Chapter 1
Bill se miró en el espejo de su armario y se puso de perfil. Se etiquetó de delgado, algo fibroso y con grandes posibilidades de marcar músculo. Apretó brazos y pectorales suspirando de decepción, iba a tener que ponerse las pilas con los tres meses gratis que ofertaba el gimnasio de su barrio. Pertenecía a una familia numerosa sustentada por la nómina de su padre y la aportación de su hermano Charlie, que trabajaba de albañil, porque él y el resto seguían estudiando y subsistiendo con trabajos temporales de media jornada o fin de semana. Por eso sus ojos se ilusionaron al pasar por la puerta y dar con la enorme pancarta. Las cuotas eran caras para alguien como él, así que se inscribiría esta tarde y empezaría a tope con el entrenamiento.
—Hola. —saludó cohibido acercándose a recepción.
La chica tenía cara de malas pulgas y mascaba un chicle rosa pálido, pero su corte de pelo negro estilo bob y su cuerpo trabajado le confería un aspecto fiero y bello al mismo tiempo.
—¿Primera vez?
—Eh, sí.
Se le notaba a leguas que era el típico novato a la caza de la oferta, Pansy, que así se llamaba, le tomó los datos y rellenó el formulario en el ordenador. Lo sentía en cada hueso, la mirada de esa chica anunciaba que él era un cliente perdido de antemano.
—Bien, ahora vendrá Fenrir y te enseñará las prestaciones del gimnasio, te asesorará con los ejercicios y te realizará una pequeña encuesta más especializada.
—Hum, vale.
Anduvo por las máquinas observando atento a la fauna del lugar, los conocía a casi todos por haberlos visto de pasada. Estaban Seamus y Dean, amigos de su hermano Ron y todo un auténtico bromance en ciernes, Dora Tonks, la profesora de zumba y bodycombat, su marido Remus Lupin, el dueño del gimnasio y antiguo profesor de educación física, Luna, monitora de yoga y pilates, Neville Longbottom, el clásico patito feo de instituto que cambió a chico cañón, también amigo de su hermano y antaño ligue sexual que no cuajó en romance, y otros tantos que reconocía de vista aunque no se supiera el nombre.
—¿Bill? Soy Fenrir, te asesoraré...
Se giró y abrió los ojos abrumado, dejando de escuchar y alucinando con semejante estampa. La imagen de un lobo en llamas le saludó, tuvo que alzar la vista para comprobar que era la ilustración de su camiseta negra exageradamente ceñida a su musculoso pecho. El hombre calzaba casi los dos metros, y de ancho no se quedaba atrás; piedra dura abultada recubriendo un cuerpo escultural. Fenrir se giró caminando mientras hablaba para guiarle a un asiento y anotar no sé qué, Bill se quedó mirando su culo prieto y bien formado.
"¡Está cañón, por Dios! ¿Cómo no lo he visto nunca?”
Notó inmediatamente los estragos de la excitación recorrer su sistema y enfocó la atención en esos oscuros y penetrantes ojos que le devolvían una mirada ceñuda.
—¿Vas perdido con lo que te digo?
—¿Eh? —parpadeó abochornado.
—No has prestado atención a las salas donde se imparten las clases ni al vestuario.
Bill apretó la boca, ese hombre no le ahorraba la humillación a nadie.
—Voy a por máquinas.
—¿En qué quieres concentrarte? Dependiendo de lo que quieras conseguir, debes trabajar una máquina u otra.
—Quiero aumentar y marcar músculo.
Cañón, como lo apodó Bill, le dio una mirada apreciativa que le hizo sentir desnudo.
—Vamos a hablar de tus hábitos y nos centraremos primero en la resistencia y definición de músculos.
—Uh, tú eres el profesional. —se rio tonto y casi le toca el bíceps.
—Bien —Fenrir ladeó una sonrisa pícara y se sentó—. Lo indispensable, el precalentamiento antes del ejercicio.
Se esforzó por prestarle atención, pero sus ojos se desviaron incontables veces apreciando su ancha espalda, hombros rectos, un maldito eight pack en el torso y sus piernas torneadas. De cara era más bien tosco, con el cabello atado a una coleta y barba cerrada.
"Un sueño húmedo" eso pensó, o más bien sintió su cuerpo temblando de lujuria.
—Sigue al pie de la letra las secuencias y los tiempos, nada de hacerte el machito con peso extra o tus músculos se resentirán y llamarás a una torcedura o rotura de fibra.
Bill asintió dándole a entender que le había escuchado y fue a coger el papel.
—No me has escuchado —dijo serio con su móvil en la mano—. Tienes que registrarte con la contraseña que te he dado y entrar en la aplicación del gimnasio.
Bill abrió la boca y parpadeó.
—Sí...
*
—¿Cómo te ha ido? —preguntó Charlie poniendo el mantel y ya de paso marcando el tríceps.
—Bien, agotado de los ejercicios, me duelen hasta las pestañas, pero hay un tío que está cañón. —se mordió el labio y rodó los ojos.
—Si fueses a la obra conmigo, verías qué pronto te pones fuerte.
—Tú eras así antes de ponerte en la obra —se quejó Ron que era larguirucho—. Ese trabajo desgasta mucho, no te pone musculoso.
—¿Quién es el tío cañón? —preguntó curiosa Ginny trayendo el agua.
—Mi entrenador, Fenrir, no debe de ser del barrio porque nunca lo había visto.
—Desde que hicieron esos bloques de pisos hay muchos vecinos que no conocemos —aportó Fred sacando los vasos y servilletas—. Igual es nuevo.
—Nuevo no lo sé, sólo os puedo decir que-
Bill se interrumpió de lo que iba a ser un discurso de fantasías sexuales cuando su madre salió de la cocina, justo al tiempo que su padre entraba al comedor después de haberse duchado.
(...)
Fenrir Greyback, pasando los treinta, serio, de voz grave y ronca, aspecto rudo, cuerpo cañón de guerra inglés y energía vibrante de macho alfa. Bill se hizo una paja aprovechando que Charlie se había quedado en el salón viendo la tele y se durmió con una sonrisa.
Bill entró en el gimnasio saludando alegre a todos y buscó a Fenrir, hoy le mostraría el precalentamiento. Prefería cambiarse de ropa en casa para no perder tiempo, así que dejó la mochila en su taquilla y se dirigió a la sala de máquinas. Hermione, la novia de su hermano Ron, corría en la cinta escuchando música clásica. En el aula acristalada de zumba divisó a Draco, el extraño chico rico que parecía haberse perdido por ese barrio obrero, según le dijeron tenía un rollo sexual con Harry. Luego cruzó por delante de la zona de boxing, dónde Sirius, luchador retirado, golpeaba el saco con furia. Bill fue reconociendo a la gente hasta llegar a donde cañón le estaba esperando dando instrucciones a Angelina sobre cómo ejercitar la espalda.
—Llegué. —de solo verlo su corazón se alteró y se encendió.
—Dame un minuto y voy.
—Claro.
Aprovechó para admirarlo a su antojo, siguiendo sus movimientos con ojos desesperados. Se había cortado el pelo a la altura de las orejas y lo lucía suelto y abundante, una finísima bandada negra le despejaba la frente.
—Bien —Fenrir sacó una colchoneta azul y la tiró en un rincón para no entorpecer el paso—. Túmbate ahí y comencemos.
Bill obedeció confundido, si ese hombre le decía que se tumbase ¿Quién era él para cuestionarlo? Su entrenador cañón se arrodilló entre sus piernas abiertas y le tomó del muslo.
—Uh.
—Para correr lo apropiado es calentar las piernas, en la aplicación te he pasado ejercicios que puedes realizar en casa antes de venir, pero si no tienes tiempo o no te aclaras, mejor los haces delante de mí para poder corregirte y evitar lesiones.
—Ajá...
Bill no sabía respirar y se le olvidó hablar, Fenrir le frotaba el muslo con vigor, le levantó la pierna apoyando la pantorrilla en su hombro y presionó hacia abajo dejando caer su peso. Las grandes manos frotaron insistentes a lo largo de los muslos hasta casi la ingle y luego rebajó la presión y se alejó un poco, dejando a Bill con una pierna en alto sujeta por sus dedos tras la rodilla, eso sin contar con el contacto directo de ese pecho musculoso y pelvis alineada por poco a su culo. El cuerpo entero entró en combustión y sus latidos no le permitieron escuchar lo que le decía sobre el precalentamiento.
—... La rodilla doblada contra el pecho, intenta tocarte la barbilla...
Fenrir le agarró de las rodillas y las juntó en su pecho de manera gradual. Se alineó tan perfectamente bien con su culo que se alarmó y enrojeció de vergüenza.
—Diez segundos y las estiras manteniendo la posición otros diez segundos, no te fuerces más.
—Ujú...
Entre sus piernas, sobre él y encima de él. Y mientras tanto, Bill intentando emular los ejercicios sin temblar.
—Ahora intercala, rodilla y pecho, estiramiento y suspensión.
—Ujú...
Cañón lo observó desde su comprometedora posición sin inmutarse.
"No te asomes, no te asomes por lo que... ¡Mierda!" Bill se endureció. Su bochorno aumentó a niveles estratosféricos y rezó entrando en pánico porque no se diera cuenta de su evidente excitación. No supo si fue por la costumbre o su profesionalismo, el caso es que Fenrir actuó normal y prosiguió, para su sufrimiento, con el programa de estiramientos sospechosamente obscenos.
Viernes.
Cinco días de suplicio lujurioso y su entrenador insistía en el precalentamiento, además de vigilar constantemente sus ejercicios, corregir postura tocándole sin contención y pegarse a su espalda de cara al espejo para indicarle el movimiento preciso y la explicación técnica de cómo y porqué se hacía así. Bill entraba en el gimnasio salivando como el perro de Pavlov y salía caliente y frustrado pese a la ducha fría de los vestuarios. No había completado ni una semana y ya se subía por las paredes.
—Hoy es el último día y ya lo haces tú solito.
—¿Cómo? —murmuró distraído en sus pectorales.
—El precalentamiento.
¿Alegrarse o apenarse? No sabía qué emoción escoger.
—Vale.
Se lanzó de espaldas a la colchoneta y levantó las piernas separadas en menos de un suspiro. Fenrir se le quedó mirando fijamente por unos segundos tensos y luego se arrodilló tomando sus rodillas.
Cada acto inocente se volvió sucio, sinuoso y excitante. Bill se consumía de necesidad forzándose a prestarle real atención, sobre todo porque le sorprendió que Fenrir se manejase tan bien con el vocabulario y no representase al típico ciclado de cerebro diminuto. Los dedos ásperos le quemaban la piel, el paseo indecoroso de sus fuertes manos le provocó estremecimientos agónicos, el peso de su cuerpo macizo cerniéndose como un depredador le agitaba el alma y el sexo.
—... En círculos para que el tobillo...
Ahora en serio, tenía que prestarle atención, pero Fenrir se lo ponía demasiado difícil a un chico como él, que entre la especialización de carrera y los trabajos temporales apenas rascaba tiempo para follar. Suerte que Neville creció portentoso, y más suerte que se llevaban bien, o no hubiera catado a hombre mas que un par de veces en su responsable vida.
—Ahora continúa tú, si tienes dudas me buscas en la sala de boxing.
Le palmeó el muslo muy cerca del trasero y se levantó rápido.
"¡Cañón está empalmado!" el enorme bulto que empujaba el pantalón de deporte rojo le saludó, o más bien casi le apuñala un ojo. Fenrir le dio la espalda y se marchó.
Dos semanas de gym.
La primera semana fue un calvario dividido entre las agujetas y cansancio, motivación y placer tortuoso al sentir en sus carnes a cañón. La segunda semana fue un vía crucis de lamento y decepción donde solo existía el agotamiento, la frustración y la confusión. Su entrenador no le dedicaba ni cinco minutos, los justos para aclarar cualquier duda y corregir postura en máquina. Bill lo acechaba con la mirada cuando instruía a otros y suspiraba resignado, no solo estaba cañón sino que tenía una sonrisa de infarto.
—Es un profesional y cumplió con su trabajo —Percy como buen hermano robot, hizo su papel de intervención cuando contaba su frustración—. Tu calenturienta mente está trabajando a marchas forzadas.
—Ni caso —George lanzó una pelota y golpeó la puerta cerrándola en las narices de su hermano chismoso—. Se excitó, esa prueba es irrefutable.
—Aunque puede que Percy tenga algo de razón —Fred acabó mediando—. Me refiero a lo de ser profesional ¿Por qué no intentas coquetearle?
—¿Ligar en un gimnasio? —Bill compuso una mueca dudosa— Eso lo he visto y me da vergüenza ajena, no tenéis idea de la fauna salvaje que va allí, da un poco de gringe.
—Es tu cañón.
Fred y George se miraron, la palabra debía resumir justificación suficiente para lanzarse a la humillación de ligar en un sitio así.
—Ya veré.
La fauna de un gimnasio de barrio variaba según la geografía, lo mismo que los animales o la climatología. Estaban los clásicos de postureo, más preocupados en aumentar músculos y parecer cruasanes a base de proteínas sintéticas y ciclos que en ganarlos de manera lenta y saludable. Estaba su pareja destinada, mujeres jóvenes que lucían más que sudaban para marcar culo, pecho y exponerse entre tanta testosterona. Los unos con los otros ligaban y el resto se comía los mocos. Luego estaban los sociables, personas que acuden al recinto más para charlar y pasar el rato que para ejercitarse, era su tiempo y dinero, por lo que sus conversaciones amenas no molestaban a nadie y procuraban un ambiente entretenido. Estaban los dos o tres profesionales, los que acuden de manera religiosa cada día con sus cuatro horas y se sumergen en sus ejercicios. Luego estaban los light, gente variopinta de todas las edades que se entrena con las clases especiales y hacen un poco de cinta o máquina, son amables, habladores y sin pretensiones físicas mas que el mantenerse en forma. También estaban los típicos hombres y mujeres que además de lucir cuerpazo eran constantes, agradables y comprometidos con el entrenamiento. Siempre caía algún idiota sin discriminar sexo que se creía el experto, como si llevar años en un gimnasio te diera conocimiento y título, dispuestos a asesorarte aunque no les hayas pedido ayuda. Los pardillos no podían faltar, gente que olfateaba las máquinas y cuyo cuerpo no variaba a pesar del esfuerzo. Los chismosos de turno, esos más que ejercitarse metían cizaña y te contaban la vida de todo cristo. Un par de antisociales que se desplazaban en silencio y entre las sombras del recinto bullicioso y luego los que como Bill, entraban en la categoría de normales, mejorar su aspecto físico y entremezclarse con el resto.
—Adiós.
—Adiós.
Seamus y Dean se despidieron al pasar camino a las duchas. Entraban en la categoría de normales con un poco de chismorreo y postureo, eran buenos chicos.
—¿Te ayudo?
Neville; sociable, "experto" y cuerpazo cañón.
—Gracias.
Le asesoró con las pesas y Bill se dejó guiar, recordando que no debía sentirse mal por haberse acostado con un chico más joven que él y amigo de sus hermanos. Sus ojos lo apreciaron sobre el espejo y se mordió el labio, estaba para morirse y resucitar, una enorme mole de masa magra cruzó por detrás y sus miradas se encontraron; cañón frunciendo el ceño y pasando de él como de la mierda. Bill torció el morro desatendiendo la explicación como siempre que lo veía y apartó la vista.
Tres semanas de gym.
Hacer ejercicio liberaba endorfinas y eliminaba estrés, tonificaba tu cuerpo aumentando la autoestima y la sensación de bienestar, mejoraba tu descanso y establecía una rutina que ayudaba a tu actividad diaria. Los resultados no se podían apreciar en tres semanas, pero Bill sentía dentro los cambios sutiles de su programa de entrenamientos.
—Fenrir.
—¿Sí?
Optó por preguntarle todas las dudas que se había guardado, manteniendo una distancia subliminal pese a las ganas locas de echarse a sus brazos y desfallecer. Averiguó desde la lejanía escuchándole hablar o con otras personas, que cañón tenía un perrito caniche chillón y rabioso, que tenía treinta y cuatro años, soltero, sin noviOs a la vista y que con su última pareja acabó fatal, algo sobre celos. Le gustaba Star wars, El señor de los anillos, Harry Potter, el Cristal Oscuro, el Laberinto y cualquier serie o película de hombres lobos o de fantasía estrambótica. A Bill le encantaba escucharle hablar y cómo se expresaba, tan serio y reservado como que de pronto te contaba un chiste y te reías a carcajadas. A él le pasó lo de estar prestando atención cuando no debía y reírse todo patético por el chiste que le contaba a otro cliente. Vergonzoso. Le entristecía constatar que a él ni le daba dos miradas o una simple frase, pero tocaba poner los pies en la tierra y ocuparse de su cuerpo, el tiempo gratis era limitado.
Cuatro semanas de gym.
Bill llegó más tarde de lo acostumbrado y se quedó hasta la hora del cierre.
—Te has vuelto más nocturno.
Cañón le habló y Bill prestó atención inmediata.
—Es la universidad, estoy hasta arriba, por lo que solo vendré dos horas y no todos los días, no debería, pero necesito distraerme y descansar.
Fenrir le ayudó con la máquina y mientras hizo algo inesperado; le dio conversación.
—¿Qué estudias?
—Grado de historia y patrimonio.
—Oh, pensé que eras guitarrista. —era broma, Bill lo supo por su guiño coqueto.
—Doy la facha, pero para que no piensen que soy un vago, finjo que estudio historia. —bromeó sarcástico.
—¿Y ahí que se hace?
Bill se sintió tan emocionado de su despampanante atención sobre él que sonrió con la misma luz de un millón de voltios.
Seis semanas de Gym.
Bill entró saludando a todos y luciendo una alegría envidiable que suscitaba la envidia de los más amargados e hipócritas. Su entrenador cañón además de prestarle atención le daba conversación, sin entorpecer su entrenamiento, le sonreía arrebatadoramente y hasta le gastaba bromas. Bill se reía parte por la gracia innata de Fenrir, parte por haberse convertido en un chico atolondrado que babeaba por su entrenador.
—¿Cómo le va a chispitas? —le preguntó curioso— ¿Ya ha cagado el botón?
—No —Fenrir le palmeó los riñones, muy cerca del nacimiento de su trasero—. Estoy harto de hurgar entre su mierda.
Bill se rio sin misericordia al imaginarse a un hombre tan grande y rudo como él agachado en la calle y rebuscando en las bolitas de caca de su caniche blanco rabioso.
—Pues déjalo estar, ya lo cagará, es un botón.
Subió a la cinta de correr y programó la intensidad, Fenrir se apoyó descuidado en el manillar y suspiró.
—He de vigilarlo, tengo miedo de que no lo expulse y haya que operarlo.
—Tu chispitas es un cabroncete.
—Es el regalo de mi madre, otra que se cree graciosa... ¡tks!
Bill amaba hablar con él, ya no se sentía tan cohibido e incómodo, y aunque sus ojos hambrientos acudían a las partes candentes de su anatomía con frecuencia, podía controlarse y disimular que no babeaba literal por ese cuerpo cañón cuyo dueño era un chistoso en ciernes muy astuto y ocurrente. Bill empezó con la marcha y cuando hubo de aumentar el ritmo, Fenrir le guiñó un ojo pellizcando su cadera y se alejó para atender a otros.
Diez semanas de Gym.
—¡Me piro!
Todo el Gym enmudeció al ver salir de la clase de zumba al niño rico llamado Draco.
—Pues adiós.
Los ojos de todos, incluyendo a los antisociales, repararon en Harry, que cerró la puerta de la clase.
—Ya tenemos drama montado...
—Llevan con la tontería meses y...
La gente empezó a rumorear y Bill decidió pasar del tema y concentrarse en el ejercicio de torso.
—¿Cómo te ha ido el trabajo?
Fenrir se colocó delante vigilando sus movimientos y el peso. Preguntaba por su trabajo de fin de semana en una tienda de discos de vinilo.
—Aburrido...
Aún se ponía algo nervioso cada vez que le dirigía la palabra y se acercaba tanto. Su cañón en cambio se mostraba más abierto y hablador, pero inmutable e ignorante al maremoto sexual que acontecía en su interior.
(...)
—Te queda menos de un mes, hermanito.
Fred y George eran demasiado graciosillos.
—Estoy pensando en inscribirme por seis meses más, no es tan caro.
Percy arqueó una ceja y rebufó suavecito enfocándose de nuevo en el estudio, las oposiciones eran extenuantes y exigían compromiso absoluto.
—Son treinta y cinco libras —sopesó Fred—. No lo es si no nos viene un gasto sorpresa.
—Tírale la caña ya —le animó George sonriendo—. Aprovecha el tiempo para hacer algo más que ejercitar tu cuerpo de atleta.
—Es que parece muy correcto y distante, no quiero que resulte incómodo.
—Si no te arriesgas...
Bill se mordió el labio y quedó absorto en la lluvia con el ordenador en la mano. Le faltaba un mes gratis, luego dependería de las circunstancias el alargar sus encuentros. Le gustaban los sutiles cambios que operaban en su cuerpo y la sensación general de vitalidad, pero reconocía que de no ser por su entrenador cañón, ni se pensaría el abonar semejante cantidad de dinero en un gimnasio, porque total, con los ejercicios aprendidos y la rutina diaria, podría perfectamente mantenerse por su cuenta y mejorar.
Bill entró a las seis de la tarde, hora desierta donde la mayoría ya cenaba, y se fue directo a la cinta, veinte minutos de cardio y optó por los abdominales, luego brazos, piernas y por último la espalda. Prefería el equilibrio que darle volumen a su torso, una apariencia estilizada marcando músculo fibroso le hacía sentirse atractivo y acorde a su anatomía.
—¿Tú también eres tardío? —Neville le sonrió simpático.
Ese muchacho fornido no tenía ni un gramo de vanidad superficial en todo su cuerpo.
—Me temo que sí, dos horitas y a casa. Mañana no vendré, estoy hasta arriba.
—Para mí ya es un vicio —confesó mirando alrededor—, uno sano, pero sacrificado.
—No lo necesitas.
—En realidad sí —admitió con una sonrisa avergonzada—. Tiendo a engordar mucho, y la constancia de los ejercicios y la buena dieta me permiten estar así.
—Eso es muy engorroso.
—No, si te acostumbras —desmintió encogiéndose de hombros—. Para mí, esto ya es parte de mi vida, mi vicio y mi hobby, no hay sacrificio como tal.
Bill se entretuvo hablando con él y percibió por el rabillo del ojo a su cañón, que caminaba junto a Sirius y Remus rumbo al boxing. Suspiró acalorado con el corazón en la garganta y la sonrisa asomando boba, dos minutos después, tres chicas entraron en la sala de boxeo, se las reconocía por su cuerpo especializado en músculos potentes.
—Ey... —oyó una risa— Greyback te pone ¿Eh?
—¿Cómo? —los colores le subieron a las mejillas.
—Fenrir —murmuró confidente—. Se te nota a leguas.
—¿De verdad? —Neville asintió— mierda...
Era peligroso mostrar la cara en un microclima lleno de sudor, hormonas y esfuerzo, los rumores maliciosos tendían a llegar a su debido destino sin pretenderlo.
—Dime que no hago el ridículo. —gimió abochornado.
—No mucho, pero a veces babeas.
—¡Imbécil! —fingió darle un golpe.
Se tenían confianza, se habían catado con gusto y placer, pero lo más importante es que no existía incomodidad o mal ambiente entre ellos.
—Bill —Neville se acercó— ¿Te gustaría repetir? Por los viejos tiempos. —Le guiñó un ojo travieso y le alzó las cejas.
No hacía tanto que tuvieron sexo, bueno, más de un año. Bill tenía ganas tremendas de aplacar la sed lujuriosa y Neville era una buena opción, el problema era que quién le generaba las ganas era Fenrir. Estaba en una encrucijada porque pretendía lanzarse de una vez, pero eso no excluía estar con otros, solo era sexo sin sentimientos, o tal vez sí le gustaba un poquito bastante su entrenador, aunque claro, no daba señales de vida y no sabía...
—¿Bill? —el pelirrojo parpadeó enfocando sus ojos en él— Puedes negarte, hay confianza. No tienes por qué buscarte una buena excusa para no herir mi orgullo, si no te apetece, pues no.
¿Qué le decía?