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—¡Albus, voy a cambiarle el pañal a tu hermano! Tienes cinco minutos para vestirte e irnos.
—Vale, papi.
Albus entró en su cuarto, tenía más de cinco minutos si los cálculos no le fallaban para prepararlo todo. La ropa ya estaba elegida y dispuesta sobre su cama, la chaqueta también y sus zapatillas limpias.
Se agachó debajo de la cama y sacó la bolsa bien atada donde guardaba desde hacía más de una semana sus armas. Tenía ocho años, pero era el único Alfa de la casa y proteger a dos Omegas era primordial. Se puso los pantalones militares con múltiples bolsillos y la camiseta, se calzó las zapatillas y procedió a desatar su alijo.
Sacó un cuchillo pequeño de pelar fruta. Era el mejor y más afilado de la cocina. Lo observó satisfecho viendo el filo relucir y se lo guardó cerca de su mano diestra. También sacó un spray de pimienta, le había costado todos los almuerzos de una semana para persuadir a su compañero de clase que convenciera a su hermano mayor de comprarlo. Se lo guardó en un bolsillo izquierdo. Por último y no menos importante, manejó una bomba de humo casera que guardó bien lejos de su cuchillo por si acaso. Tres tutoriales de YouTube después y varias incursiones nocturnas a la cocina lo consiguió, una bomba a prueba de fallos. Se sentía vibrar por fuera y por dentro, sus encías picando y su piel levantada; su papá y hermanito Omega eran su prioridad y él lamentablemente el único Alfa de la casa.
Salió poniéndose la chaqueta con disimulo y acercó el carro para que Scorpius pudiera sentarse en él, su padre le sonrió amoroso y besó su frente.
—Qué chico tan mayor tengo ya. —dijo Harry orgulloso.
—Y más que creceré, ya verás.
Era la primera vez que salían a pasear después de mucho tiempo.
Albus pretendió distraerse y divertirse, pero no fue posible, en la hora que llevaban jugando en el parque sólo hacía que vigilar su entorno inquieto. Los Omegas podían soportar el encierro mejor que las otras castas, pero incluso así necesitaban aire y sol. Las salidas al colegio no contaban y los viajes rápidos al supermercado tampoco. La mayoría de las compras las realizaban por internet. No es que huyeran de nadie ni fuesen testigos protegidos, no ocurría nada... O sí, Albus entendía lo que le pasaba a su padre y cada vez que lo recordaba hervía por dentro puro magma. Su padre trabajaba desde casa como tele operador para una compañía que le pagaba un sueldo digno, boyante no, pero justo. Nunca dejó de trabajar ni un día antes de dar a luz.
Registró y descartó olores en el ambiente relacionando caras y sentimientos, sus ojos escanearon a los niños y adultos, su boca paladeó en consonancia a su nariz y las orejas se pusieron alerta.
Un Alfa extraño pasó cerca del parque y Albus lo siguió con la mirada. Ese hombre se quedó viendo el lugar de manera indeterminada y se fue. El vello de sus brazos se erizó y redobló la atención, captó el olor de aquel desconocido y... Frunció el ceño, era denso y picante pero nada más. Su naricita se elevó buscando más información pero el llamado de su padre le reclamó. Acudió a la merienda mirando en derredor y se sentó mordiendo su sándwich de atún y aceitunas.
—Albus cariño, estás muy tenso ¿Qué te ocurre? No juegas.
—Nada papi, hacía mucho que no salíamos a la calle tanto tiempo. Me resulta raro.
Harry bajó la mirada culpable y abrazó a Scorpius. Desde que su amigo Ron y Hermione se tuvieron que mudar, él y sus hijos no salían por mucho tiempo solos a la calle. Antes de tener al bebé trabajaba en la oficina, tenía a su niñero o a su amiga para cuidar de Albus y salían muchas veces. Pero al quedarse en cinta todo eso cambió drásticamente y desde entonces su hijo Alfa se mostraba más beligerante con los extraños, más desconfiado y más estresado. No era capaz ni de disfrutar de un rato de parque. No jugaba, no interactuaba, nada. Sólo hacía como que iba a los columpios y vigilaba cual animal depredador a otros cazadores.
Un rato después se rindió y sugirió volver a casa, notó como los hombros de su hijo se desinflaban y se ponía al otro lado del carro con una mano encima. Parecía un mini soldado de batalla. Albus se parecía mucho a él físicamente, pero tenía el carácter de su padre Alfa, suerte que su hijo desarrolló el sentido del amor y la responsabilidad pues desde luego Tom no lo hizo, después de todo, los había abandonado tras saber que estaba en cinta. Caminaron hablando sobre la película que verían y decidiendo qué comida pedir a domicilio.
Diez minutos de trayecto después su piel se erizó.
Albus olió la densidad de las hormonas y le picó la nariz, no se giró sino que esperó a que el sujeto se acercara. Era importante utilizar la cabeza como decía su tía Hermione. Si corrían sería peor, tenían un bebé en el cochecito y el paso del puente cerca. Peligro. Sus orejas registraron los pasos más cerca y metió la mano despacio en el bolsillo donde tenía la bomba de humo. Esa sería la primera opción. Notó a su padre inquieto tratando de fingir con una sonrisa forzada, él también se había dado cuenta. Observó los nudillos de sus manos ponerse blancos mientras conducía el cochecito del bebé y se alteró más. Olió su miedo, un olor reprimido y socavado para no asustarlo a él. Su papi era un hombre valiente, perseverante y un superviviente. Pero Albus era demasiado consciente de la carga que suponía criar solo a un hijo y luego a otro... De un modo tan horrible. No es que su papi no pudiera, mucha gente lo hacía, pero el desamor y el abandono no ayudaban. Tampoco el que las parejas huyeran cuando ya tenías un cachorro, y más si veían a ese Omega de cabello oscuro y ojos verdes ser tan capaz e independiente. Maldijo su debilidad, estaba con dos Omegas y él era el único Alfa. Sacó con cuidado la bomba de humo y sin previo aviso se giró para lanzarla a la cara del señor.
No se había equivocado, era el extraño del parque. Le acertó en pleno rostro con excelente puntería y sin hablar corrieron.
Scorpius se puso a llorar asustado y Harry también, pero corrió empujando el carro y vigilando los pasos de su hijo Alfa muy serio y determinado. Antes muerto que permitir que los tocaran. Aunque siendo sinceros, ¿cuánta ventaja da un adulto empujando un carro con otro niño de ocho años a cuestas? Ninguna. Lo peor era que por inercia y queriendo llegar a casa se vieron cruzando el túnel, el oscuro y maldito túnel.
Albus oyó antes que oler al Alfa, estaba muy cerca y gruñía enfadado. Era más una bestia fuera de sí que un hombre o animal. Su mente nublada, su lujuria encendida por la persecución y su corazón inexistente daba a entender que no respetaría a unos cachorros. Sacó el spray de pimienta y se giró sin avisar dejando de correr, apretó el bote y entonces lo supo: había fallado en el plan.
Era mucho más bajito que aquél Alfa y el chorro de pimienta le llegó al pecho. Un fracaso total, ahora sólo le quedaba el cuchillo.
—¡Albus! —gritó aterrado Harry.
Ese fue el fallo, atender al llamado de un Omega durante una fracción de segundo y exponerse. Un golpe contundente le dio de lleno en la cabeza y cayó aturdido. El dolor explotó por todo el cráneo y los ojos lagrimearon sin cesar, el brazo izquierdo lo tenía dislocado por la brutal caída y no encontró fuerzas para levantarse.
Parpadeó prácticamente ciego desesperado por ver y darle sentido a lo que olía y escuchaba. Su hermanito chilló a lo lejos, su papi gimoteó de miedo ante el rugido y oyó un forcejeo.
—¡Alfa, no, por favor!
El grito agudo del Omega no surtió efecto en el extraño, su alarido de auxilio era el último recurso que cualquier Omega disponía frente a la desigualdad contra un Alfa. Sin embargo, no siempre lograba su cometido.
"A ellos no, por favor, no les haga daño, se lo suplico" Susurró su padre desesperado. Olió su terror, sus inútiles feromonas para calmar a ese Alfa demente y luego la sumisión, la rendición absoluta de un Omega frente a un Alfa, sólo que esta vez le dio arcadas. Lujuria oscura frente a terror y sumisión, alcohol y vergüenza; eso fue lo que olió en su papi aquél día al volver del trabajo; nueve meses después nació Scorpius.
Tenía que despejar su cabeza, el dolor era insoportable y su hombro inútil. Albus lloraba de dolor pero lo aguantó; dos Omegas dependían de él.
Se limpió los mocos con la manga de la chaqueta, de lo contrario no podría distinguir olores.
Un berrido de lamento, olor a miedo y abandono: Scorpius.
Un gruñido continuo y grave de advertencia, olor a posesión, agresividad, lujuria y satisfacción: el Alfa.
Un gimoteo imperceptible, el arrullo de una garganta, olor a rendición, tristeza profunda y protección feroz: su padre.
Albus tenía claro lo que su padre iba a permitir sin pelear, lo haría por ellos, para darles tiempo a escapar o que algún transeúnte les ayudase, pero no iba a tolerarlo. ¡Jamás! Nunca más, no si él estaba ahí para impedirlo. Extendió el brazo bueno y se arrastró por el suelo intentando no hacer ruido, reprimió todo lo que pudo su olor y se acercó por detrás obligándose a abrir los ojos. Vio sin ver la escena y cambió el rumbo para posicionarse a su espalda, tenía que atacar con ventaja. El pantalón de su padre fue bajado y roto en el proceso, Albus se arrastró otro trecho y reprimió un gruñido. El Alfa se bajó ansioso los pantalones y oyó el quejido del Omega sometido, se arrastró hasta donde estaba y aguardó un segundo.
No fue detectado, por lo visto, los instintos de aquél demente estaban concentrados en el aroma a calabaza y hojaldre saliendo a raudales del cuello de su papi. Sacó el cuchillo de pelar fruta y se levantó respirando por la boca. Recurrió a su altura y peso para dejarse caer sobre la espalda del Alfa justo cuando éste se agachó para empezar con la barbarie y le clavó la punta, luego hizo presión en el mango y hundió todo el cuchillo.
El Alfa rugió intentando sacárselo de encima, pero Albus se aferró al arma y su espalda para impedirlo. Cada movimiento desesperado facilitó el desgarro de piel y músculos, con eso contaba el pequeño pues de fuerza carecía. Albus rugió, no supo si por miedo, estrés, adrenalina o instinto, pero lo hizo y fue libertador. No había llegado tarde, lo olía, su padre no había sido humillado y profanado. Estaban a salvo, el Alfa cayó inerte sin dar señales de vida y Harry acudió a él para un abrazo apretado.
Los besos se expandieron por su rostro lloroso y sólo recordaría ser levantado del suelo, ver a su padre subirse los pantalones con manos temblorosas llegando hasta el carro, oír una voz desconocida preguntando por ellos y desmayarse.