Save Me From My Ghosts, OS Larry Stylinson

Summary

Louis es un joven rechazado por su madre, quien lo insulta y maltrata cada vez que puede. Conocerá a la nueva pareja de su mamá, y una atracción extraña remecerá su mundo. OS, Versátiles, Smut Suave.

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n/a
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18+

Del Dolor A Ti

Louis estaba en su cama, muy molesto con su mamá. ¿El motivo? Después de 15 años sola, había decidido que era buena idea llevar a vivir a su casa a su nuevo noviecito, 10 años menor que ella. Estaba feliz de verla ilusionada, aunque su relación nunca había sido buena, y era cada vez peor.

Simona, su madre, siempre lo culpó de que el padre de Louis los abandonara, ya que era un hombre muy católico, y ella había tenido a su hijo fuera del matrimonio, que él mismo no podía ofrecer. Nunca supo la verdad, y esta era, increíblemente, que tenía otra familia desde muy joven. Siempre estuvo muy enamorada y el abandono de su pareja fue casi como morir. Cuando descubrió que su hijo era homosexual, lo odió, porque eso iba en contra de las leyes de la naturaleza. Louis siempre esperó que ella lo acogiera como lo que era, su hijo. Siempre trató de complacerla, siempre buscó su aceptación, pero a los 15 dejó de intentarlo, no soportaba tantos desprecios y desplantes de quien le dio la vida. Se puso más rebelde y aunque jamás ha dejado de amar ni un solo poco a su mamá, su relación está rota, quizás para siempre.

La primera vez que llevó a un chico a su habitación, conoció la fuerza de la mano de Simona, con una cachetada tan fuerte, que la rojez no se fue en varios días. Después de eso, ya les daba lo mismo a los dos y a pesar de todo, tenía buena suerte en sus conquistas, que siempre eran de una noche. Él no podía ofrecer más, porque todo lo que sabía del amor, era que solo servía para lastimar. Por eso evitaba involucrarse, así estaba a salvo de que su dañado corazón terminara tirado en cualquier basurero.

No conocía al sujeto que vendría a instalarse a su casa, tampoco le importaba. Solo sabía que llegaría con sus cosas, una vez que volviera de un viaje a Roma que tuvo que hacer por trabajo.

Había salido de la escuela hace dos meses y no tenía la menor idea de qué hacer con su vida. Siempre quiso estudiar Ingeniería en sonido, pero sabía que era casi imposible, porque a pesar de sus excelentes calificaciones, el que le dieran una beca era muy poco probable. Era obvio que no tendría la ayuda de su mamá, quien apenas lo dejaba estar en la casa. ¿Quería salir de ahí? Por supuesto, pero también era consciente de que no podía mantenerse por sus propios medios. Alguien de 18 años, sin ninguna experiencia, podía optar a un trabajo, sí. Pero su sueldo no alcanzaría ni para pagar una pieza y menos, para comer o pagar cuentas. Estaba perdido en sus pensamientos, cuando los gritos de su mamá lo sacaron de golpe.

—¡Son las dos de la tarde y sigues acostado! ¿Cuándo vas a cambiar? ¿No te das cuenta de que eres un parásito inmoral y pecador? Harry llega hoy y se instalará de una vez, no quiero que seas grosero ni que traigas a tus amiguitos cuando él esté aquí, ¿me oíste? Agradece que no te echo de la casa como el perro que eres.

Y una vez más el silencio fue lo única respuesta que recibió.

Louis se levantó, se duchó y se arregló para salir. Iría a preguntar a la universidad por la beca, y quizás, por una vez, la vida le sonreiría. Se encontró con varios alumnos que estaban en su misma situación, agarró un número y esperó su turno. Mientras estaba ahí, tomó una decisión. Si resultaba o no lo de la beca, trabajaría de lo que fuera e intentaría ahorrar lo que más pudiera para poder independizarse lo más pronto posible.

Cuando lo llamaron, una señorita demasiado amable lo atendió. En tanto esperaba la información que entregaría el computador, aprovechó de intercambiar miradas con varios estudiantes que estaban ahí. Quizás con alguno lograría algo interesante.

Finalmente con una gran sonrisa, la chica le informó que era beneficiario de una beca completa, y que debía mantener un promedio mínimo para que pudiera ser renovada cada año, además de evitar las inasistencias y mantener una excelente conducta.

Louis no cabía en sí de tanta felicidad. Parecía que al fin tendría un motivo para levantarse cada día. Salió del lugar con una carpeta que contenía sus papeles, y que debía presentar el primer día de clases, a primera hora. Se sentó en la primera plaza que encontró, y revisó su horario, necesitaba saber de qué tiempo disponía para un trabajo. Afortunadamente, los primeros meses tendría clases solo en las mañanas, lo que le daba un amplio margen de hacer algo más. Decidió volver a su casa, y revisar los contenidos que tendría, para llegar más preparado. Las clases comenzaban en unos días, y él sería el mejor. Tenía que serlo.

Cuando llegó, estaba todo en silencio. Solo un rico aroma, que ya había olvidado, inundaba todas las habitaciones: era una tarta de manzana que su mamá preparaba en las fechas especiales, y de la que a veces, le dejaba probar. Estuvo a punto de sentirse triste, pero no, no era justo. Algún día tendría dinero suficiente para comprar 10 tartas, lloraba su corazón intentando creerlo.

—Por favor, compórtate cuando te presente a Harry. Está por llegar, —dijo Simona, demasiado molesta.

—No te preocupes, no voy a ser grosero con tu novio, ¿o debería decirle papi? —Contestó al borde de la risa.

—No empieces Louis, no quiero recordarte que eres un mantenido,—respondió casi como si estuviera hablando con un enemigo.

—No, no es necesario. Así como supongo que tienes claro que estás actuando fuera de tu religión, al estar con un hombre y acostarte con él, sin que pretendan procrear y fuera del sagrado matrimonio.

Logró esquivar la taza que pasó junto a su cabeza y se estrelló en la pared, junto con sus esperanzas.

Una vez en su habitación pudo llorar, hundiendo su aflicción en la almohada. Se dio permiso de quedarse en ese estado diez minutos, después debía seguir como si nada lo perturbara. Revisó la malla de la carrera, googleó algunas materias y libros, y se entretuvo. Llevaba tomando apuntes más de dos horas, cuando fue interrumpido por unos golpes en la puerta.

—Ven a saludar, —dijo fríamente Simona.

—Voy, —contestó a secas.

Caminó detrás de su madre hasta el living, y fue ahí que lo vio. Alto, delgado, pero con un cuerpo definido, hermosos rizos a pesar de su pelo corto, ojos verdes y algo raro, una energía extraña. ¿Timidez? ¿Miedo? No podría saberlo, pero le llamó mucho la atención.

—Bueno Harry, él es mi hijo Louis, —presentó Simona, demasiado seria y visiblemente nerviosa.

—Hola, espero que nos llevemos bien,— dijo Harry con una voz que se coló por la piel de Louis.

—Ojalá, —respondió algo molesto.

—Harry será tu padrastro, por lo que mientras vivas bajo mi techo, deberás ser respetuoso y hacerle caso en lo que te diga, ¿oíste?

Por toda respuesta, se dio la vuelta y se fue. Pudo escuchar como su madre intentaba bajarle el perfil a la situación, y le pedía a su novio que le tuviera un poco de paciencia, que ya le quedaba poco en esa casa.

Harry se sentía un poco fuera de lugar, no estaba en sus planes convivir con alguien mayor que él y que además tuviera un hijo tan grande. Era un hombre reservado, entregado casi por completo a su trabajo. Tenía una productora, ya que estudió una licenciatura en música y, además, era técnico en sonido. Así conoció a Simona, cuando lo contrataron para mejorar la acústica de la iglesia que ella frecuentaba.

Hablaron un par de veces, y luego Simona lo invitó a tomar un café. No quiso ser grosero, y aceptó. Le pareció una mujer simpática y atractiva, tenía una bonita figura y parecía ser muy dulce. ¿Estaba enamorado? No, nunca lo ha estado. Es más, es primera vez que va a intentar la convivencia, sus otras relaciones siempre fueron puertas afuera, pero Simona había sido muy insistente, hasta que lo convenció de que era lo mejor. Ni siquiera la había tocado, apenas tomado su mano cuando caminaban por la calle, y porque el gesto nacía de ella. Podría pensarse que es un hombre sin personalidad, falto de carácter, carente de ideales y muchas cosas más, sin embargo no es así, y lo demuestra cada día en su trabajo, donde es reconocido y alabado por sus conocimientos. ¿Por qué, entonces, se ha portado así con esta mujer? No está muy seguro, tal vez tiene que ver con una experiencia extraña que le tocó presenciar hace algunos meses y que le ha hecho sentir cosas impensadas e incorrectas.

Esa noche, volvía al departamento que arrendaba, cerca de las diez de la noche. Lo hacía a pie, porque era apenas una distancia de 10 cuadras. Estaba cansado y sudado, cuando escuchó lo que parecían gemidos en un pequeño callejón a oscuras. Su curiosidad fue más fuerte, y se asomó ligeramente. Pudo notar a dos figuras masculinas besándose con calor, vio sus manos recorrerse con ganas, y tocando partes que para él eran prohibidas. Sus padres le enseñaron que los hombres eran proveedores de sus casas, donde debían estar sus mujeres para atender sus necesidades. La homosexualidad es una aberración, no como la infidelidad, que es permitida si la mujer no cumple con su rol.

Creció con esas ideas, y algunas las había ido cambiando con esfuerzo, intentando no juzgar a los demás, conociendo gente buena y gente mala, descubriendo que detrás de cada uno hay una historia personal que nos hace actuar de distintas maneras. Había sido difícil, pero creía firmemente que podía cambiar y entender otras cosas, sin embargo, aún le perturbaba la imagen de dos hombres juntos.

Estaba perdido en el vaivén de esos cuerpos, hasta que uno de ellos se arrodilló y comenzó a darle sexo oral al otro. Harry se perdió en el pene grande y jugoso, y su boca comenzó a salivar y su propia erección apareció, desconcertándolo. No podía dejar de mirar como la boca lo devoraba por completo, mientras que el hombre que está de pie, ahogaba sus gemidos en su mano.

Los latidos acelerados de su corazón lo hicieron escapar, como si él mismo estuviera haciendo algo malo, indebido. Cuando llegó a su casa, rápidamente se quitó la ropa y se dio un baño con agua demasiado caliente, se enjabonó hasta la boca, donde su lengua saboreó imaginariamente un miembro erecto, duro, húmedo de sus caricias... Y necesitó más y más jabón, porque intentaba limpiar su mente, mientras su cuerpo temblaba de la excitación y no tuvo más remedio que masturbarse bajo el agua. Se desconocía, y dolía. Porque no debía sentirse así, porque si sus padres que ahora estaban muertos escucharan lo que gritaba su piel, volverían a morir de la vergüenza y el asco.

Después de esa noche, algo se removió en él. Pensó ingenuamente que Simona era una especie de salvavida, y de una manera bastante estúpida le entregó prácticamente la guía sobre su vida, cómo debía ser, cómo actuar. Y al ser ella una mujer de fe, pensó que estaba en buenas manos. Pronto supo que no era así, cuando la escuchaba hablar de su hijo con tanto odio, con tan poca empatía, que le molestaba y le hacía reflexionar si su Dios estaría de acuerdo con juzgar a los demás y peor aún, a su propia sangre, a un chico de apenas 18 años que necesitaba orientación y cariño.

Quizás, pensaba, fue la existencia de ese hijo el que lo llevó a aceptar vivir ahí. Pensó que podría ser un puente para mejorar la comunicación en esa pequeña familia, y de verdad esperaba serlo. No contaba con que ese joven tuviera tal magnetismo, aunque su mirada fuera de tristeza profunda y, sobre todo, de desafío.

La primera noche fue un reto, realmente no se sentía a gusto, las habitaciones estaban juntas, y no quería incomodar a Louis. Fingió extremo cansancio, y se durmió lo más cerca de la orilla que pudo. Simona, a pesar de querer intimar, debía recordar lo que le dijo el sacerdote de la parroquia donde se había confesado esa mañana:

"Estás viviendo en pecado hija. No empeores las cosas buscando a ese hombre para tu disfrute, debes mantenerte fuerte, hasta que formalicen su relación".

Al pensar en eso, se sentía muy de acuerdo. Podría pedirle matrimonio a Harry en un mes más, y luego dar rienda suelta a toda su fogosidad para buscar un embarazo, a pesar de su edad. Con esos planes cayó en un profundo sueño. Louis en su cama, estaba atento a cualquier ruido extraño, sin embargo, apenas unos minutos después de escuchar la puerta de la habitación de al lado cerrarse, escuchó el ya tan conocido ronquido de su mamá, y con ese ruido, que nunca le pareció tan lindo, se durmió.

Al levantarse e ir a la cocina como cada día, Louis lo que menos imaginó era ver a su daddy, como lo había apodado en su mente, preparando un desayuno para dos. Su madre entraba a trabajar muy temprano, por lo que esos dos platos eran para Harry, y ¿para él?

—Buenos días, preparé el desayuno, ojalá te guste, —habló con su voz ronca, lenta y suave.

—Gracias, pero solo vine por agua, —contestó malhumorado, mientras miraba las largas piernas debajo de esos jeans y esas manos grandes con hermosos dedos.

—Debes comer, ¿podrías intentarlo? —Sonrió, y para Louis fue como recibir un disparo.

—Seguro, —dijo sentándose, y probando todo lo que Harry le ofreció.

Louis lo miraba comer, y no estaba seguro cómo se mantendría lejos de ese hombre atractivo y que parecía amable. Se entristeció cuando se dio cuenta de que por más que la relación con su madre fuera peor que mala, no podría involucrarse con Harry. También, que se estaba imaginando demasiadas cosas, solo porque alguien se estaba preocupando por él, al parecer de manera legítima. Su mamá a veces le dejaba un pedazo de pan duro o un poco de arroz cuando tenía suerte. Mientras estaba en la escuela era más fácil, siempre algún compañero le invitaba un sándwich o la señora de la cocina le guardaba del almuerzo. Dejo de comer de manera abrupta, provocando la inquietud en Harry.

—¿Está todo bien? Me gustaría que de verdad nos pudiéramos llevar mejor, —sonrió, con hoyuelos y todo.

—No es necesario que te esfuerces ni que hagas estas cosas. Preocúpate de follar a mi madre, para eso estás aquí, ¿no? —Dijo levantándose molesto.

—Hey, no tienes por qué hablarme así.

—Perdón papi, prometo ser un buen chico, —contestó burlándose.

Y Harry se sintió cohibido. No tenía idea de cómo podría acercarse, era más difícil de lo que alguna vez imaginó. Pero apenas llevaba un par de horas ahí, si necesitaba paciencia y cariño para llegar hasta Louis, él tenía a manos llenas.

En su cama, Louis pensaba en Harry. Lo pudo mirar directamente, se perdió en su rostro tan bonito, en su cuerpo, en su ternura, en su... No, no puede seguir. Jamás le podría devolver de esa forma a su mamá, lo que ha hecho por él, que aunque parezca poco, lo sigue manteniendo.

Las clases comienzan en un par de días, para alegría de Louis que por fin saldrá de casa. Está extrañado de no haber escuchado a su mamá y a Harry intimar, y espera que las cosas entre ellos sigan así. ¿Por qué? No está seguro, solo quiere que sea así. Encuentra un trabajo de tres horas al día, atendiendo público en un negocio de venta de instrumentos y accesorios musicales.

Así conoce a un lindo chico de bonitos rizos, hoyuelos y ojos verdes. Quedan en salir después de intercambiar números. Louis nunca hizo la conexión con que ese joven, tenía las mismas características de Harry, aunque no eran tan bonito, ni tenía esa aura de misterio. Decidió llevarlo a casa, su mamá no llegaría hasta medianoche y Harry... Le daba igual. Entraron conversando, y se fueron directo a la habitación de Louis, donde después de unas cervezas, tuvieron sexo demasiado ruidoso, casi a propósito. Harry sentado al otro lado de la puerta, abrazando sus rodillas, sintiéndose mal de estar celoso, sufriendo por no ser él quien pudiera disfrutar de algunas caricias. Con una mujer, obviamente.

Cada noche se repetía lo mismo cuando Simona tenía el turno de tarde en su trabajo. Y ya Harry no estaba tolerando tanto descaro. Afortunadamente, tenía un viaje a Glasgow por 15 días, necesitaba alejarse de todo, sobre todo de los excesivos encuentros de Louis con sus amantes ocasionales.

Esa mañana, antes del viaje de Harry, se encontraron los tres en la cocina.

—Sé que estás trabajando, —comenzó Simona, —espero que ya estés pensando en largarte pronto.

—Claro que sí mami, —fue toda la respuesta que encontró.

—Louis, intenta ser menos grosero, ¿por favor? —Pidió Harry, con demasiada dulzura.

—No te metas, no eres mi padre, —contestó, y antes que pudiera decir algo más, sintió como su mejilla era golpeada una vez más. Simona le había dado una cachetada delante de Harry.

—No, no está bien, —habló molesto. —Simona, ve a la habitación, intenta calmarte. —Aunque no estaba segura, lo hizo, dejándolos solos. —Lo lamento, ¿puedo colocarte hielo? —Intentó una vez más, como cada día, de acercarse.

—Jamás te atrevas a tocarme, —dijo entre dientes. —Ojalá no hubieras aparecido nunca, —escupió con rabia.

—Louis, sé que no soy tu padre y que no tengo derecho a decirte alguna cosa, pero mi preocupación es sincera, me gustaría verte sonreír alguna vez.

Y recibió una sonrisa, pero en vez de ser una hermosa sonrisa, era una cargada de rabia y cinismo. Después de eso, se fue a encerrar a su habitación.

Harry suspiró, y decidió irse antes al aeropuerto. En esos 15 días, que pasaron demasiado lento, increíblemente Louis no llevó a ningún chico a su cama, ni siquiera coqueteó. Solo se dedicó a estudiar y a trabajar arduamente, llegaba prácticamente a dormir. En su trabajo conoció a una chica con la que se hizo amigo rápidamente, y le contó sus problemas. La mamá de ella le empezó a enviar una fuente diaria con almuerzo, además de algunas frutas para el fin de semana, y gracias a eso, podía subsistir.

Sus noches estaban llenas del recuerdo de la dulzura de Harry, y le provocaba un conflicto horrible. Sabía que era cosa de tiempo para que, entre su madre y su novio, comenzaran a pasar la noche juntos, y él no estaba seguro de poder soportarlo. Era primera vez que sentía de verdad una preocupación hacia él, de parte de un hombre. Sus amantes no contaban, jamás lo llegaron a conocer más allá de su cuerpo. Pero Harry le preparaba el desayuno cada día, aunque él lo tirara a la basura delante de sus ojos. Mantenía calmada a Simona, para que lo regañara lo menos posible; incluso había empezado a comprarle pasteles, porque se dio cuenta rápidamente de cuánto le gustaban, sobre todo el de bizcocho con crema. Los dejaba afuera de su puerta antes que se durmiera, y se había vuelto una rutina para los dos, una que no necesitaba palabras ni explicaciones.

Harry llegaría esa noche, y Louis se sentía estúpido por esperar algo, un gesto, ¿un regalo? Todo empeoró cuando se dio cuenta de que su mamá había preparado una cena especial, con velas y mantel, muy romántico y cursi. Su corazón terminó de romperse, y su odio creció contra él mismo, cuando la voz de su madre le gritó, una vez más:

—¡No te quiero ver aquí esta noche! ¿Me escuchas? Voy a pedirle matrimonio a Harry, y quiero estar a solas con él, ¿entendiste, estorbo?

Louis intentaba no llorar. No sabía qué le dolía más, si el desprecio tan evidente de su progenitora o el saber que Harry, ahora sí, estaría con su madre. ¿Casados? Parecía una maldita broma. Se fue a su habitación, a preparar una mochila con lo necesario para el día siguiente en la universidad, y se abrigó bien. La noche prometía traer una tormenta de aquellas que te hacen temblar de miedo, porque él sufría hasta casi el desmayo en esos momentos, y jamás tuvo un abrazo que le dijera que todo estaría bien. Salió justo cuando la lluvia empapaba con sus lágrimas hasta el último lugar de la ciudad. Irse de ahí significaba mojarse, y dejar inutilizable su viejo computador. Se metió a la parte de atrás de la casa, donde por lo menos había un pequeño techo. Puso una manta que había guardado por si acaso, a modo de colchón, y buscó una posición para mantenerse caliente. Los truenos y relámpagos lo hacían saltar de su lugar, por más que cerraba sus ojos y tapaba sus oídos.

Mientras Louis estaba así, llegaba Harry, quien se asombró con la sorpresa que le tenía Simona, de mala manera. Esos días fuera le sirvieron para reflexionar, no estaba enamorado, y no podía estar con alguien que tuviera tan poco amor por su hijo. Había pensado en llegar a hablar con ella, e intentar un término en paz. Pero los planes de Simona eran otros, y realmente no le dio opción de nada.

—Harry, amor, —dijo entregándole una copa de vino, —te extrañé mucho. —Se había esmerado en su vestimenta: un ajustado vestido negro, tacones, maquillaje, perfume. —Espero que te guste la cena.

Y Harry solo pudo darle una sonrisa deslavada. —¿Dónde está Louis? —Preguntó.

—No lo sé, le pedí que se fuera para que estuviéramos tranquilos. Tengo más sorpresas para ti, —contestó sensualmente.

—¿Lo hiciste salir con una tormenta como esta? ¿Qué tienes en la cabeza? ¡Es tu hijo! —Gritó, tomando su chaqueta y su paraguas. Salió a buscarlo.

Se quedó en la puerta mirando, preguntándose dónde podría estar. Alcanzó a dar dos pasos, cuando escuchó un pequeño grito, justo cuando un trueno estremecía la noche. Se acercó hasta el lugar, y lo vio. Temblando, mojado, porque el techo que cubría esa parte, estaba lleno de goteras, y su corazón se angustió y le dolió la vida de Louis, más que nunca.

—Hey, vamos. —Intentó sin acercarse mucho, pero no obtuvo respuesta. Se dio cuenta de que estaba casi en shock. —Te voy a llevar adentro, prometo tocarte solo lo necesario.

Envolvió sus brazos alrededor del cuerpo frío, y lo llevó hasta su habitación, ante la mirada de desaprobación de Simona, que solo pensaba en terminar esa cena en la cama. Harry quitó las ropas empapadas, y lo secó. Le puso una polera seca y le sacó las zapatillas y calcetines. Por suerte su pantalón no se había humedecido. Lo arropó bien, y se quedó a su lado hasta que lo sintió dormir tranquilo.

—No sé por qué te preocupas tanto de ese chico inútil, —habló molesta. —Una vez que nos casemos lo voy a echar, no quiero que te incomodes con su presencia,— intentó una vez más, ser seductora.

La cabeza de Harry trabajaba al mil por ciento. —No estoy seguro del matrimonio, —fue lo primero que se le ocurrió. —Quizás debemos esperar un poco más antes de formalizar, yo he estado de viaje mucho tiempo, tú has tenido mucho trabajo también. —Pensar en dejar de ver a Louis, era su peor pesadilla, porque... Porque quería ayudarlo, solo eso. —Recuerda lo que dijo el sacerdote, debemos conocernos más y respetar las tradiciones, —por dentro se mordía la lengua. A pesar de sus prejuicios y traumas, no era alguien religioso.

—Lo siento, tienes razón, no sé qué estaba pensando, —se disculpó. —Voy a dormir, te espero. —Terminó de hablar, mientras caminaba.

Harry pasó a ver una vez más a Louis. Tocó sus mejillas, y estaban frías, tocó sus pies, y lo mismo. Buscó una manta más gruesa para colocar en su espalda, y con su propia chaqueta favorita, envolvió sus pies. Buscó en su maleta el regalo que le había comprado, y lo dejó encima de un viejo mueble, con un pequeño mensaje.

Cuando Louis despertó al día siguiente, se sentía extrañamente bien, hasta que comenzó a recordar. Le costó un poco, sabía que había intentado no mojarse, pero cada vez que sentía un trueno o relámpago, saltaba en su lugar. Tenía frío, y, sobre todo, mucho miedo. Le sorprendió lo arropado que estaba, el verse con una polera que no era la que llevaba el día anterior. La sorpresa fue mayor cuando descubrió la chaqueta de Harry en sus pies. Instintivamente la tomó y la olió, y fue sentir que el mundo era perfecto. El aroma de esa chaqueta era increíblemente varonil, intenso y suave en iguales proporciones. ¿Ese sería el olor en todo su cuerpo? Necesitaba liberar esos sentimientos, pero no tenía tiempo. No podía llegar tarde, y necesitaba salir en diez minutos. Se puso ropa limpia, nadie notaría que no se había duchado, esperaba. Al salir, vio algo que le llamó la atención, un paquete con un lindo moño verde. Moría por saber qué era y quién lo había dejado ahí, aunque un pequeño calor lo recorrió cuando supo que había una sola persona que haría algo así. Tomó el paquete y lo escondió al fondo de su closet, no quería que su madre lo viera.

Cuando volvió a su casa por la noche, lo recibió el silencio. Su madre estaba con un turno extra y Harry no había llegado. Corrió a buscar su regalo, sacándose las zapatillas y tirándolas en cualquier parte. Tocó el precioso papel, que tenía dibujos de soles y lunas. Quitó con todo el cuidado el moño, y lo mismo hizo con el envoltorio. Cuando vio lo que era, su mandíbula cayó diez metros bajo tierra. Era un computador portátil, nuevo, hermoso, brillante. Nadie podría entender lo que significaba eso, solo él, que, con vergüenza usaba el que tenía frente a sus compañeros, y con el que a duras penas lograba realizar lo básico que les exigían.

En la tarjeta, unas cuantas palabras:

“Te lo mereces por todo tu esfuerzo, espero que te guste. Con cariño, Harry”.

Estaba tan emocionado y agradecido, que se excitó de sobremanera. La necesidad de la mañana, se había vuelto algo imperioso. Aprovechando la soledad de la casa, se tiró en su cama. No le costó entrar en calor, solo de imaginar las manos de Harry quitándole la ropa, tocándolo, besándolo, dándole mimos... No, eso no. Intentó de nuevo, ahora era él quien lo arrinconaba en la cocina y mordía sus labios tan rojos, y le quitaba la camisa mientras lo llenaba de besos en su cuello, sus manos empezando a desabrochar esos ajustados pantalones. Y ahí era cuando se miraban y Harry le decía que lo amaba...

¿Qué? ¿Qué le pasa, qué tiene en esa cabeza tonta?

Desistió de tocarse, cuando se dio cuenta de que el rechazo que tenía por su daddy se había convertido en afecto. Uno que podría transformarse en algo más, ¿en amor, tal vez? ¿Por qué? ¿Por qué tenía que conocer el amor con una persona imposible? ¿Acaso no era suficiente todo lo que le ha pasado? Suspiró fuertemente cuando vio a Harry de pie en su puerta, no lo escuchó llegar.

—Hola, —saludó como siempre, tan dulce.

—Hola... Gracias por el regalo, no era necesario, —dijo turbado.

—Claro que lo es, lo necesitas para estudiar. Le instalé todos los programas que necesitas, ojalá te ayude.

—¿Cómo sabes lo que necesito para mi carrera?, —preguntó sorprendido.

—Tengo una productora, soy técnico en sonido, además de licenciado en música. No pude ser ingeniero porque no tenía los recursos, pero pude estudiar cosas relacionadas, —contó sonriendo.

—No sabía, bueno gracias. Pero no esperes algo a cambio, —dijo molesto.

—No lo hago, no es necesario. Te traje un pastel, lo dejé en la cocina, me voy a dormir, que descanses, —se despidió cerrando la puerta.

Omitió decir que había alcanzado a ver a Louis tocándose por sobre la ropa, enviando ráfagas de electricidad por su piel, casi quemándolo, enloqueciéndolo de placer con solo verlo. No podía soportarlo, por lo que una vez más se dedicó a limpiar su cuerpo y su mente bajo el agua caliente de la ducha.

Pasaron dos semanas en la misma rutina: Louis llevando chicos, que se parecían físicamente a Harry y teniendo sexo ruidoso. Simona trabajando mucho, a veces ni siquiera llegaba a dormir. Harry preparándole el desayuno a Louis, que seguía botándolos frente a él, siendo grosero y mal educado.

Harry ya no aguantaba más. Tenía un viaje a Manchester, y una vez que volviera, acabaría con todo. Había comprado un departamento, gracias a que su trabajo había comenzado a ser mucho más valorado, e incluso, lo habían llamado para una gira con la boy band del momento, pero había declinado al pensar en un chico de azules ojos. El barrio donde eligió vivir era el más antiguo de Londres, muy tranquilo y con muchos árboles. Las cosas con Simona no funcionaban, ella dejó de insistir y él estaba feliz con eso. Pero no era bueno, no debería pasar algo así con tu pareja. Además, a pesar de que Simona llevaba trabajando más de los turnos normales, tenía cada vez menos dinero, por lo que estaba corriendo con todos los gastos de la casa, ¿y para qué? Para que el adolescente rebelde botara a manos llenas su esfuerzo.

Se había aburrido de su mala actitud, le dolía demasiado que se comportara así y, sobre todo, que no tuviera ni un poco de pudor para el sexo... Sexo que no disfrutaba con él, y ya no lo haría. A pesar de todas sus barreras, sus miedos y lo que le enseñaron, él quería a ese chico que intentaba salir adelante y al que intentó ayudar con todo su corazón. Incluso había imaginado llevarlo a trabajar con él, enseñarle, irse de viaje, que conociera en persona su carrera. Y todo eso se fue por un profundo precipicio.

Todo se puso peor cuando volvió de su viaje un día antes, sin avisar, y no encontró a Simona en ninguna parte. Solo estaba Louis, que apenas lo miró. Fue a la iglesia, a ver si la encontraba ahí, y se sorprendió al ver el lugar que parecía desierto. Sin embargo, entró y caminó hasta el fondo. Lo que escuchó lo dejo sin aliento: una discusión entre su novia y el sacerdote a cargo. Ella le reclamaba poca atención, sobre todo ahora que estaba embarazada. Él le contestaba que en una semana tendría el permiso desde el arzobispado, para dejar de ser religioso y poder irse a vivir su amor en una ciudad lejana, dejando atrás al estorbo de hijo que tanto les molestaba. Luego de la pelea comenzaron a besarse, los podía oír; lo demás, es historia. Harry estuvo a punto de vomitar, pero se contuvo y salió apresurado a la que ya no era su casa, y que nunca lo había sido. Cuando entró, escuchó risas en la habitación de Louis, y no, no iba a tolerar más de lo mismo. Entró sin golpear, descubriendo a la pareja besándose y ya sin polera.

—¿Qué mierda te pasa? Lárgate, —dijo enojado Louis.

—No, ya me tienes aburrido. Te he pedido de mil maneras que evites estas escenas cuando estoy aquí.

—No me importa lo que quieras o lo que te parezca, puedo hacer lo que se me dé la gana.

—Pues fíjate que no. —Y acto seguido, tomó al amante de turno del brazo, le pasó su polera y lo sacó de la casa a empujones. Louis de pie, en la puerta de su habitación, gritando sin ser escuchado. Harry se fue contra él, sorprendiéndolo. —Es mi última noche aquí, ya no me verás más, así es que por una puta vez en tu vida, compórtate como un adulto.

La cara de Louis era una oda al desconcierto. ¿Ese hombre era quien, tan dulcemente intentó acercarse a él todo este tiempo?

—¿Estás seguro de que quieres que me comporte como un adulto? —Preguntó sonriendo con maldad, pero muriendo por dentro. ¿Su última noche? ¿Y después qué?

—Me gustaría verlo, —contestó con convicción.

Louis se acercó con demasiada seguridad, hasta cercarlo contra la pared y poniendo las palmas de sus manos, cada una al lado del rostro de Harry y aplastándolo ligeramente con su cuerpo. Las respiraciones de ambos estaban agitadas, debido a la tensión de tenerse así, de sentirse así, de reaccionar de esa manera a la presencia tan cercana del otro. Cuando sus ojos se encontraron por primera vez de manera tan íntima, había rabia en tonos verdes y pena en tonos azules.

—¿Esta es tu manera de ser adulto? —La voz herida de Harry, que sonó a vacío.

Y Louis se sintió temeroso, como nunca antes. Sacó sus manos de la pared y bajó la cabeza. Ansiaba, quería y necesitaba acortar la distancia, pero sabía que una noche no sería suficiente, que su vida clamaba más, que su presente le exigía cariño, por uno que le quisiera preparar el desayuno y que supiera cuál pastel era su favorito. La rabia de Harry crecía más y más, al ver que Louis no hacía lo que él esperaba. Requería que diera el primer paso, él no podía y entendió que ninguno podría hacerlo, que no estaba bien, que era mejor dejarlo así, en un imposible. Se alejó, camino dos pasos, cuando la voz de Louis lo llamó.

—Harry...

Al girarse, el cuerpo de Louis abrazándolo. No era un abrazo tierno, era un abrazo necesitado, y lo fue más, cuando buscó sus labios y lo besó. Un beso torpe, fuerte, húmedo con sus manos intentando quitar la molesta ropa.

Y mil fantasmas, mil voces en la cabeza de Harry, gritándole que estaba haciendo todo mal, que así no se hacían las cosas. Y su piel gritándole que sí, que era perfecto, que era su sueño más bello haciéndose realidad en los labios de Louis. Fue un beso tras otro, hasta que Louis se dio cuenta de algo. Harry no lo tocaba, tenía sus manos a los lados, con los puños crispados, como si tuviera una lucha interna demasiado angustiosa.

—¿Qué pasa? ¿No te gusto? —Preguntó en un susurro, buscando su mirada.

—Sí, no, no es eso... Es, me gustas, mucho, pero esto no está bien, —murmuró avergonzado. —Somos hombres, no deberíamos... Tú tienes experiencia, yo no...

—Puedo enseñarte si me dejas”, dijo Louis, y acto seguido, volvió a besarlo, con hambre, con deseo.

Harry lo seguía, no era difícil, al contrario, era sencillo y natural, pero debía detenerse. Lo intentaba, pero Louis era como una ráfaga incontrolable de calor, besándolo, tocándolo, empezando a gemir despacio.

—Basta Lou... Basta... —Dijo casi en una súplica.

—Déjate llevar, ¿sí? ¿Por favor?

—No, no, no, no puedo hacerlo. —Y ahora sí logró separarse de ese hermoso chico. Louis no entendía por qué le costaba tanto relajarse, pero no sabía si podría seguir rogando por un poco de afecto. Todo se volvió una pesadilla, cuando escuchó a Harry gritar:

—¡Vete a tu habitación! ¡No soporto tu presencia!

Su corazón se rompió en dos, la desilusión era demasiada para su vida en ese momento y sus ojos se humedecieron. Un par de segundos después, alcanzó a notar un pequeño guiño en el ojo derecho de Harry, que miraba fijamente detrás de él, a la puerta. Simona había llegado, y afortunadamente, no vio nada comprometedor. Se acercó a Harry, y dejó un beso un su mejilla, que solo le provocó repugnancia.

—No te preocupes amor, en dos días tiene que largarse para que podamos vivir solos. Voy a cambiarme, estoy muy cansada, —dijo mientras caminaba a su habitación.

Harry estaba helado, ¿hasta qué punto llegaba el descaro de Simona? ¿Porqué parecía que aún le interesaba seguir con esa farsa? Louis no sabía bien qué sentir. Por un lado, la reacción de Harry, casi rechazándolo, hiriéndolo. Por otro, la noticia de que tenía dos días para irse de ese infierno. Caminó sin fuerza a su habitación, y se encerró, no podía hablar en ese momento.

El silencio era aplastante en la casa, cada uno tenía una conversación íntima en su espacio.

Simona estaba insegura de su relación con el sacerdote, por lo que su plan B, era acostarse con su novio, y así poder darle la responsabilidad de su embarazo. Tenía que hacerlo pronto, por si acaso pasaba algo, pero Harry no cooperaba, y eso la obligaba a sacar todas sus armas de seducción. Se bañó, se perfumó, y se vistió con su mejor y más provocativa lencería. Una vez que se sintió preparada, se cubrió solo con una ligera bata de satín, y fue en busca de Harry. Lo encontró aún de pie, en el mismo lugar en el que lo había visto hace 20 minutos.

—Amor, ¿estás bien? —Preguntó, abrazándolo y pegándose a su cuerpo.

La mirada que recibió la desconcertó. Justo en ese momento, Louis se había asomado, al sentir la voz de su madre en medio del silencio, y al verla abrazándolo, se sintió peor que nunca. Su madre con el hombre que ¿amaba? No lo sabía, pero con él quería estar y aprender. Se quedó escondido, para escuchar y ver lo que tuviera que pasar.

—No me toques. —Fue apenas un murmullo, pero cargado de rabia.

—¿Qué pasa? ¿Por qué me hablas así? ¿Estás cansado? Te tengo una sorpresa, vamos a la habitación. —Lo tomó de la mano y lo llevó, sonriendo, pensando que había caído en su plan.

Louis cayó al piso, el corazón apretado, le faltaba el aire. Quizás nadie podría sacarlo de ese lugar en el suelo, frío como su sangre, duro como el golpe que había recibido y que nunca esperó.

En la pieza, apenas Harry entró, Simona dejó caer su bata, y se acostó en la cama, mostrando sus piernas e intentando ser sensual. Pero al ver el rostro de su novio, supo que algo andaba mal.

—¿Amor? —Llamó. —Dime qué pasa, ¿fue Louis? ¿Te faltó el respeto?

Por toda respuesta, vio a Harry tomar su maleta y guardar rápidamente sus cosas. No eran muchas, y la mayoría estaban ya empacadas, nunca tuvo un verdadero espacio. Salió, con Simona gritando detrás.

—¡Qué mierda te pasa! ¿A dónde vas?

—No te importa lo que haga en mi vida, —contestó conteniéndose. —Puedes hacer lo que quieras y largarte con el infeliz ese que te dejó embarazada.

—¿De qué hablas amor? ¿Quién te dijo eso? No es cierto, es la gente envidiosa de lo que tenemos.

—Por la mierda, ¡los escuché! Deja de tratarme como a un imbécil, no te soporto. —Habló acercándose a ella, con su dedo acusador.

—Amor... Lo siento, no sé qué me pasó, podemos volver a intentarlo, ¿sí? Prometo que va a ser distinto, voy a echar al estorbo de hijo que tengo y criaremos a este bebé juntos, —sonreía, segura de convencerlo.

—¿Cómo puedes ser tan descarada? ¡Espero nunca volver a verte! —Gritó una vez más. —No solo por lo que has hecho, sino porque quiero a otra persona.

Louis estaba aún en el suelo, viendo y escuchando todo, sin poder creer lo que estaba pasando. Quedó helado cuando Harry dijo querer a alguien más. ¿Había otra persona y por eso lo rechazaba? ¿Quién? ¿Dónde?

—¿Me engañaste? —Preguntó horrorizada Simona.

—Lo hice, y no me arrepiento. Sé que no era la forma, pero yo no te quiero, debí terminar esto antes de aceptar vivir aquí, —contestó con seguridad.

—Te perdono amor, no importa, empecemos de nuevo... Voy a echar ahora mismo a Louis, —dijo caminando hacia la habitación de su hijo.

—Detente, yo lo hago.

Y Simona sonrió de nuevo, estaban saliendo las cosas bien. Harry encontró a Louis en el piso, y lo ayudó a levantarse.

—Recoge tus cosas, te vas de este lugar. —Ordenó, entrando con él a la pieza y metiendo sus cosas en una bolsa y en la mochila que usaba para la universidad. Era demasiado poco para alguien de su edad y la habitación parecía al borde del colapso.

—Espero, que no vuelvas pidiendo ayuda, ¿me escuchas? Siempre has sido la peor desgracia de mi vida, debería haberte abortado. —Escupió con rabia Simona.

Louis caminó hacia la puerta, apenas se mantenía en pie. ¿Qué sería de su vida? ¿Dónde pasaría la noche? Su mente estaba nublada, no podía pensar con claridad. Solo sintió el gran portazo detrás de él, asustándolo, dejándolo solo y desamparado. Bajó los dos escalones, con su mochila y su bolsa, y tropezó. Le extrañó no golpearse, Harry lo estaba sosteniendo.

—Hey, ¿estás bien?

—¿Qué haces aquí? ¿Te estás asegurando de que me vaya y los deje en paz? —Contestó soltándose de esas manos con las que soñaba hasta hace unos minutos.

—Lou, nos vamos, tú y yo. No te dejaría solo con tu mamá, ni permitiría que andes solo por ahí...

Pero Louis parecía no entender. Estaba demasiado agotado mentalmente, y se desvaneció. Harry logró subirlo a su auto, junto a sus cosas y manejó hasta su departamento. Al llegar lo llevó a una hermosa habitación, con una acogedora cama y muebles funcionales, esa sería su pieza. Le quitó las zapatillas y lo dejó descansar. Por mientras, fue a preparar algo para comer, y buscó en alguna cafetería online, los pasteles que tanto le gustaban.

Estaba tomando un té, sentado en la cocina, mientras revisaba mails, cuando escuchó unos pequeños quejidos. Era Louis teniendo pesadillas, se sentó a su lado y acarició su pelo, le habló suavemente, hasta que poco a poco, fue despertando. Aún estaba confundido, pero nunca había tenido un mejor despertar que ese, mirando los ojos de Harry.

—Hola... ¿Cómo te sientes?

—¿Dónde estoy? —Preguntó mirando alrededor.

—Este es mi departamento, lo compré hace poco, por eso le faltan algunos detalles. ¿Tienes hambre?

—Sí, no sé cuándo comí por última vez.

Harry sabía que eso era así, que muchas veces pasó hambre, pero dolió igual, dolería siempre. —Acá va a ser todo distinto, no te va a faltar nada, —le dijo dulcemente, pero el semblante de Louis era extraño. —Este va a ser tu lugar, vamos a llenarlo de tus cosas, ¿sí?

—No, no entiendo... —Habló agarrándose la cabeza. —No entiendo, ¿por qué? ¿Y mi mamá? ¿Por qué me trajiste aquí?

—Tu mamá tenía una relación con el sacerdote de la iglesia, y está embarazada. Supongo que sabrá qué hacer, yo cometí un gran error al intentar algo con ella, nunca logré quererla y sé que estuvo mal. No podía dejarte allá, ella te iba a sacar de todas maneras, y tú me importas mucho. —Contestó serio al principio y luego sonriendo.

—¿Te importo? ¿Cómo? ¿Cómo un pobre desvalido? No quieras limpiar tu conciencia conmigo. —Explotó enojado y poniéndose de pie tan rápido que se mareó.

—Me importas porque te quiero, porque me gustaría hacer las cosas bien, porque nunca me atreví a ser yo mismo, —respondió mientras lo sostenía entre sus brazos. —Quiero enseñarte, quiero que tú me enseñes... quiero que aprendamos juntos...

—Harry, sigo sin entender. ¿Vamos a vivir juntos? ¿Cómo amigos, como pareja, como qué?

—Me encantaría que fuera como pareja, pero creo que no está bien, que no nos conocemos lo suficiente, que tenemos ti...

No pudo continuar, porque la boca de Louis lo estaba devorando, mientras se desnudaba y lo empujaba hacia la cama. Harry se dejó llevar, también estaba deseando volver a probar esos labios. Pero sus inseguridades aún existían, todo lo pasado los últimos días lo tenían insoportablemente agotado.

—Para, para, —intentaba pedir en medio de las caricias que estaba recibiendo.

—No, no puedo, no ahora... —contestó entre jadeos.

Los besos eran cada vez más intensos, y Harry se descubría un poco más en cada uno de ellos. Con cada pequeña mordida a sus labios, con cada toque en su cuerpo, con cada gemido que empezaba a aparecer en su garganta, con cada latido de su corazón que empezaba a desbocarse. No supo cómo su polera desapareció, ni como Louis estaba encima de él, besando todo a su paso, deslizando su lengua ávida de su cuerpo, de su sabor, de su sudor, de su inexperiencia. Se sentía más allá de cualquier galaxia, cuando los dientes de Louis rasparon sus duros pezones, haciéndolo maldecir con fuerza.

—Lou, ya no más... Por favor. —Y su plegaria fue escuchada. Los dos jadeantes, mirándose, reconociéndose.

—¿Qué pasa? —Preguntó preocupado. ¿No te gusta? ¿Estás incómodo?

—Me gusta mucho, —contestó sonriendo. —Pero no quiero que... Lo siento, no sé si pueda. Tengo miedo...

—Prometo detenerme si me lo pides, —dijo con toda la ternura que poseía. —Te lo pedí antes, déjame enseñarte...

Volvieron a besarse, las manos de Harry en el rostro de Louis, y Louis haciendo lo propio en la cintura de Harry hasta alcanzar su trasero y masajearlo fuertemente. Caricias cargadas de rabia, de enojo, de culpa, de tristeza, de silencios, de dolor. De esperanza, de cariño, de futuro, de anhelo. A momentos, Louis era demasiado brusco, enterraba con fuerza sus dedos en las caderas de Harry, o le daba mordidas demasiado intensas, y Harry entendió. Estaba demasiado dañado y por eso intentaba descargarse en ese momento.

—Ya no más... Para, —suplicó.

—Pero Harry...

—Basta Lou, no está bien.

—Está perfecto, no te entiendo, —dijo a punto de amarrarlo a la cama.

—Escúchame, estás intentando botar tu rabia conmigo, y puede que en otras circunstancias te haya servido el sexo para eso, pero ahora no. ¿No prefieres que hablemos? Sé que suena aburrido, pero de verdad quiero hacerlo bien, no quiero defraudarte.

—Me estás frustrando, podemos hablar después, y sí, estás siendo muy aburrido.

—Bueno, hay comida en la cocina, voy a dormir, buenas noches, —habló cansado Harry, saliendo a su habitación, donde se dio una ducha y se puso su pijama. Sacó algunas cosas de la maleta y se acostó a dormir. Necesitaba su espacio, silencio y soledad.

Louis en cambio, necesitaba compañía, calor, cariño. Fue a la cocina, y mientras comía pastel, lloraba. Tenía tantas lágrimas guardadas, que el mar sería poco para todo su dolor. Cuando terminó, fue al baño a lavarse los dientes. Estaba solo con un pantalón de buzo, y decidió que era un buen pijama. Se metió a la pieza de Harry, y lo miró dormir algunos minutos. Lo dudó, pero se acostó a su lado, y puso su cabeza en el pecho de Harry, durmiéndose después de varios minutos, en que analizó la situación.

Harry tenía razón en que muchas veces descargaba su enojo o tristeza con sexo, pero no lo había hecho hace mucho tiempo. Los chicos que llevaba a casa de su madre, se quedaron muchas veces en la intención, no pasando más allá de unos besos y algunas caricias. No quiso pensar mucho en eso hasta ahora, y encontrar una explicación era fácil: Simplemente no eran Harry, y él necesitaba que lo fueran. También tenía razón en querer hacer las cosas bien, pero no podían culparlo de no saber cómo hacerlo. Su vida era el mejor ejemplo, con un padre que los abandonó y una madre que lo despreciaba, ¿cómo se supone que se hace algo bien? ¿De qué se trata hacerlo bien? Y pensando en eso, se durmió.

Despertó sintiendo un rico olor, y con Harry abrazándolo, aún en pijama, sonriendo. —Buenos días Lou.

—Buenos días.

—¿Dormiste bien? ¿Quieres que te traiga el desayuno? —Preguntó con un exceso de dulzura.

—¿De verdad? ¿Por qué?

—Ya te lo dije, quiero que aprendas cómo debes ser tratado siempre, que empieces a confiar en mí, que entiendas que mereces lo mejor de este mundo.

—¿De verdad crees que puedo aprender eso? ¿De verdad crees que me lo merezco?

—Estoy seguro, voy por el desayuno, —dijo besando su mejilla.

Ese pequeño gesto, le hizo entender eso de lo que hablaba la gente: intimidad. Se sentía bonito, le gritaron sus mejillas coloradas. Se levantó, y sin permiso, buscó una polera de Harry y se la colocó. Un pudor extraño estaba empezando a inundarlo, era algo nuevo, que se sentía cálido. Ver entrar a Harry con la bandeja, tan distinto a cómo lo conoció, con un aura mucho más tranquila, más acogedora, siempre sonriéndole, llenó sus pulmones con aire nuevo, quitó años de dolor de su espalda, lo llenó de esperanza. Estaba conmovido, no sabía si reír o llorar, si hablar o mantener el silencio, si entregarse o seguir escapando.

Desayunaron, conversaron sobre los estudios de Louis, de su trabajo, de sus obligaciones. Cuando terminaron, Harry dejó la bandeja en el suelo y se acercó a quitar algunas migajas traviesas que quedaron cerca de la boca de Louis. Delicadamente se acercó y con sus dedos las quitó, sorpresivamente lo besó. Llevó una de sus manos hasta la nuca de Louis, y acarició su pelo, la otra se perdió en su cintura.

Y el que se dejó llevar fue Louis, perdido en el calor de los labios de Harry, en el ímpetu de su agarre, en la intensidad de su lengua, en el cariño que sentía pasar a través de su piel, en el amor que comenzaba lentamente a invadirlo, en el futuro que lo abrazaba. Envolvió sus manos en el cuello de Harry, y puso su vida en cada uno de esos besos maravillosos, mientras sentía su cuerpo despertar y es que sólo ese hombre que era la ternura personificada podía encenderlo de esa manera, de excitarlo en un nivel nuevo y único. Fueron minutos en que solo se besaron, en que se conocieron y se contaron sus sueños y deseos. Hasta que Harry logró separarse, solo para mirarlo, como asegurándose que de verdad estaba pasando, que pese a todos sus miedos estaba tocando y besando a ese adolescente rebelde que parecía frío y grosero, pero que solo necesitaba cariño y atención.

—¿Estás bien? —Preguntó Louis, sin quitar sus manos del cuello de Harry, donde dejaba pequeñas caricias en su pelo.

—Lo estoy, es solo que... me siento feliz, como nunca antes, —contestó sacando su mano de esa pequeña cintura y llevarla increíblemente hacia su cadera, logrando que Louis se sobresaltara. —Lo siento, —dijo, sacándola, pero siendo detenido.

—No, no la saques, —pidió. —Me pones nervioso, —explicó en medio de pequeñas y sinceras risas.

Harry lo miró sorprendido. No tenía perdón, pensaba, el haberlo besado antes que conocer el sonido de su risa. Se arrepentiría siempre, porque después de haberlo visto sonreír, se hubiera enamorado de inmediato.

—Quiero siempre escucharte reír. —Y volvió a besarlo, ya sin miedo, ya sin dudas. Su cuerpo necesitaba explorar esta nueva aventura de manera urgente. No sabía si era correcto, tampoco si lo haría bien, pero en ese momento le daba igual. Podría aprender, podría mejorar, Louis le dijo que le iba a enseñar, no tenía nada que perder y todo por ganar. Lo miró con completa lujuria. Se desnudó, sin dejar de mirarlo, mientras notaba como crecía la erección de Louis en sus pantalones. —Quítate la ropa, —exigió, con la voz ronca.

—No me mandas, —contestó desafiante, mientras los nervios alborotaban su estómago.

La sonrisa de Harry era perversa. Se colocó encima, aplastando las piernas de Louis y manoseándolo, por dentro del buzo que llevaba, enloqueciéndolo.

—¿Estás seguro gatito? Intenta ser un buen chico, o podrías arrepentirte, —dijo comenzando a masturbarlo.

Y Louis no tenía resistencia, no mientras sentía esas manos con las que tanto tiempo soñó en su miembro, apretándolo, quitándole la humedad que aparecía en su cabeza para moverlo con más facilidad.

Para Harry se volvió fácil cuando escuchó los pequeños jadeos, supo cuánta presión aplicar, qué ritmo usar. Aprendió las señales del cuerpo de Louis cuando estaba al borde del orgasmo, tensándose, apretando sus puños, mordiendo sus labios, echando su cabeza hacia atrás. Lo vio sudar, respirar buscando oxígeno, con sus ojos cerrados, y aumentó el vaivén en su mano, mientras la otra acariciaba su muslo. Lo hizo acabar, dejando manchado de semen su pantalón y sus dedos que chupó con ganas, disfrutando ese manjar que le estuvo prohibido toda su vida.

Para Louis, fue maravilloso, estaba tan sorprendido, y tan feliz al mismo tiempo, pero necesitaba más, necesitaba escuchar a Harry rogar por él.

—No quiero ser un buen chico, y sé que no me voy a arrepentir, —sonrió con maldad, jugando.

—¿Así? —Preguntó Harry, feliz de entrar en ese mundo desconocido. —Muéstrame a ese chico malo entonces, —pidió, dispuesto a todo lo que Louis quisiera darle, mostrarle y enseñarle.

Louis se lanzó sobre Harry, encontrando su boca, su cuello, sus hombros, besando, acariciando y dando pequeños mordiscos, pero era muy distinto a esa primera vez, cuando llegó a ser áspero y solo buscaba olvidar. Ahora se tomaba su tiempo, ahora la persona que estaba con él merecía su atención y su cuidado, y aún así, se sentía perfecto y correcto. Podía sentir la erección de Harry, buscando la suya, ansioso, caliente e intenso. No lo iba a tocar aún, tenía todo un cuerpo a su alcance que quería disfrutar, y en el que puso su lengua por cada milímetro. El olor en esa piel pálida, era tal como lo recordaba esa mañana, cuando descubrió la chaqueta dándole calidez. Un aroma varonil, tan suave y profundo, que se mezclaba con el suyo y creaba una esencia íntima, de los dos, que lo tenía enloquecido y a punto de olvidar su nombre.

Se perdió por largos minutos en los pezones de Harry, porque se dio cuenta de cómo lo disfrutaba. Chupaba, lamía y mordía para tirarlos, mientras sus manos tenían inmovilizados los brazos de Harry, que intentaba desesperadamente liberarse para tocar también a Louis.

—¿Qué pasa? ¿Qué quieres hacer? —Preguntó con voz inocente, mientras comenzaba a aplastarse sobre sus miembros duros y mojados.

—Yo... necesito... —Intentó decir, fracasando ante el placer que estaba sintiendo.

—¿Me quieres a mí? ¿Abriéndote? ¿Llenándote? No te escucho, —dijo inocentemente, haciendo gemir fuerte a Harry, que se negaba a suplicar, quería alargar un poco ese momento que estaba disfrutando en exceso.

Pensaba que no podía sentir más, que estaba en su límite. Y supo que se había equivocado con creces cuando en un acto que no vio venir, Louis estaba en medio de sus piernas, acariciando sus muslos mientras devoraba su miembro, con avidez, intentando meterlo entero en su boca y fracasando rotundamente, aún cuando hizo su mejor esfuerzo y las lágrimas inundaban sus ojos. Tuvo un enamoramiento a primera lamida con el pene de Harry, era como él, suave y fuerte al mismo tiempo. Quería besarlo y morderlo, acariciarlo y tomarlo con fuerza, y sobre todo, sentirlo en él, rompiendo con todos sus estereotipos al mostrarse vulnerable y entregando el control. Pero eso sería después. Por ahora necesitaba aumentar sus movimientos y su velocidad, mojar más con su saliva, mientras sus dedos comenzaban a tantear ese pequeño y muy apretado agujero que pedía ser mimado con duras embestidas.

Fue su turno de desnudarse, antes de seguir con su cabeza enterrada en medio de esas largas y perfectas piernas. Quería probar la esencia de Harry, lo necesitaba, lo iba a exigir. Una vez más, intentó tomarlo por completo, empezaba a disfrutar de las lágrimas en sus ojos, de las arcadas que aparecían al intentar chupar hasta el fondo, cada vez más rápido. Descubrió cómo ese cuerpo reaccionaba ante sus caricias, tan diferente a él mismo: Intentaba escapar, a ratos tapaba su cara, sus gemidos aún eran tímidos y parecían ahogados, mientras sus ojos estaban demasiado abiertos, como buscando algo que desconocía. Sólo necesitó pasar su lengua un par de veces, mordisquear su hendidura húmeda y masajear sus testículos con intensidad, para llenar su boca de semen caliente y abundante. Sonrío, mientras buscaba la mirada de Harry, que parecía al borde del desmayo, pero sonreía también.

—¿Te gustó? —Preguntó.

—Me encantó, fue... lo mejor que he sentido, —contestó con leve rubor. —Ven acá, —dijo acercándose, hasta tomar un pequeño hilo de semen en las comisuras de sus labios, con su lengua, sintiendo su propio sabor.

—Te duró poco la timidez, —se carcajeó divertido, logrando que el carmín apareciera en sus pómulos tan definidos.

—A veces pienso que esto no tiene sentido, —contestó con voz temerosa y haciendo que Louis se preocupara. —No tiene sentido que tú, un chico universitario me enseñe cómo ser en la cama. No estaba en mis planes sentirme atraído por un hombre, mucho menos traspasar mis límites, —siguió casi como una confesión. —Pero contigo se vuelve fácil, me siento cómodo, me siento... seguro, —sonrió una vez más.

Louis estaba conmovido, jamás escuchó palabras como esas, nadie se detuvo a verlo, mirarlo y menos a observarlo. En su cabeza solo insultos o expresiones vacías, algunos pocos momentos buenos, ahogados en malas experiencias. —Yo puedo enseñarte aquí, —dijo tocando las suaves sábanas. —Pero no sé cómo ser un buen novio, ni siquiera creo que puedo ser un buen amigo, y me asusta no ser lo que necesitas, que te aburras, que no podamos comunicarnos, porque... Todo lo hago mal, —continuó con gran esfuerzo. —Es muy difícil hablar de lo que siento, tengo muchos fantasmas, —terminó casi agonizando.

Fue cuando Harry se acercó y lo abrazó, con cariño, con la intención de darle un poco de cobijo, de seguridad. Lo acogió, besando su pelo liso, acariciando su espalda, susurrando palabras de tranquilidad.

—Vamos a ordenar un poco y vamos a ir de compras temprano, necesitas muchas cosas personales, y para tu habitación también.

—No quiero ese lugar, quiero dormir contigo siempre, —dijo perdiéndose otra vez entre esos brazos que eran perfectos para su cuerpo.

—Pero Lou, necesitas tu espacio. —Y la respuesta que obtuvo, fue un puchero adorable. —Me encantan tus labios, y muero por besarte, pero desde ahora debes empezar a decir las cosas, necesito saber, ¿por favor?

—Siempre he dormido solo, —suspiró. —Y tengo miedo de eso, no me gusta. Desde niño duermo con una linterna debajo de la almohada, porque tengo terror de la oscuridad. Prometo portarme bien, pero no me hagas dormir solo. —Estaba al borde del llanto.

—Gracias, gracias por contarme. Puedes dormir conmigo siempre que quieras, pero tienes que arreglar tu pieza igual, ahí deberías estudiar y preparar tus trabajos, esta habitación se va a hacer pequeña para los dos. ¿Deberíamos comprar un departamento más grande?

—No, este es hermoso, y si... ¿compramos? Pero Harry, yo soy un mantenido, no puedo decidir...

—Basta Lou, —lo interrumpió poniendo una mano en su boca. —No eres un mantenido, en este lugar puedes decidir y opinar sobre lo que quieras. Lo mío es tuyo, así de simple. Sé que te va a costar, pero por favor, ten paciencia, ¿sí?

—Lo voy a intentar. —Estaba rojo como un precioso tomate maduro.

—Ve a bañarte y yo haré lo mismo, salimos en media hora, ¿está bien?

—Ahorremos agua, y bañemos juntos, —contestó, masajeando sus muslos y viendo cómo su miembro empezaba a hincharse.

Harry se rió con ganas, antes de tomarlo por la cintura y besarlo como un loco, llevándolos hacia el baño. No dejaron de besarse, ni cuando el agua empapaba sus cuerpos, ayudándolos a aumentar la temperatura, ni cuando las manos traviesas de Louis buscaban su entrada desesperadamente. Quería prepararlo ahí, mientras el agua se resbalaba por sus pieles, y eso hizo, para asombro de Harry, que estaba sorprendido de cuánto le gustaba sentir los dedos juguetones de Louis en su interior. Se quejó fuerte, cuando dos y luego tres dedos lo abrían con intensidad, lo masajeaban, intentaban llegar más profundo.

—Harry. —llamó Louis, con una cara de pena que rompía el corazón.

—¿Qué pasa? ¿Estás bien?

—No tenemos lubricante, —contestó como si fuera la peor noticia del mundo.

—Sí tenemos, —dijo Harry, mordiéndose el labio inferior. —¿Prefieres con sabor, o que de calor, o tal vez frío?

La mandíbula de Louis llegaba hasta el piso. —¿Es en serio? Vamos a ocuparlos todos hoy, contestó con seguridad y abriendo una de las botellas.

Se colocó un poco en sus dedos, y se movió hasta ver la espaciosa espalda de su ¿algo? Sus dedos ahora sí, entraban con facilidad, resbalándose, provocándoles placer a los dos.

—Afírmate de la pared y agáchate un poco, —pidió nervioso.

Ver a Harry así, a su merced, mientras veía su propio pene más duro que nunca era de otro mundo. Pero pronto volvió a angustiarse, cuando se dio cuenta de que no tenía condones. Estaba tan frustrado, que salió de la ducha, intentando no llorar. No sabía porqué se estaba volviendo algo común en él, y solo podía pensar que por primera vez, nadie lo juzgaría, al contrario, Harry celebraba su vulnerabilidad. Harry, que no entendía qué pasaba, y salió detrás de Louis, encontrándolo sentado en la cama, cabizbajo y triste.

—Lou, ¿porqué estás así? —Preguntó arrodillándose frente a él. —¿Qué pasa?

—No tengo un puto condón y yo quería... yo, contigo”, intentó explicar con vergüenza.

Harry sonrió con esa ternura que lo calmaba, se levantó y buscó algo en su clóset. —¿Quieres con sabor, con texturas, con lubricante? Compré de todos, —habló totalmente abochornado.

—¿Por qué? ¿Con quién pensabas usarlos? —Preguntó molesto, sintiendo celos desgarradores.

Harry lo miró sin entender, un poco herido, pero entendiendo. —Eres es único que estaba en mi mente cuando los compré, aunque sabía que quizás nunca los usaría, fue como, no sé explicarlo. Una manera de sentir que tenía una esperanza contigo, —confesó, haciendo que el corazón de Louis saltara de alegría.

—¿Me abrazas? —Y Harry lo envolvió en sus brazos, cayendo los dos hacia la cama. —Nunca antes sentí celos, pero pensar en ti con alguien más, me mata, —dijo besando su pecho, y tirando suavemente de los suaves vellos. —No quiero que mires a nadie, nunca, eres solo mío, —exigió sonriendo, pero poniendo toda su verdad en esas palabras.

—Solo puedo mirarte a ti, —respondió acariciando sus mejillas. —Lou, ¿puedo preguntarte...?

—Sí, —interrumpió. —Quiero ser tu novio y no me parece apresurado —contestó buscando sus labios y una vez más, el calor los envolvía, quitando sus toallas y perdiéndolas en el piso.

Louis se detuvo solo para tomar el lubricante que estaba en un cajón, y enfundar en un condón su miembro demasiado sensible al no poder descargarse y comenzó muy, muy despacio a entrar en su novio, mientras lo besaba y acariciaba, para que la experiencia fuera placentera y no dolorosa para Harry. Le estaba costando la vida, necesitaba aumentar la velocidad, enterrarse más profundo y más fuerte, rozar cada milímetro de esas paredes estrechas que lo recibían con gusto, apretadas y calientes. No tuvo que esperar mucho, porque pronto la voz deshecha de Harry le pedía más y más, dándole permiso de ser más intenso, más rápido, más potente y enérgico. Sentía la succión en él, y era mejor que cualquier otra de sus experiencias. Amaba escuchar los gemidos como susurros de su novio ¡su novio! Pensaba en eso mientras lo embestía con dureza, y acariciaba sus caderas.

Cuando volvió al presente, estaba a punto de acabar y sabía que Harry también, cuando lo vio arquear su espalda. Aumentó sus movimientos y lo masturbó, viendo rápidamente la blanca sustancia aparecer y cayendo en su tonificado abdomen. Tomó con esfuerzo lo que podía con sus dedos, y lo saboreó, y con ese sabor en su boca acabó, dándole un orgasmo totalmente maravilloso.

Salió con cuidado, quitándose el condón y dejándolo sobre una de las toallas. Luego se abrazó a Harry, él ahora consolándolo, hablándole despacio, dándole espacio para que analizara lo sucedido, en silencio. Y una vez más, logró sentir esa sensación de estar formando su intimidad, que era algo que no sabía que necesitaba, pero que le mostraba una nueva forma de respirar.

—¿Estás bien? ¿Te gustó? ¿Fui demasiado brusco?

—Es primera vez en mi vida que me siento completo, ¿sabes? Pensé que de alguna manera disfrutaba del sexo, que lo que sentía estaba bien y me has mostrado lo equivocado que estaba. Jamás me sentí así, que pertenezco a alguien y que ese alguien me pertenece, pero no de mala manera, ¿me entiendes? —Explicó buscando su mirada y encontrándola una vez más, aguada.

—¿Es muy pronto para sentir que te quiero?

—No hay un tiempo para sentir. A veces es lento, a veces inmediato, a veces se siente libre, a veces no, cada uno tiene sus propios procesos. Si sientes que me quieres, yo solo puedo quererte el doble...

—Gracias por quererme, por tu paciencia, por creer en mi, por tus detalles y gestos, a pesar de ser grosero contigo, —habló ahora con seguridad.

—Gracias por mostrarme quien soy, y por alejar mis fantasmas, —contestó feliz. —Pero ahora debemos salir, mañana tienes clases, y debemos volver temprano, porque en la noche voy a ser yo quien use esos condones, —aclaró firmemente, haciendo que a Louis le temblaran las piernas.

—Me encantaría sentirte, —confesó tímido.

Les costó mucho salir de la cama, pero finalmente salieron. Pudieron comprar ropa, zapatillas, y artículos que necesitaba Louis para estudiar en las mejores condiciones. Pasaron a comer chatarra y terminaron en una cafetería, donde Harry le mostró a su novio que existían una variedad infinita de pasteles, y que le haría probar todos.

No se atrevían a andar de la mano, decidieron tácitamente esperar para eso. Sobre todo cuando escucharon algunos rumores del escándalo en la iglesia, por el sacerdote que tenía cinco novias, y de las cuales, a tres dejó embarazadas. Las cinco decidieron irse a otras ciudades, no soportaron el juicio de la gente. Ellos entendían y podían esperar, sobre todo Louis, que, aunque la mayoría de la gente sabía del mal trato que sufrió, nadie lo defendió, ni siquiera cuando era un niño de cinco años y lo dejaban en el patio, hubiera sol o lluvia. O cuando a los once, lo vieron con su carita roja de las cachetadas que recibió por comerse un pan.

Un pasado que dolería siempre, pero que se había transformado en un presente lleno de oportunidades, y un futuro que prometía solo amor, cuando se perdían en la mirada hermosa del otro. Cuando se dieron cuenta de que esa otra persona, los salvó de sus fantasmas.