EL POBLADO
DISHA
Llegaba tarde porque me había quedado dormida a los pies del arroyo. Adoro disfrutar de una buena siesta después de un chapuzón en el lago de Orish. Intentaba correr lo más rápido que mis piernas me lo permitían ignorando los tirones que me iban dando por llevar más de quince minutos en una carrera constante. Volví a escuchar el cuerno de Atenea que la reina manda usar para llamarnos a todas. Estaba claro que iba a recibir un castigo por llegar tarde.
Salí de la espesura del bosque y silbé todo lo fuerte que pude. Un ruido atronador sonó en el aire. No tuve que mirar para ver qué era, porque sabía perfectamente que se trataba de Omite, el trifo que yo había criado desde que encontré un huevo olvidado en una de las múltiples salidas que yo hacía al exterior, sin permiso. Al principio creí que se trataba de una piedra preciosa, primero porque estaba semi enterrado y segundo porque el huevo de trifo tiene la peculiaridad de ser de color verde óxido y su textura es tan rugosa como las rocas. Pero cuando lo saqué de la tierra, noté que estaba caliente y parecía emitir latidos así que sin dudarlo decidí llevármelo a casa. Claro que al principio tuve que ocultarlo, pero cuando Omite nació fue inevitable. La reina entró en cólera al enterarse que había salido sin permiso y luego me ordenó acabar con él ya que los trifos son animales salvajes y no están acostumbrados al trato humano. Pero mi amado trifo no había conocido a nadie más que a mí y creía que era parte de su casta. Me negué en rotundo y empecé así con mi interminable lista de castigos. Pero nuestro vínculo ya estaba formado y me fue imposible hacerlo. Como castigo tuve que estar cuidando de los establos durante dos años. No suena a un castigo muy fuerte, pero teniendo en cuenta que somos más de mil amazonas y que doblamos el número en caballos fue un castigo desproporcionado. Así que además de ponerles agua y comida, cambiaba sus camas y limpiaba los bebederos y comederos un par de veces a la semana, también tenía que desparasitarlos y llevaba al día el herraje o recorte del casco.
Este trabajo me ayudó a curtirme y a hacerme más fuerte. Pero sobre todo lo más importante, Omite y yo seguíamos juntos, y de alguna manera mi castigo hizo que él se uniera más a mí. Fueron años duros, pero no los cambiaría por nada. Empezaba a trabajar al alba y acababa bien entrada la noche, totalmente extenuada. Mi maravilloso amigo me permitía subirme a su lomo y me llevaba a nuestra casa.
Nunca me gustó vivir en el poblado, con el resto de mis compañeras. Siempre me sentí mejor viviendo dentro del bosque, junto con los árboles y arroyos, en plena naturaleza. Donde, Omite al igual que yo somos libres para correr ajenos a todo. Nos tenemos el uno al otro, como una curiosa familia en la que ambos somos únicos en nuestra especie. Y digo únicos porque, aunque yo soy de la misma altura y complexión que el resto de mis compañeras amazonas, soy la única de ellas que poseo el pelo de color verde. Y Omite es el único trifo que hemos visto a día de hoy. ¿Qué cómo es un trifo? Los trifos tienen la cabeza con la misma forma de las águilas aunque algo más ancha. Su pico es de color azul y las plumas son como mi pelo de color verde. Sus patas son como las de una gallina pero inmensamente más fuertes.
Unos molestos calambres empezaron a subir por mis piernas haciendo que disminuyese el ritmo. Espero que en breve Omite me sobrevuele y me agarre con sus garras, para llevarme en su lomo hasta el palacio. Vuelve a llamarme, ahora sí está encima de mí así que levanto mi brazo, dejo que él me coja delicadamente con sus garras y que se vuelva a elevar sobre el cielo en dirección de donde viene el ruido del cuerno.
Según nos vamos aproximando al poblado, yo voy trepando por él, hasta conseguir subirme encima de su lomo. Cuando llego arriba y estoy totalmente acomodada Omite empieza a descender hasta tocar el suelo. Su forma de aterrizar siempre me ha resultado muy graciosa porque lo hace igual que si fuese un pequeño jilguero dando pequeños saltitos. Pero a diferencia del jilguero, el trifo levanta muchísimo polvo tanto con el movimiento de sus alas como con sus patas.
Dentro de Palacio, en la que llamamos “Sala extraordinaria”, estaban ya todas sentadas. Intenté cerrar la puerta haciendo el menor ruido posible. Por suerte la forma de sentarnos es por orden de edad, con lo que las ancianas y las guerreras con más años se sientan en las primeras filas. Y solo asistimos a partir de los 15 años, después de pasar la prueba de iniciación en la que dejamos de ser niñas para convertirnos en jóvenes guerreras. Yo pase hace dos años por la prueba. Esta consiste en salir del poblado, cazar un animal y volver con él. Eso sí, no sirve cualquier animal, tiene que ser uno de los que nosotras valoramos entre los más peligrosos. Por regla general se tarda una semana y puntualizo, por regla general porque en mi caso tardé un día. Yo cacé un Mercroksarcus. Una especie de reptil gigante que acostumbra a vivir en los pantanos. Tiene unos afilados colmillos y su boca acaba en un enorme pico azul curvado que yo utilizo de casco. También llevo colgado uno de sus dientes en el pecho y con sus uñas, me hice una especie de pulsera, de tal forma que cada vez que doy un puñetazo a mi contrincante si giro la mano hacía abajo puedo clavárselas.
Me siento sin hacer ningún ruido, mientras noto como la reina, sin dejar de hablar, mantiene sus ojos clavados en mí. Miro a la chica que está sentada a mi derecha. Es una de las jóvenes que este año pasó la prueba. Está totalmente absorta mirando a la reina.
-¿Lleva mucho tiempo hablando? – susurró.
-Acaba de empezar. Va a nombrar a todas las que van este año a la academia – contestó molesta sin mirarme.
-¿A quién ha nombrado?
-Sssh, vas a hacer que nos castiguen si sigues hablando – se quejó.