PRIMER ENCUENTRO.
1 de diciembre de 2022
Narrador omnisciente
Jungkook aborrecía diciembre.
No era únicamente el calor húmedo que persistía en Miami incluso en las noches de invierno, ni las luces navideñas que adornaban la Calle Ocho como un velo de falsas promesas. Era el eco anual de una ausencia que nunca sanaba. Desde los dieciséis años, cuando un accidente en la autopista se llevó a sus padres y lo condenó a años en hogares de acogida, diciembre se había transformado en un mes de supervivencia silenciosa. Miami, con su bullicio eterno y su mezcla de culturas, le ofrecía refugio, pero también le recordaba cada día que seguía solo.
Trabajaba turnos exhaustivos como taxista para costear sus estudios en el community college, dedicaba los domingos a libros y apuntes hasta que los ojos le ardían, y aun así el dinero apenas alcanzaba. Los pasajeros regateaban tarifas, preferían apps modernas o simplemente pasaban de largo. Cada rechazo era una herida más en un alma ya maltrecha.
Aquella noche, en las calles vibrantes de Little Havana —donde el aroma a café cubano, tamales y tacos al pastor se entretejía con la brisa cálida—, el vaho empañaba apenas el parabrisas. Entonces lo vio: un joven de pie en la acera, junto a una taquería con neón rojo parpadeante, maleta pequeña a los pies, alzando la mano con una mezcla de esperanza y recelo.
Jungkook bajó la ventanilla. El aire nocturno, tibio y cargado de salitre lejano, entró como un susurro.
Jimin
El vuelo desde Ciudad de México había sido interminable, turbulento en cuerpo y alma.
Antony había respondido primero con un “mejor no vengas”. Días después, un mensaje escueto: “Ven si quieres. Mi familia está aquí en Miami para las fiestas”.
Y Jimin había venido. Porque aún conservaba la fe ingenua de que la presencia física podía reparar lo que las palabras habían roto. Miami era la ciudad de Antony: playas infinitas, el bullicio de South Beach, el calor que prometía olvido. Jimin deseaba creer que bastaría con llegar, sonreír y abrazar.
En la acera de Little Havana, con la humedad pegándose a la piel y el rumor distante de salsa saliendo de un bar, avistó el taxi. El conductor era joven —tal vez veinticuatro o veinticinco años—, cabello negro desordenado que le rozaba la frente, chaqueta café desgastada, un piercing en la ceja derecha y otro en el labio inferior. Tatuajes discretos asomaban en los nudillos que aferraban el volante con firmeza contenida.
Jimin experimentó un vuelco inesperado en el pecho. No era solo su belleza —que era abrumadora, como un sueño prohibido hecho carne—, sino la forma en que cargaba su cansancio: hombros tensos, mirada profunda y distante, como si el mundo le hubiera exigido demasiado y él aún se negara a rendirse.
—Buenas noches… ¿conoce la forma de llegar a la zona cerca de Brickell, por la Southwest? —preguntó Jimin, con la voz ligeramente temblorosa por los nervios y el calor pegajoso.
El conductor lo observó un instante más prolongado de lo habitual. Sus ojos oscuros capturaron las luces de neón, reflejando una tristeza antigua.
—Sí. Suba, por favor.
El sonido del seguro al desbloquearse resonó como un umbral cruzado.
Jimin se instaló en el asiento trasero, pero sus ojos volvieron inevitablemente al retrovisor. El perfil del taxista era nítido: mandíbula definida, labios plenos entreabiertos mientras conducía con precisión. Olía a café amargo, cuero viejo y una calidez masculina sutil que hizo que Jimin tragara saliva con disimulo. El taxi avanzaba por la Calle Ocho, pasando frente a murales coloridos, ventanillas de restaurantes mexicanos y el eco de risas lejanas.
—¿Tengo algo en el rostro? —inquirió de pronto el conductor, con una media sonrisa que no alcanzó la mirada.
Jimin sintió el rubor ascenderle por el cuello.
—No… disculpe. Estaba distraído.
—¿Ansioso por recibir el año nuevo? —preguntó él, con voz grave y serena, mientras giraba hacia una avenida más ancha. Su acento era suave, con ese matiz tex-mex que hacía que cada palabra sonara cálida.
—Algo por el estilo —respondió Jimin, evasivo. Ansiedad era un eufemismo. Temía el rechazo en carne propia, el silencio de Antony, la confirmación de que el amor se había extinguido.
—¿Y usted? —preguntó a su vez, buscando cambiar el rumbo de sus pensamientos.
El taxista dejó escapar una risa breve, carente de alegría.
—No celebro estas fechas con entusiasmo. Hay demasiados recuerdos que preferiría olvidar.
El silencio se instaló entre ellos, interrumpido solo por el ronroneo del motor y las luces navideñas que danzaban en las ventanillas. Iluminaban fugazmente el piercing en su labio, la línea de su cuello, el modo en que sus dedos tamborileaban el volante con un ritmo inconsciente.
Jimin sintió un calor traidor ascender por su vientre. Era absurdo: viajaba para reconciliarse con su pareja y ya imaginaba el roce de esos tatuajes bajo sus dedos, el sabor salado de esa piel. Pero en esa mirada cansada había una soledad que resonaba con la suya, un vacío que parecía llamarse mutuamente.
—¿Su nombre, joven? —preguntó el taxista, mirándolo nuevamente por el retrovisor con genuina curiosidad.
—Jimin.
Una pausa. El taxi pasó frente a un puesto de tamales navideños, el aroma dulce invadiendo el interior.
—Jungkook.
El nombre quedó suspendido en el aire, denso y suave a un tiempo.
Mientras el vehículo avanzaba por las arterias luminosas de Miami —con el horizonte de Brickell alzándose a lo lejos y el rumor del océano invisible en la brisa—, ninguno sospechaba que aquel trayecto breve estaba a punto de desviarse hacia un sendero mucho más profundo, más riesgoso y absolutamente inevitable.