Pasión y tinta

Summary

Cuando el mundo parece derrumbarse a tu alrededor, lo último que esperas es ver sangre y pétalos de cerezo.

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Capítulo único

Jotaro retrocedió un paso al ver cómo el muchacho caía de rodillas para vomitar sangre en el suelo de la forma más dolorosa que hubiese podido imaginar. No sólo le costaba respirar mientras escupía aquel líquido carmesí, sino que podía observar a la perfección cómo algunas lágrimas bajaban por su rostro, quizás como efecto secundario de sentir el esófago y la faringe corroerse fibra a fibra.

—Por favor... —dijo con mucha pesadez—. Ayúdame.

No mentiría, era impactante observar algo así en primera fila. Gracias a la Fundación Speedwagon sabía que existía esa enfermedad, pero era difícil de creer con los escasos pacientes registrados y la nula exposición al público en general.

Fue hacia el chico para ayudarlo a ponerse en pie y caminó junto a él hasta sentarlo en el sofá mientras fijaba su atención en los pétalos de cerezo que nadaban en el charco sanguinolento. Le acercó una botella de agua sin pensarlo mucho.

—Aquí. Bebe esto —ordenó, esperando que la frescura del líquido lograse mitigar el sufrimiento que le deformaba las facciones al otro.

El muchacho asintió y obedeció en silencio, limpiándose los restos de sangre que pudiera haber en su rostro con un pañuelo que Jotaro le extendió. Era bonito, agradable al tacto y tenía las iniciales «J. K.» grabadas en una de las esquinas con un hilo platinado. Sentía culpa por mancharlo con algo que después sería difícil remover.

—Josuke —Jotaro lo llamó por su nombre tras analizar cómo recuperaba el aliento y la compostura.

El nombrado respondió con un leve, pero repetido asentimiento de cabeza indicando que ese episodio grotesco había terminado y no se repetiría hasta dentro de un par de días. Lo que comenzó como un simple descuido mensual, se tornó cada vez más recurrente, acortando gradualmente su ciclo hasta ocurrir incluso dos veces por semana. No tuvo más alternativa que acudir a quien era su última esperanza.

Josuke no quiso decir a su madre nada al respecto, pues dada la repentina bancarrota en la que cayó la empresa para la que trabajaba, había quedado desempleada. Vivían de los ahorros que ambos tenían, pero la suerte no vio a Tomoko con buenos ojos por esa temporada y como consecuencia aún no encontraba empleo. Josuke no podía comentarle sobre esa extraña enfermedad que le carcomía con lentitud e inclemencia. Parecía un padecimiento grave, ¿De dónde sacarían el dinero para la medicación y las atenciones si se trataba de algo agresivo y letal? Jotaro reprendió al descuidado hijo de su insensato abuelo en cuanto terminó de escuchar la historia. No dudaba que la idiotez fuera de familia.

—Ah, dame un respiro —Jotaro habló en un suspiro acomodándose la gorra, en el momento en que se sentaba frente a Josuke—. Presta atención. Tienes una enfermedad de cuento de hadas que se presenta en un individuo alrededor del mundo cada siete años. La afección es conocida como: Hanahaki.

» Desde su creación, la Fundación Speedwagon ha logrado documentar el cuarenta por ciento de los casos conocidos, es decir, unas once personas. En ese tiempo, únicamente dos individuos fueron curados. O, cuando menos, eso indican los registros.

» Intervenciones quirúrgicas, remedios caseros, medicamentos, terapias alternativas; se han probado variedad de tratamientos, pero la cura es, de la manera menos esperada posible, que un amor unilateral sea correspondido.

Josuke entreabrió la boca de manera ligera. Su rostro no daba crédito a lo que acababa de escuchar y el que Jotaro se lo dijera con una cara tan seria le parecía hasta gracioso, por lo que una risilla nerviosa y escueta no se hizo de esperar.

—Debe ser una broma.

Sonaba tan ridículo y surreal, cursi y pesadillesco a la vez; era como sentirse en la piel de un personaje principal, cuya obra no deseaba protagonizar. Sin embargo, al notar que el semblante de Jotaro no se inmutaba, sino que cruzaba los brazos y fruncía el ceño en respuesta, un repentino desasosiego le recorrió la espalda tensando sus hombros.

—Espera, ¿Estás... hablando en serio?

—Mientras la persona que te gusta siga mostrando indiferencia por lo que sientes, la situación solo podrá agravarse. ¿Entiendes lo que eso significa?

El rostro de Josuke, aunque temeroso y con remanentes de incredulidad, parecía esperar la continuación, a pesar de que muy dentro de sí no quería escuchar nada más.

—Seguirás perdiendo sangre de esa manera, en el mejor de los casos no presentarás anemia. Lo que sí es seguro es que llegarás a un punto en el que te será imposible respirar. Eso sólo significa una cosa: morirás, Josuke.

El nombrado presionó sus rodillas con las manos, mordió un poco su labio inferior y fijó la vista en el suelo. Eso debía ser una alucinación, sí, de seguro algo le había caído mal al estómago y ahora estaba delirando. Toda su vida luchó por la justicia, era un buen amigo, amaba a su madre, nunca dañó plantas o animales de forma injustificada, también apreciaba al resto de su familia: a Jotaro, al señor Joestar, a la señora Holly, pese a no conocerlos muy bien, sin mencionar que usaba su Stand para beneficio de quienes le rodeaban sin la intención de lucrar con ello. ¿Por qué le pasaba esto a él?

—Josuke —Jotaro dejó caer la palma de la mano sobre la mesita que se hallaba entre ambos, con el objetivo de llamar su atención—, el nombre.

El chico levantó la mirada, sus ojos, que mostraban un oscuro abismo, se abrieron para revelar la duda que yacía en su interior y que le impedía reaccionar como deseaba.

—¿Cómo se llama la chica que te gusta?

Ese era el problema.

La pregunta invocó la silueta fina y esbelta de una persona en su mente, por lo que terminó sonrojado. Desvió el rostro y cerró los puños sobre sus piernas, evitando los serios y profundos ojos azules de Jotaro que intentaban desenmarañar sus más profundos pensamientos a cada segundo.

Era una situación ridícula y nada problemática, pero para Josuke era arduo y embarazoso hablar de eso con otra persona.

—Aprecio todo lo que acabas de compartir conmigo, Jotaro, pero... No me gustaría que nadie lo supiera. E-Es decir, no quiero que me vea con lástima por... Uhm...

«Porque me voy a morir» pensó, teniendo dificultades para poner eso en palabras.

—Entiendo —el plan más sencillo había sido descartado entonces—. Aún así puedo ayudarte sabiendo de quién se trata. Con un poco de investigación bastará; conocer sobre su rutina y pasatiempos debería ser suficiente. No será mucho, pero también puedo prestarte algo de dinero. A las chicas les agradan mucho los detalles, en especial a las de tu edad.

—Creo que no hará falta la investigación. La verdad es que es un poco mayor que yo y, eh... ¿Cómo decirlo? Tiene gustos algo excéntricos, aunque ese no es el problema.

¿Sería una de sus profesoras? Porque eso tendría todo el sentido del mundo. Un romance de un alumno con una de sus docentes. No era descabellado del todo y tampoco le sorprendía demasiado, sin embargo, no se esperaba que fuera el caso de Josuke.

—¿De qué se trata entonces?

—Es... —Josuke hizo una pausa para tragar saliva. También entrelazó sus dedos y comenzó a jugar con sus pulgares.

Nunca había hablado de eso con nadie, ni siquiera con Koichi u Okuyasu. Prefería guardar el secreto y observar a la distancia. A leguas se notaba que sería algo imposible.

—¿Josuke? —no pretendía presionarlo, pero si el muchacho ya escupía sangre cada dos o tres días, no tenían tiempo que perder.

—Verás... —le sudaban las manos y podía escuchar tambores en los oídos de tan fuerte que palpitaba su corazón.

Si no lo había comentado antes, no era por falta de confianza, era porque se avergonzaba de ello. Su vida no era la del estudiante modelo, tampoco la del rebelde sin causa o el adolescente descarriado, pero Morioh era un pueblo pequeño y los rumores tardaban en extenderse lo que la pólvora en la guerra. ¿Qué pensarían sus amigos si lo supieran? ¿Su familia? Jotaro... ¿Cómo reaccionaría quien tenía justo al frente?

Cuando reunió el valor necesario para levantar la mirada, esos penetrantes ojos azules le cerraron la boca de nuevo; no obstante, puso fuerza de voluntad para intentar abrirla.

—Verás... —aparte de repetir lo dicho con anterioridad, no salió nada nuevo.

Fue entonces que una idea súbita emergió a raíz de la situación. Jotaro no estaba seguro sobre si debería decirlo en voz alta; podría equivocarse, pero al analizar la reacción apesadumbrada e inquieta en el rostro ajeno, no podía errar demasiado. Él era una persona muy perspicaz.

—Se trata de un chico, ¿cierto?

Josuke dejó escapar el aliento, como quien contiene la respiración durante mucho tiempo y apretando los dientes, asintió con dificultad.

—Dame un respiro —se acomodó la gorra antes de proseguir.

¿Tan engorroso era decir eso? Lo cierto es que Jotaro conocía Japón y su cultura por haberse criado allí, no le era complejo hacerse una idea del estigma que recaería sobre Josuke si lo expresaba, pero desde que hacía su vida en Estados Unidos y aunque por allá no se estaba exento de la discriminación homosexual, era fácil hallar gente que no tuviese la mente tan cerrada en comparación.

—Escucha, si no juzgué al viejo (no demasiado, al menos) por engañar a la abuela, menos lo haré por esto. Hay cosas más importantes que atender.

A Josuke pareció iluminársele el rostro tras escuchar aquello. ¿Eso significaba que todo estaba bien? ¿Jotaro no lo odiaba ni sentía repulsión por él aún sabiendo que le gustaban los hombres? ¿Planeaba ayudarlo pese a saber que él era... así?

—Maldición —murmuró, luego se talló los ojos con el dorso de la mano para no llorar y comprobar que no se trataba de un sueño—. Tienes razón —llevó su diestra a la nuca, intentando disimular la vergüenza, debió parecer un idiota pensando que Jotaro lo juzgaría por algo así—, lamento eso.

—El nombre.

—¡A-Ah! Sí —intentando ocultar el rubor de colegial enamorado, se dispuso a seguir el curso normal de la conversación ahora que no tenía nada de qué apenarse al hablar con Jotaro—. Se trata de…


El poderosísimo Kishibe Rohan se encontraba, como todo buen amo de casa, haciendo los quehaceres diarios. Apenas terminó de tender la cama, tomó una pequeña regadera de mano para hidratar las plantas que se hallaban distribuidas por el interior de su hogar. Después de eso procedería a desayunar y realizar sus ejercicios diarios antes de sentarse a dibujar. Esos eran sus planes, hasta que escuchó el timbre de alguien llamando a la puerta.

—Kujo Jotaro —enunció al abrir, junto a una leve reverencia a modo de saludo, él era de las pocas personas por quienes tenía el respeto suficiente como para agachar la cabeza, aunque fuese en un ángulo imperceptible para el ojo humano—. ¿Puedo preguntar?

Jotaro necesitó exprimirse las neuronas para saber que quería cuestionar el motivo de su visita, después de todo, ellos no habían tenido trato directo más allá del que se necesitó durante la persecución de Yoshikage Kira.

—Tenemos que hablar.

Esas simples palabras le dieron la sensación de vestir la botarga de padre protector que busca hablar con el novio rebelde de su hija. Sí tenía una hija, sólo esperaba nunca atender a nada así es su vida.

La inquietud que levantaban la intriga y la confusión en Rohan no se hicieron de esperar, por lo que se hizo a un lado para que el otro entrara a la casa.

—Estaba por preparar el desayuno. ¿Se te ofrece algo?

—No vengo a comer y este asunto tomará poco tiempo.

A razón de esas palabras, Rohan se dirigió a la sala y ambos terminaron sentados uno frente al otro en sillones opuestos.

Jotaro analizó a Rohan durante su andar. ¿Qué tenía ese hombre de especial para Josuke? No podía concluir que le gustaban los hombres bajitos, ya que Rohan era relativamente alto. Lo que sí notó fue que Rohan tenía un cuerpo delgado y tonificado, además de que exponía mucha piel con la ropa que usaba. Quizá eso había causado un gran primer impacto visual, porque de Josuke sabía que era de carácter pesado y arrogante; no le constaba, a sus ojos lucía como un hombre formal y dedicado a su trabajo. Incluso, siendo alguien descrito con más defectos que virtudes, ¿Cómo es que Josuke se perdió por alguien así? ¿No se supone que la persona que te gusta es casi un ángel hasta que te casas y se termina la fantasía? En fin, no estaba allí para juzgar las preferencias de su joven y estúpido tío, a quien veía como otro hijo sobre el cual tener un ojo encima. Tampoco podía soltar el rollo del hanahaki porque prometió no hacerlo, sobraba decir que resultaría irrisorio a causa de lo fantasioso que sonaba.

—Necesito que uses Heaven’s Door conmigo.

Eso obligó a Rohan a abrir los ojos y cuestionar, como ya era costumbre.

—¿Y por qué tendría yo que hacer eso? —se cruzó de brazos. No por la consideración que le tenía iba a obedecer sus órdenes sin rechistar.

—Será más fácil que leas y juzgues por tu cuenta, a que intente explicarlo.

—Momento, ¿eso significa que quieres que vea tu pasado? —en ningún instante le pidió que escribiera algo y eso sí que era raro. Nadie lo dejaba indagar en su vida de buenas a primeras sin solicitarle favores por anticipado, además ¿qué podía ser tan complejo como para que alguien de su porte no pudiera narrarlo?

—Sí. Necesito que leas lo que ocurrió el día de ayer entre las cuatro y las seis de la tarde. No hurgues más atrás ni más adelante. No puedes tener cerca ningún objeto que permita la escritura y si haces algo distinto a leer...

Star Platinum se manifestó justo a un lado y prosiguió:

—Te destrozará ambas manos.

—Veo que eres consciente de los efectos de mi habilidad. Eres un hombre demasiado cauteloso, Jotaro Kujo.

«Además de inteligente, adinerado e increíblemente apuesto» pensó.

—Pero aún hay algo que no termino de entender.

Jotaro le plantó una mirada seria, sin mediar una sola palabra, esperando que continuara.

—¿Qué planeas exactamente? Resulta difícil creer que sólo vienes aquí a hacerme leer.

—Santo cielo —suspiró con fastidio y se acomodó la gorra. ¿Es que no podía aceptar los hechos y ya? ¿Eran necesarios tantos cuestionamientos?—. Si quieres comprender la situación, lo descubrirás por medio de tu Stand. Independiente a la decisión que tomes después, sé de buena fuente que podría servirte como referencia para la historia que estás creando o para alguna otra en el futuro, así que no será un asunto que no rinda frutos.

—¿Y...?

—No tengo nada más que agregar —cruzó los brazos al finalizar.

Rohan admitía que ese hombre conocía la manera más directa y eficaz de hacer las cosas. Por esta ocasión dejaría de darle vueltas al asunto, si se trataba de algo que podría servir para su manga, no seguiría perdiendo el tiempo.

—De acuerdo.

Se puso en pie y caminó hasta colocarse a un lado de Jotaro, ignorando la imponente presencia de guerrero materializado a sus espaldas.

—Heaven’s Door —extendió la palma de una de sus manos como el movimiento que hacía por costumbre y tras buscar la fecha y la hora indicadas, comenzó a leer del área del brazo.

Enarcó una ceja al ver que se trataba de una plática entre Josuke y Jotaro. Debía admitir que era sorpresivo, no esperó tener a la fuente de sus pesadillas vomitando sangre con pétalos, producto de un amor no correspondido... ¿Por él? ¿Por Rohan Kishibe? Releyó esa parte dos o tres veces, como si lo increíble del asunto radicara en el amor unilateral, en lugar de que Josuke fuera gay o en la existencia de algo tan utópico como el hanahaki. Ahora sabía por qué era necesaria la lectura. No hubiese creído de buenas a primeras la existencia de una enfermedad así.

Supo que había llegado al final de la historia cuando Star Platinum comenzó a acercarse. Moría de curiosidad por saber qué ocurrió después, pero sus manos eran lo más importante que tenía en la vida, así que no tomó el riesgo y levantó el efecto de su Stand.

Jotaro y Rohan se miraron unos segundos, hasta que éste último decidió tomar la palabra.

—No comprendo —se tocó el puente de la nariz intentando no fruncir el ceño—. ¿Me estás pidiendo que corresponda a los sentimientos del pat... Josuke para que se cure?

No era que Jotaro tuviera experiencia absoluta en el manejo del catálogo de emociones humanas, pero Rohan parecía estar disgustado y... ¿Ofendido?

—Nunca dije nada similar —acto seguido se puso en pie, listo para retirarse.

—¡Oye! —se levantó tras él, para buscar las respuestas que necesitaba—. ¿Cuál es el objetivo de esto si no?

Jotaro soltó un gruñido gutural al mirar a Rohan por el rabillo del ojo.

—Quiero pensar que eres un hombre inteligente, así que saca tus propias conclusiones. Era preciso ponerte al tanto, ya que esto te involucra, pero no está en mí el obligar a nadie a hacer nada.

Rohan se detuvo unos pasos antes de llegar a la puerta, así que lo último que vio fue a Jotaro girar la perilla para salir.

—Con permiso —añadió a modo de despedida antes de cerrar y desaparecer de la vista del otro.

No había faltado a su palabra, puesto que no dijo ni una sola palabra acerca de la deplorable condición de Josuke. Tampoco podía obligar a Rohan a que gustara del muchacho sólo para salvarle la vida, pero si había algo en él que pudiera responder al llamado de auxilio desesperado de alguien de su familia, valía la pena intentarlo. Lo demás dependía de ellos, aunque arreglaría lo necesario para un servicio funerario por si las dudas.

Rohan volteó en dirección al reloj. Se dice que en los sueños no es posible tener noción del tiempo y el poder ver la hora representaba con claridad que se encontraba despierto. No haría la estupidez de golpearse o pellizcarse para comprobarlo.

Justo ahora tenía dos opciones, la primera correspondía a seguir con la rutina, pues así Josuke desaparecería de su vida en poco tiempo; la segunda, buscar a ese delincuente de peinado espantoso para volverse la cura y mantenerlo íntegro. En otras circunstancias, quizá la primera opción hubiese sido el rumbo más lógico a seguir, ahora... ¿Ahora qué?

Rohan adoraba Morioh, era un lugar tranquilo y espacioso a comparación de Tokio. Morioh eran sus casas, sus habitantes, sus extraños usuarios de Stands pululando por las aceras. Por mucho que le gustara negarlo, Josuke era parte de todo eso. En el último año ese patán se había dedicado a importunar sus días con estupideces e ideas descabelladas. Rohan recordaba muy bien un día que salió a la calle a buscar inspiración, dado que se hallaba a la mitad de un bloqueo artístico y de la nada se topó con ese patán, quien tenía dos tickets para el zoológico, cortesía de Koichi, pues Yukako había enfermado y tuvieron que cancelar su cita. Fue extraño al inicio, pero resultó ser una buena idea porque en su manga había introducido a personajes capaces de transformarse en una abominación mitad bestia. Pudo dibujar bastante y hasta le compraron un helado. El delincuente resultó irritante como de costumbre, pero llegó a reírse muy para sus adentros de uno que otro comentario suyo. También hubo otra ocasión en la que Koichi tuvo que limpiar la casa junto a su hermana a razón de un castigo y de nuevo fue Josuke quien terminó con boletos para el cine. A Okuyasu no le gustaban las películas de terror, así que la única opción viable terminó siendo Rohan. En esa ocasión fue Rohan quien pagó las botanas y los dulces, todo para mantener a Josuke callado y entretenido, así podría aprovechar para analizar el comportamiento de un montón de adolescentes en una sala de cine, de algo le serviría cuando tuviese que recrear un escenario similar de la forma más realista posible. Lo que no se esperó fue tener a Josuke pegado durante la mitad de la función, ya que el niño tampoco gustaba de ese tipo de películas. Al salir de la sala aprovechó para burlarse de él en todo lo posible. Jamás lo había visto comer palomitas de maíz enojado, por lo que también aprovechó para hacer un sketch. Su cara era muy buena.

Rohan no era consciente de la sonrisa furtiva que se comenzaba a formar en sus facciones, producto de los recuerdos. No duró mucho. En cuestión de segundos se replanteó algo muy importante.

«¿Acaso aquellas salidas habían sido citas en la cabeza de Higashikata?»

De ser así, sólo había terminado de darle ilusiones, ya que en ese año salió de viaje y al volver lo invitó a él, a Okuyasu y Koichi, a una cafetería y les contó lo que había vivido. La idea original era centrarse en dibujar el siguiente arco de su manga, pero la reacción de alguien que escuchara sus relatos era fundamental para plasmar la expresión a la perfección en su historia.

«Josuke no pudo interpretar eso como una cita, ¿o sí? Es decir, había otras personas presentes».

Esos fueron algunos casos, aunque habían llegado a juntarse en diversas ocasiones. No dejó de estar alerta, pero paulatinamente Rohan se acostumbró a la presencia del mentiroso y tramposo de Higashikata.

El momento más ridículo que recuerda fue una ocasión en la que ocupaba un modelo con músculo para replicar ciertas poses poco cotidianas. Josuke se plantó a decir: “Está bien, Rohan, dibújame como a tus chicos de manga (¿Me vas a pagar, cierto?)“. Luego de eso se tiró en un sofá, imitando una escena de la película de Titanic. Le dio risa, sí, pero se limitó a verle feo mientras advertía que no le hiciera perder el tiempo. Su fecha de entrega estaba muy cerca aquella vez.

Nada entre los dos podía verse romántico. La mayor parte del tiempo lucían como dos niños pequeños peleando por un juguete. En cierto sentido, era divertido. Rohan negó con la cabeza al pensar en ello. ¡No! No era divertido. Era molesto.

«Molesto...» A esas alturas, ni él se la creía.

En varias ocasiones Josuke pasó por la casa cuando Rohan estaba ocupado o atendiendo un importante ataque de inspiración, lo que le permitía avanzar varios capítulos en una sentada. Josuke se limitaba a acomodarse por ahí para hacer su tarea en silencio.

De forma inaudible y gradual, Rohan se había abierto. No solía hablar de sí mismo, aun así, se detenía a preguntar por la opinión contraria para saber qué tipo de situaciones resultaban más intrigantes. De igual modo llegó a girar sobre su cómoda silla ejecutiva, para descubrir a un rufián durmiendo cerca y sólo en esos instantes sentía algo lo suficientemente fuerte como para interrumpirse a sí mismo y colocarle una cobija encima. Después, se enfocaba de lleno en su manga, ignorando todo a su alrededor.

¡Con un carajo! Sí era su culpa (en parte), que Josuke estuviera enamorado. No era para menos, Rohan sabía que lo tenía todo a su favor: apuesto, joven, adinerado, con buenos gustos y excelente sentido de la moda. Se molestaría de verdad con Josuke si no hubiera caído a sus pies al ver todo eso.

Esto elevaba su maldito orgullo por encima de las nubes.

Ahora la verdadera pregunta era: ¿Qué sentía el magnánimo Rohan Kishibe por ese chiquillo insensato?

A razón de una experiencia pasada y bastante sepultada en los lugares más recónditos de su archivero de recuerdos, Rohan conocía de primera mano cómo era prometerle el mundo a alguien mayor que sí mismo. Al final no se dio nada entre esa mujer y él... Tendría la edad de Josuke cuando le ocurrió algo similar, pero ahora se encontraba en el lado contrario de la balanza y el muchacho era quien estaba perdido por él. Le daba asco empatizar con un delincuente juvenil, pero también se avergonzaría de sí mismo si fingiera no conocer esa emoción.

Rohan elaboró el gesto de abrazarse a sí mismo, sintiendo lo frías que estaban sus manos y salió de su trance al percibir el ruido en su estómago que le recordó no saltarse el desayuno. Quizá estaba dando muchas vueltas al asunto por tener el estómago vacío. Lo resolvería una vez que nutriera su cuerpo.


Transcurridos un par de días, Rohan salió de su hogar cuando el sol se encontraba en su punto más alto, pasó a la farmacia por un medicamento para las náuseas y lo guardó en sus bolsillos antes de presentarse frente a la puerta de la familia Higashikata.

A esa hora Josuke debía estar en la escuela, aunque su propósito no era visitarlo, sino hablar con su madre para resolver algunas dudas personales… Já. Sí, claro. Planeaba usar Heaven’s Door con ella para no malgastar su preciado tiempo. Tenía muchas cosas que hacer.

No obstante, su sorpresa fue descubrir al patán número uno de Morioh abriendo la puerta. No vestía su acostumbrado gakuran, llevaba encima un conjunto veraniego y su espantoso peinado se encontraba deshecho, con el cabello aún humedecido y acomodado hacia atrás, como quien acaba de salir de la ducha. No lo admitiría de buenas a primeras, pero ese look rebelde lo hacía lucir increíble, por suerte llevaba consigo su acostumbrada libreta de sketches.

Ambos se miraron unos segundos de manera inexpresiva. ¿No sabían qué expresión poner o era la costumbre de recibirse con monotonía? La verdad era que ambos dejaron la mente en blanco apenas sus ojos se encontraron.

Es una acción repentina y violenta, Rohan interpuso el pie antes de que Josuke cerrara la puerta por completo.

—Un recibimiento esperado de un patán.

—¿Acaso avisaste que vendrías?

—¿Huh? ¿Tu casa es un consultorio ahora?

Como cada que se encontraban, tuvieron una pequeña y amigable discusión con Rohan forcejeando para abrir la puerta mientras Josuke empujaba para evitarlo.

¡¿Qué demonios?! ¡¿Qué hacía Rohan de visita en su casa?! ¡Lo que le faltaba! En esos momentos se sentía tan mal que no deseaba ver a nadie.

Luego de varios minutos que consistieron en ejercer una estúpida presión contra la puerta, Rohan logró entrar. Recargó la palma de la mano en una pared y se limpió el sudor de la frente con un pañuelo que extrajo del interior de sus bolsillos intentando acompasar la respiración. Josuke colocó un brazo en el muro contrario a su visita indeseada para recuperar el aliento. En la cotidianeidad nada de eso le habría supuesto problema alguno, pero esos últimos días estaba tan falto de energías, que poco podía hacer para remediarlo.

Rohan se calmó en poco tiempo, se giró hacia Josuke, quién aún lucía cansado y permaneció en silencio viendo su espalda y los esculpidos músculos de sus brazos consiguiendo analizar ahora que llevaba manga corta.

—¿Qué…? —Josuke hizo una pausa hasta que sus atrofiados pulmones le permitieron tomar aire con regularidad—. ¿Qué haces aquí?

Rohan colocó las manos a cada lado de la cadera y respondió con indignación.

—Vengo a hablar con tu madre.

—¿Hah? ¿Acaso tú también te la quieres ligar?

Cuando varios de tus amigos dicen que tu mamá está muy buena, se crea la costumbre de pensar mal de cualquier persona, más o menos joven, que se quiera acercar a ella sin aclarar sus intenciones y como el buen hijo celoso que era, debía evitar esas situaciones a toda costa.

—Qué pensamientos tan repulsivos tienes —contestó con un deje de irritación en la voz.

—¿Entonces?

—Es un asunto que no te incumbe, además, ¿no deberías estar en la escuela justo ah…?

Josuke levantó la mano en señal de pausa y se llevó la palma contraria a cubrir la boca. Rohan no dejó de escrutarlo de forma minuciosa, desde el cómo se le humedecieron los ojos, hasta el momento en que corrió por el pasillo para adentrarse a otra habitación.

Escuchó la manera en que tosía y vomitaba. Una palabra apareció instantáneamente en su cabeza:

«Hanahaki»

En un parpadeo apareció en el cuarto de baño, observando con fascinación el panorama: Josuke de rodillas, con las manos recargadas en los laterales del excusado y el rostro sobre la taza escupiendo tal cantidad de sangre como si alguien hubiese apaleado su vientre con enjundia. Tenía una expresión desesperada, ahogada, dolorosa. Jamás había visto al chico sufrir tanto, por lo que una media y cínica sonrisa no tardó en aparecer. Sintió sus propias manos temblar y no dudó en trazar cada detalle con tanto cuidado y rapidez como le fuera posible.

—Espléndido —susurró.

Eso estaba siendo más provechoso que visitar a la madre. Tal vez debió ir por Josuke de lleno.

Después de unos momentos, en los que el sangrado pareció detenerse, Rohan también terminó de dar los últimos retoques al dibujo. Guardó su pluma fuente y soltó el cuaderno, el cual llevaba colgado a su cuerpo con una correa. Se acercó hacia la escena y apartó a Josuke al empujarlo por el hombro, quien quedó sentado en el suelo como consecuencia.

Los ojos de Rohan brillaron como si tuviera una montaña de oro y diamantes de frente. Josuke sintió grima y un escalofrío al ver ese rostro de estupor.

Rohan no dudó ni por un instante meter la mano al retrete para extraer los pétalos empapados en sangre.

—Qué asco me das —murmuró Josuke, sin apartar la mirada para saber qué iba a hacer ese maniático.

Acto seguido, Rohan se dirigió al lavamanos y abrió el grifo con cuidado para limpiar la sangre. Sostuvo un par de pétalos entre sus dedos y los miró a contraluz.

—En verdad son pétalos de cerezo —dijo en voz alta mientras analizaba el color rosado y tenue que los coloreaba.

Una risa ligera y entre dientes fue lo que comenzó a emitir el mangaka perturbado, y poco a poco se tornó en una risa enferma y psicopática, como si le acabasen de contar el chiste del siglo.

—¡Quién lo diría! El hanahaki de verdad existe. —Es decir, lo había visto escrito en el cuerpo de Jotaro, pero leer una situación y experimentarla de primera mano eran cosas muy distintas.

Poco le duró la celebración, puesto que Josuke se levantó del suelo conteniendo la ira tanto como le era posible. Tomó a Rohan por las ropas del cuello y no dudó en azotarlo con violencia contra la pared.

—¿Cómo lo supiste?

Sólo conocía a una persona que lo sabía y no dudaba de él, por lo que haría que Rohan se lo revelara, así tuviera que molerlo a golpes.

Un par de ojos zafiro, brillantes y afilados, dignos de una fiera, le anunciaban que Josuke no escatimaría en destrozarlo hueso por hueso si decidía jugar con su paciencia y tentar a su suerte. La última vez que eso ocurrió terminó en el hospital, por lo que sería directo.

—Usé Heaven’s Door en Jotaro.

—Oh, por favor —rodó lo ojos sin creer una sola palabra—. ¿Ahora quién es el mentiroso?

Rohan levantó una ceja y no reparó en nada al momento de hablar.

—¿Disculpa? —se colocó una mano frente al pecho con indignación antes de proseguir—. A diferencia de alguien, yo sí tengo principios y si te digo que usé mi Stand en Jotaro, es porque usé mi Stand en Jotaro. De hecho, no sólo descubrí que el hanahaki te está matando, sino que se lo has ocultado a todos, además del hecho de que eres gay y, para variar, te gusto yo —se jactó al final. Le hacía gracia pensar que de entre todas las personas, Higashikata se fijó en el único con el que parecía no tener oportunidad.

Josuke lo soltó mientras fijaba su atención en un punto aleatorio del techo. Se frotó los ojos y le dio la espalda. Eso debía ser una estúpida pesadilla. Rohan lo sabía todo y estaba allí para burlarse, no le cabía duda de eso. Él no era un chico llorón ni mucho menos, tan sólo que ahora sentía muchísima frustración, odio y tristeza de maneras tan masivas, que no sabía cómo lidiar con ello. Eso sin contar el dolor físico que... ¡Mierda! No llevaba ni tres horas de haber vomitado sangre, cuando se repitió en el momento en que llegó ese desgraciado. No quería saber nada más. Lo mejor era encerrarse en su cuarto e intentar dormir para intentar liberar el estrés que se había acumulado en su joven cuerpo.

Suspiró en un vago intento por calmarse. Logró hablar en voz baja y ronca, aunque firme. En otras circunstancias eso habría representado sed de sangre.

—Vete de aquí.

A juego con eso se encaminó hacia la puerta. Necesitaba descansar.

—Oi, Higashikata. Escu... —lo tomó por el brazo y casi al instante el nombrado se zafó de su agarre con un movimiento brusco, lo cual hizo que interrumpiera su oración.

Josuke dio un puñetazo limpio a la pared que se hallaba tras Rohan. La fuerza había sido potenciada por el brazo de su Stand, que apareció a la par. Después de hacer un agujero notorio, lo reparó.

—He dicho que te largues.

Rohan quedó pasmado varios segundos hasta que el chico salió del cuarto de baño. Por mucho que le hubiese gustado replicar y verlo por encima, sintió la mano de Josuke rozar su mejilla durante el golpe y Rohan no era estúpido, sabía que no podía luchar de frente contra ese animal. Era superado en fuerza, velocidad y resistencia por un muchacho de dieciséis años y por eso lo detestaba en demasía.

Tal vez debía irse de una buena vez y dejar al desgraciado de Higashikata a su suerte, pudriéndose por dentro; sin embargo, por alguna razón sus piernas no le respondían para llevar a cabo tal acción. Era como si su cuerpo se negase a cooperar con su mente, quizá entendiendo que esos no eran sus verdaderos deseos.

«Muévete, muévete, muévete». No iba a dejar que nadie lo tratara de la forma en la que ese delincuente de pacotilla lo había hecho.

Desvió la mirada en dirección a la salida cuando oyó una puerta siendo cerrada en alguna parte de la casa. Seguro que Josuke se había confinado en algún lugar de la casa. Con la mirada y el mal rollo que se cargaba, era muy probable.

Pudo analizar su expresión llena de resentimiento, cólera y malestar, aunque por alguna razón tuvo la sensación de que eso solo lograba enmascarar una profunda desdicha y frustración. Era lo bastante observador para arriesgarse a concluir eso sin temor a la equivocación. No se había grabado las expresiones del mocoso en vano, pese a que lo hizo de manera inconsciente y recién se había percatado de ello.

Tenía que buscarlo y decirle que… ¡Momento! ¿Por qué debía hacerlo? En primer lugar, fue él quien no lo dejó terminar de hablar; no obstante, para ir a su encuentro sí que se había movido su cuerpo.

Josuke se metió a su habitación. Si Rohan sabía lo que le convenía, le iba a dejar en paz. No quería saber nada de su estúpida enfermedad de fantasía. No pretendía saber nada de nadie, por eso había faltado a la escuela ese día, así podría ordenar sus pensamientos. Justo se le ocurrió aparecer quien más se los revolvía.

Se sentó en el piso a un lado de la cama, recargando la espalda sobre ésta. Su mirada descansó en el techo.

No supo cómo ni cuándo, pero le gustaba Rohan. Demasiado. Habían tenido sus roces en el pasado, aunque entre más lo conocía, mayor era la fascinación que sentía por sus múltiples reacciones y facetas. Le hacía gracia verlo molesto por cosas triviales, por supuesto que le atraía físicamente y qué decir de cuando lo veía sonreír o embelesado por las cosas nuevas e intrigantes que descubría: era una belleza.

Sabía que no tenía oportunidad con él. Era algo estúpido e imposible, aun así, lo había intentado. El cine, el zoológico, pasar tiempo a su lado. Al inicio sólo quería que se llevaran mejor y ahora era su mayor perdición.

Rohan se adentró a la habitación con paso decidido y el semblante de pocos amigos que seguido se maquillaba en la cara. Josuke no dudó en fruncir el entrecejo mientras se ponía de pie. Esta vez Rohan no sería blando. Había dejado que el chico jugara sus cartas. Ahora era su turno. No permitió que el otro abriera la boca, sino que lo empujó para que se sentara sobre la cama.

—¡Ni se te ocurra! —lo señaló con un dedo a modo de amenaza—. ¡Vas a escucharme, te guste o no, Higashikata Josuke! —carajo, se sentía como su madre regañándolo por alguna travesura.

«¿Qué?» ¿O sea que esa molestia viviente había ido a hablar? ¿En serio? ¿Con esa actitud tan arrogante y molesta?

Rohan sacó la cajita de pastillas que había comprado en el trayecto y las dejó sobre el buró porque le quedaba cerca.

—Son pastillas para las náuseas. Las compré en caso de que sintiera arcadas —explicó—. ¿Has escuchado de esos cuentos infantiles en los que una princesa besa una rana y eso rompe la maldición que había capturado a un apuesto príncipe?

Josuke quiso asentir, pero el otro siguió con la verborrea inundada de indignación y altivez.

—Yo, el gran Kishibe Rohan, he decidido hacer la buena acción de la década ayudándote a superar tu crisis amorosa o como sea que la llames. En otras palabras, el apuesto príncipe que tienes enfrente —se señaló a sí mismo tocando su pecho—, va a romper el maleficio del jodido sapo horrible que lo sigue a todos lados.

Se encontraba bastante irritado, casi tenía un tic nervioso en una ceja a causa de eso, mas no le importó. Tomó el rostro de Josuke entre sus manos sin meditarlo realmente y acercó su rostro. A lo que el chico lo sostuvo por los hombros para mantener la distancia. Así quedaron inmersos en un extraño forcejeó por segunda ocasión.

—¿Pero qué demonios crees que haces?

—¡¿Es que acaso no prestaste atención a la analogía?! ¡Voy a besarte, maldita sea! Ya si me da mucho asco, para eso traje las pastillas.

—¡¿Hah?!

Josuke no era un chiquillo bipolar, pero con ese tipo de eventos tan raros, sucesivos y repentinos, cualquiera cambia un estado de melancolía por uno de extrañeza e incredulidad.

Sin dudarlo mucho, empujó a Rohan para ponerse pie; no obstante, tropezó con los pies de éste y ambos cayeron de lleno al suelo, eso sí, sin dejar de forcejear.

—¡¿Qué demonios, Higashikata?!

—¡Nada de eso! ¡¿Qué demonios contigo?!

Así fue como una de sus típicas discusiones histéricas dio inicio.

Hubo un cambio de posiciones, quedando Rohan en el suelo.

—¡¿No se supone que yo te gusto?! ¡Deberías estar ilusionado con que te bese!

—¡Pero esto no es nada romántico!

—¡Oh! ¡Perdone usted, princesa!

Un giro más y ahora era Rohan quien estaba encima por encima de Josuke. Se separó, quedando a horcajadas sobre el abdomen opuesto. Respiraba de manera agitada como consecuencia del esfuerzo físico, aun así, no se detuvo a reponer fuerzas. Tomó las muñecas contrarias con cada mano e intentó juntar sus labios de nuevo.

Josuke hizo que dieran otra vuelta y su cuerpo chocó de manera estrepitosa contra el tocador, donde retocaba el maravilloso pompadour que le caracterizaba. Fueron apenas unos instantes en los que recordó que el enorme espejo que había encima estaba sólo recargado contra la pared en un pésimo ángulo y que también quería aprovechar ese día para fijarlo.

Ante el inminente desastre del objeto que se les venía encima, materializó a su Stand al tiempo en que cubría a Rohan con su propio cuerpo. Escuchó el choque de una de las esquinas de madera contra el suelo, el vidrio se quebró y no reparó en usar la habilidad de Crazy Diamond para reparar el desastre antes de que alguno de los dos pudiera lastimarse.

Rohan no desperdició la oportunidad. Aprovechó que ese patán malagradecido estaba distraído para sostener su atractivo rostro y así tomar sus labios con los propios. Josuke abrió los ojos y soltó un quejido en sorpresa.

Agarró las muñecas de Rohan con la intención de separarlo, pero no pudo hacerlo. Según él, lo besaría para romper su maldición, pero era todo lo contrario, a cada segundo que pasaba sentía cómo le menguaban más y más las fuerzas. No podía apartarlo, en realidad, no quería.

Estaba consciente de que en el momento en que Rohan estuviera sobre sus labios sería su fin y si ese cínico de porquería tenía ganas de vomitar después, terminaría de romperle el corazón. Sin embargo, Rohan tuvo toda la intención de profundizar el beso y no le negó la entrada a su boca ni las caricias húmedas a su lengua.

Sintió esas condenadas mariposas en el estómago y pese a que empezó con timidez, ahora intentaba responder con fervor a ese cálido contacto. Era su primer beso, así que sabía de sobra que debía sentirse torpe y un poco descuidado. No deseaba arruinarlo, pese a que puso nervioso al sentir cómo sus dientes superiores chocaban con los opuestos.

Rohan se apartó de Josuke y lo empujó con una mano por el pecho, para sentarse sobre sus rodillas. Estar en el suelo hizo que la saliva, probablemente de ambos, se acumulara en su boca, como reflejo la pasó y justo después se asqueó de sí mismo. ¡También de Josuke!

—Con tanta saliva siento que me está babeando un perro. ¿Es que se te hace agua la boca? ¡Contrólate, Higashikata!

—¡Hn! —soltó una rápida afirmativa. Moría de ganas por hacer eso de nuevo.

—Intenta no ser tan ansioso, esto tiene que tener algún ritmo.

Josuke asintió, aunque dentro de sí no dejaba de pensar cosas como: “sí, sí, hazlo de nuevo”, “lo que sea, bésame otra vez”.

Rohan le mordió un labio con suavidad en una acción maliciosa y obscena, soltándolo antes de hablar.

—Y cierra los malditos ojos.

—O-Ok.

«Pedazo de demente, ¿por qué eres así?» pensó mientras mordía con sensualidad su labio inferior, para soltarlo con lentitud. Creía que estaba jugando con su paciencia.

Rohan se sonrojó al ver ese gesto tan sexy que Josuke le acababa de dedicar. ¿Ese infeliz era consciente de lo que había hecho? Más le valía que no, porque ocasionó que un tenue carmín le coloreara las mejillas.

Sin tener muy claro cómo reanudar y sintiéndose presa de la inexperiencia, uno se acercó al otro a modo de jugueteo y por segunda ocasión fue Rohan quien dio el primer paso. No por otra cosa, sino que experimentar de nuevo esa sensación de leve sabor metálico, tan desconocida y nueva a la vez, lo incitaba a grabarla en la profundidad de su ser. Por alguna razón, por ridículo que pareciera, sabía que podía repetir eso una y otra vez sólo si se trataba de Josuke.

El muchacho acompasó la respiración con la de Rohan o eso intentaba. Tenía que empezar por algo y cuando lo logró, le rodeó por la cintura. Ese abdomen descubierto que tantas veces había anhelado acariciar, ahora se encontraba al alcance de sus manos y darle cobijo con sus brazos era algo que siempre soñó. Sin saberlo, hizo que el acto se tornara un tanto asfixiante y erótico para Rohan, aunque éste no le reprochó nada en absoluto, en su lugar enredó los dedos sobre sus oscuros cabellos y pegó por completo su cuerpo al ajeno en un contoneo sugestivo.

No sabía por dónde empezar ni en qué parte concentrarse. Eran demasiadas emociones en un pecho tan joven y Josuke podría llorar de la felicidad. Llegó a sentir húmedos los ojos, sin embargo, no derramó ni una lágrima. Dejó de pensar por completo en el mundo y en sus acciones para centrarse en responder ese beso como él sentía que era debido. No obstante, de un momento a otro sintió un tirón de cabello y el ambiente fogoso se fue al carajo.

—Como no quites tus manos de mi trasero en este instante, te juro que te dejo calvo.

Al escuchar eso, todos los sentidos de Josuke regresaron a sí. En verdad tenía las manos sobre los glúteos de Rohan. Presionó un poco para estar seguro de que no fuera una equivocación, pero otro tirón a su cabello le corroboró que no era así.

—¡Ah! ¡Deja de hacerlo! ¡Duele! —junto con eso levantó las manos, como quien es atrapado en un crimen y Rohan deshizo el agarre.

—Pervertido —giró el rostro y lo miró por el rabillo del ojo, como para acentuar su disgusto.

—No lo noté, ¿sí? Me distraje demasiado y…

—Claro, claro. Otra más de tus mentiras no conmueve a nadie.

Josuke hizo una especie de puchero molesto a la par en la que Rohan cruzó los brazos. Fue entonces que sus neuronas conectaron para hacer una maldad.

—Además, no sé por qué te quejas tanto. Todavía tuvieras mucho por detrás, pues bueno, es comprensible, pero esto… —para coronar la escena, llevó sus manos a dar un fuerte apretón a las nalgas de Rohan. Podría masajearlas y acariciaras hasta el cansancio, aunque en ese momento por supuesto que buscaba molestar.

—¡Higashikata Josuke! —a saber si la furia o la vergüenza le pusieron el rostro del color de la grana, pero no dudó en ordenar a sus manos que ahorcaran a ese sinvergüenza.

Josuke se limitó a soltar una pequeña carcajada mientras sostenía las muñecas contrarias para evitar ser estrangulado.

—Reconozco que fui idiota al intentar salvarte, así que ven para que te asesine con mis propias manos. Le haré un favor a Morioh y al mundo al librarlos de tu existencia —inclusive se hallaba apretando los dientes para intentar retener el coraje.

—Vamos, vamos, no fue para tanto. De lo que deberías preocuparte es de que se te corrió el maquillaje.

Rohan se levantó de golpe, si había algo capaz de hacerlo cambiar el asunto a tratar eran sólo dos cosas: la primera, que un evento fascinante ocurriera frente a sus ojos y, la segunda, que algo estuviera mal con su apariencia.

Al verse frente al espejo que casi los aplasta momentos atrás, notó que, en efecto, el labial verde que de vez en cuando usaba a juego con su atuendo, se había esparcido lejos de las comisuras de sus labios. Frunció el ceño y volteó a ver a Josuke. Estaba claro que eso había sido su culpa, aún cuando se giró hacia éste, no hizo más que colocar las manos a los costados de la cintura para mostrar una sonrisa burlesca.

—¿Ya te viste tú? —señaló el espejo para hacer juego con sus palabras.

Josuke se puso en pie algo confundido y puso los ojos en blanco al notar que lucía como un payaso con pintura verde mal esparcida alrededor de la boca. No obstante, no dejaría que Rohan se riera de él por mucho tiempo.

—Rayos —dijo con sarcasmo, antes de adornar su rostro con una mueca sagaz—, tienes razón. Parece que fui atacado por una prostituta.

Rohan lo tackleó en el acto. Fue tan rápido que no le dio tiempo al otro para reaccionar.

—¡Te mandaré directo al infierno de donde saliste, zoquete de porquería!

Josuke sólo debía evitar que le presionara zonas vitales mientras se partía de la risa. Rohan solito cavaba su propia tumba, él no tenía la culpa de su mal genio y poco aguante.

Entre bromas y gritos el humor de Josuke volvió a la normalidad. Tampoco lo pensó en ese preciso instante, pero a partir de ese momento dejaría a ver sangre con pétalos de flores flotando en el retrete y su vida se llenaría de desvaríos, mientras que Rohan… Oh, pobre Rohan. Su vida daría giros muy violentos y dejaría todo patas arriba. Pese a que le sería bastante difícil sobrellevar la situación en un inicio, recibiría varias y sorpresivas primeras experiencias de esas que él tanto gozaba experimentar. De momento ninguno de los dos sabía que acababa de ganar un compañero de por vida junto a un hilarante amor incondicional.