Parte única
Inmemoriales días en el Pacífico.
Algunas aguas frescas toquetean el puerto rocoso mientras van agitando en su camino las embarcaciones ancladas a cierto lar isleño. La tripulación de un barco mercante se mueve ajetreada y para cuando la madrugada termina de esconderse, ellos se alistan para partir. El capitán aún desembarcado, abraza largamente a un hombre mientras que, acariciándole los cabellos, cierra duramente los ojos y apoyándole la frente sobre el hombro, le susurra duraderos cariños. Cuando se alejan para observarse, un niño se aproxima y acurruca la cabeza por las piernas del joven hombre para despedirse una vez más antes de tomarle la mano al capitán e irse junto con él. Pronto, navegando ellos se van por unas aguas muy recorridas.
El hombre en el puerto se queda parado mientras los ve irse hacia su corta travesía por el archipiélago y conmovido ha de continuar ahí hasta que la embarcación se ha de entremezclar con el resplandeciente horizonte.
…
Sentado dentro de un salón de estudio, el niño coloca seriamente las palmas sobre un mapa. Al levantar la cabeza, e intercambiar rápida y repetidamente la mirada entre la ventana y el papel de la mesa, termina frunciendo el ceño al no entender. Dejando toda aquella situación confusa en el escritorio, se va a curiosear lo que hay en tal cuarto. Pero al notar el silencio en el que está, se coloca los zapatos y sale hacia los pasillos del barco. Al verlos con mucho ir y venir, se emprende a seguir a hacia donde la gran de mayoría de tripulantes se dirige. Al llegar a la popa se fija tímidamente en los trabajadores que gritando jalan las cuerdas de las velas. Dando unos pasos hacia atrás, él trata de apartarse de los tripulantes que con pesadas cajas y bultosas cosas van pasando. Parado en medio de ese ajetreo, él no sabe qué hacer. Las curiosas miradas de los marineros se pasean por el alrededor hasta que se dan sobre el pequeño niño que anda sueltamente por el barco y de quien los cabellos le han quedados revueltos por las alteradas brisas marinas. Unas muecas se asoman en los rostros de los tripulantes por la gracia, ternura y preocupación que sienten. Brevemente hablan entre sí, para luego conversarle largamente al niño. Después de unas cuantas bromas, de haberse rellenado con bocadillos y de haberse trascurrido un tramo de la media mañana deambulando por la popa del barco, un trabajador acompaña al niño por los pasillos para retornarlo hacia su camarote. Luego de decirle que el capitán irá pronto, se retira; dejándolo en ese vacío cuarto.
Al culminarse gran parte del día, el andar de alguien por el camarote despierta al niño que muy bien acurrucado se había quedado en el sillón. El capitán lo mira brevemente, lo saluda y quitándose la chaqueta, se acomoda a la pequeña mesa de junto a revisar unos documentos. Comentándole que estaba ocupado y que no tuvo un momento para estar con él, le pregunta qué hizo hoy. El niño responde alegre, le cuenta por todos los lugares en los que anduvo y en las grandes aventuras estuvo, acercándosele con curiosidad también quiere saber lo que el capitán hizo. El marino le contesta distraído y sin el mismo ánimo que él, sobre las labores del día mientras continúa atendiendo a sus documentos.
La puerta es tocada y al ser reconocida la voz, el capitán deja entrar al primer oficial. El niño al apenas verlo, se apresura hacia él quien agachado ya está con los brazos extendidos. Entre sinceras conversaciones, el primer oficial le pregunta con cariño y preocupación sobre cómo ha estado, si ha sentido mareo y si se está divirtiendo. Acomodándole los erizados risos le dice que él dio su palabra para cuidarlo así que recuerde que puede ir a visitarlo para andar por el barco, que no tiene por qué estar solo ni sentirse asustado.
El primer oficial nota que el capitán lo está viendo detenidamente y sintiéndose incómodo, se levanta. Luego de que el marino le preguntase al niño si quería comer ahora o más tarde, lo envía a su cuarto a descansar.
Una vez la puerta del camarote es cerrada, el capitán y el primer oficial se sientan en los sillones.
El primer oficial se pasa un trago y carraspea para decirle con seriedad al capitán sobre la rareza que últimamente él ha notado en su trato hacia el niño. El marino solo recuesta más la espalda en el mueble al notar la molestia del oficial, y al agachar la cabeza la voz también se le recae pesarosa.
—Me da vergüenza y me duele decirlo.
—¿Qué es lo que te pasa? —Pregunta confundido el oficial.
—Sé que ya han pasado unos años desde que lo trajimos a casa, pero creo que he empezado a darme cuenta que mi amor no es duradero. A veces veo a ese niño como si no fuera mío. Creí que lo había pensado bien, pero ahora estoy confundido, asustado y muy preocupado por todo. Yo…no quiero pensar que estoy arrepentido porque eso no se puede, no puedo sentirme así porque nuestro hijo vino para quedarse. Veo a Mario y si ese niño se fuera de sus días, si algo le pasara—murmura dolido—a él la vida se le desgarraría. Yo no puedo quitárselo a él, primero se me acaba la vida a mí sí lo lastimo de esa manera. Es que soy yo el que debe irse. —La mirada se le recrudece al pensarlo. —Yo trato de una manera tosca y lejana a mi hijo porque no me nace más, pero intento ser reciproco con él, de entender por qué no puedo quererlo como debería. Soy un soberbio y me culpo tanto por ser así, por ser tan deshonesto con mi familia. No sé qué hacer, ¿cómo le puedo explicar a Mario esto? Que defraudé el compromiso con nuestro hogar. Me aterra tanto perderlos porque no sé cómo es vivir sin ellos, pero estoy cansado de sentirme solo. Aunque sé que devastaría a mi compañero, sinceramente quisiera que él supiera que soy deshonesto con lo que tenemos que mi amor ya no está más entusiasmado y que se aburre.
La seria cara del primer oficial decae más, su incredulidad, indignación y pena se asientan cuando en silencio trata de ver al hombre que tiene frente a él.
—Ese niño que tú dices, es tu hijo y no tiene otro hogar, no tiene a nadie más que a ustedes. ¿Por qué no puedes quererlo? ¡Tú no quieres amarlo, eso es lo que sucede! ¿Qué va a pasar cuando dejes toda una década atrás de estar con Mario solo porque sí? … ¿qué vas a hacer? Tú hijo no dejará de ser tu familia, incluso si ya no lo quieres contigo —rendido, la gruesa voz se le raspa mientras sigue intentando ver quién es ese hombre que ha dicho todo aquello. —A mí me duele que aparentes tener pesar porque tu hijo no se va de tu vida. Hasta hablas de quitárselo a tu marido, así de una forma tan sencilla. ¿Cómo es que no te escuchas para reconocer que eres cruel? —Resentido y entristecido se inclina hacia delante para tomarle las manos. —¿Sabes qué pienso? Que a ti te creció el desamor porque siempre los supiste fieles a ti. Tú dejaste que ese desamor se hiciera grande, tú eres responsable de eso. ¿Acaso te resiente que Mario nunca te escoja sobre tu hijo? ¿O no supiste que ese niño es su vida? ¿Cómo le vas a explicar a tu hijo que te vas? Él no va a entender que tú lo dejas porque no lo quieres, ¿él cómo podría comprender eso? —Afligido, frunce el ceño. —¿Cómo eres capaz? ¿Es tu hijo la razón de que te sientas solo? Yo eso no lo entiendo porque tu hijo te ama enormemente incluso cuando estás tan ausente. Si sientes que la relación en tu familia no es lo que antes, descansa de estos viajes y vete con ellos un tiempo. —El primer oficial se levanta molesto cuando la mirada del capitán parece ni siquiera atenderlo. —¿Por qué estás tan cansado?
—No lo sé—el capitán suspira pesadamente.
Agotado y herido, contesta el oficial. — Ellos merecen ser amados con honestidad, entonces no los dejes apegarse a un cariño vacío si es así como te sientes. No te permitas eso porque cuando lo sepan les arrancaras hasta el sincero amor que les diste y que te tenían. No les faltes así el respeto, ellos no merecen ese dolor. —Parado en la puerta se fija brevemente en el cuarto de junto. — Como amigo te aconsejo que vuelvas pronto a tu hogar antes de que ya no haya nada ni nadie a quien regresar. También quiero que sepas que la amistad que hay entre tú y yo, hoy no es capaz de soportar nada de lo que me has dicho.
El capitán ve al primer oficial irse y quedándose solo, inclina la cabeza mientras gruesas lágrimas se le riegan por el inesperado desconsuelo que le ha crecido ahora que ha dicho una de las largas amarguras que ha guardado. Pronto una puerta es abierta y unos ligeros pasos se escuchan.
El niño se sienta junto al capitán y agachándose despacio trata de ver su rostro metido entre los brazos, pero al no conseguirlo se acomoda y lo abraza con suavidad. El niño le murmura que si se duerme así le va a doler la cabeza porque cuando él se va de viaje su papá a veces duerme así de incómodo y termina con mucho dolor al día siguiente. Abatido, el capitán solo apoya su cabeza sobre la de su hijo mientras siente los callos de las palmas siendo acariciados por sus pequeños dedos.
…
Asoleándose en cierta calma mañana, el capitán recuesta el cuerpo sobre la borda para ver a los amarillentos peces que se pasean en las lentas mareas que van chocándose contra el barco. Fijándose en los dorados tonos de sus gorduras laterales, se apoya hacia más adelante para verlos mejor y cuando termina de alargar la mirada por el océano que ha ido siendo repiqueteado por el sol, una amable y sincera mueca le crece. Con una tierna alegría y disposición, se va a buscar a su hijo para simplemente decirle sobre lo que ha visto.
Sintiendo el estómago revoltoso, el niño se despereza en la cama y abriendo la puerta se va entusiasmado hacia el comedor. Al llegar y ser saludado por los únicos tripulantes reunidos en la mesa del fondo, se mete en la cocina queriendo preguntar si ya puede comer algo. Atareados con la preparación del almuerzo los cocineros no notan que alguien está interrumpiendo el paso de las puertas. Entonces, cuando un cocinero quiere salir y se tropieza con algo, un desgarrador grito se escucha mientras una hirviente agua se riega. Una pesada olla cae estruendosa mientras un aterrorizado niño trata de temblorosamente tocarse la cara. El griterío resuena por todo el comedor; los desesperados tripulantes se acercan hacia el niño que chilla y pronto el ajetreo se esparce por el barco.
Incómodo de no encontrar al niño en el camarote, el capitán se dirige hacia el comedor, pero al ver a una aglomeración en el lugar, se preocupa y ya empieza a indignarse de que una riña esté ocurriendo entre los tripulantes. Al acercase, y sin terminar de escuchar y entender el tumulto, descubre a su hijo gritando en el suelo mientras su cuerpo es atendido. Espantado y sintiendo una urgente necesidad de estar a su lado, se apresura. El niño por escuchar tanto ruido y por no entender qué le pasa, llama aturdido por alguien. Él mira cómo puede a la gente que lo rodea, a esos marineros que hablan muy duro entre ellos y que no dejan de verlo desde arriba con rostros serios y asustados. Al parpadear con fuerza, nota que el capitán está arrodillado frente a él. Con miedo, el niño pasa la mirada por las personas que lo empapan con agua fría y dejando de ver al primer oficial que le dice algo que no entiende bien, se le aparta para irse con temblor hacia el capitán. Queriendo que le quite el insoportable ardor que siente en la piel y queriendo esconderse de toda esa gente que lo agobia, trata de abrazarlo, pero el dolor que tiene en el cuerpo no se lo permite. El capitán al sentir en él mismo lo que a ese niño le duele, y al escuchar sus respiraciones atoradas y tan lastimeras, los ojos se le llenan de lágrimas. Entonces, cuando el niño apoya la frente en su pecho y se resguarda como puede, el capitán le asegura con tierna voz que está ahí con él.
…
Sentado en la cama, el capitán se queda observando al niño quemado. Agachándose un poco le coloca despacio una ligera crema por los brazos mientras se le va repitiendo insistentemente en la cabeza todo lo ocurrido en la mañana. Acongojado y molesto por no haberlo protegido, se siente impotente. El niño voltea la cabeza y su mirada triste aruña al capitán. El marino le acaricia los cabellos y acostándose a su lado, le susurra que pronto dejara de doler así y que hará lo posible para que regresen dentro de poco a casa.
El capitán se siente con pesar porque ese niño, ahora lo reconoce; lo sabe cómo suyo, como su familia. Y porque habiéndosele sido refregado con miedo ante sus ojos, supo malamente como él mismo estaba haciéndolo ajeno. Alterado de que vuelva a verlo y sentirlo tan claro, no es capaz de entender que durante tanto tiempo no pudo hacerlo, así como tampoco que lo había dejado en un gran descuido porque parecía no nacerle interés hacia él. Como si la responsabilidad con él solo la tuviera por no querer defraudar a su marido. Sabiendo todo eso ahora, comprende que desperdició un buen hogar por una insensibilidad que casi se los hace arrancar. ¿Por qué es que no pudo reconocerlos? Profundamente arrepentido, trata de saber cómo es que últimamente ha pasado sus días. Porque ahora que su hijo ha quedado herido de gravedad se le ha sido afrontada la vida que él tiene y en la que él simplemente se vio solo porque no quiso asentar a su familia en el entendimiento. Quizá los mares y los viajes en los que se resguardó apasionadamente contribuyeron a que la convivencia con su familia dejase de ser importante para él. Porque por ya no saberlos en su diario vivir ya no pudo reconocerlos y una vaguería muy discreta le resultó hacía con ese compromiso que tenía. Y al lentamente irse desconociéndose porque la vida iba avanzando y las experiencias iban llegando o yéndose, su familia dejó de ser estimada y pensada. Entonces, en cada retorno a tierra había soledad porque era él quien se había aparatado de su hogar y el estar a su lado, lo agotaba. La desolación, el aburrimiento y el desamor que habían nacido en el capitán ocurrieron sin que él se hubiera percatado, su familia se la había arrancado en unos momentos en los que la reciprocidad, la honestidad y el respeto se distrajeron y quedaron atendiendo a una vida en la que solo estaba él en sus navegaciones mercantes. Cuando esos momentos se hicieron largos, su familia quedó rezagada y el gozo con ellos se escabulló. Ahora lo sabe y se apena por la soledad que también les trajo. Hubo cierto egoísmo en el disfrute marítimo del último año porque para los que esperaban en tierra por el capitán, el cariño se les hubo quitado puesto que si su fidelidad era constante y no se recordaba que debía haber responsabilidad hacia ella, entonces sin darse cuenta se terminaría faltando el respeto y haciendo un hogar de solo uno. Y si el capitán se veía en un hogar de solo él, su hijo parecía ya no tener cabida porque ese niño era lo que el amor y la responsabilidad habían aflorado, y para él eso ya no tenía razón de ser.
El marino nota la tibia mano del niño apretándole la camisa y conmovido, necesita que ambos regresen a casa para que en familia se entienda la razón de que por qué el cariño es duradero y del por qué el gozo que hay ahí, hace que su vida sea vívida y resguardada.
Cuando dos semanas más tarde la tripulación desembarca y la temporada de viaje de tal barco mercante se cierra hasta finales de año, varios tripulantes parten hacia otros rumbos. Prontamente, en cierta oscuridad isleña y en medio de un gentío muy mal amanecido, el capitán lleva acurrucado al niño entre brazos.
Ya con el amanecer parado, ambos llegan hacia su vivienda. De pie frente a la puerta, el nerviosismo y la vergüenza embargan al capitán de tal manera que lo hacen agachar la cabeza y querer escabullirse hacia otro lugar donde ese malestar se le pierda. Cuando el niño se adentra más por la casa hasta deprisa irse hacia una habitación, una tierna voz resuena dejando al capitán atascado con mucha preocupación en la entrada. Ahora que él mismo sabe sobre la deshonestidad que ha tenido la reconoce insoportablemente notoria, pero sin conseguir continuarse mucho más en esos sentimientos ve a un joven hombre salir de su cuarto y no queriendo apartársele más, se apresura hacia él como si no lo hubiese visto en algún indecible tiempo. Mientras lo abraza y deja que lo ame, siente que el malestar se le intimida y en su cariño, entiende que se puede librar del agotamiento que tenía. Estrujándolo más, el capitán ve claramente la desolación en la que se revolcaba y cómo ahora ya no puede ser acechado por ella.
Luego de que las calmas y contentas conversaciones en familia fueran interrumpidas cuando el hombre isleño descubriese las llagas del niño, una resentida mirada es insistentemente dada sobre el capitán. Y habiéndoselo dejado solo en el comedor, la inquietud abruma al marino mientras espera a que su hijo sea bañado y atendido. Después de que transcurrieran lo que él sintiera como larguras, el diálogo con su marido se retoma.
El pesar del capitán se agranda, el entendimiento se entorpece, la recriminación se torna más arisca y cuando las disculpas se vuelven a decir, el marino reconoce la desconfianza en los entristecidos ojos su compañero.
—Lo siento por no estar ahí…—comienza el capitán sintiendo una indecible urgencia
—No eres el responsable de que esto haya pasado, eso yo sé—le dice con baja voz. —Solo dime que si lo cuidabas.
Con la vida bastante agitada, el capitán aprieta los labios y un quebrado resoplo se le va al reconocerse lloroso. —No sabía qué hacer cuando se quemó…no supe y me asusté tanto. Yo tenía que saber, pero no pude. ¿Por qué…? —Dolido niega mientras se le desborda la vida y su marido no entiende por qué se comporta de esa manera. —No pude cuidarlo, no pude Mario. Yo no puedo ser su papá, no sé hacer ni cómo sentirme. ¿Qué me pasa? —Un quejido lastimero se escapa mientras tembloroso el marino se apega el hombre isleño. —Yo solo no puedo cuidar a nuestro hijo, necesito de ti para que me digas cómo hacerlo, pero no quiero que sea así. Cuando ocurrió lo del accidente, comprendí mis incapacidades como padre. ¿Cómo tú has podido todo este tiempo? …y nuestro hogar, Mario, yo lo abandoné con descaro, me llevé el cariño y te dejé esperando. Yo tengo que decirte…lo siento por haberte dado tanto cansancio y soledad. Lo lamento.
El hombre respira hondo y lo mira atento mientras las lágrimas también se le derraman. Esa congoja que lo nota al marino lo conmueve y lo alivia porque la pena que a veces él mismo sentía ahora es finalmente atendida, pero verlo así, también lo enrabia porque mucho tuvo que volverse llevadero mientras se intentaba comprender el desamparo que el capitán traía. ¿Por qué hoy se quiere enmendar el hogar? ¿Por qué ahora? El hombre isleño se pregunta resentido.
—¿Por qué me dices que no puedes ser padre? Eso no es justo para nadie, tú llevas siéndolo desde hace seis años. No me digas esto. —Le frunce el ceño. —Ya sabía que había desamor de tu parte, pero ¿a dónde te lo estuviste llevando durante todo este tiempo? ¿por qué ahora ves cómo me siento? Solo ahora que sabes sobre tu propio cansancio es que notas el mío. Ni viviendo conmigo ni tratando de decírtelo, supiste que ya no soportaba tu ausencia, no quisiste entenderlo. Tú fuiste un descuidado con nosotros, con tu hijo con el que ni pasabas y conmigo que me tratabas como si fuera menos que un amigo. Tú nos descuidaste. Ya no llores más.
—Lo siento por haber sido así con ustedes. No quisiera perder a nuestro hogar —dice el marino mientras trata de tomarle las manos.
—En este hogar no se ha construido nada desde hace mucho tiempo y eso tú lo sabes. ¿Qué puede haber ahora? —menciona duramente.
—…quiero ser honesto con lo que siento; entender cómo te sientes, quiero que volvamos a convivir. …quiero amarlos con honestidad. —El marino lo ve retroceder.
—Tú ahora quieres mucho, pero ¿acaso no te das cuentas que yo estoy cansado como para sentirme de la misma manera?
—Mario…Yo te ocasioné que te sintieras solo y no le preste atención a nuestro hijo. Yo no quiero ser ningún dolor para ti, ¿cómo fui capaz de haber sido así contigo? Tú no mereces esto y lo siento tanto. Y nuestro hijo, está no es la crianza que quiero para él, no de esta manera. Mario, soy responsable de que nuestro hogar ya no se sintiera como uno. Me perdí de ustedes y me hice indiferente. Ya no quiero seguir así, ya no puedo. — Apoyando la cabeza sobre su pecho, lo abraza con ternura mientras le susurra. —Me disculpo por no haberme dado cuenta de cómo te hacía sentir, quiero que esto cambie…Mario.
El hombre isleño se esfuerza en no devolverle el abrazo, pero no lo consigue. —Tú no sabes lo que a ti te he extrañado, tú no tienes ni idea de que es esperar por alguien a quien no le importas. Tú no entiendes mi soledad, tú no lo haces. Ni tampoco la de tu hijo Entonces, ¿por qué quieres enmendar esto? Mira la vida que nos terminaste dando, ¿ahora si la puedes ver? … No llores más porque yo ya no puedo saber si eres sincero, yo ni siquiera sé si es por tu soberbia a que te dejen que estás diciendo todo esto. El tiempo pasó y ya ni te reconozco, aunque yo lo quiera…
El niño sale del pasillo y de pie se queda viendo curiosamente al rostro apenado del capitán. Acercándosele, alza la cabeza para mirarlo mejor y cuando es descubierto por el marino, lo ve agacharse frente a él sintiéndole el tibio abrazo. Después de preguntarle al capitán por qué está llorando, el niño le dice que verlo así lo pone muy triste.
…
Y simplemente han de intentar verse como familia.
El amor quizá no debería sentirse como algo arduo cuando se lo aflora, pero la conversación, el respeto y el perdón que vienen con tal amor toman momentos muy largos para poder ser retomados otra vez. Reconocer lo que se vivió y no extenuarse en esos recuerdos, ¿cómo puede ocurrir? ¿cómo puede darse uno en alivio con un nuevo diario vivir? Para la familia de tal lar isleño el cariño que crece al estar otra vez en compañía, aparece de una manera distinta al que hubieron conocido y aunque demore y se esmere, es un cariño que es consciente, responsable, y que comprende bien que la pérdida, el desinterés y la soledad ocurren, y que, si se mantiene en silencio y solo se aguanta, la vida va siendo dolida. Reconocer que la familia no vino para quedarse cuando se la desampara de todo lo que la hizo formarse, quebranta a cualquiera con el discreto asombro de que el amor que se tuvo en algún momento hace mucho tiempo no puede sobrellevar a un hogar. Porque si se va a compartir la vida con alguien, entonces un buen querer simplemente no abastece.
El capitán ha de ir pasando más tiempo en el archipiélago, tomando más descanso del mar y brevemente regresando a sus aguas, hasta que, volviendo a conocer a su familia una gran dicha le ha de aparecer en la vida al comprender que nuevamente florece un hogar abandonado.
¡Ese es el gozo del capitán que anduvo por una época un poco indecible[i]! De quien el pesar marítimo fue largamente insistido y de quien que se le desconoce la manera en la que algún otro pesar pueda volvérsele a meter en los días isleños, porque si las experiencias van llegando y yéndose, ¿cómo va a darse la vida mañana en compañía?
[i] Indecible porque no se recuerda cuando ocurrió.