Las 5 lunas de Salem

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Summary

Todo el mundo sabe que un Alfa tiene que estar con un Omega, pero Salem no es un «simple Omega» como los demás sino una criatura llamada «Zero»; siendo éste la hibridación de la unión de Alfa + Omega con una escasísima probabilidad que viva... o exista en realidad. Porque, para el mundo, Salem tiene la apariencia típica de un Omega y los «Zero» no existen al tratarse de criaturas ligadas al folclore de sus ancestros. Nadie ha visto uno. Nadie ha olido a uno. Y nadie ha sido capaz de atar tal criatura. Pero ahí está el error: Salem no tiene olor natural, por lo tanto no desprende feromonas; y por desgracia para él, ser distinto hace que cinco pares de ojos se fijen en él por deseos distintos aunque eso no será suficiente para hacer olvidar su venganza.

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El Origen de Zero

El país de Ghölf formó parte de la humanidad desde su primer descubrimiento, en el año 1000.

Una isla de forma circular mucho más grande que Rusia(país que posee diecisiete millones de kilómetros cuadrados),aunque por sólo un millón más según ciertas especulaciones. Sin embargo, el mundo descubrió unas escasas peculiaridades gracias al misterioso científico Kayserphor Ghölfferg.

◈ La primera de ellas fue que la titánica isla era un círculo perfecto, y esto se descubrió tras varias décadas y numerosos intentos fallidos.

Ninguna máquina, hasta el día de hoy, era capaz de sacar una fotografía de calidad; en casi todas aparecía una extraña bruma multicolor embrutecía cada instantánea.

✧ La segunda fue que era imposible entrar y mantener el contacto con el interior; o el exterior si llegaban con vida. Los aviones que eran enviados terminaban explotando como si fueran fuegos artificiales en el aire y caían al mar; y los barcos se hundían, como si algo desde las profundidades se lo tragara y lo llevara al fondo abisal.

Algunos apuntaban que era un “Efecto Isla de las Bermudas”, pero sólo quedaron en rumores.

◈ La tercera, siendo comentarios entre la gente por la imposibilidad de conseguir fotografías con una buena calidad, era que el país tenía extrañamente cinco secciones: Una pequeña y estrecha playa al norte, un gran desierto en el sur, la fantasmagórica neblina en el este, una fortaleza pedregosa por las montañas en el oeste, y pequeñas formas de vida en el centro del país; siendo rodeado de cordilleras.

✧ La cuarta, se hallaron minúsculas formas de vida en las zonas aparentemente habitables, pero con exagerados puntos de calor corporal.

Algunos decían que eran “familiares del eslabón perdido”, otros que serían “seres humano sub-desarrollados”...Todos hablaban, pero nadie podía demostrar nada. Sólo eran conjeturas endebles.

◈ Y la quinta, que era una isla que controlaba un grupo selecto del gobierno.

Una vez los rumores llegaron, Kayserphor Ghölfferg se lo tragó la tierra, y con ella la posibilidad de volver a encontrar dicho país.

El tiempo hizo que el mundo olvidara que eso una vez existió.


Sin embargo, ajenos al mundo exterior, los escasos habitantes de Ghölf seguían viviendo sus prehistóricas vidas sin saber que existía la tecnología o la medicina.

Sel Mün y Hel Sün, jefes de una pequeña aldea moribunda en el centro del país, hacían todo lo que podían para que sus gentes no murieran por la falta de información. La barrera natural que estaba creada mediante cordilleras, ríos bravos y extrañas formas de vida, mantenían a todos protegidos de la mejor manera posible.

Para ellos, la vida era un riesgo cada día y todos tenían un rol en la comunidad: Los hombres más fuertes se marchaban a cazar bestias y las mujeres optaban por la recolección o la exploración del territorio. Pocas eran las que vigilaban a los niños. Sin embargo, extraños habitantes estaban entre ellos con ropas desconcertantes y lenguajes incomprensibles.

Nadie sabía de dónde provenían cuando un día las mujeres los hallaron desmayados, pero por miedo a lo desconocido los capturaron y los estudiaron a su manera.

Sel Mün era una mujer exuberante y de aspecto salvaje, de fuerte carácter pero gran curiosidad por lo diferente. Estudió a las hembras desconocidas porque parecían una versión enjuta de las mujeres del lugar: Mientras que ellas eran grandes, anchas y con pronunciados pechos; las extrañas parecían enanas, escuálidas y con piedrecillas en lugar de senos.

Durante el paso de los años aprendió mucho de ellas: Descubrió su forma de cortejo frente a los machos que las acompañaban, posturas extrañas que parecían hacerlas enrojecer y temblar cuando yacían con los machos que eran de su agrado, palabras nuevas, formas de vivir y mejorar la vida... y también un hecho insólito que destrozó la lógica de su raza.

Hel Sün era como su compañero de vida. El hombre era un gigante en más de un sentido, desconfiado pero valiente, atrevido pero también obtuso. Para él, las hembras extrañas no poseían nada que le pareciera interesante; así que vigiló a los varones: Observó que a veces se escondían de las hembras para tocarse entre las piernas y emitían gruñidos similares a los animales hasta que se relajaban, espiaban a las mujeres de su comunidad y comentaban cosas en su extraño lenguaje, y tenían ideas tan extrañas que él mismo probaba en la soledad del lugar sin que nadie pudiera verlo.

Algunas le gustaron y seguiría probando; otras dieron malos resultados y lo hacían enfadar.

Una noche, cuando Sel se fue de expedición con todas las hembras a un lago que duraba tres días de camino (tanto las de la comunidad como las pequeñas criaturas), al gigante de piel rojiza y cabello rubio sufrió una explosión de calor cuando la luna estaba en lo alto. Hel sabía que a todos los machos les pasaba eso en algún momento al año, y normalmente yacían con su hembra durante un tiempo indeterminado hasta que el calor se marchaba por completo.

Esa noche él no podía dejar de jadear y sufrir espasmos, ya que el agua no lo libraba del sofoco. Se desligó su falda de hojas e intentó imitar a las extrañas criaturas con mini-pene. No tenía ni la menor idea de cómo lo hacían para llegar a un estado de relajación, porque él mismo sufría dolor cuando se tocaba con sus enormes y callosas manos. Sin embargo, tras muchos intentos y frustración, uno de esos machos enanos se acercó a su cueva tras escuchar su voz. Hel miró al extraño y el otro le devolvió la mirada. Poco a poco, el pequeño macho se fue acercando al jefe mientras empleaba su lenguaje incomprensible, y cuando le tocó la erección se sintió confundido: En teoría, cuando un macho de su comunidad poseía aquel fuego invadiendo todo su cuerpo, todos se largaban para dejarlo con su hembra; y en el caso de que no fuera así, nadie se atrevía acercarse a su cueva.

Sin embargo, Hel observó a la pequeña criatura tocándole de una forma extraña que le generaba alivio. No sabía qué pensar, pero le gustaba esa sensación.

Su mano era pequeña, a duras penas podía completar el círculo que creaba su miembro señalando hacia el techo de piedra. Era suave y delicada. Los ojos de Hel se quedaron fijos en el extraño hombrecillo de cabello rizado y negro como la obsidiana: Oteó cómo le proporcionaba un placer diferente al de su compañera con las dos manos, movimientos extraños con la boca y la lengua, y cuando el extraño se quitó las raras telas que llevaba consigo le preguntó algo.

Hel no entendió ni una palabra. Su lenguaje era básico y bastante ligado a las acciones.

Al no recibir respuesta, el extraño intento escalarlo pero Hel se asustó, le empujó, y le gruñó al pequeño macho que estaba en el suelo mirándolo un poco enfadado. Él espero que se marchara ante su rechazo, pero en su lugar se puso a cuatro patas, le dio la espalda, y le mostró el diminuto trasero. Hel comprendía que eso también lo hacían sus hembras solteras cuando ellas sentían un calor similar al de los machos pero menos intenso. Era una señal de que querían que el macho yaciera con él hasta que se sintiera saciado y el fuego se marchara.

Hel no dudó en aceptar la pasividad del extraño y su visión se tiñó de rojo.

Cuando empezó a montarlo como lo hacía con su hembra, el extraño profirió sonidos altos mientras el hombre lo trataba con brutalidad. La sensación era completamente extraña, aunque a él no le importó en absoluto; en su mente básica, sólo pensaba en demostrarle a ese pequeño macho que Hel era un gran lobo que todas las hembras adoraban porque era grande, fuerte, y siempre hacía que su hembra gritara durante todo el día. Era lo bastante poderoso para que Sel dejara de luchar contra él.

Estuvieron desde esa noche hasta la siguiente dentro de la cueva sin salir para nada. En los escasos descansos, cuando el humano quería marcharse, Hel lo tomaba del cabello como signo de poder y lo encerraba entre sus poderosos brazos hasta que el calor lo volvía a impulsar a yacer juntos en el sucio suelo de tierra.

Hel no entendía el por qué la pequeña criatura le generaba tanto placer, ya que sólo tenía un agujero ahí abajo en lugar de dos. Aun así, le fascinaba escucharle gritar y emplear el lenguaje extraño conforme le clavaba las uñas en sus músculos, le apretaba los hombros o lamía su esencia para llamar su atención. Su hembra nunca hizo eso último, pero le encantó; y más todavía cuando lo hacía cada vez que su cuerpo se liberaba temporalmente del calor antes de que volviera escasos minutos después.

Cuando finalmente el fuego de Hel se marchó, el pequeño hizo algo extraño con su boca: Juntó sus labios con los Hel, dejándolo confundido, y después los presionó contra su quijada. Como mejor pudo, entre bamboleos y temblores, el pequeño macho tomó sus raras telas y se alejó hasta el territorio de los “enanos”.

Hel no entendió nada de lo que había hecho, pero decidió tener cuidado la próxima vez para no herir a Sel.


Conforme los meses pasaban, Hel se percató de que su hembra por fin estaba en cinta. Su tripa se había hecho muy grande, pero a aquel pequeño macho también.

Hel no le dio mucha importancia al macho, hasta que un día el hombrecillo le impidió seguir su camino para conseguir carne para su hembra. A duras penas comprendía algunas extrañas palabras que Sel le había estando enseñando, pero lo que sí entendía era que parecía enfadado y también asustado, señalando su barriga.

¿Tenía hambre? Hel sólo alimentaba a Sel, pues era su hembra y compañera.

Se esforzó todo lo que pudo por entender algo, terminando siendo algo inútil, y le hizo a un lado para irse a cazar a las bestias que estaban al otro lado de las hileras de montañas con sus compañeros de caza.

Sin embargo, una noche de luna llena estalló el caos: Su hembra había mojado la cama de hojas, mientras gruñía de dolor. Rápidamente fue echado de su cueva para que únicamente las demás hembras ayudaran a su compañera. Pero la cosa no quedó ahí, sino que uno de sus machos le señaló el territorio de las pequeñas criaturas y él acudió a investigar qué pasaba.

Lo que se encontró no pudo comprenderlo: El pequeño macho con el que yació también estaba haciendo las mismas cosas que su hembra mientras que los demás gritaban cosas que Hel no comprendía. Su pequeña cara estaba muy roja, sus ojos con las venas hinchadas, la barriga inflada subía y bajaba... Hel se preguntó entonces si los pequeños machos eran como sus hembras, que podían generar vida.

Fue una noche larga.

Hel intervino en el parto, ya que el pequeño macho no era una hembra y las mujeres no podían ayudarlo. Así que hizo todo lo que creyó posible para conseguir a la criatura que tuviera el hombrecillo.

El lado bueno fue que Sel le dio a Hel tres cachorritos, el lado malo fue que el pequeño humano no consiguió vivir pero sacó de su minúsculo cuerpo dos criaturas mucho más pequeñas. Casi parecían ramitas de lo escuálidas que se veían; y eran raros: No olían como a los machos enanos, las hembras, o como lo que tendrían que oler los cachorros. No tenían olor, Hel no podía observar ningún color diferente volitando alrededor de los cuerpos como siempre veía en todo ser vivo...

Hel no tenía respuesta.

Él no sabía que hacer con esas diminutas cosas que chillaban tanto como sus cachorros, las cuales ambas completaban sus manos por completo; simplemente las observaba, ceñudo, mientras se preguntaba si Sel podría amantarlos o sus pezones eran demasiado grandes para esas minúsculas bocas.

No apartó la mirada hasta que una de las hembras enanas se señaló a ella misma y luego a los pequeños.

Esa respuesta no le gustó a Hel en absoluto. Tal fue así que no dudó en pegarle una patada a la hembra y largarse con las dos cosas chillonas hasta su cueva; ignorando los gritos de los enanos. Le ofendió que esa extraña quisiera quedarse con esos diminutos cachorritos que Hel había creado. En el momento que se juntó junto a Sel, quien estaba exhausta, Hel dejó a las dos pequeñas cositas gruñonas junto a los otros tres que le doblaban tanto de alto como de ancho.

Ahora Hel tenía cinco hijos. Eran cinco hermanos

Con el movimiento de las estaciones, los niños de la comunidad fueron creciendo del mismo modo que lo hicieron los hijos de Hel y Sel. Sin embargo, los diminutos niños eran muy diferentes a sus otros tres hermanos: Pese a que su fuerza era mucho menor, eran sumamente inteligentes. Seguían sin desprender olor natural, y Hel no podía ver el aroma para identificarlos. Tampoco parecían crecer demasiado, seguían siendo pequeños, pero a sus otros tres hijos enormes les gustaba tenerlos cerca para protegerlos cuando algo les daba miedo.

Sel nunca perdonó a Hel de haber yacido con otro, pero fue una madre que no discriminaba a ninguno de los cinco niños que vivían con ellos. Los limpiaba, alimentaba, protegía de los extraños, dormía con ellos y se aseguraba que nadie les tratara mal.

Pasó todo lo contrario: A la comunidad les gustaba que Hel y Sel tuvieran dos hijos tan diferentes a ellos, los consideraron especiales y diferentes; el trato fue distinto en comparación a los otros tres.


En el momento que Sel y Hel dejaron el mundo de los vivos, los cinco hermanos siguieron los pasos de sus padres: Los hijos de Sel fácilmente dejaba a las hembras de su agrado en cinta cuando el fuego de sus cuerpos estaba activo, mientras que los otros dos del pequeño hombre que murió antes que Hel, no conseguían que ninguna de las hembras de su comunidad consiguiera tener descendencia, lo que generó muchas burlas entre los machos. Sin embargo, sí podían encintar a las hembras de su misma especie.

Cientos y cientos de años fueron siguiendo el ciclo mientras la comunidad se hacía cada vez más grande en el centro de Ghölf, pero había algo que ocurría entre los extraños y pequeños seres que llamaron “Om”: La cantidad de hembras “Om” iba menguando y los machos “Om” empezaban a cortejar a otros machos mucho más grandes y fuertes que ellos para obtener protección, sexo y un hogar. Imitaban a las hembras “Om” porque ellas sí podían preñarse de los machos de la comunidad.

¿Y cuál fue la sorpresa?

A esos machos les gustaba yacer con los machos “Om” porque eran fáciles de controlar y nunca quedaban en cinta... o eso creían. A veces, un macho “Om” cada cierto tiempo aparecía encintado y nadie entendía cómo podía ser eso posible. Peor todavía era cuando nacían dos y uno de los dos niños era muy diferente al otro; siendo siempre el más pequeño el que no expulsaba olor.


Para cuando llegó la mitad del primer milenio de crecimiento en Ghölf, la nueva generación ya adulta comenzaba a crear problemas a gran escala: Se crearon muchos bandos con diferentes corrientes de pensamiento, y lo que para algunos era natural... a otros les parecía repugnante.

El primogénito, llamado Narsus, ganó un título al que llamaron “Padre de manada”. Era la cúspide de su sociedad cosmopolita, pero a sus otros cuatro hermanos no les gustó que Narsus tuviera tanto poder y ellos no. Pelearon durante mucho tiempo sin llegar a ningún punto en común, hasta que el propio Narsus dijo “Si no os gusta mi ciudad, idos de mi territorio y formad la vuestra... si os atrevéis”.

Y así lo hicieron, pues el orgullo heredado entre todos era muy grande.

Narsus decidió quedarse en el centro de Ghölf para que su imperio fuera creciendo con todos los avances posibles; levantando la ciudad con el mismo nombre de su comunidad. Möon.

El segundo hermano, Sand, bajó hacia el sur hasta que creó la ciudad de Sädum con su diminuto grupo de lobos y humanos.

El tercer hermano, Sen, subió para marcharse al norte hasta que creó su pequeña comunidad con los restos de una antigua civilización. Sëmun.

El cuarto el hermano, Munten, caminó con orgullo hacia el oeste para proteger a su pequeño séquito con ayuda de las montañas. Römun.

Pero nadie encontró al quinto hermano, el más extraño y pequeño de los cincos; el que no tenía aroma. Al igual que una rata, se escabulló tras la trifulca de sus hermanos junto a varios habitantes que lo apoyaban y jamás nadie supo de ellos. Los rumores hablaron que llegaron al este, un lugar desconocido que jamás fue explorado.

Un hermano al que nunca le dieron un nombre por ser diferente, pero del que sí se hablaba mucho: La criatura no poseía aroma en sí misma, y podía preñarse con lobos o embarazar hembras “Om”.

El mundo de esos hermanos lo bautizaron como “Zero”: Sin olor, sin casta, sin información, sin nombre, sin leyes que creían como obvias, sin explicación...


Pero los cuatro hermanos ignoraron algo del quinto: “Zero” era una anarquía andante, con la posibilidad de golpear como un lobo, engendrar vida como un humano, y desaparecer su rastro como un sueño al despertar.

Zero era la eternidad.

Zero era la nada.

Zero era, en sí mismo, todo.