Cuentos y leyendas de Elán

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Summary

Recopilación de cuentos originales exclusivos de Inkitt.

Status
Ongoing
Chapters
4
Rating
n/a
Age Rating
13+

Allá, en lo alto

En las profundidades del bosque, a horas de camino de la aldea más cercana, se erigía una humilde cabaña de madera. Y frente a ella, se encontraba Einer, su único habitante; extrayendo agua del pozo.

Agotado por la ardua jornada de trabajo, el hombre suspiró, dejó el balde en el suelo y se sentó sobre el tocón de un árbol. El sudor bajaba por su tez blanca, al mismo tiempo que tomaba un trozo de madera entre sus manos callosas y se dedicaba a tallarlo con ayuda de su cuchillo.

Cuando comenzaba a caer la noche, divisó una silueta pequeña aproximándose lentamente hacia él. Y a medida que se acercaba, Einer distinguió que se trataba de una niña de unos ocho años, delgada y que traía puesto un largo y sencillo vestido. Exactamente igual a la figura que esculpía.

Olvidando el cansancio y los distintos dolores que recorrían su cuerpo a causa de la vejez, se levantó tan rápido como pudo y salió al encuentro de aquella silueta. Gruesas lágrimas bajaban por sus mejillas, y sin poder creerlo aún, sus ojos se encontraron con los de la niña. Verdes, al igual que los suyos.

—Dahlia, ¿eres tú? —balbuceó, al borde del llanto—. Pensé que jamás volverías.

La niña permaneció en silencio y se limitó a tomar la mano de su anciano padre, que la contemplaba con una mezcla de incredulidad y dolor.

—Esa noche la fiebre te arrancó de mi lado y no pude hacer nada para salvarte —sollozó él—. Primero perdí a tu madre y luego la vida te llevó a ti.

—Estoy aquí, papá —dijo finalmente Dahlia—. Tengo mucha sed.

De inmediato, Einer llenó su taza de madera con el agua que acababa de extraer del pozo y se la entregó a la niña, que sonrió agradecida y bebió de esta. Su rostro pálido recuperó un poco de color, a la vez que sus grandes ojos verdes volvían a tener el brillo que los caracterizaba.

—¿Tienes hambre? Prepararé algo para ti —se ofreció él, girándose hacia la cabaña.

—No es necesario, papá —volvió a tomar su mano para detenerlo—. No vine a quedarme.

—Sabía que no podía ser cierto —un nudo se formó en la garganta de Einer—. Nunca podré recuperarte.

—Se puede huir de la vida, pero jamás de la muerte —intervino una voz femenina.

Extrañado, el anciano alzó la mirada y se encontró de frente con una hermosa mujer de largo cabello negro, penetrantes ojos azules y piel muy blanca. Esta vestía con un largo vestido negro y llevaba una corona de flores blancas sobre su cabeza.

—¿Alanna? —murmuró él con resignación—. ¿Finalmente has venido por mí?

No hubo respuesta por parte de Alanna, que se limitó a poner una mano sobre el hombro de la niña.

—La fiebre mató a casi toda la aldea —continuó hablando el hombre—. Fui el único que sanó.

—¿Y recuerdas lo que te dije durante nuestro último encuentro?

—Cada vida es una melodía única y hermosa a su manera. Algunas suenan por más tiempo que otras, pero todas lo hacen por el tiempo que les corresponde —repitió Einer, antes de volver a sentarse—. Luego te llevaste a mi hijita.

—No puede haber luz sin oscuridad, así como no puede haber vida sin muerte —replicó Alanna—. Todos saben que tarde o temprano vendré a buscarlos.

—Entonces sí has venido por mí.

La mujer asintió, a lo que Dahlia dio un paso al frente y rodeó el rostro de su padre con las manos. Gruesas lágrimas comenzaron a bajar por sus mejillas, al mismo tiempo que su cuerpo comenzaba a perder las fuerzas.

Una mariposa completamente blanca se posó sobre la cabeza de su hija, y poco a poco, todo lo que lo rodeaba empezó a desvanecerse gradualmente. Sus párpados se tornaron más pesados y le fue casi imposible mantenerlos abiertos.

—No temas, papá —lo tranquilizó la niña—. Pase lo que pase, nos veremos allá en lo alto.