Un insecto
Insecto díptero de mirada sobresaliente e incómoda, con un cuerpo rechoncho y poco proporcionado; quien, al igual que la abeja, persigue la miel… La mosca, en hipnóticos pasos circulares, con placer y complacencia, busca incansablemente la mierda.
Este texto trata sobre esa mosca humana que, con continua persistencia, se dirige con placer al oro de color café que los demás ignoran.
—Sí, es que Miriamcita está buenísima —dijo nuestro protagonista, un hombre de mirar incómodo, de espalda curvada, cabello escaso, cuyo largo era usado como medio para compensar las zonas vacías en su voluminosa cabeza; de ojos saltones y mirada fija. Agitaba su encogida mano con ánimo dictatorial para darle mayor peso a su afirmación.
Ignoraba la expresión de los presentes, pues el espeso humo blanco de la ardiente habitación escondía cualquier muestra de aprobación o desaprobación de todos los que estaban a su alrededor. Continuó su soliloquio, rompiendo el silencio que se prolongó.
—Ese culo que se manda, ella está muy rica… —Se relamió—. Anda con un tipo bien inflado, de esos que no dejan el gimnasio.
—¿Y a qué se dedica? —preguntó un hombre mayor mientras se secaba el sudor de los ojos con una toalla.
—El tipo es carnicero, tiene su propio negocio.
—No lo he visto —interrumpió otra voz, la de una mujer vieja.
—¿Cuánto ganará? —preguntó la voz de una joven.
—Ese man está picho en plata, está comprando ganado, ya tiene la finca; dentro de poco Miriamcita no vuelve por acá. Ella ya me dijo, el otro día la acompañé a buscar los vestidos de novia. Fuimos a un bar, ella es una persona muy genial. —Esbozó una sonrisa que, para sorpresa de los presentes, iluminó el camino a través de la brumosa niebla…
Cecilio continuó con su monólogo. Recogió su cabello hacia un lado, dejando a la vista las marcadas costillas en su cuerpo delgado. Un pecho plano, falto de vello, con escasas excepciones esparcidas de forma aleatoria.
—Sí, yo estuve con ella, claro, ese plato yo ya lo probé.
De nuevo, el silencio permaneció por largo tiempo.
El hombre mayor aclaró su garganta con un carraspeo. Los cuerpos relajados se dejaron arrullar por el vapor que se pegaba a las baldosas blancas. Cerraron los ojos con cuerpos flácidos y en paz.
La dama mayor, que en un sobresalto retiró la toalla de su cara, dijo con afán:
—¿Sí vieron que Mateo dijo que la dueña está pensando en cerrar el turco?
La dama esperó la réplica a su comentario, que no tardó en llegar.
—¡Qué! —dijo la otra mujer, aquella acompañada por su hija que apenas pasaba la mayoría de edad—. Tenemos que reclamarle, ¿no? Yo solo pago el gimnasio para venir a esto, es lo que me ayuda con la artritis.
—Jum, yo también, esas máquinas ya no son pa’ uno, yo prefiero correr. Aunque ya tengo esta rodilla jodida —dijo el hombre mayor, señalando su rodilla derecha. Hizo una demostración cuando, al moverla, se oyó claramente un clac.
—Pasemos una carta —dijo la madre, sacudiendo a su hija, que se mantenía al margen de la conversación.
—Si quieren.
—¿Qué dicen, ah?
De nuevo, el silencio.
Entonces, la voz chillona interrumpió de nuevo.
—Miriamcita no debería casarse, ese tipo es casi como su primer novio, está muy joven. Eso primero tiene que salir al mundo, comer y que deje que se la coman.
En ese momento, la joven lo interrumpió tajante.
—Es triste.
—Sí, es triste —respondió Cecilio.
—No lo digo por ella —la joven aclaró con palabras suaves, pero audibles.
Cecilio se quedó sin habla. La madre aprovechó el momento.
—Bueno, nosotras ya nos vamos, si veo a Julia le aclaro las cosas, esto no se puede quedar así.
Todos la miraron con una afirmación apenas visible en el denso ambiente. Luego levantaron sus manos con un ademán para despedirse.
—Hasta luego, que les vaya bien —se oyeron los ecos de los presentes en una despedida masiva.
Poco a poco, los presentes se redujeron. A medida que quedaban menos, la voz de Cecilio se hacía más estridente.
—Y entonces yo le dije: «Eso no me corresponde, usted es la encargada de los contratos, María, a mí no me venga a cargar su trabajo». Esa vieja me la tiene montada, pero si viera cómo tiene a esos pobres empleados, haciendo que le lleven el café y le recojan la ropa. La esclavitud se acabó hace rato, pero espéreme y verá que yo eso sí no me lo aguanto. ¿Qué creyó, que por bonita me le voy a aguantar la altanería? Ella está en otra área, pero no por eso es mi jefa.
Don Manuel, el hombre mayor de cabello cano, llevaba la conversación con entusiasmo.
—Claro, hermano, yo con mis empleados siempre fui justo.
—Yo también, cuántos negocios tengo y mire, a mí todos mis empleados me agradecen, yo soy un proveedor, no el mandadero de la señora.
—Pues, hermano, si no le sirve, no se desgaste.
—Don Manuel, usted sabe que no es por el dinero. Eso uno en la casa se aburre.
Don Manuel se levantó para irse.
—Bueno, me despido. Mi mujer ya debe estar pegada del techo. Si no llego en media hora, va a empezar con la cantaleta.
Manuel estiró la mano para despedirse de Cecilio, que alzó su mano de dedos torcidos y le dio un firme apretón a su amigo del cuarto de vapor.
Y así, en la soledad del vapor, Cecilio se vio obligado a callar.
Cuando el calor empezó a disminuir, se levantó, recogió su toalla y el aceite que usaba para exfoliar su piel, que se negaba a adquirir cualquier color o mantener algún atisbo de suavidad.
Al ir al vestidor, se encontró con una variedad de hombres: gordos, flacos, jóvenes, viejos, fuertes, débiles, guapos y feos. Él se miró al espejo para recoger su cabello, que ahora estaba por debajo de sus hombros. Cada vez era más escaso y en su frente se podría escribir el guion completo de una canción. Lo conservaba como un arraigo a una juventud roquera que se negaba a soltar. Después de tomar una rápida ducha y colocar su ropa de calle, se dirigió a hablar con Julia, una mujer cuya cantidad de operaciones le había deformado la cara en una amalgama de plástico sin emociones.
—Julita, mi vida, ¿cómo estás? —le dijo Cecilio mientras le agarraba con una mano la cintura.
Doña Julia le permitió la confidencia.
—¿Qué quiere, Cecilio?
—Doña Juli, ¿qué es eso de que van a quitar el turco?
—Eso sale muy caro y solo entran dos o tres personas. Y no me diga doña, yo soy una señorita.
Le tironeó la mano que se aferraba a su cintura con desagrado.
Cecilio lo ignoró y, con gentileza, la volvió a poner en el mismo lugar.
—Pero, mamacita, ¿cómo me va a decir eso? Todas las veces está tan lleno que hay gente hasta de pie, deberían poner otro. Es más, diga cuánto me da de porcentaje del gimnasio y le pongo otro.
La señora Julia disminuyó su frialdad con una risita coqueta.
—Cómo se le ocurre, Cecilio, ¿y yo qué le digo a mi marido?
—Dígale que se consiguió uno más joven y guapo y que sí le resuelve.
Julia volvió a reír como colegiala.
—No se preocupe, Ceci, eso se resuelve, es que esa vieja Marta no hace sino molestar, le dije eso para que no molestara más. Usted sabe, toca mantener a la gente en cintura, si no, piden de más.
Cecilio tomó la mano de la mujer, en la que ya se veían los signos de la edad.
—Usted lo que es, es una reina —le dijo besando su mano.
—Uy, no, yo reina no soy, eso es para viejas, yo soy una princesa.
Cecilio se corrigió.
—Claro que sí, una princesa.
Hizo una reverencia ante su título de nobleza.
Cecilio continuó su camino hacia la puerta, donde se encontró a la joven Miriam, en un conjunto deportivo rosa que resaltaba todos sus atributos. Se acercó a ella por sorpresa.
La chica brincó de un susto.
—Ceci, ¿qué haces aquí?
—Admirando las flores.
Entre una sutil risa, Miriam le reprochó:
—Usted siempre con sus bobadas, Ceci. En fin, ¿sí me va a acompañar o no a ver los vestidos?
—Pues claro, mami, mire. —Sacó el celular de su bolsillo y le mostró diferentes diseños que había guardado en la galería especialmente para ella.
La chica saltó de alegría.
—Son todos hermosos.
Luego, su atención fue llamada por el rugido de una moto.
—Es mi papito —dijo mientras se acercaba al hombre de gran tamaño que la esperaba cerca de la acera. Al ver a la chica, se levantó la visera y con un gesto le ordenó que se acercara.
—Me voy, Ceci, nos vemos mañana. —Le dio un beso en la mejilla y se alejó de él.
El olor del perfume de vainilla entró por sus fosas nasales. A medida que se alejaba, ese olor se iba con ella.
Cecilio guardó el celular en su bolsillo mientras veía a los monumentos de la belleza alejarse de él en su Ducati.
El olor ya no estaba a su alcance.








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