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Los Rojos.

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Sinopsis

EN UNA CUBA DÓNDE LA FE SE RINDE AL ESTADO, LA LEALTAD SE PAGA CON SANGRE. ​La Habana, 2048. Tras décadas de aislamiento y devoción teocrática, la República Castro-Mesiánica se sostiene sobre cemento frío, propaganda e imposición. Para Mario Vialmejo, hijo de un recién ascendido General, el ingreso al exclusivo Colegio Los Rojos representa el pináculo del estatus y la única vía para escapar del brutal servicio militar en el frente. ​Sin embargo, tras los muros de mármol negro de la élite y la fachada de una familia perfecta, las grietas del régimen comienzan a mostrarse. Una herencia silenciada, el peso de un secreto familiar sofocante y una carta prohibida pondrán a prueba todo lo que a Mario le enseñaron a obedecer. ​En un sistema donde el amor es traición y la duda se castiga con la muerte, pertenecer a la élite puede ser la condena más peligrosa de todas. ​«¿Hasta dónde llegarás para proteger un imperio construido sobre cenizas?»

Genero:
Scifi
Autor/a:
L.Varsant
Estado:
hace 6 días
Capítulos:
8
Rating
5.0 (1 reseña)
Clasificación por edades:
18+

Capítulo 1

Capítulo 1

​Los primeros disparos de artillería indicaban la llegada del año nuevo; el 2048 ya entraba por nuestra puerta. Todos estábamos postrados delante de las figuras de nuestros mesías, Los Castro. Cada año nuevo se celebraba con el himno puesto desde la televisión o la radio: un rezo de diez minutos agradeciendo cada logro obtenido por este gobierno. Luego podíamos pasar a la cena en el momento en que transmitían una canción dedicada a nuestros fundadores y a nuestro sumo sacerdote y regente del país.

​Este año la cena sería de mejor calidad: mi padre había sido ascendido a General y, por tanto, nuestras cuotas habían aumentado. Ya nos habían cambiado la libreta de abastecimiento que regulaba la comida mensual que llegaba a cada casa. Por suerte, junto al ascenso llegó un buen trozo de carne de cerdo, arroz, frijoles y una buena dosis de ensalada. Mi madre ya había servido la mesa y nos sentamos los cuatro: mi padre, mi madre, mi hermana y yo. Agradecimos por los alimentos y comenzamos a devorarlos con ansias.

​—Hijo, muchas felicidades por tu aceptación en la academia de Los Rojos —dijo mi padre con esa voz ronca que tanto lo caracterizaba.

​—Gracias, padre.

​—Qué bien, hermano, irás a la mejor academia del país.

​—Gracias, hermana. Igual te felicito, tu boda con el hijo del comandante González ya está cerca.

​—Sí, estoy muy emocionada —dijo ella, pero sin mucho entusiasmo.

​—Hijo mío, muchas felicidades —dijo mi madre con temor.

​—¿Quién cojones te dio permiso para hablar en la mesa, mujer?

​Mi padre se levantó de su silla y tiró el plato de mi madre de la mesa con fuerza; en cuestión de segundos, toda la fuerza de su brazo impactó en la cara de la pobre mujer, que cayó al suelo junto a la silla.

​—Te he dicho miles de veces que no tienes derecho a hablar en esta casa sin mi consentimiento, estorbo de pinga.

​—Padre... —dije en un intento de calmarlo.

​—No te metas en esto, Mario.

​Mi padre me miró con furia, como quien no tolera que lo desafíen. Mi madre yacía en el suelo con lágrimas saliendo de sus ojos. Me sentía impotente a pesar de haber sido criado bajo la premisa de que ella era solo una simple mujer de granja y no debía tenerle cariño, pues su único objetivo era traernos al mundo. Pero, aun así, sentía aprecio por ella; me era difícil presenciar los maltratos y torturas a los que había sido sometida durante estos veinte años.

​—Vieja estúpida, jodiste la comida —exclamó mi hermana.

​—Tranquila, Meira. Esta estúpida no joderá más a esta familia. Ya Mario cumplió los veinte años, por lo tanto puede ser devuelta a la granja; tal vez otra familia necesite de sus servicios.

​—Me parece una excelente noticia, padre. Yo me casaré con el hijo del comandante González, mi hermano irá a la academia de Los Rojos y tú ya eres General. No creo que debamos estar asociados a una mujer de granja; tal vez necesitemos una madre con la jerarquía y el estatus social que merecemos.

​—Mañana llamaré al capitán Bores para que venga a recogerla. Y por favor, retira a esta estúpida de mi presencia.

​Mi madre se levantó del suelo y se perdió en la cocina. Hacía solo unos días, luego del ascenso de mi padre, nos habíamos mudado a aquella casa. Era inmensa comparada con la anterior, además de estar en una posición estratégica frente al Malecón habanero, muy cerca de lo que antes era el hospital Hermanos Ameijeiras, ahora convertido en el Centro Nacional de Documentación de la República Teocrática-Comunista Castro Mesiánica de Cuba.

​Contábamos con una sala inmensa que terminaba en un amplio balcón con vista al mar, cuatro habitaciones —una de ellas en un ático donde dormía mi madre—, tres baños en las habitaciones principales y una cocina-comedor de gran amplitud. Era un edificio de reciente construcción en una de esas zonas donde antes había ruinas en la Antigua Habana. Por regla del gobierno estaban prohibidos los colores en las edificaciones; por tanto, todo era del color del cemento, oscuro y sin vida. Casi vivíamos en blanco y negro.

​Luego de aquel suceso se me había quitado el apetito. Mi padre y mi hermana volvieron a comer, algo comprensible: no comíamos cerdo desde hacía más de diez años, cuando el gobierno repartió una pequeña porción por cada casa con motivo del 110.º aniversario del nacimiento de uno de nuestros mesías.

​—¿Puedo retirarme, padre?

​—No, Mario. Terminaremos de comer como una familia. No dejaré que ese animal de granja nos joda la cena.

​A pesar de tener el estómago cerrado, me forcé a ingerir dos o tres porciones de carne que mi cuerpo no recibía de la mejor manera. Siempre me molestaba el sometimiento de mi padre hacia mi madre. En nuestro gobierno, quien más poder tenía era quien se imponía dentro del hogar; la jerarquía se aplicaba desde una escuela hasta la convivencia diaria.

​Mi madre, al ser una mujer de granja, no era nadie: era un trozo de carne utilizado para engendrar niños debido a la baja natalidad del país. Si a los treinta años no estabas casado y con al menos un descendiente, estabas condenado a ir a estas granjas. Allí las mujeres eran violadas hasta quedar embarazadas, y a los hombres los forzaban a violarlas o les extraían el semen de maneras bastante turbias. Mi madre corrió con algo de suerte: a los oficiales de bajo rango que aún no se habían casado les entregaban a una de estas mujeres, la llevaban a casa y debían criar a los hijos hasta los veinte años. Era como un contrato.

​Aunque no debía pensar así, esas granjas eran un infierno. A ellas llevaban también a homosexuales, contrarrevolucionarios, personas opuestas al gobierno, intentos de salida del país, practicantes de religiones distintas a la Castro-Mesiánica y a todo el que el Estado decidiera que no era digno.

​Mi padre me llevó una vez a uno de esos albergues. El mal olor lo inundaba todo desde la entrada. Me llevó precisamente para presenciar el ahorcamiento de dos hombres con prácticas “contranatura”: dos maricones asquerosos, como decía él. Los atraparon intentando huir del país en una lancha improvisada y serían desvividos ese día. Ver aquello debía ayudarme a forjar mi carácter como hombre. Tenía unos quince años y se me prohibió mirar hacia otro lado mientras se retorcían en la horca, luego de jurarse amor eterno y bajo el grito de “¡muerte a los maricones!” proveniente de todos los oficiales presentes.

​La caída del tenedor en el plato de mi padre me sacó de mis pensamientos.

​—¿No comerás más, Mario?

​—No, padre. Estoy ansioso; mañana es mi primer día en la academia y me gustaría preparar mis cosas y planchar mi uniforme.

​—Para eso está tu madre. Le diré a esa estúpida que vaya a tu cuarto a prepararte todo.

​—Está bien, gracias, padre. ¿Puedo retirarme?

​—Sí, hijo, adelante.

​Me levanté de la mesa y me dirigí a mi cuarto. Una foto de Los Castro era el único adorno permitido en casas y habitaciones; ambos hombres me miraban con su sonrisa desde aquel colorido cuadro que hacía contraste con el cemento vivo a mi alrededor. Una cama pequeña, un clóset pequeño con espejo en la puerta y una mesa con un radio que transmitía oraciones y contenido político las veinticuatro horas del día era todo lo que tenía. Había otra emisora que transmitía música religiosa y política adorando a los mesías y al sacerdote-regente.

​Me moví por la habitación hasta la cama, donde estaba la carta de aceptación del Colegio Los Rojos. Un oficial había venido hoy a mi puerta a entregármela. Me había preparado la vida entera para esto, aunque siendo sincero, sin el ascenso de mi padre jamás hubiese podido entrar debido a mi estatus social. Tomé el sobre amarillento con la insignia del colegio —una hoz y un martillo rodeados por el rostro de ambos mesías—, extraje nuevamente la carta y volví a leerla:

​Camarada Mario Vialmejo:

​Usted ha sido aceptado en el colegio de élite Los Rojos debido a su desempeño. Esperamos con ansias que se una y sea uno de nuestros cadetes para prepararse a pertenecer a la élite de nuestra República y resguardar todos los logros obtenidos eternamente. Que la bendición de nuestros mesías esté con usted. Sin más, lo esperamos el primero de enero del año 2048.

​P. D.: Nuestro oficial hará entrega de su uniforme. Sus materiales de estudio serán entregados en el propio colegio. Debe presentarse a las 7:00 a. m. en la entrada, acompañado por el padre de mayor estatus.

​Dirección del Colegio Los Rojos.

​Envolví nuevamente la carta y la guardé en el sobre con gran regocijo. Entrar a la academia más importante del país me libraría del servicio militar obligatorio de tres años luchando contra la resistencia, de donde tal vez nunca regresaría.

​A un lado del sobre había una caja cuadrada y de poca profundidad. La abrí: dentro estaba el uniforme verde oscuro. Saqué la pieza superior, un camisón grueso casi como una chaqueta que se abotonaba por delante, con cuatro bolsillos. En la manga izquierda llevaba el logo del colegio con el nombre Los Rojos en grandes letras rojas; en ambos hombros, una charretera con una raya dorada gruesa bordada que me identificaba como estudiante de primer año. La prenda inferior era un pantalón de tela igual de gruesa, también con cuatro bolsillos y un cierre elástico que llegaba hasta debajo de la rodilla, rematando en unas botas negras altas. Debajo de todo, una camiseta blanca.

​Abrí el conjunto y lo dispuse encima de la cama hasta que unos pasos y un toque en la puerta me pusieron en alerta. Al girar, mi madre estaba en la entrada. Miré su cara hinchada de llorar y el moretón en su ojo.

​—Hola, Mario. ¿Puedo entrar? Sé que necesitas que te planche el uniforme.

​—Sí, madre, adelante.

​Mi madre entró con paso tranquilo; yo era el único que no la maltrataba en la casa.

​—¿Estás bien?

​—Sí, no te preocupes, ya estoy acostumbrada. Por cierto, felicidades, hijo. Sé que serás alguien grande en ese colegio. Estoy orgullosa, aunque no tenga derecho a estarlo por ser solo una mujer de granja.

​—Gracias, madre. Siento mucho que tengas que irte mañana.

​—No pasa nada, ya cumplí mi objetivo aquí.

​—¿Puedo confiarte algo?

​—Sí, claro.

​—Ten esta carta. No le digas a tu padre; léela mañana cuando estés en el colegio y luego deséchala.

​Tomé la carta un poco confundido. Mi madre me miró con una sonrisa y cara de súplica para que la guardara. Me giré rápidamente y la puse en el fondo de la mochila verde a un lado de la cama, sin hacer más preguntas pero lleno de dudas.

​—¿Quieres que te busque algo de comer? Mi padre debe estar dormido.

​—No te busques problemas; que deje de comer hoy no hará la diferencia. Entrégame el uniforme, yo me encargaré de dejarlo todo listo.

​—Gracias, madre.

​—¿Le das las gracias a esta mujer, hermano? Si padre se entera te castigará; pensará que te estás volviendo flojo.

​Mi hermana acababa de irrumpir en mi habitación.

​—No hables mierda, Meira, y sal de mi habitación.

​—Como quieras, hermanito. Solo venía a decirte que mi futuro esposo iniciará mañana en el colegio al igual que tú. Tal vez te convendría andar con él para ganar estatus; me han dicho que no es fácil estar dentro. Y por supuesto, espero que no estés dándole las gracias a la servidumbre cada cinco minutos o nos dejarás mal parados como familia.

​—Gracias por la ayuda, pero yo sé cuidarme solo.

​—Como quieras. Retírate de una vez, mujer.

​Mi madre salió disparada del cuarto y mi hermana detrás. Una vez solo, cerré la puerta y me acerqué a la ventana. Desde ahí se veía el resto de la ciudad: una Habana oscura donde la noche se volvía más densa a la distancia. En esos contornos nunca había electricidad; el gobierno solo daba cuatro horas a la semana, pues la resistencia destruía la infraestructura eléctrica y miles de sanciones internacionales impedían la llegada de generadores nuevos. Tal vez sin corriente, pero nunca abandonados, a cada casa le entregaban un radio con panel solar para mantenerse informados de lo que el gobierno hacía diariamente.

​Por suerte para mi familia, gracias a nuestro nuevo estatus y zona de residencia, teníamos electricidad veinte horas al día. Quienes resguardaban los logros de la revolución Castro-Mesiánica debían tener mejores condiciones.

​El sueño me venció y me acosté. Me quedé en ropa interior debido al calor y, como cada noche, mi miembro comenzó a erguirse. A mis veinte años jamás había tenido una relación sexual; estaba prohibido. Tal vez los hombres lograban dar una escapada y pasaba desapercibido, pero yo jamás había tenido contacto con nadie e imaginaba que mi cuerpo lo pedía a gritos. La masturbación también estaba prohibida, pero en la soledad de mi cuarto era la única manera de liberar tanta tensión. Mi padre me había criado bajo una enseñanza militar: desde pequeño era experto en tiro y artes marciales, y no tenía miedo de matar si era necesario en nombre de la revolución.

​Sin embargo, esa noche estaba más ardiente de lo normal. Me tapé y por debajo de la sábana tomé mi miembro y lo froté con furia dentro de mi mano. Intenté imaginar a una hermosa mujer encima de mí, sus senos, su vulva; pero de vez en cuando se me cruzaba la imagen de uno de aquellos hombres ahorcados. Algo en él me llamó la atención: no sé si su atractivo o su corpulencia. Saqué esa imagen de mi mente, pero en segundos sentí el cosquilleo que me embriagó y me llené la mano de semen. Me invadió una sensación de asco, reproche y culpa por haber hecho aquello, sobre todo por la imagen que cruzó por mi mente.

​Me levanté para limpiarme y rezar por el perdón de nuestros mesías, hasta que un gemido de dolor me interrumpió. Me acerqué a la puerta y la abrí con cuidado: vi a mi padre tener a mi madre sometida contra la pared a la entrada de su cuarto. Amarrada de manos, la azotaba desnuda con un látigo, para luego desgarrarle la ropa y empujarla con agresividad hacia dentro. Sentí el golpe seco de su cuerpo al caer al suelo y luego el forcejeo, imaginando lo que estaba sucediendo. Decidí cerrar los ojos y entrar a mi cuarto devastado; lo mejor era dormir y olvidarlo, al final ella sería trasladada a la granja por la mañana.

​Después de dar mil vueltas en la cama, me quedé dormido hasta que el sonido del himno de la República me sobresaltó. Ese era nuestro despertador diario: cada casa tenía una bocina integrada donde daban el “de pie” a las 4:00 a. m. El gobierno planteaba que madrugando seríamos más productivos; solo los domingos nos permitían despertar a las 7:30 a. m.

​Me levanté, fui al baño, me duché y me lavé la boca. Al salir, vi que mi madre había dejado el uniforme colgado en la puerta del clóset. Me vestí y me observé orgulloso frente al espejo: aquel uniforme parecía hecho para mí. Me peiné y volví a mirarme. Medía 1,85 m, de complexión fuerte y piel mestiza. Tenía ojos verdes gracias a la biología de mi madre, los cuales combinaban con la piel oscura herencia de mi padre.

​Por suerte, en este gobierno no existía el racismo tradicional. Creían en la superioridad genética de la raza negra, aunque no permitían más de un diez por ciento de población de raza pura; preferían el mestizaje forzado en aras de crear una estirpe de ciudadanos genéticamente superior.

​Fuera sentí un barullo, pero no le hice caso: asumí que sería mi padre reprendiendo a mi madre. Eran las 5:00 a. m., hora de rezar. Aproveché el cuadro del cuarto e hice los diez minutos reglamentarios: pedí por la eternidad de la revolución y por la salud y fuerza de nuestro regente. Listo, tomé la mochila y salí. El auto de mi padre debía recogernos a las 6:00 a. m. En la sala me encontré a mi hermana con cara de horror.

—¿Qué sucede?

​—Esa hija de puta... Mira lo que hizo —dijo señalando a la sala.

​La escena me llenó de horror: mi madre yacía inerte, colgada con una sábana de una de las vigas del techo. Intenté apartar la mirada, pero no podía. Aquello era un acto atroz, estaba prohibido y era una deshonra. Mi padre chillaba del enojo. El cuerpo inerte se mecía de un lado a otro mientras los tres mirábamos horrorizados; aún se notaba la espuma en su boca y aquel color azulado tan tenebroso que contrastaba con la palidez de las paredes del hogar.

​Mi padre rompió el silencio y la falta de acción mía y de mi hermana.

​—Nadie dirá una palabra de esto o estamos perdidos. Que nuestros mesías nos perdonen y lleven su alma al abismo.

​—Que nuestros mesías nos perdonen —dijimos al unísono mi hermana y yo.

​—Debemos hacer algo, padre, antes de que vengan a buscarla.

​—Maldita hija de puta... ¡Maldita hija de puta! Estoy seguro de que lo hizo para dejarnos en mala posición.

​Aparté la mirada del cuerpo; me dolía verla. Pero no pensó ni un segundo en nosotros cuando hizo algo así. Busqué una solución en mi mente mientras mi padre y mi hermana estaban frenéticos.

​—Padre, por la edad de mi ma... digo, de esa mujer, sería ya desechada. No creo que nadie investigue el hecho de que la mates por no cumplir su función en casa.

​—¿De qué hablas, Mario?

​—De que hagas parecer como que la mataste por no ser digna de vivir bajo nuestro techo. Eres el director en jefe de las granjas, no te será difícil pasar desapercibido.

​—Puedes tener un punto, hijo. Me parece que es la mejor idea que podemos llevar a cabo ahora mismo. La bajaré, la golpearé y todos diremos que fui yo, que no cumplió una orden y la ahorqué. Es una mujer de granja, nadie hará autopsia ni se preocupará.

​Nunca me imaginé diciendo aquellas cosas de la persona que me trajo al mundo, pero nuestras vidas y la familia tenían prioridad. ¿Por qué tuvo que hacer algo así? Ya era tarde; debíamos actuar si no perderíamos todos nuestros privilegios, y no estaba dispuesto a regresar a la churre de donde habíamos salido.

​Mi padre acercó una silla y se subió. Al ser el más alto, le fue más fácil cortar la sábana para dejar caer el cuerpo, el cual tomamos mi hermana y yo abajo. Su frialdad al tacto me erizó. Cometí el error de mirar su cara de cerca y una mezcla de dolor y asco me invadió; aparté la mirada.

​La dejamos caer en el suelo. Mi padre se subió sobre ella y la golpeó con todas sus fuerzas (era aún más fornido que yo y de casi dos metros) y luego apretó sus manos alrededor de su cuello con toda su furia acumulada. Juraría haber sentido traquetear alguna vértebra.

​Aquel acto era necesario: si esto se sabía, adiós boda de mi hermana y mi entrada al colegio, seríamos unos parias. El suicidio era la peor deshonra dentro de una familia, y más en una regida por un general en ascenso; daría a entender falta de control y autoridad y, por tanto, deshonra.

​—Ahora llamaré al capitán y diré lo sucedido. Hija, te encargarás de recibirlo y que se lleven el cuerpo. Actúa normal, yo debo ir con tu hermano a su primer día. Nadie debe saber lo sucedido, nuestras vidas dependen de ello.

​—Sí, padre.

​—Está bien, padre, así será.

​—Meira, actúa con prudencia y fíjate en lo que hablas. Un error puede costarnos todo lo que hemos logrado con tanto esfuerzo. Si esto se sabe, podemos terminar en una granja. No puedo quedarme pues levantaremos sospechas.

​Una vez dejamos el cuerpo tapado y magullado en el piso, mi padre ordenó quince minutos de rezos a nuestros mesías, pidiéndoles fuerzas para nuestra familia y justificando lo sucedido. Estoy seguro de que ellos estarían conformes con nuestro actuar. Hubiésemos querido ir a la iglesia castro-mesiánica del edificio, pero el tiempo no nos lo permitió.

​ Recogí mi mochila y bajé las escaleras. Una lágrima corrió por mi mejilla aunque no debía: no podía sentir nada por esa mujer, debía odiarla, pero solo sentí lástima. Al salir a la calle, el olor a mar me inundó mientras la policía mesiánica recogía dos cadáveres en la acera del Malecón; en estas fechas siempre pasaba lo mismo debido a los intentos de salida del país.

​El auto de mi padre frenó delante de mí: era un Mercedes negro, el único color permitido. Mi padre bajó unos segundos después con cara de preocupación.

​—Espero que tu hermana sepa hacer las cosas bien.

​Ambos nos montamos en la parte trasera mientras mi padre ordenaba al chofer ponernos en marcha. Me perdí en mis pensamientos mientras el auto cruzaba El Vedado. La heladería Coppelia pasó ante mí —recién reparada solo para personas con el estatus suficiente para entrar— y, al otro lado de la calle, la Torre K, uno de los pocos hoteles sobrevivientes de antes de la revolución teocrática: una mole inmensa que le aportaba un poco de diversidad a la monocromática ciudad.

​Anduvimos por casi una hora hasta entrar en la Quinta Avenida. Estábamos en el municipio Playa, la primera vez que andaba por estos lares. Era la zona de más alto estatus en la ciudad y no era permitido pasar sin autorización. El cambio en el ambiente era abismal: mansiones, calles bien estructuradas, nada que ver con los baches inmensos del resto de la ciudad. Colores por doquier, vegetación... parecía otro mundo. Jamás me imaginé que existiera un lugar así debido a las sanciones. Saqué esas ideas contrarrevolucionarias de mi mente y me enfoqué en el recorrido; pero el paisaje se me hacía cada vez más hermoso: hoteles de lujo, centros comerciales... No tenía sentido tanta opulencia. ¿No era esto lo contrario a lo que nos enseñaban? Volví a desechar esos pensamientos y me centré en mi meta de lograr vivir en esta zona algún día.

​De pronto, el auto giró a la derecha y se detuvo ante una inmensa reja negra de tres metros de alto antes de entrar a la rotonda de Quinta Avenida. Enseguida, dos agentes de la policía castro-mesiánica nos pidieron identificación desde una garita. Mi padre enseñó su carnet y yo mostré la carta de aceptación; nos permitieron el paso de inmediato.

​Entramos unos metros hasta que nos indicaron ingresar a un estacionamiento a la derecha. La carretera continuaba internándose en un túnel de frente, mientras un camino empedrado mostraba a varios alumnos caminando junto a sus padres. El auto se detuvo un instante para dejarnos bajar. Nos incorporamos al camino empedrado y comenzamos a caminar sin decir palabra. Aún martillaba en mi mente la imagen de mi madre colgada del techo, la espuma en su boca y el color morado de su piel haciéndome dar escalofríos.

​Habiendo caminado unos cincuenta metros, apareció ante nosotros un inmenso y bello palacio de mármol negro que relucía bajo los rayos del sol. Tenía al menos seis pisos y cinco torres distribuidas en su estructura. De profundidad se extendía tres kilómetros internándose en el mar, y de ancho se abría un kilómetro más o menos. El camino desembocaba en una inmensa plaza rodeada por un jardín sencillo con dos astas de bandera: una con la insignia del colegio y la otra con la bandera del país —líneas blancas y azules con un triángulo rojo que contenía la hoz, el martillo y los rostros de nuestros mesías.

​Una puerta de madera preciosa de cuatro metros de alto daba la bienvenida. Todos los alumnos, la mayoría uniformados, se aglomeraban en la plaza junto a sus padres. Me fui acercando junto a mi padre, quien me miró con rudeza.

​—Espero que pongas en alto el nombre de nuestra familia, Mario.

​—Así será, padre. No lo dececcionaré.

​A partir de este momento comienza una nueva etapa de mi vida. Bienvenido seas, Mario, al colegio Los Rojos, me dije, mientras el barullo de los demás estudiantes se hacía presente.

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