Capítulo 1: Encerrada
—¡Ay, mi alma!
No, no soy la llorona. Mi nombre es Constantina Valdivieso y tengo 25 años. Estoy un poco cansada por un pequeño-gran asunto en mi trabajo, una tienda de ropa premium.
En momentos como este, replanteo si es una buena decisión el ser una trabajadora responsable o, si es mejor ser una desobligada.
No es del todo mi culpa, pues mi familia me enseñó que el trabajo debe hacerse bien. Mis amigos, los tres inseparables de la infancia, también me recriminan el ser tan “perfecta”. Para mí, la perfección no existe, jamás en la vida existirá, aunque me esfuerce en tener todo bajo control. No soy perfecta, ni intento serlo, pero necesito tener todo a raya. Nada puede salirse de control, no mientras yo esté a cargo.
Puede que estas reflexiones sean patrocinadas por no dormir en más de 24 horas.
Y todos se estarán preguntando, ¿por qué nos interesaría este hecho? ¡Ja! Ya quisiera ver a alguien en esta situación, y más si su jefe (quien confía en ti hasta su alma), tiene esperanzas que el pedido de camisetas de lino fino llegue a tiempo. Pero lo único que logré fue un enojo monumental con los de la aduana. ¡Mi jefe me va a matar!
Al principio del retraso, verifiqué en la página web de importaciones sobre el estado de la mercancía y me encontré con que llegaba en cinco horas. Eso fue a las 9 de la mañana del martes. El día miércoles, me alteré al verificar el sitio web y ver la palabra retraso por omisión de impuestos. ¿¡Qué carajo!? Intenté tranquilizarme llamando a algunos contactos de mi antiguo trabajo, ahí me explicaron, debía llamar a la aduana y pedir hablar con el encargado de importaciones. Llamé mil veces, desde el día jueves, a las oficinas centrales y no recibí respuesta alguna. Luego, ayer viernes, logré hablar con el encargado de importaciones. Su respuesta fue “está en proceso de revisión”.
En mi vida laboral he escuchado varias mentiras, de boca de todo tipo de personas. Lo dicho por el hombre de la aduana es la mentira más utilizada para desesperar a los importadores y dejar que la mercancía se pierda para pagar una multa exagerada. Eso pasa cuando el proceso dura más de una semana, límite de tiempo que se cumple el día lunes.
Esto con el único propósito de enriquecer al gobierno, enriquecerse ellos y, robarles a los empresarios independientes.
¡Claro! Una perfecta cadena de corrupción armada desde el más alto poder… ¡Víboras!
Mi jefe me va a matar. Mi jefe me va a matar. Mi jefe me va a matar.
Este es el nuevo mantra que he tenido en la cabeza, no es muy positivo, pero es la realidad más cercana.
Si me preguntan por qué no he pegado el ojo, pues... Estoy encerrada en la bodega de la tienda, me estresa por no tener el pedido a tiempo y, para la estocada final, ¡Hubo un apagón en el local y me quedé sin pila en el celular!
Muchos dirán, sólo es de salir y ya. Para esos, les envío un gran golpe en la cabeza, porque las puertas de la bodega son eléctricas y sólo se pueden abrir desde fuera con tarjeta, la cual dejé en el mostrador junto al cargador del celular.
Son aproximadamente las 6 de la mañana de un sábado veraniego, asumo la hora por el trinar de los pájaros y los rayos del sol colándose por la pequeña rendija de la persiana metálica. La única salvación para mi deplorable estado, es Laura, mi compañera de trabajo de fines de semana.
Rezo a todos los santos por piedad, porque así mi muerte será menos dolorosa y tortuosa.
Tengo hambre, frío y me duele todo el cuerpo porque intenté dormir en el suelo de la bodega, pero es muy duro. Además, el lugar es muy oscuro.
¡Odio esto!
¡Aparece Laura!— pido mentalmente.
Nada.
Espero nadie piense que me secuestraron, bueno, mi madre tal vez sí. Ella todavía ve una niña de 6 años.
Sé que ha pasado un poco más de una hora y media cuando escucho una cháchara alegre, ahí está mi salvación.
Laura es una mujer muy alegre, aunque despistada, nada le quita lo responsable. Me encanta trabajar con ella, pues todo es fácil.
—¡LAURA!— grito con todas mis fuerzas, pero parece no escuchar. Ni siquiera tres gritos después.
Planeo golpear la puerta hasta derribarla, pero me sería imposible, pues es de metal.
—¡LAURA ENGENDRO DEL MAL, ABRE LA PUERTA PARA QUE ME LLEVE TU ALMA!— ahora sí, espero me escuche.
¡Funcionó!
Laura abre la puerta de la bodega con cara de espanto.
—¡BOO!— A Laura casi se le salen los ojos, pero sale del shock y se abalanza sobre mí.
—¡Jamás vuelvas a jugar con eso weona!—
—Mira Lauris— intento sonar como una persona regañona, la cosa es que no me sale. —, no me paraste bolas a la buena, tuve que hacerlo por las malas— mi risa es un poco escandalosa, incluso, comparada con la de Laura. Pasamos un par de minutos tiradas en el suelo, pero recompongo la compostura y me pongo de pie. De inmediato, paso de Laura para robar de, lo que supongo, es té verde.
En efecto, el té está caliente y no tiene azúcar, ¡esto es el paraíso!
—Ladrona— bufa entre dientes. Un encogimiento de hombros es lo mi respuesta, pues no pienso reponerle nada de la bebida. Incluso debería agradecerme por darle el excelente consejo de empezar el día con té, pues antes solía comprar abominaciones con cafeína para la mañana.
—Bien, yo me marcho a casa. No vaya a ser que mis padres llamaran a la policía y de paso, entregaran volantes con mi cara—
—Sobre eso,— giro sobre mis talones —Tu madre llamó preocupada por la madrugada y preguntó si estabas conmigo, le dije que sí, para no preocuparla. Entonces a mí me preocupó dónde estarías. Pero veo que estabas más que segura— comenta entre risas
Abrazo Laura, le doy las gracias por ser tan buena amiga y cubrirme de mi madre. Luego le doy un puñetazo por idiota y malpensada. En realidad valoro su amistad.
Camino fuera del local, donde el sol da directo a mis hermosos ojos café común. Me dirijo a casa, que está en una de las urbanizaciones fuera de la ciudad. Mis pasos son torpes y por alguna razón presiento, en cualquier momento beso el suelo por el dolor de cabeza y los mareos.
¡Odio estresarme! En estos momentos el cuerpo duele, mi cabello debe ser digno de una melena leonina, mi maquillaje (rímel, corrector y labial) debe estar corrido, y puedo apostar, mi cara es una oda a la fealdad que no quedará más que esconderse. Pero en este momento sólo pienso acurrucarme en mi cama. ¡Desearía ser millonaria!
Pero la realidad es otra. Me encuentro en pleno centro de la ciudad tratando de transportarme un sábado a las 8 de la mañana hasta las afueras de la ciudad. ¡Carajo!
Mi único medio de transporte es el metro. Sí, el metro que tanto odio. Maldigo mentalmente mi miedo a conducir, mientras camino las 5 cuadras hasta mi estación. Abordo 15 minutos después, y eso que tuve suerte. Recuesto mi cabeza en el vidrio del autobús y siento una pesadez bárbara en los párpados.
En instantes, una linda sensación de calidez llama mi atención. Primero pienso que es por el sol, pero no es normal que el sol esté dando directo en mis muslos. Menos sentirme mojada de la entrepierna. ¡Me hice pis encima!
Abro los ojos tratando de comprender si, en mi inconsciencia, mis músculos lisos hicieron de las suyas. Pero mi vista se encuentra con un muchacho, sentado a mi derecha, éste porta un vaso en su mano izquierda, y con la otra tapa su boca para no reír.
¡Esto es el colmo!
—Pedazo de escarabajo estercolero, ¡Acabas de hacer un desastre!— grito, furiosa.
El chico intenta limpiar mis jeans, pero aparto sus manos de golpe.
—Lo siento, lo siento, lo siento— repite, avergonzado. Sus manos intentan acerarse a mis muslos, pero le doy una mirada asesina.
—Mira, esta vez lo dejo pasar porque estoy cansada y no quiero pelear, ya mucho tengo con esto— me señalo con obviedad, incluso la resignación y el cansancio hacen acto de presencia en mi voz.
—De ninguna manera— se apresura a decir—, yo soy el responsable de esto— señala la mancha de café en mis jeans — Te doy mi número y me envías el jean—
Primero es sorpresa, porque normalmente, nadie en este tipo de transporte de hace cargo de nada, menos si es este tipo de accidentes. Luego es el enojo de no estar en mejores condiciones para pelear por mis jeans favoritos (regalo de mis abuelos a quienes amo con locura). Y paso a la incredulidad para finalizar con rabia contenida; esto en un par de segundos.
—¿Crees que fue a propósito?— pregunta con cautela, creo, mi expresión facial lo hizo espantar.
Río por lo bajo, es lo único que me deja hacer el cuerpo. No agrego nada más, realmente estoy cansada y este engendro sólo me molesta. La ventana es un buen distractor en estos momentos, decido ver las escenas borrosas para calmar las ansias de golpear a quien todavía se encuentra a mi lado. Pasan unos cuantos segundos en completo silencio, y ya estaba a punto de cerrar los ojos cuando…
—Me llamo Ernesto, por cierto. Ernesto Mura, aunque todos me llaman Erny. Un gusto...— hace una pausa alargando la última letra. Extiende su mano en señal de saludo.
Me limito a ver su mano, esquivo su mirada y cierro los ojos. ¿¡Quién piojos se cree para molestar mi paz!?
—Ok, ya veo que estás molesta. En verdad lo siento, no fue a propósito. Mira, te dejo mi tarjeta y me llamas. Cualquier cosa siempre tengo el teléfono a la mano— coloca una tarjeta en la palma de mi mano, eso me hace abrir los ojos con furia. Lo veo guardarse la billetera. Mi rostro sigue serio, incluso siento la mandíbula tensa. Tengo porcentaje de menos infinito de amabilidad en el cuerpo, en estas condiciones me es casi imposible ser buena. El chico se levanta del asiento contiguo al mío y se baja del bus.
‘Ernesto Mura’
Al parecer sí se llama como me dijo, aunque desconfío en un hombre del metro con tanta “amabilidad”, guardo la tarjeta en mi bolsillo trasero y vuelvo a cerrar los ojos, esperando que ningún otro incidente pase mientras llego a casa.
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¡Hola!
Es un gusto escribir por acá, es mi primera obra en Inkitt. Gracias por leerme, y si llegaste hasta acá, te confieso algo...
¡Estoy emocionada!
Un abrazo enorme a tu corazoncito...
Juds ;)