Capítulo 1
«Y vivieron felices para siempre...». Era una frase que solía leer muy a menudo. Siempre pensé que tendría mi propio final feliz, pero, lamentablemente, el destino tiene una forma cruel de reírse de nosotros.
Haciendo un balance del pasado, ya han transcurrido cinco años desde que me gradué de la ANHS como miembro de la Clase A. Todo cambió después de que las cosas se descontrolaran aquella vez... y esas personas se lo llevaran a él. Desde entonces, nunca más lo volví a ver.
En fin, ya basta de hundirme en esos pensamientos.
Actualmente trabajo en una empresa de gran renombre. Me va bien, tengo un buen salario y mi esfuerzo es reconocido. Pero hoy, precisamente hoy sábado, me tocaba trabajar. Mi hermano, como miembro influyente en el mundo de la política, había sido invitado a una cena de recaudación de fondos, y en ese momento me encontraba hablando por teléfono con él.
—¿No puedes simplemente faltar hoy? —me preguntó.
—¿Eh? No, es que... ¡pum! —Un golpe seco resonó a través de la línea. Sin querer, me había estrellado el dedo meñique del pie contra la esquina del tocador.
—¿Qué fue eso? ¿Estás bien? —Su voz denotó una ligera preocupación.
—Sí, estoy bien... No pasó nada —disimulé con esfuerzo. Sostenía el teléfono entre el hombro y la oreja mientras me sujetaba el pie con ambas manos, conteniendo el dolor.
—De acuerdo. Pero si decides venir, tienes tiempo hasta las diez de la noche.
—Está bien,Nii-san. Si logro salir temprano, te avisaré.
En ese instante, mi teléfono vibró, indicando una llamada en espera.
—Nii-san... Lo siento, tengo otra llamada en la línea y debo contestar.
—Entendido —respondió antes de colgar.
Rápidamente acepté la llamada entrante y una voz histérica me taladró el oído:
—¡¡Horikita-san!! Recuerda que hoy es la reunión.
—Sí, ya lo sé. Estoy terminando de vestirme...
—¡Date prisa!
—Sí, ya voy —respondí, colgando de inmediato.
Tomé un taxi lo antes posible. Tras pagarle al conductor, revisé mi reloj; a pesar del contratiempo con el tocador mientras buscaba mi ropa, todavía estaba a tiempo. El vehículo apenas encontró tráfico, lo que me permitió llegar temprano.
El enorme edificio corporativo se alzaba ante mí. Con paso apresurado, me dispuse a entrar, pero de repente una mujer de cabello rojizo y expresión desesperada se abalanzó sobre mí.
—¡Horikita-saaan!
—¡Mito! Ah... Suelta, suéltame... —Casi parecía que intentaba asfixiarme con su abrazo.
—¿Por qué tardaste tanto? El jefe está a punto de llegar.
—...Ngh... Lo sé, lo siento. Tuve un pequeño percance, pero ya estoy aquí.
—¡Vamos, ven! —Mito dejó de estrujarme y me arrastró a toda prisa hacia el ascensor.
Nuestra oficina quedaba en el tercer piso. Mientras subíamos, Mito me susurró en voz baja, sacándome del trance en el que me había quedado al mirar fijamente el paisaje a través de la pared de cristal del elevador:
—¿Trajiste los documentos?
—¿Eh? Sí, claro. —Se los entregué de inmediato.
—Gracias... Pero, ¿te sientes bien?
—¿Por qué lo preguntas?
—Es que te noto algo distraída.
—Ah, no, para nada —le dediqué una suave sonrisa para calmar su preocupación.
Mito era mi compañera de proyecto y la persona que me había llamado histérica hace un momento. Antes de ingresar formalmente a la compañía, los grupos ya se habían formado y ella fue la única que aceptó trabajar conmigo. Al igual que yo, era una recién llegada y no conocía a nadie. Congeniamos muy bien a medida que compartíamos responsabilidades, lo que evitaba que el ambiente laboral se sintiera tan pesado.
Al llegar al tercer piso, nos apresuramos hacia la sala de conferencias. Organizamos el material y tomamos nuestras posiciones, una al lado de la otra. Las puertas se abrieron y nuestro jefe entró en la sala.
—¡Buenos días! —saludó.
—¡Buenos días! —respondimos al unísono con una reverencia.
El jefe comenzó a interrogarnos sobre los preparativos y les entregamos las copias del proyecto a los directivos de la empresa. Una vez que todos tomaron sus asientos, la reunión dio inicio.
El día se fue volando debido a la excesiva carga de trabajo. Durante el almuerzo, comimos algo rápido y reanudamos nuestras labores de inmediato. Perdí la noción del tiempo por completo; cuando revisé mi teléfono, ya pasaban de las diez de la noche. Resignada, le envié un mensaje a mi hermano avisándole que no podría asistir a la cena.
Para ese momento, la oficina estaba prácticamente desierta. La última en marcharse fue Mito.
—¿De verdad te vas a quedar? Mañana no tenemos que trabajar —me dijo, visiblemente preocupada.
—Sí, no te preocupes, Mito. Terminaré esto y me iré a casa.
—De acuerdo, pero promete que no saldrás tan tarde.
Asentí, devolviéndole la sonrisa. Ella se despidió y me quedé sola.
Me froté los ojos, decidida a terminar el papeleo lo antes posible. Tras un par de horas más, el cansancio acumulado empezó a nublarme la vista. En cuanto guardé el último documento, un bostezo involuntario se me escapó. Pensé en recostarme sobre el escritorio solo un momento para descansar... pero el sueño me venció por completo.
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