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Sinopsis

"Sonreír duele cuando te pagan por hacerlo. Y a mí me pagan muy bien." A los 19 años, tirado en el piso del departamento de mi vieja en Roca, le pedía a Dios una sola cosa: que el mundo me viera. A los 22, tengo 2.3 millones de seguidores en Instagram, un traje carísimo que no es mío y mi nombre brillando en las luces de Seúl. Cumplí el sueño. O eso les hago creer. Detrás de los flashes de la alfombra roja y de un contrato asfixiante de cinco años que firmé sin leer, la realidad es otra: tengo los pies congelados por la lluvia coreana, una cadena de plata que me lastima el cuello y una sed que no se apaga con nada. Pero lo peor no es el cansancio. Lo peor es la mancha. Una sombra perfecta, seca y firme que apareció a mis pies en la alfombra y ahora se sienta en mi cama a comerse mis bombones y contesta mis mensajes con un extraño símbolo ■. Una sombra que sonríe mi sonrisa sin que le duela, y que se está quedando con mi vida... mejor que yo. ¿Qué atajan primero si me desmayo en la alfombra roja? ¿A mí o al traje? Un thriller psicológico oscuro sobre la disociación, el desarraigo y el precio de cambiar tu identidad por un par de likes. (Conectada al universo de "Paragua Amarillo").

Genero:
Drama,Horror
Autor/a:
RYZ
Estado:
hace 14 horas
Capítulos:
3
Rating
n/a
Clasificación por edades:
16+

Capítulo 1: ALFOMBRA

Sonreír duele cuando te pagan por hacerlo.

No es metáfora. Es literal. Me duelen los cachetes. Me duele la mandíbula de tenerla apretada. Me duele el cuello de no moverlo. Llevo cuatro horas con la misma cara. Cuatro horas.

La alfombra roja está mojada. Llueve en Seúl y nadie la secó. Eso me gusta. Por lo menos la lluvia es de verdad. Todo lo demás es de utilería. La luz, la tela, la gente que grita mi nombre. La lluvia no. La lluvia me entra por el cuello del traje, me baja por la espalda, me moja las medias adentro del zapato caro. Eso es verdad. Eso no me lo prestaron.

Cada flash me deja ciego medio segundo. En ese medio segundo apago la cara. La dejo caer. Se me traba la mandíbula si la dejo apretada mucho tiempo. Me la tengo que acomodar con la lengua por adentro. Cuando era chico y me sacaban la foto del colegio también me dolía, pero me decían que era porque no sabía sonreír. Ahora sé.

Me enseñaron tres meses. Y duele más.

—¡Richard! ¡Acá, Richard! ¡Mirá acá! ¡Richard!

Gritan mi nombre. No me conocen. Gritan el nombre que me pusieron en el contrato. El mío, el de verdad, no lo gritaría nadie. Este sí, porque lo vieron en un póster en la calle. Lo gritan como si fuera un amigo. Si me caigo acá no me atajan. Siguen sacando fotos.

El traje no es mío. Me lo dieron hace dos horas colgado en una percha con mi nombre escrito con marcador negro: “Talle M, Richard”. Me queda bien, me dijeron. Todo me queda bien si sonrío.

La cadenita de plata me la prestaron y me dijeron:

—Quedátela, te queda fachera.

Me queda fachera pero me aprieta atrás y me deja marca roja. Me la toco a cada rato y me arde. El reloj me aprieta más. No es mío tampoco. Me lo pusieron, me ajustaron la correa, me dijeron:

—Cuidalo, vale más que tu depto en Roca.

Tic. Tic. Tic.

Me quedó el ruido adentro aunque me lo saque. Ya lo escucho todo el tiempo.

Tengo 22.

Hace tres años ensayaba esto en el baño de lo de Mati. Baño chico, azulejos rotos, espejo con cinta en una esquina porque se había rajado. Luz que parpadeaba. Ponía el celular arriba del inodoro, ponía una base de YouTube y me miraba. Mati se sentaba en el bidet y me decía:

—Dale, hacé la de Seúl.

Yo ponía cara seria y después sonreía. Mati me decía:

—Estás re duro, boludo, sonreí más natural.

Yo le decía:

—¿Así?

Y él me decía:

—No, así parecés que te duele.

Me dolía ya en ese momento y ni siquiera me pagaban.

Le dije una noche:

—Boludo, cuando esté allá te juro que no me olvido.

Mati se rió. Tenía la remera de Boca toda gastada. Me dijo:

—Sí, ya te vi, te vas a olvidar, te vas a hacer el famoso.

Yo le dije que no. No me olvidé. Pero tampoco me acuerdo bien cómo se sentía no tener miedo. Me acuerdo del olor a shampoo Plusbelle barato de su baño. No me acuerdo cómo se sentía respirar sin contar.

La van que me trajo hasta acá era negra por dentro y por fuera. El chofer no me habló. Yo quería decirle algo para no sentirme solo:

—¿Hace mucho que maneja acá?

No me salió. Miré por la ventana. Seúl pasando rápido. Luces que no entiendo, carteles en coreano, gente con paraguas transparentes. Parecía una película que estoy viendo sin auriculares. Entiendo la mitad.

Antes de abrirme la puerta, el manager me agarró del hombro. No para preguntarme cómo estoy. Para darme la lista. Siempre me da la lista.


—No hables mucho. Sonreí. Decí gracias. No hables de política. No digas que tenés hambre. No digas que tenés sed. No nombres a Mati. No digas que estás cansado. Si te preguntan cómo estás, decí agradecido. ¿Entendiste?

Entendí. Agradecido. Esa es la palabra que tengo que decir si me preguntan cómo estoy aunque me esté muriendo de sed.

Hay una piba adelante con paraguas rojo que está llorando. Llora de verdad, le tiemblan los hombros. Llora porque me ve. A mí. No sé qué hacer con eso. Si fuera Mati le diría: “¿qué te pasa, pelotuda, por qué llorás?” y nos reiríamos. Acá no puedo.

Entonces hago lo que me enseñaron: sonrisa perfecta y beso con la mano. Ella grita más fuerte. Se tapa la boca. A ella también le tiemblan las manos. No sé si a ella también le enseñaron a sonreír.

Me entra agua por el cuello. Fría. Me baja por la columna. Me hace acordar a cuando se cortaba el agua caliente en lo de mi vieja y me bañaba igual, rápido, tiritando, porque tenía audición. Mati me decía:

—Sos un perro, bañate mañana.

Yo me bañaba igual porque quería ir limpio. Ahora estoy limpio, con traje que no es mío, mojado igual que antes, tiritando igual que antes. Antes era porque no había para pagar la luz. Ahora es porque nadie secó la alfombra. Es lo mismo pero ahora me pagan por estar mojado.

Mati me mandó un mensaje hoy. Lo vi cuando el manager me dio el teléfono para la foto de Instagram. Preview nomás: “che, ¿viste que...”. No lo abrí. Si lo abro y me dice “¿cómo estás?” no sé qué contestarle. Si le digo “agradecido” me va a decir “¿qué decís, pelotudo?”. Si le digo “mal” va a pensar que soy un forro desagradecido. Estoy en Seúl, en alfombra roja, con gente gritando mi nombre y no puedo decir que estoy mal. Entonces no lo abro. Lo dejo en visto. Que es peor, pero por lo menos no miento. Ya miento bastante con la cara.

Un asistente me agarrá del codo. No me pregunta si tengo frío. Me mueve como si fuera un perchero con ruedas:

—Acá, Richard. Sonreí acá. Perfecto. Barbilla arriba. Más a la derecha. Ahí. Sostene. Sostene.

Pongo la que les gusta. La perfecta. La que me costó tres meses aprender. La mía era chueca, se me veían mucho las encías, me dijeron que no vendía. Esta es cerrada, dientes justos, ojos achinados pero no tanto. Me dijeron: “así sos fachero pero no amenazante”. La aprendí sin espejo. Puedo agradecer, posar, decir te amo, todo sin desarmarla. Me da miedo lo bien que me sale ahora. Antes me costaba. Ahora sale sola y no la puedo sacar. A veces me olvido cómo era mi sonrisa de antes, la chueca.

—¡Qué fachero estás, Richard! ¡Estás brillando! ¡La cadena te queda increíble!

—Gracias, bro.

Lo digo sin desarmar la sonrisa. Ya me sale solo. Gracias bro. Estoy agradecido. Los amo. Todo con la misma boca. A veces pienso si mi voz real sigue existiendo en algún lado o si ya me quedé con esta voz de alfombra para siempre.

Me mareé. Bajo la mirada. Quiero ver mis zapatos. Son nuevos. Carísimos. No hacen ruido cuando camino. Eso me gusta. De chico en mi casa hacía ruido y me retaban: “¡No arrastres los pies!” Acá si no hacés ruido te quieren más. Entonces camino despacito para no hacer ruido ni siquiera con zapatos que no hacen ruido.

Y ahí la veo.

Entre el agua de lluvia y las luces blancas, a mis pies, en la alfombra roja, hay una mancha negra.

No es mi sombra. Mi sombra está flaca y tiembla. Se nota que tengo frío, que estoy cansado, que no comí hace ocho horas porque me dijeron: “con el traje mejor no comas, se marca”. Mi sombra está doblada, chiquita.

Esta no. Esta está quieta. Firme. Hombros atrás. Cabeza alta. Parada perfecta. Como si alguien hubiera ensayado mejor que yo cómo pararse en una alfombra mojada.

Y no se moja. La lluvia le pasa por al lado. La alfombra está mojada alrededor, pero ella está seca. Yo tengo las medias mojadas. Ella no.

Está sonriendo mejor que yo. Sin que le duela. Sin marca roja de cadena atrás. Sin tic tic de reloj en la cabeza.

Como si alguien más estuviera haciendo mi laburo por mí. Y lo hace mejor. Sin esfuerzo.

Nadie la ve. Todos me sacan fotos a mí. Todos gritan Richard. Nadie mira al piso. Yo la miro a ella porque es la única que está parada conmigo de verdad. No al lado. Conmigo. En mis zapatos, pero mejor.

No estoy triste. Si estuviera triste alguien me preguntaría qué me pasa. Me dirían: “¿estás bien?”. Me abrazarían. Cuando estás triste por lo menos te ven.

Esto es peor. Es como si le hubieran bajado el volumen a todo. Veo los flashes pero los escucho lejos. Escucho que gritan mi nombre pero es como si lo gritaran en otra pieza. Como si yo estuviera arriba mirando a un pibe con mi ropa que sonríe y dice gracias bro. Como si yo estuviera en el baño de lo de Mati mirando una tele donde estoy yo en Seúl y no puedo cambiar de canal ni apagarla.

Tengo 22. Tengo el traje, la cadena que aprieta, el reloj que no es mío, la alfombra mojada, la gente gritando mi nombre. Todo lo que le pedí a Dios a los 19 acostado mirando el techo del depto de mi vieja que se llovía. Le pedía: “por favor, que me vean”. Ahora me ven. Me ven 2.3 millones en una foto. Me gritan. Y no me ven. No sé cómo explicarlo sin sonar un forro desagradecido.

Pienso en la botella de agua que me van a dar adentro. Si me la dan. Si no me la dan me voy a desmayar acá y van a pensar que es por la emotion. Va a ser por la sed y por no comer. Por la cadena. Por el tic tic.

Si me desmayo acá, ¿qué atajan primero? ¿A mí o al traje? ¿La cadena que vale más que mi depto o a mí?

Me da risa. No me puedo reír porque se me desarma la sonrisa perfecta que me costó tres meses.

—¡Richard, última foto y adentro! ¡Vamos, dale!

Me empujan despacito para la foto final. Yo voy. Camino sin hacer ruido. La alfombra mojada me moja los pies por abajo. Eso es real. Eso no me lo prestaron.

La mancha no se queda atrás.

Me sigue. Seca. Perfecta. Sin mojarse. Sin temblar. Como si ya supiera a dónde vamos.

Si me desmayo acá, ¿qué atajan primero?

¿A mí o al traje?

Tengo sed.



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