Prologo
"Me siento solo a hablar con la luna, tratando de llegar a ti, con la esperanza de que estés del otro lado hablando conmigo también”.
Talking to the moon. Bruno Mars.
Eugine caminaba por los pasillos de la Universidad de Buenos Aires, su corazón latía con una anticipación que no podía explicar.
El pequeño relicario que por años había colgado en su cuello, después de tanto tiempo comenzó a titilar. Con cada destello, parecía susurrar la historia de ese amor perdido, recordándole la agonía de su búsqueda y la fragilidad de sus esperanzas.
El otoño había teñido los árboles de tonos dorados y rojizos, y el viento de la costanera soplaba suavemente, llevando consigo hojas secas y la esperanza de ese cuerpo antiguo.
La universidad estaba llena de vida. Estudiantes apresurados con mochilas cargadas de libros se cruzaban en su camino. Las paredes de ladrillo rojo estaban cubiertas de grafitis coloridos y mensajes de protesta.
Con la respiración jadeante y el sentimiento de la desesperación se abrió paso entre la multitud y entonces lo vió.
Su amante estaba de pie junto a una ventana, observando el paisaje. Su cabello negro ondulado caía sobre su frente, y sus ojos almendrados grises parecían perdidos en la nada. A pesar de los años que habían pasado desde su última vida juntos, seguía siendo tan atractivo como siempre.
Eugine se acercó, el joven se giró hacia él, su piel blanca parecía resplandecer bajo la luz del sol filtrada por las hojas de los árboles.
La reencarnación de su antiguo amor había llegado finalmente, sus miradas se encontraron.
El joven de ahora se llamaba Misael y tenía diecinueve años, pero a Eugine no le importaba ese detalle. Hasta hacía un instante se sentía como un extraño en esta vida, caminando sin rumbo con una sola ilusión efímera. Pero al mirarlo, todo el paso lento del tiempo cobró sentido. Sus ojos se llenaron de lágrimas y en un impulso lo abrazó.
—Te encontré, al fin te encontré... —susurró con la voz entrecortada, los pómulos se tiñeron de rojo, y sus largos y fuertes brazos se aferraron con locura.
El joven lo miró aturdido, sintiendo el retumbar del pecho y la respiración agónica. Como si el dolor del otro se le transfiriera a él, pero aun así, no entendía qué sucedía.
—Dis-dis-culpa, pero no te conozco.
El viento soplaba fuerte en el exterior, y un dolor punzante se alojó en el pecho de Eugine. No se dio cuenta de su error, fue un impulso, un momento sin cordura, como si quisiera en un fragmento de segundo borrar los siglos de soledad que habían pesado sobre su corazón.
Misael solo sonrió nervioso.
—Amigo, creo que me has confundido.
Eugine supo que había encontrado su lugar en este mundo una vez más, pero la luz de su oscuridad no lo recordaba.
Aferrado a los hombros de su antiguo amante, comenzó a temblar; no sabía qué hacer. Quería besarlo, quería contarle tantas cosas, pero no podía.
Misael lo olvidó.
—¡Ah, yo... yo...! —titubeó, no pudo articular palabra alguna.
—¿Amor?, ¿quién es este? —dijo algo molesta una voz femenina a las espaldas de Eugine.
El hombre soltó al joven y se quedó en silencio por un momento. Limpió las lágrimas que caían por sus mejillas pálidas y fingió una sonrisa.
—Te pido disculpas, te confundí con alguien.
La joven señorita lo observó de arriba abajo, y se dirigió hacia su novio tomando su brazo.
—Amor, te estaba buscando, vamos, es tarde.
Misael por alguna razón se sintió inquieto, pero se levantó con calma y sonrió al hombre delgado que tenía los ojos rojos por las lágrimas.
—Tranquilo, todos nos podemos confundir. —Volteó el rostro hacia la rubia que lo sostenía y le sonrió—. Lo siento, me distraje, vamos cariño.
¡No te vayas!, quería gritar Eugine, al ver que el joven se giraba indiferente, le hacía doler el pecho, como si todo se fuera cortando y abriendo.
Agobiante.
Un sentimiento frustrante y deprimente subió y bajó por su garganta, quemaba, ardía y dolía. Había esperado demasiado como para dejarlo ir así de fácil.
—Soy Eugine...
—¿Uh?
—Lamento lo de recién, ¿estudian acá?
Aunque no le agradó, dirigió sus palabras a la mujer. Sus ojos cristalinos y profundos, como el sol en esplendor, tenían un brillo peculiar e hipnótico. Desplegando una mirada atractiva hacia ella, la joven cedió a sus palabras amigables.
Misael enarcó una ceja sorprendido, mientras su novia, por alguna razón, comenzó a dialogar con ese hombre.
Sin darse cuenta, estaban caminando los tres juntos hacia afuera.
Eugine siguió a la par a Misael y su novia Lucía, tratando desesperadamente de generar una conexión. La conversación fluía entre ellos, el joven, ajeno a los tormentos internos del otro, parecía disfrutar de la compañía del extraño, incluso riendo ocasionalmente ante alguna ocurrencia del hombre.
Eugine luchaba por dejar una buena impresión en la conversación, buscando de forma discreta algunos detalles que pudieran hacerlo coincidir en otro encuentro. Cuando finalmente llegaron a la salida de la universidad, el hombre se detuvo, sintiendo que no podía seguir adelante ante esta horrible escena.
Lucia, con una sonrisa, se acercó y besó a Misael en los labios, y este solo dejó que sucediera.
El corazón del hombre se hundió ante esta imagen, sintiendo cómo se desmoronaba su última esperanza.
—Chicos, en serio lamento lo de hace un rato —dijo, mirando fijamente al joven con una intensidad que no podía ocultar, una vena gruesa y pulsante resaltando en su delgado cuello.
—No te preocupes, ah, nosotros ya nos vamos.
Eugine respiró profundamente, ocultando todo el odio y dolor que estaba sintiendo.
—Nos vemos mañana, que bueno conocerlos antes de iniciar mis clases.
—Hasta mañana —dijo el joven con una sonrisa y despidiéndose con la mano al aire.
Con un nudo en la garganta, el hombre se quedó de pie en silencio, observando la espalda que se alejaba entre la multitud. Solo hasta que desapareció de su vista, dio la vuelta y se alejó.
Mientras caminaba por los pasillos de la universidad, el pequeño relicario que presionaba en su mano dejó de titilar. La ausencia de ese matiz rojo parecía una cruel burla de sus sueños rotos.
Su amante era Misael.
Misael era de Eugine.
Eugine amaba a Misael.
No lo volvería a perder.
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