Alcanzar la Luna

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Summary

La Luna es un lugar triste y oscuro para vivir, pero está lleva de sueños. Alan Neri tiene dieciocho años, un padre que nunca está, una madre alcohólica y unas décimas de más en su carrera para formar parte del equipo selenita de atletismo. Cian Shearon tiene un amor equivocado, un mejor amigo al que no presta atención y el sueño de convertirse en bióloga marina aunque en la Luna no haya agua. Juntos emprenderán un viaje que les llevará a descubrir que los anhelos de juventud no siempre se cumplen.

Status
Ongoing
Chapters
3
Rating
n/a
Age Rating
16+

Capítulo 1: CIAN

Edificio Sol

Mare Tranquilitatis[1]

7.52 a.m.


―¿Cecé? ¿Me oyes?

Es el taladrante tono de la llamada el que consigue despertarme. No sé en qué momento he aceptado la comunicación, porque ayer por la noche me quedé estudiando hasta que se me cayeron los párpados y el cansancio acumulado durante esta semana de exámenes me está pasando factura.

―¿Cian? Sé que me estás oyendo. Te estoy viendo a través del holo.

Me doy la vuelta y retiro el edredón que tapa mi cabeza para descubrir el rostro de un chico de tez blanca y cabellos níveos flotando por encima de la mesita de noche.

―Oh, vamos, Alan. Ni siquiera son las siete y media. Tenemos tiempo de sobra ―me quejo, porque refunfuñar un poco suele conseguir que Alan se apiade de mí.

―¿Puedes volver a mirar el reloj, Cecé?

Alan enarca una ceja y su rostro perfecto parece reírse a mi costa. Fijo la vista y los números que se muestran en el despertador del holo bailan, burlándose de mí. Estaba segura de haber abierto un ojo para comprobar que eran las 7.25 a.m., pero por lo visto, me he vuelto a confundir.

Me levanto y desperezo mis extremidades mientras Alan habla sin que yo llegue a entender demasiado bien lo que dice. Observo mi reflejo en el cristal de la ventana, a través del cual cruzan haces de luz artificial por los que cientos de corpúsculos viajan desordenados, como si el sol estuviera saliendo para nosotros un día más. Pero el sol no sale en este lugar frío y apartado. El sol es un privilegio que los selenitas solo observamos desde lejos, como un anhelo primitivo e inalcanzable.

―Me encanta tu pijama de ositos multicolores, Cecé. De verdad, estás muy mona, pero si no nos damos prisa, llegaremos más tarde que nunca ―me apremia Alan.

Yo le saco la lengua y me desperezo una vez más. Anoche dejé la cubierta virtual del D-Wave8[2] encendida, y el temario de Cuántica Novel se muestra ante mis ojos como el recuerdo de una sesión de estudio que no sé si será lo suficientemente productiva como para satisfacer las exigencias de mi padre.

―Has estudiado más de lo necesario ―me anima Alan, como si fuera capaz de leer la mente―. Tu examen no es hasta dentro de una semana.

Lo sé. Y, aun así, creo que el temario es demasiado complicado como para que mi estúpida cabeza con tendencia a cambiar las letras de sitio sea capaz de memorizarlo por completo.

Dejo la habitación atrás y una puerta panelada se cierra a mi paso. Las paredes del pasillo que lleva hacia la sala principal muestran imágenes de un amanecer terrestre, inundando mi camino con una luz artificial que trata de reconfortar mis biorritmos. Pero es imposible. En la Luna solo sobrevivimos siendo estrictos en nuestras prescripciones médicas. Las generaciones de obreros selenitas se han hecho fuertes a base de píldoras y recuerdos. Aferrándose a visitas esporádicas a la Tierra, siempre y cuando uno obtenga el visado y en el transbordador de turno haya espacio suficiente como para uno más. Dejándose la melanina década tras década hasta que nuestros cabellos y pieles blancas se han convertido en un distintivo más que nos señala y aparta. Odio la holografía del pasillo, pero mi padre dice que nos proporciona la paz suficiente como para afrontar un día más en este lugar oscuro y sin luz.

―Sabes que puedo ayudarte con los ejercicios de Estadística.

La voz de Alan es un dulce carraspeo que me llena de seguridad. Lo conozco desde que ambos éramos pequeños, cuando asomábamos medio cuerpo al balcón y nos mirábamos las caras sucias por encima de la estrecha calle que separa nuestras viviendas. Alan siempre estaba cerca cuando yo me sentía sola. Pegaba mi rostro al cristal del balcón y allí estaba él, con sus ojos azules brillando bajo las luces artificiales que sobrevuelan la ciudad.

Tengo hambre. Abro el armario de la cocina y tomo uno de los blísteres con las vitaminas del día. Después cojo un sobre de leche azucarada en polvo y compruebo en el tanque de agua que no he sobrepasado los centilitros que puedo consumir durante este mes, ya que el suministro es limitado por familia y ciclo lunar. Cada veintiocho días nos rellenan el tanque con la cantidad que mis padres han contratado, pero el agua es un bien escaso y no hay que malgastarlo. Colmo un vaso con cien mililitros, le pongo la tapa de silicona y diluyo el sobre agitando con fuerza.

―No te molestes en desayunar ―dice Alan―. Vamos a la cafetería del Ateneo. Yo invito.

―No tienes dinero suficiente para pagarme un desayuno, Alan. Sabes que no tengo fondo.

Escucho su risa a través del dispositivo que llevo anillado en el lóbulo de la oreja, pues su imagen ha quedado atrás, olvidada en mi mesita de noche. Puedo imaginar cómo se le curvan las comisuras de los labios y sus hoyuelos surgiendo en las mejillas.

―Entonces, trata de contenerte un poco.

Ni hablar. La cafetería del Ateneo hace las mejores tortillas de maíz de toda la ciudad y son totalmente adictivas; cuando empiezas, no puedes parar.

―Necesito recuperar energías. He dormido muy poco.

―Tu falta de sueño se traducirá en una matrícula de honor. Valdrá la pena.

―Eso espero.

Avanzo por la sala acristalada que compone el salón de la vivienda, iluminado débilmente por una luz tamizada, hasta llegar a las grandes puertas que me separan de mi mejor amigo. El balcón es solo una tarima rodeada por una balaustrada de hierro forjado que evoca a otros tiempos, y se suspende cuatro pisos por encima de las aceras. Al otro lado de la calle, Alan se apoya sobre su propio balcón. Su taza humeante está repleta de una infusión de té negro; no es necesario que él me lo diga porque es lo que desayuna todas las mañanas desde que cumplió los quince. Su sonrisa infinita me mira como si fuera la primera vez que me observa irrumpiendo en ese balcón que compone un espacio íntimo en el que nadie más que nosotros está invitado. La noche eterna de la Luna se cierne sobre nuestras cabezas, pero la certeza de un día más acompañándonos el uno al otro nos da la energía suficiente para afrontar una nueva jornada. Y allá, en el cielo, la imponente Tierra se asoma burlona, colmando nuestros corazones de sueños por cumplir.

―Te veo abajo en cinco minutos. No tardes ―me dice, guiñándome un ojo.

Después le da una vuelta a su anillo con el pulgar y corta una comunicación digital que ya no es necesaria.

Soy Cian.

Tengo diecinueve años.

Y soy selenita.

Bienvenidos a la Luna.



[1]Mar lunar en donde descendió el módulo lunar de la nave Apolo 11, en 1969.

[2]Es un tipo de ordenador cuántico.