CAPÍTULO 1
MIS TACONES de doce centímetros resonaban sobre el mármol negro mientras hacia mi entrada en el ostentoso y lujoso recibidor del Four Seasons Hotel en Park Lane. Con cada paso que daba mi mal humor iba en aumento, no quería estar ahí, pero cuando papá se enteró que llegué y me fui de Londres sin notificarlo no dudó en arrastrar mi trasero de vuelta a la ciudad. Obligándome a acompañarlo a una gala benéfica donde sería honrado por su filantropía. Presentar una familia unida también era parte del show.
Y ahí estaba yo, siguiéndole el juego porque me había dejado sin una maldita opción.
—Rosé Singh —dije. El hombre en un traje de seguridad parpadeó y su mandíbula cayó abierta sin poder disimular que se sentía atraído a mí. Era una expresión a la que estaba acostumbrada. En un día normal podría haber sonreído y coqueteado con él, pero esa vez solo quería que la velada terminara—. Ella viene conmigo.
Ninguno de los que estaban en la entrada protestó porque no esperé a que me buscaran en la lista de invitados, ellos solo miraron las tetas de mi acompañante y mi culo mientras nos adentrábamos en el evento. Escapé de esa ciudad hace más de dos años, mi nombre desapareció de los tabloides y se detuvieron las conversaciones sobre la rebelde heredera, pero nada realmente cambió. Mi apellido seguía siendo la llave maestra de todas las puertas. Podía entrar a cualquier lugar y hacer lo que quisiera. En Londres tenía una especie de inmunidad.
—¿Podrías al menos disimular que no quieres estar aquí? —dijo mi amiga, Fiore.
—Quiero dejar clara mi postura.
Fiore tomó aire y antes que pudiera regañarme una chica agitada la interrumpió.
—Señorita Singh —hice una mueca. Había fantaseado que cuando regresara sería con una entrada triunfal y cumpliendo mi sueño. Todos diciendo mi nombre y no el jodido apellido de mi familia. Al parecer tenía que conformarme con esa mediocridad—. Su padre la está esperando —informó al mismo tiempo que señalaba a un hombre alto, elegante y poderoso.
Papá.
Creí que iba a tener tiempo de alcoholizarme antes de encontrarme con él, pero como muchos otros, su rostro estaba volteado en nuestra dirección. Tenía los labios fruncidos en un gesto de disgusto por mi tardanza. En mi defensa, lo había hecho para evitar el juego previo de la noche aburrida que me había visto obligada a tener. Él no podía culparme por eso, si hubiera tenido la oportunidad también lo habría hecho.
—Acerquémonos a saludarlo —sugirió Fiore.
Tenía que hacerlo, era para lo que había ido, después de todo.
Papá y yo nos miramos por unos segundos, midiéndonos y decidiendo mutuamente ceder un poco a nuestro orgullo. Recorrimos la distancia que nos separaba al mismo tiempo, encontrándonos en el centro.
Él me sonrió.
—¿Hay una razón por la que decidiste llegar tarde? —preguntó con un acento deliciosamente cantarín.
Mehtar Singh había nacido en la India. Era un príncipe descendiente de una antigua dinastía. Aunque la monarquía se abolió en mil novecientos cuarentaisiete, no perdieron su riqueza ni privilegios y las personas seguían reverenciándolos como si fueran sus salvadores. Papá era ambicioso, pero siendo el menor de tres hermanos, nunca conseguiría llegar a la cabeza de la familia sin matar a todos en el proceso así que fue a estudiar a Francia y luego a América, buscando su propio camino. Gracias a eso su acento había sufrido con creces, pero en mi padre se dejaba escuchar lo suficiente para darle un toque distinguido. En mí simplemente no existía. Yo era tan británica que fui una extravagancia en las reuniones familiares a las que asistí.
Ladeé mi cabeza, sacudiendo mi cola de caballo.
—Si el mundo entero tiene que esperar por mí ¿por qué iba a tener un trato especial contigo?
—Porque soy el que paga tus cuentas.
—Solo eres quien paga mis cuentas, pero en el momento en que me estabas creando decidí que no me gustabas y me propuse ser el espermatozoide más rápido para joderte la vida. Y aquí estoy, fiel a mi primer deseo. Por cierto, ella es Fiore.
Sus ojos avellana, tan brillantes que parecían hechos de oro, se desplazaron a mi amiga. Esos exóticos ojos. Nuestro mayor atractivo. Aunque en mí lucían mucho más calientes. También heredé de él la piel oliva y el pelo color chocolate.
—Fiore —reconoció, su monótona voz no transmitía nada—. Es un gusto conocerte al fin. ¿Me das un momento con mi hija?
Él tampoco dudaba en pedir y Fiore era demasiado bien portada, no iba a hacer ningún comentario sobre el incómodo momento y de que la estuviera echando, pero sus mejillas sonrojadas delataban que prefería no estar en medio para nuestro intercambio.
—Mucho gusto, señor Singh —Fiore elevó las cejas en una pregunta silenciosa. Asentí—. ¿Quieres algo de tomar?
—Algo con un alto porcentaje de alcohol —pedí. Esperamos en silencio hasta que se alejó lo suficiente para que no escuchara nada más. Nadie tenía que decirme que estaba en problemas, ya lo sabía—. Antes que digas algo, sabes que no disfruto estos eventos y menos me gusta que me arrincones para que haga lo que tú quieres.
Papá se acercó más y besó cariñosamente mi mejilla.
Eres un estupendo actor, papi.
—No te obligue a venir, hicimos un trato. Es diferente. Solo tienes que comportarte por unas horas. Si desprecias tanto a estas personas entonces opta por fingir. No es muy difícil.
¿Fingir?
Infiernos, quizá había pasado demasiado tiempo lejos y él ya no me conocía. ¡Yo no sabía fingir! ¿Evadir mis sentimientos más profundos para no lastimar a las personas que me importaban? Eso podía hacerlo, pero casi perdí a mejor amiga por ello. No iba a suceder de nuevo. No me daba miedo decir lo que pensaba.
—No intentes disfrazarlo con un beneficio mutuo cuando me dejaste sin opción de la forma más rastrera posible. Además, tú conocías los riesgos de arrastrarme aquí.
Él había congelado mis cuentas bancarias y yo tenía que hacer lo que él quisiera para que las pusiera a funcionar de nuevo.
—Desprecias a estas personas porque piensas que son interesados, pero tú estás aquí por lo mismo. Dinero. ¿Qué te hace diferente?
Me crucé de brazos.
—Misma gente aburrida, diferente evento. Es decepcionante que no tengan nada nuevo que ofrecer, pero no los detesto por ser patéticos ambiciosos, sino por la hipocresía. No me importaría si dijeran: “Te clavaré un puñal por la espalda si con eso me hago más rico”. Incluso podría llegar a admirarlos y tomarlos de ejemplo.
Una mujer de logística se acercó antes de que mi padre pudiera responder. La voz de la chica tembló un poco cuando nos dijo que los fotógrafos estaban listos para nosotros. Papá me ofreció su brazo para que camináramos juntos mientras las personas susurraban en voz baja cuando una hermosa mujer se unió a nosotros.
Se darían un festín.
Se podía contar con los dedos de la mano las veces que la familia Singh al completo se mostraba al público y seguirían sobrando dedos. Papá prefería un perfil bajo. Solo los que eran alguien lo conocían personalmente.
—Tú padre dijo que vendrías, pero creí que era una de sus bromas pesadas —saludó con una sonrisa despampanante.
Si de papá había sacado los ojos exóticos, de mamá heredé esa sonrisa coqueta.
—La broma pesada me la está haciendo él a mí.
—No creí que fuera capaz de hacerlo, te mima demasiado.
Bufé.
Vi a mamá colgarse del brazo de su esposo. Ella era una mujer hermosa y atractiva. Enfundada en un vestido largo de encaje negro con un profundo escote en V ofrecía un vistazo sugerente de sus encantos. El estilo corte sirena se ajustaba a la perfección a su silueta reloj de arena. Las clases de pilates hacían un efecto devastador en ella, se notaba que todo seguía bien puesto en su sitio. Alta, con la piel blanca y su mediano pelo rubio natural, no nos parecíamos mucho más allá del carácter.
Ella me miró de pies a cabeza. Me recordó que con sus amantes era una persona agradable y a veces conmigo también lo era, pero no le gustaba tener competencia a la hora de brillar, sin importar que fuera su hija. Mientras fui creciendo y mi cuerpo se fue formando varios de sus hombres empezaron a poner sus ojos en mí. Lo que era asqueroso porque habían tenido sexo con mi mamá. Sin embargo, ella me advirtió que me mantuviera alejada de ellos como si yo fuera el problema. Cuando cumplí dieciocho me regaló un piso en Chelsea para mantenerme fuera de casa. No me quejé en lo absoluto, estaba viviendo en él.
Y era algo que papá no podía arrebatarme.
Gracias, mami.
Luces destellaban delante de mí por las cámaras de los periodistas mientras posaba al lado de mis padres como si fuéramos una hermosa familia feliz, como si nunca nos hubiéramos alejado sin mantener ningún tipo de contacto entre nosotros, como si estuviéramos felices de vernos. No lo estábamos.
—¿Desde cuando eres una persona filántropa? —murmuré.
No había pasado por alto el logo de una de las empresas de mi padre anunciándolo como sponsor de la gala. No había otra cosa que odiara más que botar el dinero. Los niños que vivían en la pobreza definitivamente no valían el esfuerzo. Según él, al menos.
Y muchos otros.
—La imagen es importante.
Raro.
—¿Tienes problemas con tu imagen?
Papá apretó mi cintura, advirtiéndome. Dejé de resistirme y posé con gusto, solté sonrisas coquetas y caídas de ojos con tintes picaros, acaparando la atención. Desde pequeña me gustaba ser fotografiada y lo había explotado protagonizando varios comerciales gracias a que la familia era dueña de News Corporation, una empresa de comunicaciones, después me pase a las pasarelas con las casas de moda. Disfrutaba de la atención.
—Es bueno dar una imagen familiar de vez en cuando —dijo papá.
Los flashes terminaron y mi sonrisa murió. Recorrimos un pequeño pasillo y entramos al salón donde estaban todo dispuesto para la gala.
—Ya tienes tu foto familiar. El juego de extorsión terminó. Quiero irme.
Papá dio un paso más cerca y bajó la voz.
—Abandonas la universidad y desapareces por años. No te dignas en llamar ni una sola vez. Tenía que enterarme de dónde te encontrabas y que seguías con vida porque a fin de mes me llegaba la factura de tus tarjetas. Regresas y sales de la ciudad después de protagonizar un escándalo. Todo sin siquiera un aviso. ¿Crees que una foto es suficiente?
Así que se trataba de eso.
Me crucé de brazos.
—Lo es. —Si esa conversación sin sentido se alargaba mi cerebro haría corto circuito y explotaría. El “escándalo”, ¿no se habían olvidado ya de eso? Miré alrededor, buscando a Fiore, seguía el camino más largo hacia nosotros. Era su forma de darnos más tiempo en familia. Papá se me mantuvo observándome, esperando más. Dejé salir un sonoro suspiro—. No pienses ni por un segundo que voy a creer que te preocupas por mí. A ti no te importa nada más que tú mismo, tus negocios y las mujeres con las que follas. Deja los rodeos y dime qué demonios quieres. Retomare mi viaje lo antes posible.
—No puedes irte, tú padre va a recibir un reconocimiento especial esta noche —susurró mamá.
—Por eso el mundo está de cabeza.
Los exóticos ojos de papá se endurecieron, volviéndose fríos y calculadores. Ya no estaba hablando con mi progenitor, sino con el poderoso hombre de negocios haciendo una transacción. ¿Alguna vez hablé con otra persona? Sí, pero había sido hace tanto tiempo atrás que ya casi no lo recordaba.
Los segundos pasaron mientras manteníamos una guerra de miradas y algo lo hizo retroceder.
—Cuando dijiste que traerías a una amiga creí que te referías a Valentina. ¿Por qué tenía que ser esa chica?
—Esa chica es mi amiga —dije con los dientes apretados sin gustarme nada su tono despectivo.
Podía meterse conmigo, yo podía luchar, pero mis amigas estaban fueran del ring.
—Por eso mismo no debiste traerla aquí —comentó mamá con una sonrisa burlona.
Ella no había dejado de sonreír ni un segundo.
—Ella por lo menos tiene clase y sabe adaptarse. En cambio, tú solo eres linda.
—¿Estás segura que su camaleónica y culta personalidad hará que este bien? —preguntó con suspicacia.
Mamá era una nueva rica y representaba todo los que las mujeres de la alta sociedad con un apellido pudiente detestaban. Solía trabajar en uno de los bancos que la familia Singh tenían en la ciudad, un día, de casualidad, papá y ella se conocieron. Mamá se convirtió en su amante hasta que quedó embarazada de mí, él tuvo que dejar a su princesa prometida en la India y casarse con ella. Fue un escándalo que intentaron disfrazar de amor a primera vista. Aun así, muchos sintieron pena por él, se había visto forzado a hacer lo correcto por su conservadora familia. ¡Como si él no hubiera estado metiendo la polla donde no debía!
Para alejarse de los rumores hizo de Londres su residencia permanente. Aquí se encontró con una alta sociedad más discreta, pero seguían pensando que mamá era una oportunista. Una que había ganado mucho poder. Los Singh no solo venían de una antigua dinastía, sino que eran dueños de un conglomerado de empresas petroleras, estaban en el negocio de la aeronáutica militar y banca. Papá se inmiscuyó en las telecomunicaciones y se hizo conocido por comercializar diamantes en bruto y fabricarlos. Mamá ya no era nadie. Pero, aunque intentaron formar una familia ninguno de los dos era material para criar a una hija. Pronto quedó claro que su relación solo era física.
Lo físico tampoco duró. Él le fue infiel y ella era vengativa. Ahora ambos tenían tantos amantes que ya ni se molestaban en mantenerlo en secreto entre ellos. Mamá creyó que casarse con un hombre millonario le haría la vida un poco más fácil, pero no solo no llegó a conocer el amor en su vida, sino que las mujeres de la alta sociedad nunca la aceptaron, no realmente. A los eventos que asistíamos susurraban a sus espaldas, denigrándola con palabras. La verdad es que solo se sentían intimidadas, era muy atractiva y llamaba la atención de sus babosos maridos.
Esas mujeres solo podían soñar ser tan hermosas como mamá, pero nunca dejó de ser la esposa de y yo sabía cuánto le molestaba eso.
De todos modos, salí ganando. Después de escucharlas hablar mal de mi madre me di cuenta que no quería tener nada que ver con ese mundo. Papá viajaba la mayor parte del año que apenas lo veía. Mamá, aunque la invitaban a todos los eventos sociales, era muy selectiva a la hora de asistir. Crecí lo suficientemente alejada de todas esas personas que no sentía ninguna especie de lealtad a nadie.
Rodé los ojos.
—Guarda tus opiniones para cuando estemos solos —advirtió papá severamente. Así de rápido, me regaló una sonrisa—. Nos reuniremos mañana en casa. Quiero escuchar todo de tu viaje. Por ahora solo disfrutemos de la velada.
Desconcertada a más no poder, me quedé de piedra y dejé que me abrazara. Era el primer abrazo paternal que me daba desde que tenía once años y vi morir a mi héroe, dándole paso al hombre que le gustaba usar un traje a la medida de diez mil dólares para disfrazarse.
Pero no se trataba realmente de un gesto paternal, sino de disimular que estábamos discutiendo. Una pareja de ancianos muy simpática se acercó a saludar y felicitar a papá. Parecían realmente contentos de verlo. Él los saludó con una amabilidad que no pude distinguir si era falsa o si también estaba contento de ver a la pareja.
Antes de abandonar la universidad e irme del país supe que había comprado acciones en una empresa que se dedicaba a los viajes aeroespaciales, quiero decir, casi todos sus negocios estaban fuera del continente. Aun así, parecía que todas las personas que él conocía habían asistido esa noche porque mamá y yo nos pasamos la siguiente hora saludando a todo aquel que se nos acercaba. Sí, quienes se nos acercaban. Nosotros no nos habíamos movido ni centímetro de lugar. Había optado por sonreír con educación y mantenerme en silencio, a menos que me hicieran una pregunta directa y entonces trataba de no sonar irónica.
No tenía idea de donde se había metido Fiore, pero ya estaba mareada de aguantar tanta hipocresía solemne sin una gota de alcohol. Ni una sola vez los escuché hablar de las donaciones que iban a hacer o de los proyectos de sus fundaciones con las que lavaban dinero. Todo de lo que hablaban era de negocios o de política. De eso era lo que realmente se trataban las galas benéficas. Era una forma bastante elegante de evadir impuestos mientras quedaban bien frente al público.
—¡Mehtar! ¿cómo estás? Esperaba poder hablar contigo —dijo una voz que venía de detrás de nosotros.
Nos giramos los tres al unisón.
¡Oh, por favor! ¡Estábamos coordinados!
Sin embargo, ahí estaba mi oportunidad de escapar del lado de mis padres. Demasiado tiempo en familia. Quería sacudirme el brazo que papá tenía alrededor de mis hombros, lo había estado usando para retenerme.
—Robert, no sabía que estabas en la ciudad —dijo papá.
—Llegué esta mañana —Robert desplazó su vista de mamá a mí y sonrió—. Veo que estás muy bien acompañado con estás dos bellezas.
Imbécil.
—Robert —dijo mamá. Ella se acercó a besar la mejilla de Robert como si fueran dos viejos amigos, que no lo eran. Creo —¿Dónde está tu esposa?
—Se encontró con una de sus amigas. Ya sabes cómo son las mujeres.
Robert era un viejo zorro bastante machista que pensaba que las mujeres solo éramos una máquina de tener hijos. Él tenía seis y muchos más regados por ahí. No estaba especulando, lo sabía. Lo había escuchado de su propia boca mientras se pavoneaba frente a papá, burlándose de esas desdichadas jóvenes que querían pescar un hombre rico, pero él solamente estaba dispuesto a entregar su esperma como regalo. Era completamente desagradable.
—¿Recuerdas a Rosé? —preguntó papá.
Ahí íbamos de nuevo.
—Es difícil de olvidar. Tú siempre hablas de ti.
Robert era un hombre de negocios, pero yo sabía cuándo un hombre de negocios mentía y él lo estaba haciendo.
—Él no lo hace, pero ese fue un buen intento.
Él río suavemente.
—Tú padre mencionó que has estado haciendo un voluntariado en... África. Esta muy orgulloso de ti.
Fue mi turno para reír.
—¿África? —papá apretó su agarre sobre mí, advirtiéndome. Así que esa había sido la historia de mi repentina desaparición, pero aparte de unas semanas en Cabo Verde y Marruecos, no había estado en África—. Hago tanto voluntariado como tú caridad, Robert.
Papá dejo caer su brazo de mi hombro. Él tono irónico que usé no pasó desapercibido. No importaba cuanto lo intentara, cuando alguien me desagradaba no podía ser políticamente correcta. Tanto él como mi padre lo único que querían era hacerse más ricos a costa de mantener a los demás siempre abajo, en el fondo, sin la posibilidad de cumplir sus sueños.
No es que yo hiciera algo por ellos aparte de sentirme mal de su pobreza, pero al menos no los jodía.
Robert era un hombre mayor, bien arreglado, con una sonrisa superficial y educada. Pero todos aquí tenían esa sonrisa. Me estaba mirando con unos ojos que no se perdían nada. Y como si quisiera desvestirme.
—Hubiera estado muy decepcionado si la chica que detuvo una boda se contenía conmigo solo porque soy viejo.
Dejé de respirar.
Miré a papá, quién tenía una mirada de superioridad. Mierda, por eso él me preguntó por qué había elegido traer a Fiore. Algunas de las personas que estaban ahí tenían que haber asistido a la boda hace par de meses atrás.
Fiore era la persona más estructurada y organizada que conocía. Estuvo comprometida con “el hombre perfecto” según ella. Unos minutos antes de la boda, cuando estaba recorriendo el pasillo para llegar al altar, aceptó para sí que no estaba enamorada y nunca iba a estar enamorada de su prometido. Yo la conocía y sabía que si no la detenía en ese momento ella estaría casada, triste y amargada.
Le devolví la mirada a Robert.
—Tengo que hacer algo con mi reputación. Detener una boda es la cosa menos escandalosa que he hecho. Sin mencionar que esa relación estaba destinada a fracasar.
—Rosé.
—¿Por qué?
Papá y Robert hablaron al mismo tiempo.
—Henry es un perdedor. Es el cliché del chico rico, aburrido y pretensioso. Este salón esta llenos de hombres como él. ¿Pero Edward? Por favor, una vez que pruebas un hombre así nada vuelve a ser lo mismo.
Se había hablado mucho de la participación de Edward Hemsley en la boda fallida. Algunos lo vieron fuera de la iglesia y semanas después, la novia fugitiva y el rebelde piloto estaban oficialmente de novios. No había que darle muchas vueltas al asunto para saber que habían tenido un interludio caliente, pero muchas cosas sucedieron después y todo quedó olvidado.
Esperaba.
—Edward Hemsley —escupió.
Como dije, cliché. Catherina, la madre de Edward, se divorció y denunció a su esposo por maltrato doméstico. La noticia llegó a los periódicos y Edward apoyó a su madre abiertamente. Su padre pasaría un par de meses en la cárcel, así que Robert había perdido a su amigo de caza. Por eso detestaba a Edward, la lealtad era algo que valoraban.
—Ella es feliz ahora con un hombre de verdad que sí vale la pena. Y Henry corrió a los brazos de su exnovia. Patético, ¿no crees?
Robert frunció el ceño y yo sonreí abiertamente.
Fiore realmente estaba feliz en su nueva relación. Tenía la sensación de que esa era la definitiva para ella, porque, aunque lo estaba tomando con calma se notaba en su cara que estaba enamorada y Edward era la persona más genial que existía en el planeta. Cuando lo conocí hace muchos años era inmaduro, temerario y divertido. Ahora era menos inmaduro y temerario, pero aún divertido. Podía estar segura de que iba a cuidarla sin sobreprotegerla. Fiore lo haría tomarse las cosas más en serio. Los dos se complementaban.
—Lo importante es que los dos sean felices —dijo Robert sin creerlo realmente.
Para estás personas la apariencia, lo que mostraban al exterior, importaba. Fiore, a pesar de que era de la clase media alta, era más sensual que guapa y tenía buena educación. Hacía sentir a todos como en casa, manteniendo una plática fácil. La convertía en una buena esposa para presumir. No me sorprendió que Henry la escogiera para casarse.
—Nada me importa menos que la felicidad de Henry.
Robert empezó a ponerse colorado.
—Él la amaba —sentenció con voz firme.
¿Con quién creía que estaba hablando?
—Claro, porque entre estas personas el amor es lo que importa —me burlé—. Voy a buscar a mi acompañante.
Me alejé de ellos con la cabeza en alto. Nada lo iba a enfadar más que no haber tenido la última palabra.
El sabor de mí triunfo duró poco para ser reemplazado con desesperación. Había dejado a Fiore sola en un nido de serpientes y como no le gustaban los enfrentamientos no sabría defenderse.
En un espacio cerrado era un poco más que difícil encontrar a alguien con todas las personas deambulando de un lado a otro. Unas cuantas mujeres se giraron para verme pasar, saludándome con sonrisas para después a cuchichear a mi espalda. Más de una vez puse los ojos en blanco y me mordí lengua para no soltarles un: Sí, señoras. Regresé a la ciudad y más sexy que nunca. Guarden a sus hijos e hijas porque me los puedo follar. Tenía suerte que mi prioridad en ese momento fuera otra.
Era raro pensar que asistí a la escuela con algunos de los hijos e hijas de esas personas, no recordaba ni una sola vez en que ellos fueran tan desdeñosos. Claro que a esa edad lo único que nos importaba a nosotras eran los chicos y a ellos las chicas. No teníamos espacio para nada más en nuestros hormonales cerebros. Varias de esas chicas también fueron arrastradas a la gala, pero ellas se acercaban tranquilamente, intentando hacerme platica. Así que lo único que podía suponer es que no solo era la edad, sino que la generación.
Por suerte.
Eso esperaba.
Como si la hubiese conjurado, Fiore apareció de repente en mi campo de visión. Llevaba un vestido color marino largo de crepe y un escote en la espalda. Tenía unas curvas tan sensuales que varios hombres mayores le daban miradas de reojo, los chicos eran más descarados y la repasaban abiertamente.
Ella me tendió una copa.
—¿Te di suficiente tiempo?
Le di un gran trago a mi bebida, saboreando el champagne. Mi champagne. Tomé su brazo, guiándola a la puerta lateral para salir al jardín donde podíamos hablar tranquilas, lejos de los oídos y ojos de todos.
—Fue más tiempo del necesario —dudé un momento antes de preguntar—. ¿Conoces a muchas de las personas que están aquí?
Hablar sobre el día de su fallida boda siempre la llenaba de remordimientos, creía que pudo haber hecho las cosas de forma diferente y evitarle a su ex prometido el bochorno de dejarlo plantado.
—A unas cuantas personas. Encontrármelas era inevitable. Edward se mueve en el mismo circulo. Nadie me ha dirigido la palabra directamente.
Suspiré. Teníamos que salir de ahí, ya lidiaría con los caprichos de papá después. Odiaba ver a mis amigas incómodas. Fiore era muy sensible, le importaba mucho lo que las personas pensaban de ella. Aunque no lo admitiera, el desaire la lastimaba.
—Ya estuve mucho tiempo aquí. Podemos irnos en cualquier momento.
—No puedes irte. Tu papá será galardonado, tienes que estar aquí. Eres su hija. Sin mencionar que me he dado una vuelta cerca de la cocina y todo huele muy bien.
Hace unos meses atrás ella estaba tan preocupada por su peso que ni siquiera hablaba de comida, poco a poco se está amigando con su cuerpo. Ayudaba mucho que Edward la mirara con deseo todo el tiempo.
—Nadie puede obligarme a hacer algo que no quiero. Menos él.
—Tú lucha es admirable, pero lo necesitas.
Sonreí con malicia.
—Infiernos, no lo necesito.
Llegamos hasta unas gradas, cerca de ahí estaba un pequeño jardín y más allá, Hyde Park. Una suave brisa pasó despeinado mi pelo y erizando mi piel. Solté a Fiore y acomodé mi cola que se había quedado pegada en mi labial. En el movimiento miré atrás de nosotras, entonces me encontré con unos inconfundibles ojos azules puestos encima de mí.
Por segunda vez en la noche me quedé de piedra, pero esa vez con mi corazón latiendo rápido.
—Es una sorpresa encontrarte esta noche, Rosé.