Capítulo único
Sukuna ingresó al apartamento que compartía con su hermano gemelo, Itadori Yūji. No le sorprendió encontrar un par de zapatos negros y grandes en la entrada, frente al gekan, en especial porque sabía a quién pertenecían.
Chasqueó la lengua y entornó los ojos con fastidio al dar un par de pasos hacia el interior y toparse con la asquerosa imagen de Yūji besuqueándose con Gojō en el sofá.
—¡Su-Sukuna! —exclamó Yūji, echando a Gojō a un lado.
El pobre cayó de costado al piso, soltando un gemido lastimero que sonó como un «gah». Estaba encima de Yūji, disfrutando de sus labios como si fuera la primera vez y por poco termina besando el suelo.
—Llegaste temprano… —Se sacudió la ropa por inercia, mientras se sentaba como si nada hubiera pasado—. Qué sorpresa.
—Si quieren chuparse los penes, hay un lugar para eso.
—¡Sukuna! —No estaba molesto por el comentario. Tenía por costumbre soportar al otro ser tan claridoso, aunque sí le abochornaba la elección de palabras.
—Oye, dile a tu mísero novio que invierta en un hotel. —Señaló al tipo que se hallaba poniéndose en pie—. La próxima vez que los encuentre así, les echo agua (par de animales).
—Vaya, vaya. ¿Pero qué es esto? ¿Acaso huelo envidia? —bromeó Gojō, con la insana intención de molestar.
La respuesta de Sukuna fue hacer puño la mano y levantar el dedo medio, sin detener su andar hacia su habitación.
A veces se arrepentía enormemente de haber sido el causante de que esos dos se conocieran.
Todo comenzó un día que Gojō perdió una apuesta con Sukuna.
—¡Me niego! —exclamó el primero de ellos, bajando el puño contra la mesa.
Sukuna meció de izquierda a derecha el celular que sostenía, el cual reproducía un video de Gojō medio ebrio, haciendo un trato con él para después perder de manera olímpica.
Ambos eran estudiantes universitarios de la licenciatura en Física. Gojō cursaba su último semestre y Sukuna, el primero. Por alguna brujería mística se habían vuelto amigos inseparables, quizá porque tenían las mismas aficiones y carácter complicado, pero al mismo tiempo eran muy distintos.
—Ni siquiera te estoy pidiendo algo humillante —habló Sukuna, tomando un sorbo de café de su termo—. Es eso, o asolearte el ano a mitad del campus. Tú eliges.
—¡Demonio!
Sukuna soltó una risa de pecho.
—Así me llaman.
Gojō suspiró con resignación. Se dejó caer contra el respaldo del asiento, desparramándose en el mismo.
—Muy bien, lo haré.
—Así me gusta.
—¡Pero te quiero ahí de apoyo moral!
—No. Jódete.
Gojō se levantó, dispuesto a tomar a Sukuna por el cuello para ahorcarlo y, en eso, apareció Ieiri Shōko. Se trataba de una vieja amiga de Gojō; estudiante de medicina.
—¿Qué hacen?
—El baboso perdió una apuesta. —Señaló a Gojō con el pulgar—. Ahora tiene que tocar el violín a media calle.
—Ah, algo leve. Creí que le pedirías algo más serio.
—¡¿Cómo que leve?! —Gojō se salió de sus casillas, fingiendo un evidente y ridículo drama—. ¡Mi brillante futuro artístico quedará arruinado! Todos pensarán que soy un artista callejero.
Sukuna estableció aquello como «castigo» porque sabía de las habilidades musicales de Gojō, mas nunca antes lo había escuchado tocar.
Gojō impartía clases de violín para completar algunos gastos académicos. Su familia, cuando aún era pudiente, lo había obligado a tomar clases desde niño. Lo odiaba con todo su corazón, aunque a la larga aprendió a tomarle aprecio al instrumento y en esos momentos de su vida resultaba ser de gran ayuda.
Quién lo diría.
—Deja de hacer berrinche. Ya estás muy viejo y das grima. —Shōko tomó asiento a un lado de Sukuna.
Como en su última rotación trabajó con pacientes pediátricos, cargaba algunos caramelos consigo, por lo que aprovechó ese momento para sacar unos cuantos del bolsillo y colocarlos sobre la mesa. También lo hacía porque no tenía opción. Era eso o ver a Gojō visitándola en su área de trabajo como pretexto para estafar a los niños a cambio de golosinas.
Sukuna detestaba los dulces, así que los ignoró. Gojō no reparó en partir con los dientes una pastilla con sabor a mandarina.
Luego de varios minutos en los que ese peculiar trío contempló el abismo, a causa de la falta de sueño, Gojō marcó un número en su celular.
—Muy bien —susurró, antes de colocarse el aparato al oído.
Tras unos cuantos segundos, alguien respondió del otro lado de la línea.
—¿Megumi? Necesito que me hagas un favor.
Por el nombre, Sukuna creyó que se trataba de una chica.
La conversación se resumió con las siguientes líneas:
«¿Recuerdas el violín que dejé en tu casa ayer por la tarde?»
«¿Puedes traerlo a mi facultad?»
«Sí, la cafetería es el edificio de la derecha y no hay muchas personas altas y albinas, así que tendrías que estar ciego para no verme.»
«Bye-bye.»
—¿Tienes cambio? —preguntó Shōko a Sukuna, sacando un billete de baja denominación—. Quiero arrojarle moneditas.
Gojō moría de vergüenza. Por eso mismo tomó la decisión de cerrarles la boca a esos dos y dejarlos anonadados con sus interpretaciones.
El tiempo transcurrió de manera apacible. Pocas veces tenían días tan tranquilos y soleados, que no resultaran calurosos. En eso, se acercó a la mesa, con un estuche de violín, un muchacho alto de buen ver, con unos llamativos ojos de color esmeralda que resaltaban a la perfección con su vestimenta oscura y revueltos cabellos negros.
Captó la atención de Sukuna como si hubiese sido víctima de un formidable encanto y, por lo que cargaba con él, le fue fácil discernir que era la persona con la que el otro había hablado por teléfono.
Sea de paso, se mofó para sus adentros de que un hombre hubiera sido bautizado con nombre de chica.
Megumi saludó a los presentes con una leve reverencia.
—Gojō-sensei.
Entregó al eludido el instrumento y dejó extendido un brazo con la palma hacia arriba. Quería recibir el pago del taxi, por lo menos.
Gojō «Crisis Económicas» Satoru agarró un caramelo de la mesa y se lo colocó en la mano. Megumi puso los ojos en blanco. No era muy fanático de las cosas dulces; Gojō era consciente de lo mucho que las odiaba.
—¡Tanto tiempo, Fushiguro! —Shōko llamó su atención mostrando de nuevo el billete—. ¿Tienes cambio?
Salieron en dirección a un parque cercano. Megumi regresó por donde vino, pues él estudiaba veterinaria en una universidad privada, algo lejos de donde se encontraban. Sukuna debía partir para recoger a su hermano porque acordaron comer juntos; eso sí, tuvo que jurar que regresaría a tiempo para ver a Gojō o, de lo contrario, esa sanguijuela humana no lo soltaría.
Quería darle una patada y botarlo a su suerte, pero la pena ajena de que el resto del mundo se les quedara viendo a media calle pudo con él. Esa era la forma más fácil y rápida de que Don Dramas lo dejara libre.
—¡Eres una mierda insoportable!
De no ser porque él tenía una vida con un gemelo de práctica, no soportaría que ese tipo invadiera tanto su espacio personal.
—Nada más por eso no te lanzaré ninguna moneda.
Gojō sacó la lengua y posó un dedo debajo de su propio ojo como respuesta.
—Yo no tengo nada mejor que hacer, así que seré tu apoyo moral —agregó Shōko y señaló una banca a la distancia, para indicar el lugar en el que se sentaría.
Cuando Sukuna estuvo de regreso, acompañado de Yūji y su amiga, Nobara, le hizo mucha gracia ver a Shōko dormida. Gojō tenía conglomerados varios espectadores que escuchaban con atención a una distancia prudente. Dentro del estuche había una cantidad decente de dinero.
Por videos de Internet, Yūji conocía artistas callejeros y cosas por el estilo, pero esa era su primera vez viendo en directo a un músico tañer su violín. La fuente que el violinista tenía a sus espaldas daba una impresión barroca, pero delicada y sutil.
La melodía, que danzaba por la acera y entre los jardines, le hizo vibrar de emoción. Sus facciones se iluminaron tanto que parecían emitir luz propia y no dudó en acercarse un poco mejor para analizar a detalle a la persona que interpretaba una pieza que no conocía.
Era una pena que tuviera lentes oscuros encima. No obstante, incluso si era incapaz de encontrarse con sus ojos, era como si el rostro y cada movimiento le hablaran directo a él.
Gojō escrutó con suspicacia los alrededores al terminar la pieza. El cabello rosado de Sukuna era inconfundible. Le sorprendía que ese fuera su tono natural. Sin embargo, lo que le impactó a sobremanera fue encontrar que Sukuna había sido clonado.
«Genial, martirio doble», pensó en primera instancia, mas no era tan estúpido como para ser ajeno a lo que acontecía.
En ese instante, algo extraño le recorrió la piel y los sentidos. Lo que en un inicio resultó engorroso, terminó siendo eclipsado por una hermosa mirada color avellana que lo observaba entre la multitud.
Como por arte de algún silencioso encantamiento, su perfil y los brazos se acomodaron, una vez más, para interpretar un último tema. Una para ese niño emocionado que lo observaba con una devoción inigualable.
Yūji, por su parte, se sintió algo egoísta e infantil al mostrarse dueño del sonido, como si fuera dirigido única y exclusivamente para él. Se embriagó de júbilo al pensarlo de aquella manera.
No tenía idea de que Sukuna se rodeara de gente tan talentosa, porque sí, en el camino les platicó que estaba obligado a ver a alguien que perdió una apuesta. Conociendo a su hermano, le asombró que hubiese impuesto un castigo tan poco malicioso.
Seis minutos breves. Seis minutos eternos. Seis minutos llenos de paz y revuelo.
Las últimas notas se alejaron con el viento y quedó la melancolía vagando por el jardín. Sólo la fuente se oía.
Los aplausos de Yūji fueron los primeros en romper el mutismo. El corazón de Gojō pegó un brinco al recibir la sonrisa más hermosa que alguien le hubiese dedicado en la vida.
El gusto le duró poco. Por un lado, una chica de pelo corto y castaño tomó a Yūji por el brazo; por el otro, un oficial de policía se plantó a lado de Gojō para preguntarle por una licencia que debía portar para dar ese tipo de espectáculo en plena acera, o algo así entendió, porque su mente seguía más centrada en aquel chico.
Gojō guardó el violín en el estuche e hizo la pantomima de abrir una de las bolsas delanteras.
—Claro que sí, oficial. La tengo justo aquí.
Acto seguido, echó a correr como si no hubiera un mañana.
Pese a ser alto y fácil de distinguir, sus largas piernas le daban una atroz ventaja sobre el ciudadano promedio. No tenía la condición física digna de un atleta, pero sí la suficiente para escabullirse de una figura de autoridad pública.
Sukuna se dobló de la risa cuando lo vio salir cagando leches. Sabía que Gojō escogería un sitio cercano a la universidad para hacer su performance y volver rápido, y el único parque del lugar no permitía ese tipo de espectáculos.
Al día siguiente, cuando Sukuna y Gojō se encontraron en la cafetería, este último no tardó en explotar.
—¡¿Por qué nunca me dijiste que tenías un hermano gemelo guapo y angelical?!
—Oh, muchas gracias.
Gojō levantó una ceja al no entender a qué se debía esa respuesta. La mayor parte del tiempo no le costaba inferir las referencias ocultas de Sukuna, pero esa no la captó en absoluto.
—Somos gemelos idénticos —explicó Sukuna.
Si alguien decía cosas buenas sobre la apariencia de Yūji, Sukuna lo tomaba como halago doble. Si alguien decía cosas malas sobre la apariencia de Yūji, no aplicaba para Sukuna, porque en su retorcida imaginación, él era superior.
—Esa ni tú te la crees —dijo Gojō, aguantando el sarcasmo en las muelas—. Tú eres feo como el culo de un simio, no te compares con mi musa.
—¿Qué? —Si no se congeló en su asiento, nada más fue porque se encontraban en plena primavera.
—Mira, compuse esto anoche. —De su mochila extrajo un cuaderno pautado, abriéndolo por una sección específica, pues lo que se hallaba antes de eso eran ensayos y errores.
Sukuna gesticuló una mezcla de asombro y asco. Luego, se echó hacia adelante para retirar los lentes oscuros de su compañero. Alcanzó a ver al mapache tras los anteojos antes de recibir un manotazo y que todo regresara a su sitio.
—Dios, estás enfermo.
—Dame su número.
—Olvídalo.
—¿Hah? ¿Por qué?
—No quiero que tú y tu mal agüero anden tras alguien de mi familia. —Se cruzó de brazos.
—Ara —canturreó—, pero, ¿qué tenemos aquí? ¿Acaso huele a celos?
—Es tu propio hedor. ¿Acaso ya te cortaron el agua? —siseó, con un hilo de veneno. Sabía que la situación económica de Gojō no era tan precaria. Varias veces se quedó en su apartamento tras salir de fiesta en mitad de la noche. Aunque nada de eso le impedía aprovechar la oportunidad cuando se presentaba.
Gojō identificaba a la perfección los comentarios defensivos de Sukuna. Podía ser muy engañoso, pero él ya sabía cómo lidiar con su amigo.
—Es realmente inusual verte siendo sobreprotector con alguien. Debes quererlo mucho, ¿no es cierto?
—Y dale con eso. —Se rascó la parte trasera del cuello a modo de pausa—. Mira, tú y yo tenemos fama de fuckboys por algo. —Por ridículo que sonara, esa fue la razón por la que se conocieron—. Si no supiera que sólo quieres darte a mi hermano, yo mismo te cuadraría una cita con él, pero el mocoso puede llegar a ser mil veces más molesto que tú cuando algo lo tiene mal (en cualquier sentido).
Que lo llamaran loco si querían, pero haber crecido con Yūji hizo que lo conociera como a la palma de su mano. Su «conexión mística» como gemelo volvía más peculiar el asunto.
—No, no, no. Puedo presentirlo —agregó Gojō, muy fiel a sí mismo—, este sí es el indicado.
—Ay, amigo, date cuenta. —Rodó los ojos.
—¿Qué quieres a cambio? Debe haber algo con lo que podamos hacer un pacto temporal, Satanás.
Sukuna soltó un bufido a modo de risa. En eso, el celular de Gojō comenzó a vibrar sobre la mesa. En la pantalla ponía el nombre de «Megumi». Sukuna se distrajo por un instante. Si no mal recordaba, ese chico era la belleza que se apareció con el violín.
—¿Qué? ¿No vas a contestar?
—Asumirá que estoy en clase si no respondo. —Se encogió de hombros—. Más tarde puedo ver qué necesita. Aparte, estamos en algo importante.
Sukuna tragó saliva. Se condenaría con lo que estaba a punto de decir, mas era la única forma en la que podría sacrificar a Yūji; sin mencionar que siempre tenía como opción viable el incendiar la vivienda de Gojō si dañaba a su hermano.
—Bien, intercambiemos almas.
Gojō escuchó con atención.
—Te arreglo una cita con Yūji si me presentas al chico. —Señaló el celular de su amigo con los ojos.
Una sonrisa maliciosa y chesiriana curvó los labios de Gojō.
—Así que Megumi es tu tipo. —Previo a hacer otro comentario, extendió la mano—. Trato.
Sukuna se la estrechó en respuesta.
—¿Cuántos años tiene?
—En Diciembre estará cumpliendo tu edad. Trátalo bonito, acaba de entrar a la universidad.
—Le voy a dar su novatada.
Gojō no podía evitar sentirse mal por Megumi, pero era justo como Satanás le había dicho: un alma por otra.
—¿Qué estudia tu hermano? —Necesitaba tantear terreno y no llegar a él siendo un completo ignorante.
—Quiere ser bombero, así que anda en eso. ¿Qué hay de Megumi?
—Está en veterinaria y zootecnia. La gente es su principal fuente de estrés. Finge que rescataste algún perro en la semana y… No te ganarás su corazón, pero algo de su atención por un momento, sí te la garantizo.
—Muy bien. Le diré que rescaté a un pulgoso y le puse Satoru. Con eso sabrá de mi paciencia infinita y buena voluntad.
—¿Y tengo alguna clase de rival? —Su jovial tono de voz adquirió matices serios y oscuros por unos instantes.
Por la interrogante que deformó el rostro de Sukuna, supo que debía explicarse más.
—La gata rompehogares que lo tomó de brazo.
—Ah. —Entrelazó los dedos sobre la mesa antes de dar una explicación—. Una gorila gritona que tiene por amiga.
Gojō regresó a la normalidad luego de oír eso. Al menos podía ahorrarse el buscar bolsas negras y una pala.
—Muy bien, ¿cuándo es mi cita con mi musa?
Sukuna sacó su teléfono para revisar.
—Este fin de semana.
—¡¿Tan rápido?! —Más le valía no gastar lo que ganó con el violín de forma improvisada el día anterior.
—Sí y me vale si no puedes. Será tu única oportunidad.
Sukuna ideó un plan perfecto y casual. Entraría a una cafetería con Yūji. Después de unos minutos, Gojō aparecería y se uniría a la mesa. Y para zafarse de la incómoda situación, le mandaría un mensaje a Uraume, quien se encargaría de llamarle. Saldría del lugar con la excusa de contestar y desaparecería en el acto.
Fácil.
Sencillo.
O eso le hubiera gustado imaginar, porque en el momento que Gojō se sentó con ellos, todo se fue al demonio.
—Gojō Satoru, un placer —se presentó ante Yūji—, pero tú puedes llamarme tu futuro esposo.
Sukuna casi escupe su té helado al oír eso, por desgracia, se le fue por el conducto equivocado y comenzó a toser.
Yūji tardó en reaccionar, pues su gemelo desvió su atención por instantes. Nunca antes le habían dicho algo así. El momento en el que sus neuronas conectaron, empezó a reír.
—Y yo que pensé que sólo Sukuna tenía esa clase de humor horrible. —Ahora entendía por qué se llevaban bien.
«¡¿Humor horrible?!» Gojō puso los ojos en blanco. Él estaba siendo muy serio al respecto. Ya consideraba endeudarse hasta el culo por un anillo.
Si eso era apenas el inicio, Sukuna no esperaría ni un segundo más. Mandó un puntito como mensaje de texto a Uraume para proseguir con lo suyo y largarse de allí.
Ese día pasó a su memoria como el más maldito de toda su existencia. Las citas de esos dos fueron en aumento de manera exponencial hasta que, un día, Gojō apareció en su apartamento llamándolo cuñado. Casi apuñala a Yūji por caer ante los encantos de ese violinista de cuarta categoría, pero, para variar, Gojō parecía otra persona. Una más sana de mente, al menos.
Se graduó. Encontró un buen empleo. Dejó de perseguir faldas. Su situación económica mejoró con creces.
Sukuna estaba seguro de que su hermano poseía una habilidad mística, aún desconocida por él mismo, como reformatorio andante.
De vuelta al tiempo presente, en el que vio a ese par de tórtolos besuqueándose, no hizo otra cosa sino encerrarse en su habitación. Sentía unas ganas monstruosas y antinaturales de dormir.
En la casa había reglas pactadas de gemelo a gemelo, por lo que podía estar seguro de que esos dos no irrumpirían su paz. Yūji mantendría todo al margen si no quería ver sus pertenencias en la puerta de entrada al amanecer.
—Anda en sus días —comentó Gojō, regresando al sofá, esta vez para sentarse a un lado de su pareja.
—Yep.
Entonces, Gojō pasó una mano sobre los hombros de Yūji. Le depositó un beso en la sien.
—¿Quieres venir a mi apartamento? —Le susurró al oído—. ¡No haremos nada! No haremos nada. —Le quitó las manos de encima al percibir como el otro se tensaba, mostrando las palmas a modo de acto de sumisión primitivo.
—Eso dijiste la última vez y me metiste mano —aclaró, a la par en que su semblante se oscurecía.
—Y asumí toda la responsabilidad y te la chupé —terminó de hacer la observación con el pulgar en alto.
Yūji suspiró, cansado. Negó con la cabeza.
Apenas contaban con un año y pocos meses de relación. Era su primera pareja y las advertencias de Sukuna sobre Gojō siendo un perro teibolero no ayudaban en absoluto.
Hasta ese momento no habían tenido ninguna clase de problemas. Es más, Gojō parecía bastante serio al respecto. Tanto así, que el hombre que conocía y el hombre que Sukuna describía, parecían dos personas distintas.
Sería irreal que alguien cambiara tanto en tan poco tiempo.
Sobre el anular de la mano izquierda de Yūji había un anillo de oro macizo, que tenía por costumbre tocar con su diestra cada que pensaba demasiado. Gojō lo sacó —lo apartó, mejor dicho— por impulso con su primer sueldo y recién terminó de pagarlo un par de meses atrás.
Gojō no era tan ignorante como para desconocer los sutiles gestos de Yūji. Algo tenía su chico en mente. Seguro era la propuesta de hace unos instantes. Él estaba deseoso por tener sexo; no por desesperación carnal, sino porque sería su primera vez con la persona que le gustaba. Durante sus días como estudiante mantuvo relaciones con el objetivo de liberar algo de estrés o para obtener placer de una noche, mas nunca lo hizo enamorado.
Por otro lado, Yūji… ¿Lo estaría presionando demasiado?
Cómo odiaba tener pláticas engorrosas. Nunca había iniciado una con Yūji, aunque a veces sentía que quizá debería decir algo. Como en esos momentos.
Subió la mano que reposaba sobre el hombro ajeno, hacia los sedosos cabellos rosados, acariciando con sosiego. Llevaba tiempo con el hallazgo de que eso tranquilizaba a su pareja.
—¿Sucede algo?
La voz de Gojō sacó a Yūji de su ensimismamiento.
—Ah, no —respondió con calma—. Nada.
Por desgracia, para Yūji, su única neurona no podía hacer demasiado a la vez, por lo que analizar los pros y contras de tener sexo, lo obligaron a callar durante un rato. O pensaba, o hablaba.
—Pero lo estás tocando —le dijo, llevando su mano libre a sostener la de Yūji, la que portaba el anillo.
—Te diste cuenta —respondió con un ligero atisbo de desconcierto.
Él pensaba que era un gesto sutil. No imaginaba que Gojō lo hubiese notado; siendo honesto, eran muchas cosas las que Gojō descubría por sus propios medios. No sabía si era bueno analizando —lo más seguro— o si su hermano le comentaba en ocasiones.
No podía mentirle, así que cambiaría su inquietud por otra.
—Me estaba preguntando, ¿por qué sólo yo uso uno? —Rompió el contacto de su mano con la opuesta, justamente para señalar el anillo.
—Ah, eso. —Sonrió, aliviado de que no fuera nada grave—. Es porque estoy ahorrando para uno de compromiso.
Aquello sonó como un extraño spoiler que Yūji no estaba muy seguro sobre si disfrutó oír o no.
—¿No se supone que primero es ese y luego uno de estos? —Levantó una ceja con extrañeza. Gojō sí que hacía cosas raras. Le gustaba por eso, en parte; un hombre que no seguía el manual.
—Es que… ja, ja. —No quería sonar pobre diciendo que para apartar el de compromiso no le alcanzaba en aquel entonces. Tampoco quería sacar otro anillo a pagos, prefería liquidarlo completo el mismo día y, pese a que no ganaba poco, entre sus gastos personales y todo lo que le compraba a Yūji por gusto propio, sus reservas no eran la gran cosa a fin de mes.
—En todo caso, preferiría llevar unos a juego.
Algo hizo click dentro del cerebro de Gojō.
«¡Claro! —pensó—. Con que era eso.» No demoró nada en levantarse de golpe.
Si Yūji fuese un gato, no habría dudado en saltar al presenciar ese acto tan repentino.
—Vamos. —Tomó la muñeca de Yūji para arrastrarlo consigo.
—¿A dónde?
—¡Por el par de tu anillo! —Ese sí lo podía pagar con lo que tenía y, de paso, seguro vería la cara de felicidad de su pareja.
Si eso quería, eso le daría.
Todo fuera tan fácil como eso.
—¡¿De verdad?! —Por alguna razón, le gustaban mucho las cosas que iban a juego.
Ya tenían playeras ridículas, sudaderas con letreros graciosos, tazas y otras baratijas similares, mas no los anillos.
Sukuna había sembrado algo de cizaña en su cabeza, diciéndole que sólo él tenía uno porque Gojō lo tenía apartado cual ganado, mientras él se daba la gran vida a sus espaldas. Yūji se molestó con su hermano por eso, aunque sí logró su objetivo de dejarlo pensativo e inseguro. Gojō nunca había dado pie a que pensara ese tipo de cosas.
Por lo tanto, tras escuchar la propuesta de recién, las preocupaciones de Yūji se desvanecieron como por arte de magia. Quizá debía dejar de escuchar a su gemelo.
Ahora llevarían anillos a juego. ¡Sería como si estuvieran casados!
Ese momento, sin duda alguna, estaba siendo uno de los más alegres en su vida. Y pensar que todo comenzó sólo por aplaudir a ese extraño violinista de la calle.