Sólo soy yo

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Summary

𝑇𝑜𝑑𝑜 𝑐𝑜𝑚𝑒𝑛𝑧𝑜́ 𝑐𝑢𝑎𝑛𝑑𝑜 𝑚𝑒 𝑚𝑖𝑟𝑒́ 𝑎𝑙 𝑒𝑠𝑝𝑒𝑗𝑜 𝑦 𝑑𝑖𝑗𝑒 𝑑𝑜𝑠 𝑝𝑎𝑙𝑎𝑏𝑟𝑎𝑠: 𝐸𝑟𝑒𝑠 ℎ𝑒𝑟𝑚𝑜𝑠𝑜. Cada vez que despierta y se ve al espejo, no sabe quién es la mujer que está reflejándose. Todos los días de su vida sientiéndose diferente, pidiéndole, todas las noches, a Dios poder ser como sus hermanas: perfecta, elegante, hermosa...una mujer. Marianne Hazel Loughty, hija menor de un matrimonio noble, escapa de su casa para, al menos por unas horas, poder ser libre, arrancarse aquel vestido al que parecía estar atada de nacimiento, quitarse el maquillaje y la joyería y vivir una vida fuera de sus cuatro paredes como una persona desconocida, alguien que podía usar trajes y sombreros de copa sin molestia, alguien a quien considerar atractivo; poder convertirse en Merritt Dankworth sin sentir remordimiento ni considerarse a sí mismo: una abominación.

Status
Ongoing
Chapters
2
Rating
n/a
Age Rating
16+

—¿Me veo bien? —Le preguntó un joven que terminaba de vestirse a sus dos amigos.

—Te ves lin-

—Te ves ridícula —El mayor de los tres interrumpió lo que sea que la chica fuera a decirle a su amigo.

La más joven del grupo, sentada junto a él, alcanzó a darle un codazo, mirándolo de mala manera por hablarle así a quien sabía que él consideraba su propia hermana.

—No le hagas caso, te ves lindo —Volvió a decir la menor.

—Linda —corrigió el mayor sin cuidado de sus palabras, haciendo que la chica mayor bajara la cabeza.

—¿De verdad? —Se miró de arriba a bajo en el espejo mediano y sucio que habían escondido dentro del establo—. ¿No piensan que me veo raro?

Lindo... Esa palabra lo hizo sonreír un poco, a pesar de tener un cuerpo pequeño y delgado realmente se sentía feliz con su apariencia; pantalones, lo cuales eran mucho más cómodos que todos los vestidos llamativos que era obligada a usar, una camisa blanca delgada, a pesar de que la misma se transparentara en su cuerpo, no se quejaba, es más, le gustaba lo bien que lucía su pecho plano bajo esa misma tela, también la boina que tenía junto con la peluca que después de varios meses su casi hermana menor pudo terminar con su cabello. Se gustaba en ese momento, era como ver una parte de él que al fin estaba saliendo a la luz, una fantasía como lo era verse más masculino y salir a las calles como un hombre ya no parecía serlo tanto, se miraba desde todos los ángulos posibles y seguía sonriendo, era verdad; se veía lindo.

—Te ves muy bien, apuesto —repitió la fémina provocando un ligero rubor en las mejillas de su amigo.

—A todo esto, ¿qué planeas conseguir saliendo vestida así?

—No lo sé, quiero salir, conocer o quizá conseguir trabajo, estoy cansada de ser la hija menor y obediente de mi familia y al menos por unas cuantas horas olvidarme de ello —dijo en voz baja mientras seguía admirandose en el espejo, ignorando la mirada fúrica de su amigo.

Por supuesto que omitió la parte en la que odiaba verse femenina y lo que quería era salir a la calle siendo un él.

Claro que le encantaban los vestidos, la elegancia que transmite cada mujer que conoce, como Catherine, amaba la forma en la que se arreglaban en cabello, para Marianne, todo eso era precioso y amaba admirarlo. Pero no en ella. En ella lo odiaba, odiaba verse como una mujer y odiaba ver su pecho en el espejo y darse cuenta de que no parecía un hombre, y le daba miedo decir eso en voz alta incluso con sus amigos, le daba miedo que lo consideraran horrenda y asquerosa por pensar de esa manera.

—Para conseguir un trabajo no necesitas parecer un hombre, no es sencillo, incluso a mí me costó encontrar uno decente, Marianne, hay personas que se aprovechan de la vulnerabilidad de gente indefensa como tú, pueden engañarte y hacerte creer que te ayudarán cuando en realidad tienen pensado hacerte pasar un infierno sólo para conseguir dinero.

—Lo sé, me lo has dicho miles de veces, sé que tú sabes más de esto que yo, porque ¿qué va a saber una chiquilla que nació en una cuna llena de privilegios materiales? Pero, confío en mí y confío en que tendré la valentía para enfrentar a cualquiera que se quiera meter con ¡Merritt Dankworth! —exclamó, levantando su puño con una sonrisa, ganándose los aplausos de una joven que vestía un hermoso vestido y poseía una perfecta postura llena de elegancia y un golpe en el brazo por parte de su amigo de la infancia.

—¿Qué clase de nombre es Merritt?

—El nombre de un joven valiente.

—Y el de un hombre que lucha por su felicidad —apoyó la menor, brindándole su confianza a su familia, porque, a pesar de no tener ningún tipo de lazo de sangre, los tres se consideraban su todo, su familia, sus hermanos y sus amores.

—¿Tu también, Catherine?

Sin decir nada más, Merritt Dankworth salió del establo maloliente de su casa rumbo al pueblo que rara vez podía pisar solo, feliz, emocionado y vulnerable por lo que sea que le fuera a suceder en un mundo completamente diferente al que estaba acostumbrado.

Saliendo de un mundo lleno de clase, quizá respeto, etiquetas y riqueza, entraba a uno nuevo del cual sabía, gracias a su amigo, Archie, que no era nada como alguna vez lo idealizó, era más bien lo opuesto, inseguridad, necesidad, engaños, alcoholismo, violencia y marginación. No le importaba, estaba seguro de poder vivir como alguien que pertenecía a ese mundo; como un hombre.

Archie, por otro lado, se debatía entre dejar ir a su mejor amiga o seguirla para asegurarse de que no cometiera alguna tontería, su pie golpeaba constantemente con el suelo lleno de paja mientras arrugaba la tela de por sí maltratada de su ropa.

Catherine se dió cuenta de esto y lo tranquilizó al darle la mano y entrelazarla con la suya.

—Sé que estás nervioso, yo también lo estoy, pero debemos de confiar en Marianne...¿o Merritt?

—Esa tonta no conoce a la gente, no sabe lo que podrían hacerle con sólo ver su apariencia, las asquerosidades que les obligan a hacer a jóvenes como ella con los hombres, ella no-

—Él no es tonto, le has enseñado como defenderse, sabes que no le tiene miedo a nada y si tiene que golpear a alguien, lo hará.

Catherine también estaba asustada por su amiga, si la descubrían no quería ni pensar en lo que le harían, pero no podía encerrarse en una burbuja de preocupación cuando podría estar feliz por ella. Apretó la mano de Archie con la propia, ganándose un beso en la misma por parte del contrario, quien también le sonrió.

—Tal vez tengas razón.

Y con un impulso invisible, el hombre dejó un casto beso en los labios de la fémina.

—Siempre la tengo —respondió ella.