Al abrigo de la oscuridad
Kazuya jamás fue bueno expresando sus emociones o sentimientos, no por nada se había granjeado una mala reputación de sí mismo como persona. Cuando necesitaba demostrar aquello que guardaba dentro de sí, su mente se bloqueaba y acababa por expresar algo ajeno a lo que había deseado ofrecer desde el principio. Fue por eso que las bromas se convirtieron en un pilar importante de su personalidad, uno que ya no podría derribar.
Pero cuando se trataba de Mei, nada de eso importaba.
Mei lo quería, y lo había aceptado incluso con la horrible personalidad de la que era dueño. Si fuese otra persona, era probable que ésta lo obligase a cambiar con el fin de conservar su relación. Pero Mei no era así. Éste no sólo lo apreciaba incluso con cada defecto suyo, también lo animaba y se unía a él cada vez que elaboraba un comentario malvado. Con Mei se sentía cómodo, y podía relajarse y continuar siendo él mismo.
Y eso era mucho más de lo que Miyuki jamás podría esperar.
Ahora, abrigado por la sombra de la oscuridad, y sin más testigo que la luz parpadeante del reloj despertador que sonaría en un par de horas más, el insomnio resultó la excusa perfecta para contemplar el rostro durmiente de su novio, quien descansaba a su lado con una expresión de calma.
Una sonrisa suave se presentó en la expresión somnolienta del catcher que acababa de cumplir los veintiún años. Elevó los dedos a la altura de ese rostro tan atractivo, y acarició la mejilla de éste con un tacto casi tímido, poco acostumbrado a ese tipo de cosas.
«No sé qué hice de bueno en este mundo para merecerte» pensó. Podría haberlo dicho en voz alta, pero se bloquearía si se aventurara a intentarlo. Se conocía.
Casi avergonzado por pensamientos tan cursis (e impropios de él) a tan avanzadas horas de la madrugada, intentó acomodarse para recuperar el sueño perdido.
Y lo hizo.
Sólo fue capaz de hallar la paz tras haber sujetado la mano de Mei y pensar que ése no era un sueño, que de verdad se encontraba en compañía de la única persona que había sido capaz de tocar su corazón de ese modo.
Que había encontrado a su alma gemela, y compartía lecho con él, allí, en el abrigo de la oscuridad.