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Una vida llena vicios lleva ala inestabilidad de una persona, y el perfecto ejemplo era Lautaro Espinoza, con 25 años tenia dos hijos de 8 años y 5, respectivamente, aunque no conocía bien a ninguno de los dos, apenas se sabia sus nombres y fechas de nacimiento, no tenia un buen trabajo, aunque ser el fisura de su barrio le daba buenas ganancias.
Se le podia ver con una mujer un dia, y al otro con otra, aveces se le veia con la misma, aunque contadas con una mano eran esas veces. Sus amigos quienes lo acompañan siempre en lo que hacía, conocían su historia entera, lo sufrida que había sido la vida del pelinegro, eso llevaba a que no quisieran dejarlo, haciendo que hubiera una cierta dependencia entre ellos. Nunca lo pararon, tampoco podian, solo lo acompañaban a beber alcohol hasta que Espinoza parecía desmayar por el alcohol en su sistema, o tambien lo acompañan a drogarse al igual que vendían aquélla sustancia.
Su vida siempre fue en declive, nunca hubo una mejoria y el lo sabia, estaba consciente desde que habia inhalado por primera vez, que habria una dependencia importante con la sustancia ala que posiblemente nunca se libraría, tampoco le importaba, no le importo cuando su madre lo echo de su casa por arruinar su futuro futbolístico en el Argentino juniors por meter cosas ilegales ala duchas del club, y tampoco le importaba ahora, que no podia ver a sus hijos a mas que estuviera limpio de pies a cabeza, y solo se tomaba un descanso de esas cosas en las fechas importantes, en donde estaba mas presentable para festejar con sus hijos, quiénes ni siquiera llevaban su apellido debido ala negativa de las madres, y a el parecía no importarle, aunque le dolia con creces cuando nadie le creía que esos dos pequeños eran sus hijos, luego se le pasaba, sabiendo que era lo mejor que los niños estuvieran alejados de el, y de la mala vida.
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Sebastián Domínguez era la otra cara de la moneda, un chico que habia logrado terminar sus estudios secundarios, aunque no había conseguido entrar a un universidad, tampoco le importaba mucho a el, era lo mejor, si bien tenían plata, no era suficiente para costear la universidad. Trabajaba a tiempo completo en una obra, no quería ser mantenido toda la vida, asi que empezó a trabajar a los 18, apenas terminar el secundario, actual con 24, era maestro de obra y había conseguido una casa propia, estaba bien y lo sabia, gracias a sus estrictos padres nunca cayó en ninguna tentación como: el alcohol, la marihuana o la droga. Y gracias a ello era un muchacho sano, de aquellos que las madres quieren que estes con el, por el hecho de ser un hombre que daria una buena vida.
Como se conocieron fue algo que Sebastián agradecía, una noche de invierno donde el frio traspasa la ropa logrando hacer que tiembles, eran cerca de la media noche, y Domínguez regresaba a casa, era nuevo en aquel barrio, y aunque las advertencias eran claras, salio a altas horas de la noche, no creia que pasara algo malo, lamentablemente ese no era el barrio tranquilo de donde el venía, ante la minima distracción, sintió a alguien taparle la boca mientras apuntaba con una navaja a su abdomen.
X: shh, dame todo lo que tengas.
Sebastián se sentia temblar, gracias al miedo no lograba moverse, creía que algo malo le pasara hasta que una tercera voz apareció, esta parecía borracha debido al arrastrar de sus palabras.
: solta al pibe y desaparece, gil.
El agarre sobre el "cheto" se aflojo, logrando que este vuelva a respirar.
X: que quere', vo'?..
Las palabras del chorro desaparecieron en su garganta al ver a quien estaba parado desafiante ante el, si bien por la oscuridad no lograba ver su rostro, lo reconoció gracias ala campera de River plate que dicha persona llevaba, en menos de un segundo el ladron ya no estaba, dejando al par solo, el pelinegro se acerco a Sebastián para levantarlo sin una pizca de cuidado, en ese momento ambos conocieron a quienes serian sus peores adicciones.