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Esclavizado por Esparta (BL)

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Sinopsis

Esta es la historia de un esclavo de Eutimos un esclavo de Esparta; su pecado ser hermoso y atraer la atención del amo Aristón, en un mundo en el que sobresalir es una sentencia segura.

Genero:
Lgbtq
Autor/a:
Joel Cáceres
Estado:
Completa
Capítulos:
20
Rating
4.5 (2 reseñas)
Clasificación por edades:
18+

Capítulo 1

En los campos resecos de Laconia, bajo un sol que quemaba sin piedad, Eutimos hundía la azada en la tierra dura. El sudor le corría por la frente y le empapaba el cabello rubio y ondulado, que caía en mechones rebeldes sobre sus ojos. El aire estaba cargado del zumbido constante de las cigarras, un rumor incesante que se mezclaba con el crujido del suelo seco al ser removido. Era la estación de preparar la tierra para el trigo: los ilotas rompían los terrones endurecidos por el verano y abrían surcos rectos donde el grano podría arraigar antes de que llegaran las primeras lluvias del otoño. El viento del Taigeto soplaba intermitente, levantando remolinos de polvo rojo que se pegaba a la piel sudada y a las túnicas raídas.

No era el más fuerte de los ilotas, ni el más resistente, pero su belleza resultaba imposible de ignorar. Y en Esparta, para alguien como él, destacar en cualquier cosa era una sentencia.

A pocos pasos, Aristón, de su misma edad, caminaba junto a su padre. Llevaba el cuerpo ya endurecido por los años de entrenamiento: hombros anchos, brazos marcados por la lucha y la carrera, y cicatrices frescas en los nudillos. Acababa de superar las pruebas más duras de la infancia y, en pocos días, partiría hacia la fase más feroz de la agogé: los meses de supervivencia en la montaña, el robo organizado, el hambre controlada y la posibilidad real de morir.

Entonces lo vio.

Eutimos levantó la vista un instante, solo un segundo, para secarse el sudor con el dorso de la mano. El sol hizo brillar su cabello como oro viejo. La piel bronceada contrastaba con el polvo de la tierra. Sus ojos, de un verde claro casi insolente, se cruzaron por accidente con los de Aristón.

El joven espartano se detuvo. Una sonrisa lenta y torcida se le dibujó en el rostro.

—Míralo —dijo, señalando con la barbilla—. Un cachorro de liebre con pelo de oro. ¿No te parece que pide a gritos que lo atrapen y lo dominen?

Su padre soltó una carcajada seca y satisfecha.

—Es bello —concedió—. Demasiado bello para ser ilota. Parece casi un dios… pero uno que se ha equivocado de cuna.

Aristón ladeadeó la cabeza, estudiándolo como quien evalúa un caballo de guerra.

—Cuando termine esta etapa de la agogé… quiero que lo aparten del campo. Que lo preparen para mí.

—¿Lo quieres como premio? —preguntó el padre, arqueando una ceja con diversión.

Aristón sonrió aún más, mostrando los dientes bajo el sol.

—Como propiedad. Algo bonito que romper. Lo quiero limpio, bien alimentado, sin marcas todavía… para que yo pueda dejar las mías. Cuando vuelva, quiero encontrarlo entero, pero no intacto. Quiero ver cuánto aguanta antes de que se doblegue.

El padre soltó una risa fuerte y palmoteó el hombro de su hijo con orgullo.

—¡Ese es mi muchacho! —exclamó con genuina aprobación—. Ya hablas como un hombre. Sí, te lo has ganado. Que lo aparten hoy mismo. Que lo laven, que le den carne y vino aguado, que lo mantengan suave y fuerte… hasta que regreses y lo hagas tuyo de verdad. Un buen espartano sabe domar lo que le pertenece. Y tú lo harás bien.

Aristón no apartó la mirada del chico. Sus ojos brillaban con una mezcla de deseo y crueldad juguetona.

—Va a ser entretenido —murmuró, casi para sí mismo—. Ver cuánto tiempo tarda en dejar de mirarme como si fuéramos iguales.

A pocos metros, semioculta entre las hileras de vides, Kallistrate, la madre de Eutimos, escuchó cada palabra. El nudo en su garganta se convirtió en piedra. Sabía que la belleza de su hijo había sido una condena desde que era pequeño. En Esparta, para un ilota, destacar era firmar la propia ruina.

Apretó los puños hasta hacerse sangre en las palmas. Quería correr hacia él, abrazarlo y decirle que huyera. Pero no había escapatoria. Los espartanos eran más altos, más anchos, más fuertes. Comían carne, bebían vino y entrenaban para matar desde los siete años. Los ilotas comían gachas de cebada y lo que los amos desechaban. La diferencia no era solo de poder: era de carne y hueso.

El padre de Aristón hizo un gesto seco con la mano hacia uno de los vigilantes.

—Ese de pelo claro. Sáquenlo del campo ahora. Llévenlo a la casa pequeña junto al río. Que lo bañen y que le den ropa limpia y comida decente. Que no trabaje más hasta que el muchacho regrese del entrenamiento.

El vigilante asintió sin preguntar.

Antes de que se lo llevaran, Kallistrate se acercó con disimulo, fingiendo ajustar una herramienta cerca de su hijo. Sus manos temblaban mientras hundía la azada, removiendo un surco fresco donde el trigo germinaría, si los dioses lo permitían.

—Madre… —murmuró Eutimos, deteniéndose un momento. Su voz era baja, casi ahogada por el viento y el canto de las cigarras—. ¿Qué pasa? ¿Por qué me sacan del campo? No he hecho nada malo.

Kallistrate levantó la vista solo un instante, con sus ojos verdes llenos de una tristeza profunda y resignada. Siguió trabajando, clavando la herramienta con más fuerza de la necesaria.

—Hijo mío… —susurró con la voz quebrada—. Los dioses han decidido. Apolo te ha marcado con esa luz que llevas en el pelo y en la cara. Y ahora los lobos te han olido.

Eutimos frunció el ceño.

—¿Los dioses? Solo soy un ilota, como todos… ¿Por qué yo?

Ella habló más bajo aún, casi pegada a él.

—Porque eres hermoso, Eutimos. Demasiado. Y en este mundo nuestro, la belleza es una maldición. Recuerda lo que les pasó a los que se alzaron hace años, cuando la tierra tembló y creyeron que era su momento. Cientos, miles, fueron degollados en una sola noche. La krypteia los cazó como liebres en la oscuridad. Los que sobrevivieron fueron marcados, mutilados, exhibidos. Y eso fue solo porque quisieron ser libres. Tú ni siquiera has soñado con eso… y aun así te llevan.

Eutimos palideció.

—¿Y qué puedo hacer? ¿Huir? ¿Luchar?

Kallistrate negó con la cabeza lentamente.

—No, hijo. Huir es la muerte. Luchar es una muerte peor. Míralos —señaló con la barbilla hacia los espartanos que se alejaban—. ¿Ves cómo caminan? Más altos, más anchos, con los músculos hinchados como si fueran de bronce. Ellos comen carne todos los días, beben vino puro, comen queso, aceitunas e higos maduros. Nosotros… las sobras. La cebada rancia, las lentejas agrias, lo que ellos escupen. Por eso son más fuertes. Por eso nos dominan sin esfuerzo. Un espartano de tu edad ya podría romperte el cuello con una mano. Y lo sabes.

El viento levantó un remolino de polvo que les azotó el rostro.

—Tengo otros hijos —continuó ella, casi para sí misma—. Algunos aún pequeños. Por ellos también tengo que callar. Si me rebelo, si grito… no solo te perderé a ti. Los perderé a todos, y también a tu padre.

Eutimos sintió que algo se le rompía por dentro.

—¿Entonces qué? ¿Solo… esperar?

Kallistrate lo miró por última vez con una sonrisa rota.

—Ofrece una plegaria a Hestia esta noche, si te dejan encender fuego. Pide que tu espíritu no se quiebre. Yo rezaré por ti a los Dióscuros, aunque sé que escuchan más a los guerreros que a nosotros. Y sobrevive, hijo mío. Sobrevive. Eso es lo único que nos queda.

El vigilante gritó desde la distancia:

—¡Muévete, chico! ¡No hay tiempo para charlas!

Eutimos miró a su madre una última vez, con los ojos vidriosos. Ella le dedicó esa expresión de dolor y volvió al trabajo. El viento se llevó sus palabras finales:

—Que los dioses te guarden, mi hermoso. Sobrevive.

Mientras lo arrastraban hacia el sendero polvoriento, Eutimos sintió el peso del sol sobre sus hombros, el polvo en la garganta y el eco de la resignación de Kallistrate en el pecho. La tierra para el trigo quedaría lista, pero su propio destino ya estaba sembrado.

Aristón, por su parte, ya caminaba de nuevo junto a su padre, con la sonrisa torcida todavía en los labios.

—Va a ser muy divertido —repitió en voz baja—. Ver cuánto tarda en aprender su lugar.

El padre volvió a palmotearle el hombro, radiante.

—Así se habla, hijo. Así se habla.



#Quité la edad porque sería problemático, este capítulo ya revisé de nuevo, dentro de lo posible traté de mantener la precisión histórica; aunque los personajes sean ficticios, el contexto en que ocurren, si tiene base real.

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Diálogos potentes

2

Diálogos potentes

author

La idea general del capítulo es atrayendo.
Me han gustado mucho los diálogos
Pero tengo un pequeño conflicto con el detalle de; se narra una cosa que después se repite en un diálogo.
no veo necesario el repetir información.
aún que y por citar un ejemplo: saber que su alimentación es radicalmente diferente y eso marca una brutal disparidad física, fue mucho mejor con el diálogo de la madre, desesperada porque su hijo no intenten algo que lo llevará a la muerte.

4 meses
author

Aún debo afinarlo, pero no me he atrevido a mirarlo más, es una historia muy violenta y traté de mantener la veracidad histórica.

4 meses

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