clasificaba rápidamente, encontrando pronto los senderos más probables de los posibles futuros. El Oráculo observaba suceder cada uno con su visión mental.
La plaga siguió aumentando en Altnoia, hasta las algas de las aguas residuales estaban opacas y mustias. De pleno, la mitad de la población del campesinado había muerto en sus camas, donde sus cuerpos se pudrían, porque nadie tenía la fuerza suficiente para cavar una tumba. El rey Ferim estaba sentado en su trono, donde él también moriría, junto con su corte, castillo y reino. Un reino vecino enviaría a su armada, matarían a todos aquellos que todavía estuvieran sufriendo por la enfermedad, y se quedarían a cargo, sin darse cuenta nunca que ellos también habían pisado la miasma. El círculo de muerte continuaría indefinidamente. El Príncipe Jimin moriría de vejez en un suburbio de piratas, sin poder hacer nada para encontrar el significado de salvar a su país.
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El Rey Ferim estaba muerto, gordo y corpulento yacía en su propia sangre en el mismo suelo donde había matado a su hermano. Uno de sus consejeros de más confianza sostenía la espada ensangrentada y se colocó la corona en su propia cabeza, solo para ser apuñalado por la espalda a cambio. Comenzó una guerra civil mientras una facción luchaba con la otra hasta que la sombra verde de la codicia se convirtió en rojo sangriento. El Príncipe Jimin se lanzó con todo su peso tras su propia facción, intentando recuperar el trono, solo para morir en el campo de batalla con todos los demás.
El Oráculo fue más allá en busca de soluciones. Tenía que haber un futuro mejor, uno que no terminase con la muerte de todo que había jurado proteger.
La miasma verde seguía creciendo. Un día un rico mercader llegó al litoral de la ciudad que abastecía al Monasterio del Oráculo. Su sonrisa rezumaba la pestilencia verde mientras les daba la mano al alcalde y al capitán de la guardia. La sombra se extendió hasta una náyade que comenzó a toser y a ahogarse en su propio elemento. Todos los miembros de las Castas en el Monasterio, murieron uno a uno. Incluso el Oráculo comenzó a toser y a enfermar. Con la muerte del Oráculo el Monasterio colapsó. El Fuego luchó contra el Agua, Tierra contra Aire, hasta que el mismo mundo se destrozó.
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Un barco pirata surcaba el océano, maltrecho y roto, mientras la totalidad de la armada lo perseguía. Al menos uno de los mástiles estaba partido por la mitad y muchas de las velas tenían agujeros por el fuego de los cañones. La cubierta estaba igualmente destrozada, la tripulación se veía forzada a moverse cuidadosamente alrededor de los agujeros astillados mientras se apresuraban para mantener el barco a flote y los cañones cargados. Se estaba librando una batalla y, por lo que parecía, pronto serían vencidos. Sobre la proa y bien alto en el puesto de vigía, el príncipe de Altnoia permanecía erguido apesar de que el fin estaba cerca. De repente, el fuego se extendió sobre sus cabezas. Un dragón enorme bajaba en un picado lento sobre los barcos enemigos, sus ardientes alas extendidas en toda su amplitud. Pasó entre el sol y el príncipe, y la sombra resultante era brillante e inmaculada.
El Oráculo abrió los ojos. Así que había una posibilidad. Una entre docenas donde la muerte no reinaría. E incluso esa única posibilidad divergía en docenas de senderos, en muchos de los cuales el resultado era ese mismo barco pirata hundiéndose bajo las olas con el príncipe a bordo, a la vez que el dragón gritaba de agonía mientras las olas extinguían su llama. Aún así, una esperanza era mejor que nada. Era ciertamente mejor que cualquiera de las otras opciones.
Resuelta, el Oráculo se puso de pie y salió de su sala de meditación al salón principal de su casa. Caminó hasta la puerta principal, tiró de la manilla hasta que la puerta se abrió con un crujido y habló con los guardias que estaban fuera.
—Traedme al Dragón de Fuego —dijo imperiosamente, antes de dejar que la puerta se deslizase hasta cerrarse. Había una diminuta esperanza de que no terminase en sangre y ella lo estaba depositando todo en ello.