¿El principio del fin?
viernes, 5 de julio de 2013
Me duele la cabeza, me duele demasiado como para seguir aquí.
Disimuladamente, salgo por la puerta trasera de la casa de mis padres, de camino al porche. Paso por delante de mi familia, de mis amigos y de los que me acompañan en general en esta deslumbrante fiesta que me han preparado. Nadie me presta la suficiente atención durante mi escapada... Ni siquiera él.
Pero tampoco me extraña, dadas las circunstancias.
Ya fuera, me apoyo contra la pared y me bebo la cerveza de un solo trago.
«Uno, dos, tres, cuatro...», empiezo a contar interiormente. No puedo evitar sentirme mal al recordar cómo, dos años atrás, las cosas eran tan diferentes: recién llegados de nuestro espectacular viaje, estrenando la casa de mis sueños y con el amor de mi vida. Era perfecto.
¿Qué nos está pasando?
Hoy miro desde la lejanía aquellos días y, sin darme cuenta, detecto signos de lo que vendría más adelante: él anteponiendo su superioridad y deseos, manteniéndome complacido de cualquier manera sin necesidad de involucrarse, como debería, en nuestra relación.
Entonces no lo quise ver, pero hoy, desde la distancia, parece tan evidente...
—Ya estoy en casa —me dijo al llegar del trabajo.
Yo corrí y salté a sus brazos como un adolescente entusiasmado con un nuevo capricho. Namjoon me abrazó y, sonriendo, me soltó con delicadeza. Iba de trajeado, impecable; es muy meticuloso con su apariencia. Su trabajo tampoco le permite ir menos elegante, ya que es el director de una sucursal bancaria.
—He tenido más de cien comentarios en la página web! ¿Puedes creerlo? —le conté emocionado. Me agarré de su brazo y lo empujé hasta cruzar la sala. Después, lo obligué a sentarme frente a mi computadora—. Los zapatos que me trajiste de París han sido todo un éxito, ¡mis seguidores quieren más consejos de moda!
—Pues llama y pídete otro par —me despejó y se levantó. Se desanudó la corbata y se dirigió hacia su portátil—. De todas maneras, esa tontería tuya con la moda te quita mucho tiempo.
—Nam... —me quejé mientras colocaba la mesa plegable para que se acomodara. Me arrodillé y le quité los zapatos, encantado de llevar una vida así —. Adoro aconsejar a la gente, hacerme fotos y subirlas para que opinen al respecto y crear tendencia.
—Jimin, haz lo que te apetezca, cielo. —Me sonrió y me pidió que le acercara su maletín. Al abrirlo rebuscó en él y sacó su tarjeta de crédito—. Compra lo que quieras, un día te aburrirás de esta afición.
Le mordí la oreja y él gimió, despertando mi deseo.
—Te quiero —susurré—. Demasiado.
—Y yo —murmuró con los ojos entrecerrados—. Cariño, qué caliente me estás poniendo. Ven aqui y deja que te...
Ya no hubo nada más. Sólo besos, sexo... aunque no tanto como esperaba.
«Deja de atormentarte», me amonesto, desechando el recuerdo. Suspiro y miro hacia dentro; allí hace calor y los invitados se abanican mientras se divierten. Vuelvo a entrar y, con tristeza, descubro que nadie me ha echado de menos o, si se han percatado de mi ausencia, lo disimulan muy bien.
¿Qué hago? ¡Me integro!
Con la fiesta en pleno apogeo, me pongo a bailar con mi hermana Hyuna y de reojo sigo mirando a Namjoon, mi marido.
El resto de mi familia no intuye nada fuera de lo común entre nosotros y lo tratan como siempre: con un cariño que despunta por encima del resto.
Lo sacan a bailar y bromean con él sin cesar. Mis padres lo adoran y se lo hacen saber en cada gesto de atención que le dedican; algo que no me pasa.
¡Increíble!
Tampoco me extraña... Namjoon los consiente más que a los suyos. Cada semana tienen un nuevo
capricho y los encandila. Reflexiono al reparar las caras de mi alrededor.
¿Para qué engañarme?
Tenía la esperanza de que esta reunión nos serviría para acercar posturas y parece que me he equivocado, ¡pero que muy mucho! Sus ojos están muy lejos de los míos; su comportamiento, pensativo, continúa alejándolo de mí. Me hago el tonto, fingiendo disfrutar de mis amigos.
Hoy es mi cumpleaños y no quiero fastidiarlo con mis boberías. Me han organizado un pedazo de fiesta sorpresa, con cáterin incluido... y he tenido que
soplar las treinta velas, recordándome que ya no soy, precisamente, un niño como para montar un pollo.
—Qué calor, por Dios bendito —se queja mi hermana, abanicándose con la mano—. ¿Vamos mañana a la playa? Aprovecha las mañanas, ahora que puedes.
—No sé, te aviso temprano.
—¿Estás bien? —digo que sí, moviéndome con más ritmo. ¡Soy el puto amo a la hora de disimular problemas! —. Te veo un poco absorto y con lo que tú eres...
—El cansancio. —Sonrío—. Venga, ¡a tope!
En las siguientes horas, y de manera sigilosa, no aparto la mirada de Namjoon.
Sinceramente, esta distancia me está matando y no me atrevo a acercarme; no sé por qué no lo hago de una puñetera vez. O quizá sí lo sé: por miedo a su rechazo, a que no le importe no aparentar, a que revele su sequedad frente a los míos y nuestro supuesto idílico matrimonio esté en boca de todos...
Al espiarlo, en una de ésas, veo que coge su móvil y, tras mirar repetidas veces a lado y lado, escribe muy rápido y lo vuelve a guardar en el bolsillo del pantalón ceñido que lleva; es tan apretado que se le marca el paquete... que en un descuido suyo veo agitarse.
¿Por qué...?
Me he perdido el motivo de su erección. Entonces, por primera vez, aprecio su intención de buscarme en medio de toda esta gente que me envuelve y limita. Me mira y yo me hago el despistado, como si no hubiera visto nada. ¿Pensaba en mí y por eso se ha puesto tan contento... ahí?
Quiero recuperarlo, lo quiero de una manera que me desgarra el alma y necesito que siga siendo mío, ya que aún no lo he perdido. Respiro ruidosamente; viene directo y me lleno de ilusión. Me contoneo frente a él, revoloteando el traje que llevo puesto.
Si he de seducirlo, lo haré y, con una sonrisa, levanto los brazos. Namjoon niega, desabrochándose el segundo botón de su camisa blanca, y se acerca a mí. Mi pulso se acelera y mi corazón se hincha de amor. Ni siquiera me da tiempo a pensar en su reacción y acorto los pasos con dos zancadas.
Me muestro feliz de que me busque, de que me mire como si quisiera devorarme. Lo beso e intento abrazarlo, pero, sutilmente, me echa hacia atrás, aparentando no estar enfadado, aunque yo, que lo conozco, sé que no es así.
Mis ánimos se vienen abajo.
«Namjoon, 1 - Jimin, 0.»
—Deja de bailar de esta manera.—me regaña con antipatía, mirando el reloj tan caro que lleva puesto en su muñeca izquierda —. Dentro de poco nos iremos, estoy cansado.
—Es mi cumpleaños —me quejo.
—¿No crees que ya has disfrutado bastante? —cuchichea bajito, empleando una entonación tosca—. No paras de bromear con tus amigos, de bailar y de beber; creo que es suficiente.
—Vete tú, entonces. —Me doy por vencido—. Yo te alcanzaré un poco más tarde. Sería descortés que el cumpleañero...
—¿Te quedas sin mí?
—Me estás obligando a ello.
—Muy bien, Jimin, lo estás haciendo de puta madre.
—¿Yo? —pregunto sorprendido, ignorando su mal humor—. Creo que va siendo hora de que...
—Vete con el resto de la gente —me ordena. Silenciosamente, empiezo a contar de nuevo. «¡Uno, dos...!»—. No llegues tarde a casa.
—Oye...
—¡Que te vayas!
—¡Como quieras!
¡Joder!
Hago un repaso rápido con la mirada, pero nadie nos ha oído con la música tan alta. Bien. Me aliso el traje, como si nada. Le doy un seco beso y vuelvo al corro con mis amistades. Últimamente, su tono conmigo es tan áspero que no lo comprendo. Le encanta dominarme, aprobar o no mi vestimenta, mis salidas... Controla mi forma de divertirme, cuestionando a cada momento si mi comportamiento es digno de una persona casada por lo risueño que soy con todo el mundo.
Sin embargo, y contradiciéndose, no es nada celoso. Yo tampoco lo he sido, porque no ha habido motivos.... o no los había. Llegados a este punto, dudo de cualquier cosa. ¿A qué viene su cambio de comportamiento?
Cuando me quiero dar cuenta, él se ha despedido de mi familia. Se ha largado sin mediar ninguna palabra más conmigo. Yo me quedo hecho polvo, desconcentrado, pensando en lo mal que he actuado al haberme quedado.
«Namjoon, 2 - Jimin, 0.»
A las dos de la madrugada me obligo a marcharme, mucho antes de lo que yo tenía planeado. ¿Qué me encontraré al llegar a casa?
No sé ya ni las vueltas que llevo dadas en la cama. Son las cinco de la mañana y es imposible conciliar el sueño. Namjoon ha decidido pasar la noche en el sofá.
Argumenta que está un poco agobiado. Eso sí, no ha tenido reparos en hacerme el amor, fugazmente, antes de marcharse al salón... haciéndome sentir como un cualquiera, utilizado para luego ser desechado.
Estoy cansado de esta situación y temo tanto perderlo que decido dejar mi dignidad a un lado y rebajarme ante él.
Otra vez... Suplicarle que duerma a mi lado, que me abrace y me susurre que vamos a estar bien.
El calor inunda la habitación que aún huele a sexo tras el breve encuentro. Considero que lo mejor es no ponerme nada que cubra mi piel y bajar en ropa interior, despertar en él un sentimiento más intenso. Me duele que esté tan distante. Me duele tener que seducir a mi propio hombre constantemente.
Un quejido se me escapa, ¿es el principio del fin?
Mis piernas son de gelatina mientras avanzan hacia la primera planta. Casi me como las escaleras por culpa de un traspié... voy tan despistado. Al llegar abajo, Namjoon está dormido con sus bóxers negros y de cara a mí. La televisión está apagada y un libro de coches descansa sobre la mesa. Ésa es una de sus pasiones, una que ya me cansa porque le dedica más tiempo que a nuestra relación.
—Cariño —susurro, acariciándole su dura mejilla y sus espesas cejas. Se queja pero no me mira—. Te echo de menos, vamos a la cama, por favor.
—Mmm, déjame.
Tiro de su brazo intentando llevarlo conmigo; no me funciona. Suspira y entonces me contempla. En sus turbios ojos percibo frialdad, casi indiferencia.
—Namjoon…
—No seas pesado, Jimin.
—¿Cómo?
—Me cansas.
Trago a duras penas.
Siento que me descompongo; algo marcha muy mal y no he querido verlo antes, cegándome por los malditos temores. Me dan ganas de ponerme a llorar como nunca lo he hecho en estos cinco años que llevamos juntos.
¿Qué está sucediendo en nuestro matrimonio?
—Jimin... no podemos seguir así — me dice, apartándome para levantarse. Me derrumbo. Permanezco en la misma posición, de rodillas; no me atrevo a mirarlo—. Las cosas entre nosotros se están enfriando. Se está perdiendo el feeling, las ganas... todo. ¿Cuándo piensas darte cuenta?
Contengo la respiración, cierro los ojos e inspiro dudando si soltar mi a veces mortífera lengua. Pero es que ya no puedo más, la soledad a la que él me está conduciendo me acojona en estos instantes, al asegurarme cómo estamos de distanciados. Me levanto, incluso temblándome todo. Él está en la ventana; el calor de julio lo suele poner de muy mal humor y se pasa las horas justo ahí, tomando el aire. O pensando en yo qué sé qué cosas. ¡Me tiene harto!
Le doy un toque en el hombro, frustrado y abatido, desesperado por salvar mi matrimonio y, cuando al fin me presta atención, le reprocho.
—No tienes tiempo para mí, para decirme si me ves más guapo o no. No me piropeas ni me haces un insignificante regalo romántico. —Namjoon baja la mirada y yo me enervo aún más —. ¡No me haces el amor! ¡Me follas rápido!
—Jimin...
—¡No seas cobarde y habla! —le pido, zarandeándolo. Estoy dolido—. ¿No ves que estoy mal por ti?
Mi corazón se desboca a la espera de buenas reacciones, de palabras llenas de amor y ternura. Un enorme suspiro aflora de sus estrechos labios y me mira directo a los ojos, penetrando mi ser.
Parece recapacitar y me acaricia el cabello, un gesto que ya no repite con la frecuencia de antes.
Siento que me derrito, que me hago pequeñito; es justo lo que quiero, a él, sólo estar bien con mi otra mitad, con la que decidí compartir mi vida.
—Namjoon —imploro, aferrándome a su pecho desnudo—. ¿Qué puedo hacer? Necesito luchar por esto que tenemos. Sé que hay algo que...
Me callo por la transformación de su semblante, que le cambia de color y palidece. Entorna la mirada, produciéndome escalofríos.
No lo reconozco; la poca conexión y empatía hacia mí me altera. Admito que he sido muy posesivo desde que las cosas se han torcido en cuanto a él se refiere, pero llevo dos semanas haciendo lo posible por controlarme, entenderlo... y ha servido para lo contrario.
—Si no hablas, me voy de casa —lo amenazo, con la boca chiquitita—. ¡No habrá marcha atrás!
—Aún tiene solución.
—¡Pues dímela! —grito y me arrojo a su cuerpo. Lo abrazo, desesperado. No me corresponde y yo ahogo un sollozo —. Haré lo que sea.
—Quiero... —me interrumpí. Carraspea y añade con el cuerpo rígido —... quiero proponerte algo.
—Habla.
—Probar, experimentar... Intercambio de parejas.