Prelude
El cuerpo casi inerte descansaba boca abajo en la suavidad de la que había sido su cama desde su niñez, en la habitación de la que se había adueñado desde que se mudaron a Seúl.
Pero no importaba lo cómoda que su cama fuera o lo acogedora que su casa luciera, solo había una cosa en la que Jimin podía confiar ciegamente.
Cocaína.
Su nariz ardía luego de haber inhalado la fina línea de cocaína que había preparado con mucha anticipación, aunque jamás podría quejarse de ese ardor, podría soportarlo toda su vida si fuese necesario, porque la sensación que la cocaína provocaba en él, era todo lo que alguna vez quiso en su vida.
Desde hace casi tres años, cuando tan solo tenía quince años y su cuerpo experimentó por primera vez la sensación que la marihuana le provocó, supo que había encontrado algo por lo que valía la pena gastar el dinero que arduamente sus padres le daban.
Ya ni siquiera puede recordar cuantas mierdas llegó a meterse, pero la cocaína fue simplemente su favorita. Fue aquella que lo elevó al cielo, que lo hizo sentir el mundo en silencio, y aunque solo le dure unos eternos treinta minutos y luego se sienta la más grande mierda del mundo, no planea dejarla jamás.
Es su mejor amiga.
Irónico fue que aquello que consideró de mayor confianza, fue la que traicionó su propio bienestar vital.
Pues ya ni siquiera tenía la cuenta de cuanto había consumido, ni cuánto alcohol bebió en la fiesta de Han, un chico de su secundaria que frecuentemente hacia fiestas en su gran casa, fiestas imperdibles para Jimin, donde tenía la oportunidad de drogarse con tantas cosas quisiera.
—Puta madre... —balbuceó soltando una risa floja, sus ojos dilatados sin siquiera poder mirar realmente algo en concreto, sin siquiera saber cuánto tiempo llevaba en esa misma posición.
Fue tal vez a las cuatro de la madrugada, ni siquiera tenía visión de la hora desde las doce de la noche, cuando su cuerpo comenzó a sentir un subidón de calor, comenzando a sudar y agitarse, sin comprender realmente que pasaba.
Y antes de poder notarlo, perdía la conciencia, su mirada nublada y su cuerpo tumbado en el frío suelo, convulsionando con fuerza, su débil y delgado cuerpo golpeándose sin parar contra el suelo, su respiración dificultosa y su corazón latiendo a una velocidad irreconocible.
Ni siquiera pudo notar cuando vomitó, ni cuando su cuerpo dejó de agitarse y su mente se durmió.
Sin darse cuenta, su mejor amiga había buscado acabar con su vida.
Su cuerpo frío e inerte en el suelo, inconsciente y a punto de dejar el mundo para siempre.
Porque aquellas líneas de cocaína, por muy amigables e indefensas que parecieran, fueron el peor arma que pudo encontrar Park Jimin.
Fueron su salvación y también su perdición.