Ana en Corea (primeros capítulos)

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Summary

Conoce a Ana, una chica mexicana que, tras haber tenido una infancia dura en un barrio del norte de México, ahora está a punto de vivir una gran aventura con su padre adoptivo en Corea del Sur. Deberá lidiar con el cambio cultural mientras mantiene sus raíces mexicanas, define sus sueños para el futuro y conoce a dos chicos coreanos, cada uno irresistible a su manera. Sigue a Ana durante esta historia colmada de música, k-pop, amor y esa forma tan peculiar de ser de ella, tan mexicana.

Genre
Romance
Author
Paty
Status
Excerpt
Chapters
3
Rating
4.0 1 review
Age Rating
16+

Capítulo 1.1

Ana


—Nos vamos a Corea, Ana. —Había dicho el señor Tomás.

—¿¿Que quéééé?? —Sí, exageré un poco al preguntarle, lo admito. Hasta escupí un poco de mi refresco por la boca y, aunque sí estaba sorprendida, me gustaba hacer reír a mi padre adoptivo.

—¿Estás sorda, niña? Que nos vamos a Corea del sur, ¡lávate bien esas orejas! —dijo en tono enojado, pero yo sabía que por dentro se estaba riendo. No, riendo no, se estaba carcajeando.

—¿Y dónde es eso? No me gusta viajar tantas horas en el carro, señor —dije de nuevo como broma.

—Esto es serio, Ana. Todo ya está planeado, no quise preguntarte si querías ir porque no pienso dejarte sola. Además, te falta un año para que cumplas la mayoría de edad y yo sigo decidiendo por ti.

—Cuénteme, señor. ¿A qué vamos? —La verdad es que me emocioné mucho, nunca antes había salido de mi México y, siendo sincera, Corea se escuchaba bastante bien para ser mi primer viaje internacional.

—Nos vamos a vivir, Ana. —Yo me quedé muda, ¿a vivir?... Iba a decir «¿y mi familia?», pero no tengo; «¿y mis amigos?», pero tampoco los hay. Así que no dije nada—. Luis me ha dicho que Corea tiene mucho futuro en cuanto a las inversiones y se quiere ir. Así que nos vamos todos. Luis era la pareja del señor Tomás. Sí, eran en tiempo pasado. Cuando yo conocí al señor ellos ya estaban juntos, pero después se separaron aunque creo que no debo adelantarme.

—¿Cuándo nos vamos? —No quería hacerle pensar que no estaba de acuerdo, pues, siendo sinceros, el señor Tomás me había dado todo, y hasta más. No podía portarme grosera con él.

—Nos vamos en diez días. Despídete de México.

Diecisiete años viviendo en un país con ciertas costumbres, comidas, colores, personas y, sobre todo, un idioma, fue realmente difícil dejarlo. De eso ya pasaron tres años, pero aún no lo olvido y creo que nunca lo haré.

Justo un día antes de partir, el señor Tomás me dijo que sería buena idea visitar por primera vez, desde que vivía con él, el barrio que me vio nacer. Él siempre había estado completamente en desacuerdo que yo fuera ahí, pero ese día me dijo que él mismo me llevaría. Sin querer desobedecer, acepté.

Tardamos cuarenta minutos en llegar y en ese tiempo no dejé de temblar. Me había ido de ahí a los ocho años sin mirar atrás, con solo una moneda para algo de comer y un estómago totalmente vacío. Cuando iba de regreso para allá, con el señor Tomás, sentí que se estaba regresando el tiempo, pero así, en reversa, de adelante para atrás.

El barrio en el que nací era el más pobre de los alrededores, sí, pobre pobre, de esos lugares que salen en la tele anunciando que necesitan apoyo porque las personas se mueren de hambre. Ahí nací yo. Las casas hechas literalmente de cartón, sin camas ni comida. Los hombres drogándose con thinner, y las mujeres, ¿por qué no?, también. Los niños éramos libres, nadie nos hacía caso. No nos cuidaba nadie. Es más, sospecho que los adultos a veces ni se acordaban que tenían hijos. Comíamos una sola comida en el día, y a veces era un simple pan.

Éramos los olvidados de Dios y de la sociedad.

Cuando tenía cinco años ya era una niña totalmente independiente y pensaba por mi cuenta, así que decidí que ya no quería dormir en mi casa, y así lo hice. Comencé durmiendo a la vuelta de donde vivía, con otros niños que se quedaban hasta tarde ahí. Después me fui más lejos y más lejos hasta que decidí aventurarme a la ciudad. Tenía ocho años cuando me fui, y ese día, mi mejor amiga, Clara, me regaló una moneda que se había encontrado enterrada y me dio la bendición con ella, «dicen que encontrarse una moneda da suerte, así que ten, te paso la suerte a ti». Tenía días sin comer nada más que sobras que nos encontrábamos en la basura de un barrio aledaño al nuestro, mi estómago me hacía mucho ruido pero ya estaba acostumbrada a eso, así que no le daba importancia. Para callarlo, cantaba. Siempre me había gustado cantar y solo me sabía dos canciones rancheras que había escuchado cantar a mi mamá cuando ella estaba feliz y sin drogarse.

Ese día me fui y no me importó dejarla atrás a ella, a mi papá y a mis cinco hermanos. Ellos ni siquiera se acordarían de mí, estaba segura. Después de los cuarenta minutos de camino, el señor Tomás detuvo el carro y nos bajamos. Estábamos en la entrada del barrio en una vieja plaza descuidada y llena de basura. Se sentó en el cofre y me hizo un gesto para que avanzara, pero moví mi cabeza hacia los lados y me quedé parada con los brazos cruzados en mi pecho.

—Ve, Ana. Busca a los tuyos y despídete. —Más que un consejo fue como una orden.

—No, señor, no quiero ir —dije enfurruñada.

—Quevayas, niña, no tengas miedo.

Me miró soltándome una mirada de esas de señor mandón, de las que siempre hacía cuando me trataba de imponer órdenes y sin que yo pudiera respingar.

—Usted no me entiende, no quiero dejarlo solo aquí. Si me voy, a los cinco minutos va a llegar alguien y lo va a dejar encuerado y sin carro.

El señor Tomás se paró derecho y puso los ojos como platos, sabía que, aunque mi tono era de broma, en realidad estaba siendo seria.

—Entonces, ¿qué hacemos?

—Vámonos —dije.

—Pero…

—Vámonos, este lugar no es mi hogar. Mi hogar es con usted.

El señor Tomás se me quedó viendo con sus ojos llenos de agua, pero no lloró. Volteó a todos lados para disimularlo y me dio la mano para acompañarme a mi puerta.

—Soy afortunado, Ana. Sin ti no sé qué hubiera sido de mi vida.

—Cállese, usted me salvó. No salga con esas cursilerías. ¡Vámonos, pues!

Nos fuimos de ahí y mentalmente me despedí de ese lugar ya que nunca había podido hacerlo. Tuve una infancia bastante difícil, pero eso ya estaba atrás, mucho muy atrás.

Al día siguiente, cuando nos dirigíamos al aeropuerto, mi corazón comenzó a dar enormes saltos en mi pecho. Estaba emocionada, pero a la vez muy triste, veía cada cosa con mucha melancolía.

«¡El puesto de tortas de doña Lupita!», pensé.

—¿Podemos llegar a comprar una torta? —le pregunté a un amigo del señor Tomás y del señor Luis que se había ofrecido para llevarnos al aeropuerto.

—¿Una torta? —preguntó el señor Luis. —¡Por favor! Nunca volveré a comerlas.

Diez minutos más tarde me iba comiendo una deliciosa torta de pollo en el carro, procurando no ensuciar nada.

«¡Los jugos naturales del sur!».

—¿Podemos comprar un jugo de fresa?

—¡NOO! —gritaron el señor Tomás y el señor Luis al mismo tiempo, pero como me consentían mucho, a los diez minutos llevaba mi jugo y aún me iba comiendo mi torta.

«¡Tortillas de harina!».

—¿Podemos..? —comencé a decir mientras se me salía la baba viendo el negocio de las tortillas y mi nariz estaba casi afuera tratando de oler.

—Suficiente, Ana.

—¡Me llevan a Corea! ¡Auxilio! —grité desde la ventana del carro a la calle.

Diez minutos después estaba metiendo un paquete de tortillas en mi maleta.

Debo decir que el camino al aeropuerto fue muuuuy largo.

Ahora han pasado tres años de eso y no he vuelto a comer ni tortillas, ni tortas, ni nada de eso, al menos no cosas originales, solo imitaciones raras.

Tardé mucho en aprender el idioma, pero ahora ya lo domino. Es un tanto difícil, aunque divertido. Realmente adoro hablar en coreano y hasta pienso y sueño en el idioma. Es raro, pero sí me pasa. A veces olvido palabras en español, pero solo por unos momentos pues después de tratar de exprimirme el cerebro, me acuerdo. El señor Tomás no me permite hablar en coreano en la casa a menos que tengamos visita o que nos hablen por teléfono. Él dice que eso es para no olvidar nuestras raíces, y creo que hace bien. Español en la casa y coreano en la calle.

Vivimos en Seúl y debo decir que es una ciudad maravillosa en toda la extensión de la palabra. Amo vivir aquí, pero todos los días extraño las calles de México. Sí, México tiene pozos en las calles, pésimo gobierno, delincuencia, inseguridad al por mayor y eso es solo por nombrar unas cosas, pero México tiene calor, tiene alegría, tiene olores, sabores, y tiene música ranchera, que ahora se ha convertido en mi obsesión y planeo aprenderme todas las canciones rancheras habidas y por haber. Amo cantar y me encanta vestirme con mis hermosos vestidos que me ha comprado el señor Tomás, me los ha mandado pedir desde Chiapas, Veracruz, Tabasco y muchas otras partes de nuestro país. No es por presumir, pero tengo un gran armario en mi recámara llena de todo tipo de ropa, aunque sin duda, la ropa mexicana sobresale más.

Extraño a mi México, pero creo que no sería capaz de irme de mi Corea. ¡Qué difícil!, ¿no?