Capítulo Único
Era un día bastante soleado cuando el avión aterrizó, una pareja recién casada había viajado de Londres a conocer las hermosas playas de El Caribe, concretamente en Jamaica. Crowley y Aziraphale eran de las pocas parejas que quedaban del siglo XXI cuyas familias se oponían rotundamente al matrimonio homosexual, pero ¿a quién le importaba? El primero había sido castigado arduamente con trabajos y tareas de “macho” para quitarle esa inclinación a los hombres y el segundo había tenido que vivir casi la mitad de su adolescencia en el clóset y después lidiado con cintarazos en la espalda y jabón en la boca. Ahora eran adultos, después de una ceremonia donde solo sus amistades asistieron y después de partirse la espalda en sus respectivos trabajos, ahora se encontraban descendiendo del avión que los había llevado a conocer las playas cuya arena parecía de oro y el mar de cristal.
Emocionados, tomaron un Uber que los llevara al hotel donde habían reservado, que afortunadamente, tenía vista al mar. Ambos no dejaban de dedicarse miradas de picardía y complicidad, estaban ansiosos por llegar.
La recepción fue un momento tenso para Aziraphale, pues años de haber estado en el closet y ser juzgado por sus preferencias le hacía sentir que todos, empleados y huéspedes por igual, lo juzgaban, ya que era muy obvio que él y Crowley no eran amigos si no pareja. Que susurrarían a sus espaldas, aún estando él presente, o que ejemplo y exhibiciones les enseñará a los niños que se hospedarían en el lugar o peor, que los llegaran a echar del lugar que tanto les costó reservar. Afortunadamente, Crowley notó la creciente ansiedad de su esposo y lo tomó de la mano mientras le sonreía, de modo que pudo ver su entorno de manera más objetiva; la recepcionista era una mujer joven bastante amable que no pareciera estar fingiendo, la de limpieza al lado se ocupaba de lo suyo, los huéspedes que esperaban detrás de ellos no parecían inmutarse de tener enfrente suyo una pareja homosexual y los pocos niños que había, jugaban con carritos o muñecas, esperando a que sus padres terminaran el asunto del papeleo. Se recordó que estaban ahí para relajarse y divertirse, no para estresarse. Así que ayudó a su esposo en lo que restaba del papeleo antes de subir a su habitación.
Una vez el de servicio les ayudó con todo el equipaje y se fue después de una generosa propina por parte de Aziraphale, Crowley se tiró literalmente en la comodidad de su cama tamaño matrimonial.
-Joder ángel, estoy muerto. Esas horas de vuelo casi acaban conmigo.- Dijo perezosamente con la cara hundida entre los cojines. Aziraphale se recostó a su lado.
-Fue un largo viaje pero ¿acaso por eso nos perderemos todo lo que esta exótica tierra tiene para ofrecernos?- Preguntó mientras colocaba una mano en la mejilla de su esposo, quien se frotó contra esta.
-Mmm cuando lo dices así me dan ganas de aprisionarte contra el colchón.- Dijo en un tono salvaje.
-Muy cansado no estás entonces, querido.- Se burló Aziraphale.
-Para darte amor, nunca.- Gruñó Crowley, con una sonrisa de depredador.
Ambos se acercaron para besarse, juntando cada vez más sus cuerpos, tocándose y deseándose, Crowley se atrevió a desabrocharle los primeros botones de la camisa de su esposo. Antes de que pasara otra cosa, ambos se quedaron dormidos en los brazos del otro. Sin duda estaban cansados del viaje.
Despertaron no mucho tiempo después, cambiándose de ropa para salir a tan caluroso lugar. Aziraphale solía vestirse recatado, como si fuera un dandi atrapado en el tiempo y Crowley como una estrella de rock inglesa. Pues dejaron de lado todo eso para dar paso a camisetas de playa y shorts pequeños (aunque eso si, conservando su paleta de colores favorita).
Primero salieron para apreciar la ciudad, los puestos en carpas y los colores vibrantes de algunas frutas y telas hacían un enorme contraste con lo que se tenía en Londres. El calor era tal, que tuvieron que comprar unos helados para soportar la travesía, incluso Crowley que era bastante sensible al frío concluyó que este calor estaba demás, aun así disfrutaría de sus vacaciones con su recién casada pareja.
Luego de ahí fueron regresaron al hotel para comer algo, mientras que Aziraphale quiso degustar la gastronomía jamaiquina y desde luego la disfrutó, haciendo esos sonidos que volvían loco a Crowley, este último al no encontrarla apetitosa se limitó a pedir pollo al limón con un poco de vino para acompañar. De ahí fueron hacia la piscina del hotel a tomar un poco de sol, disfrutando de unas refrescantes bebidas; Aziraphale pidió medias de seda y Crowley un julepe de menta. Sin duda eran las mejores vacaciones de sus vidas.
Por fin después de tanto, decidieron ir a la playa, fue agradable sentir el agua en sus pies y como jalaba la arena por debajo de ellos. Aziraphale inició un juego juguetón al arrojarle agua a Crowley de una patada, provocando una guerra de agua y risas.
-¡Esto es la guerra ángel!- Gritó Crowley, demasiado dramático para la situación.
Cuando se cansaron de mojarse, Aziraphale levantó un pequeño castillo de arena y Crowley busco conchas y caracoles para decorarlo, era bastante sencillo, pero fue divertido armarlo. Durante la construcción, el pelirrojo no pudo evitar darle constantes besos sorpresa a su amado.
-Cariño, calma. Destruiré el castillo por tu culpa.- Le recriminaba, aunque con una sonrisa de por medio.
-Podrás destruirme más tarde.- Le respondió en tono seductor.- Además ¿Cómo resistirme a semejante ángel que tengo enfrente.-
-No seas ridículo.- Claramente ninguno podía tomarse enserio al otro.
Se sentaron al lado de su obra maestra, mientras Aziraphale le trenzaba el cabello a Crowley. Era una suerte haberse traído una sombrilla, pues aunque estaba cerca el atardecer, el sol era bastante intenso. Aziraphale esperaba no quemarse su blanca piel. Por suerte, así como él mimaba a su pareja, parecía que él recibía el doble de mimos, siendo cubierto cada dos horas de protector solar por su esposo.
-Soy perfectamente capaz de untarme bloqueador yo mismo, gracias.- Le recriminó de manera orgullosa.
-Lo sé, pero es irresistible verte cubierto de una sustancia blanca y pegajosa por todo tu cuerpo.- Le susurró con lujuria mientras untaba bloqueador en su espalda.
-¡Sucio!-
-Como si no te gustara.- Se rió Crowley. Le hacía gracia como su pareja a veces era tan recatado, contrastando en como muchas veces solía desatarse en la privacidad de la alcoba.
Algo que les gustaba era que las playas eran increíblemente grandes, por lo que podías encontrarte desde zonas donde había muchos bañistas, hasta algunas casi completamente solitarias. Aprovecharon estas para meterse a nadar y besarse mientras sus cuerpos eran meneados por las corrientes y las olas. Irónicamente encontraban muy dulces aquellos besos salados.
Ya para el atardecer, ambos regresaron al hotel, cubiertos de arena, agua de mar y claramente un bronceado que tardaría semanas en quitarse, pero no les importaba, se habían divertido.
-Oh, solo quiero llegar y tirarme a la cama.- Dijo Crowley en un bostezo.
-Ni siquiera lo pienses estando cubierto de arena, o te haré limpiar y luego dormirás en el sofá.- Amenazó Aziraphale.
Introdujeron la tarjeta en la cerradura y pusieron el aire acondicionado a un nivel moderado, pues aunque no tardaba en llegar la noche, era imposible que dos ingleses le hicieran frente al calor del Caribe. Aziraphale fue a preparar el baño para limpiarse de los restos de la playa, mientras que Crowley se quitaba la arena con una toalla húmeda. Claro que se bañaría, pero empezaba a picarle la piel.
Justo en eso, su visión se volvió hacia su ángel en el momento en que se quitaba su traje de baño, revelando un redondo trasero como melocotón, blanco como la nieve, haciéndole gracia que contrastaba con lo enrojecida de la piel de la cintura para arriba a causa del sol. Su trasero siempre sería su debilidad. Se acercó sigilosamente por detrás y rodeó a su esposo entre sus larguiruchos brazos.
-Alguien acaba de ponerme la Fruta del Edén y temo que no soy de voluntad tan fuerte ante las tentaciones.- Susurró seductoramente mientras mordía el lóbulo de su oreja y molía su entrepierna, aun cubierta por su traje de baño, contra el trasero desnudo de Aziraphale.
-Querido...- Murmuró lánguidamente Aziraphale, sin oponer resistencia a los besos y mordeduras de Crowley.
Poco a poco la pareja se desplazó hasta el interior de la regadera, donde la temperatura estaba en el ideal para el clima y la atmósfera recién creada. Los blancos y regordetes dedos de Aziraphale se enredaron en las largas mechas rojas de su esposo, atrayéndolo hacia sí con un apasionado beso y gemidos que comenzaban a brotar de ambos. Notando que aún no se había despojado de su traje de baño, se lo quitó por él, revelando que el miembro de Crowley se había despertado, provocando aún más palpitaciones en el suyo. Aventó la prenda cerca del lavamanos, ya tendría tiempo de exprimirlo y doblarlo después.
Sin esperar nada más, Crowley tomó ambas erecciones y usó su mano para frotarlas entre sí, robando aún más gemidos y gruñidos de ambos. Le encantaba ver la cara aún más roja de Aziraphale, mezcla por la excitación y su larga exposición al sol durante el día.
-Eres como un adorable camarón.- Lo molestó.
-¡Calla, demonio!- Se ofendió levemente.
-Lo eres. Y creo que se me acaba de antojar un cóctel.- Lo miró lascivamente mientras se relamía los labios, besando al toque a su marido.- Como no saborearlo si aún tienes ese rico toque a sal marina.-
Y era cierto, a pesar de haber estado un rato debajo de la regadera, ambos aún sabían a agua de mar.
-Lo... lo siento.- Se disculpó Aziraphale.
-¿De que? ¿De saber a playa, recordándome que estoy de luna de miel con el ser que siempre soñé pasar el resto de mi vida?-
Siguiendo con su tarea de frotar sus erecciones, también usó sus dedos para preparar a Aziraphale mientras el agua les caía, lavando toda la sal y arena. No tardó mucho para que suplicara por favor consumara aquella deliciosa tortura, a lo que Crowley obedeció, levantando una pierna de Azirpahale y apoyándolo contra la pared de losa para penetrarlo.
El baño se llenó de gritos, con Azira aferrándose a la espalda y cuello de Crowley mientras lo embestía, luchando contra lo resbaladizo del suelo. Aunque eran bastante versátiles durante la intimidad, admitía que le gustaba tomar todo lo que Crowley le diera, siempre lo hacía sentir bien en el punto del éxtasis y como le fascinaba aferrarse a su cuerpo cuando lo acorralaba de esa manera contra lo que fuera.
No pasó mucho tiempo hasta que Crowley se corrió dentro de él, tomándoles un momento para recuperar la respiración y asimilar lo que había pasado. Aprovecharon el que estaban en la ducha para lavar los rastros de semen de ambos y limpiarse como se debía. A Crowley le gustaba consentir a su esposo, tallando su espalda delicadamente con los mejores jabones perfumados y a Aziraphale lavar y cuidar los largos rizos de fuego de su amado, se podría decir que era él único con derecho a tocar su cabello (sin contar a los estilistas).
Una vez limpios, ambos salieron en bata y pidieron algo en servicio al cuarto, encendieron la televisión y se tumbaron en la cama, aunque realmente no prestaban mucha atención a la programación. Habían pedido ensalada de fruta tropical y Crowley alimentaba a su ángel directamente el la boca. Sabiendo lo que provocaba, gemía mientras degustaba la fruta y además, lamía innecesariamente los dedos que lo alimentaban.
-Bastardo.- Gruño Crowley.
-¿Algún problema, querido?- Preguntó con inocencia fingida.
-Que vas a matarme un día de estos.- Dejó el cuenco a medio comer sobre la mesa de noche y se abalanzó sobre Aziraphale, dejándolo prisionero contra el colchón.
-Crowley, cariño. Acabamos de tener una ronda en la ducha.- Dijo como si fuera lo obvio del mundo.
-Puedo detenerme si tu quieres.- Le dijo de una manera en que ya sabía la respuesta.
-Yo no dije eso.-
Desató la bata, revelando una vez más el cuerpo desnudo de Aziraphale, marcado de rojo por el sol y un poco por las manos de Crowley. Reconocía que a veces podía ser muy brusco durante el sexo, pero Aziraphale parecía incitarlo más a propósito.
Aprovechando que estaba lo suficientemente abierto por el encuentro previo, Crowley solo alcanzó la botella de lubricante que habían guardado en el cajón de la mesa de noche, era uno de olor y sabor pera, Aziraphale no podía creerlo cuando se dio cuenta que eso existía. Con unas cuantas gotas, puso un poco en su pene y otra en la entrada de Aziraphale, para entrar de lleno. Las piernas de este no tardaron en aprisionar su cintura.
-Tranquilo Azi, no me voy a ir a ningún lado.- Jadeó Crowley.
-Ahhh querido...- Gimió Aziraphale.
Comenzó a mover las caderas lenta y tortuosamente, clavando a Azi contra el colchón mientras una de sus manos acariciaba uno de sus rozados pezones, sabía lo sensibles que eran. Los gemidos de ambos fueron ahogados con besos apasionados.
-Cuanto te amo.- Jadeó Aziraphale, apenas conservando la cordura, perdido en el placer.
-Yo más, mi ángel.-
En eso Crowley se salió de él, para voltearlo de lado, alzando una de las piernas para poder entrar mejor, como le gustaba sostener esos generosos muslos blancos. Su boca se posicionó en la oreja de Aziraphale y mientras lo seguía penetrando con ese ritmo lento y dolorosamente placentero le susurraba:
-Recuerdo la primera vez que te vi: mi vida era un infierno, con mi padre diciéndome lo que un hombre debe hacer, luego de que me diera una paliza para “forjar mi carácter”, te acercaste a mi luego de la universidad y sin conocerme atendiste mis heridas. Un desconocido se preocupó más que mi propia familia de sangre. Llegaste como un ángel a mi vida, y me sacaste de mi infierno, ahora tu eres mi familia.- Jadeaba mientras llevaba sus manos a las caderas de Aziraphale para tener mejor impulso y agarre.
-Aahhhh Crowley... Tú también convertiste mi vida en un paraíso. Te había visto en el campus a la distancia, me gustabas pero... mi familia, negaba que tu me atraías pero... esa vez que te vi lastimado, no pude y me acerqué ahhh...-
No podía evitar gemir entre palabras, Crowley le hacía el amor tan bien y la situación había tomado un rumbo tanto erótico como sentimental.
-Me costó la relación con mi familia de sangre pero tienes razón, tu eres mi familia ahora.- Pegó más su trasero hacia la entrepierna de Crowley, cuando que este gimiera.
Crowley pasó delicadamente la mano por la espalda de Aziraphale; estaba llena de cicatrices, casi desvanecidas, a causa de golpes con el cinturón, por culpa de la orientación sexual de este. Una en particular cerca del omóplato derecho, la acarició con ternura, como si fuera a quebrarse con el mínimo tacto y luego le plantó un beso delicado: esa se la había provocado su padre cuando se enteró que salía en secreto con Crowley y era la más notoria de todas. Aziraphale siempre se sintió acomplejado por las marcas de su cuerpo, pensando en el escarmiento por su “desvió”, esas cicatrices lo harían poco atractivo para el acto carnal. Pero lo que en aquel entonces novio y actual esposo hizo, fue ponerle remedios botánicos para curar su dolor físico, y cuando quería curar su dolor emocional, besaba esas cicatrices con amor y cuidado, demostrándole que no por tenerlas lo dejaría de amar.
Después de la pequeña plática conmovedora durante el sexo, la temperatura y la intensidad subió aún más. Crowley volteó de lleno a Aziraphale, quedando éste sobré su estómago, pegó el pecho sobre su espalda, cerrando todo espacio entre ellos, una mano fue hacia el miembro de Azira para masturbarlo al ritmo de las fuertes y frenéticas embestidas y la otra a uno de sus pezones, mientras mordía su cuello. Por su parte, el otro respondió abriendo más sus piernas para facilitar la penetración, con una mano se aferró a las sábanas como si su vida dependiera de ello, y la otra se enredó en el cabello de Crowley, mientras que gemía por más, aunque lo que salía de su boca parecían más ruidos incoherentes.
Quien se corrió primero fue Crowley, esperando un rato dentro de Aziraphale hasta haber asimilado su éxtasis antes de salir. Luego volteó con mucho cuidado las caderas de su amante para llevarse su miembro a la boca y lamerlo como si fuera un helado en tan caluroso clima, haciendo que por fin se corriera y tomando hasta la última gota.
Terminaron jadeando, con la mirada perdida hacia el techo y las manos entrelazadas, era una suerte que el aire acondicionado siguiera encendido o jurarían que habrían muerto por un sobre calentamiento. Crowley apenas alcanzó el control remoto para apagar la televisión, quedando a oscuras. Fue un momento muy intenso, ambos apenas podían moverse, arrastrando sus cuerpos para quedar juntos antes de que el sueño los venciera. Lo último que Crowley sintió fue un beso en su frente antes de perder el conocimiento.
A la mañana siguiente ambos bajaron a desayunar al restaurante del Hotel, nuevamente pasearon por la ciudad y esta vez contrataron un tour de lanchas para llevarlos a pasear hacia el mar. Regresando a tierra comieron un helado y para la tarde regresaron a la playa.
-¿Quieres hacer un castillo, ángel?-
-Suena divertido.-