Esperaré Para Amarte

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Summary

Lina y Gael, dos jóvenes con vidas completamente opuestas. Ella, una uruguaya aventurera que se muda de país para comenzar una nueva vida. Él, un chico extrovertido y mujeriego, que por cumplir el sueño de su padre se ve obligado a ser una estrella del fútbol español. Sin embargo, un altercado con sus maletas en el aeropuerto de Madrid hará que sus vidas se crucen por primera vez. La primera de muchas primeras veces que marcarán su relación desde ese día. Cuando Gael cree haberla perdido de vista para siempre, el destino hará que sus caminos vuelvan a coincidir de la manera que menos imaginan. Él, no querrá dejarla escapar una vez más. Ella, resguarda algo que no está dispuesta a entregar. ¿Serán más fuertes los sentimientos que nacerán entre ellos o sus diferencias harán imposible que su amor salga adelante? Novela registrada. Todos los derechos reservados.

Status
Complete
Chapters
2
Rating
n/a
Age Rating
16+

Capítulo 1 - Lina

"𝑸𝒖𝒊𝒆𝒓𝒐 𝒗𝒊𝒗𝒊𝒓 𝒖𝒏 𝒑𝒐𝒄𝒐 𝒎á𝒔. 𝑸𝒖𝒊𝒆𝒓𝒐 𝒈𝒓𝒊𝒕𝒂𝒓𝒍𝒐 𝒖𝒏𝒂 𝒗𝒆𝒛 𝒎á𝒔. 𝒀 𝒆𝒔𝒄𝒓𝒊𝒃𝒊𝒓 𝒍𝒐𝒔 𝒓𝒆𝒄𝒖𝒆𝒓𝒅𝒐𝒔 𝒒𝒖𝒆 𝒏𝒊 𝒆𝒍 𝒕𝒊𝒆𝒎𝒑𝒐 𝒒𝒖𝒊𝒆𝒓𝒂 𝒂𝒕𝒓𝒆𝒗𝒆𝒓𝒔𝒆 𝒂 𝒃𝒐𝒓𝒓𝒂𝒓."


𝑴𝒐𝒓𝒂𝒕.


Por varios años había imaginado este momento una y otra vez en mi cabeza y por fin hoy se hacía realidad. O al menos eso estaba pasando porque siendo honesta, todo aquello se sentía como si no lo estuviera viviendo yo misma en primera persona.

Tomé aire de forma exagerada, buscando el valor que ahora mismo me estaba faltando y eché un recorrido rápido con la mirada al majestuoso e increíble aeropuerto de Madrid.

Un cosquilleo ante lo desconocido hizo que mi cuerpo temblara por dentro, nervios...siempre los nervios, Lina.

Me reproché mentalmente y obligué a mis pies a seguir avanzando. Cumplir con uno de mis sueños no podía ser tan difícil, no después de todo lo que me había costado llegar hasta él.


Meses atrás no tardé nada en aceptar la invitación de Julia, mi amiga de lejos, como le decía yo (nada más ni nada menos que por encontrarse en la otra punta de mi pequeño y querido Uruguay.)

Es verdad que hoy en día las distancias no son lo de antes, con Juli hablábamos a diario, nos veíamos en nuestras largas y divagantes videollamadas en las que nos contábamos sobre nuestras últimas novelas escritas, comentábamos sobre los cursos de escritura que cada una hacía y también, claro, los chismes del día a día propios de dos chicas de nuestra edad.

A Julia la había conocido por un blog de lectura al que me había aficionado un par de años atrás. La bendita pasión por el mundo de los libros nos había encontrado a pesar de la distancia. Y después de 2 años, 5 meses y 27 días de verla por una pantalla a la que me encontraba eternamente agradecida (pero vamos, nada como la realidad) por fin llegaba el día que tanto habíamos planeado, íbamos a vivir juntas en su querida España.

¡Ay, España! Si me lo decían hace un tiempo atrás nunca hubiese creído que lo lograríamos.


Los recuerdos abandonaron mi mente cuando fue momento de levantar el equipaje. Me dirigí entonces hasta la cinta donde las maletas comenzaban a hacer su aparición y esperé ansiosa por la mía mientras me detenía en los detalles del resto. Algunas pequeñas, otras más grandes, con colores sobrios, otros un poco más chillones...pero como decía siempre mamá 《sobre gustos no hay nada escrito 》.


El vuelo había estado tranquilo, teniendo en cuenta que era mi primera vez en un avión, y quitando la eterna escala que tuvimos que hacer en Río de Janeiro (varias horas muertas que pude dedicar para avanzar en la historia que había empezado a escribir unos días atrás) todo había transcurrido dentro de lo esperable y mucho menos dramático de lo que imaginaba.

Admito que pensar en las tantas películas sobre aviones que había visto no resultó de gran ayuda a la hora de conciliar el sueño los últimos días. Pero allí estaba, esperando mi equipaje y empezando la aventura de mi vida en una ciudad que ya amaba solo por lo que conocía de ella a través de Julia y sus anécdotas e incontables historias.


Luego de un par de vueltas en donde cientos de maletas se asomaban y se volvían a perder en el final del circuito al no haber sido rescatadas por nadie, visualicé la mía. Era la típica valija metálica, con pequeñas ruedas para desplazarla con facilidad y de un tamaño medio. Había acordado con Juli no exagerar con el equipaje y así poder comprar cosas nuevas una vez ya instalada en la ciudad que me que  durante los siguientes dos años, en principio.

《Al menos eso le había dicho a mis padres》No pude evitar recordar el momento en que no me quedó más remedio que prometerle a mamá que así sería, mientras lloraba a mares en el aeropuerto antes de que por fin anunciaran por los altoparlantes el número de vuelo que me llevaría hasta Brasil.


— ¿Catalina, estás segura? — Cuándo mamá me llamaba por mi nombre completo era su manera de demostrar la seriedad con la que hablaba.— ¿No querés esperar un poco antes de mudarte a un país al otro lado del mundo? España es muy grande, apenas conoces a esa chica...Julieta.


—Julia, mamá.— Le corregí poniendo mis ojos en blanco por el excesivo drama con el que buscaba persuadirme.—  Te amo mamá, todo va a estar bien, lo prometo.— Busqué con mis palabras inspirarle confianza a la mujer que me había dado la vida, mientras la abrazaba con cariño por vez número 758 desde que habíamos llegado al aeropuerto.


Con 22 años ya no era una niña, pero tampoco había tenido mucha experiencia en aventuras de este tipo. Fui una hija ejemplar hasta el momento, o al menos lo esperable por unos padres tipo, de economía media alta, con una única hija a la que solo le habían inculcado buscar su propia felicidad.

Eso siempre había valorado de ellos, nunca me presionaban ni exigían; me aconsejaban, acompañaban y cuidaban.

De hecho papá era un abogado reconocido en su ambiente, mamá una excelente maestra con la vocación marcada a fuego, tanto así que aún con la edad ideal para jubilarse, seguía defendiendo el amor por su trabajo, por "sus niños" como ella les decía. Por lo tanto, cuando supieron que había decidido dedicarme al mundo de las letras, jamás pusieron un pero por delante.

Hasta que les hablé del viaje, la primera reacción de mamá había sido negarse. Miedos, incertidumbres, su única hija lejos...pero como en otros temas pasaba, papá era la calma de mamá. Era la persona que la volvía en eje, que lograba hacerla entender, valorar ideas, confiar.

Y eso habían hecho ellos conmigo finalmente, confiar. Siempre fui bastante decidida para mis planes, pero también era de pensarlo mucho todo antes de concretar. No me tiraba a la pileta sin analizar pros y contras, un defecto quizás, no lo sabia. Pero de lo que sí estaba segura era de que aquel viaje tenía que suceder, lo necesitaba.


Busqué hacerme lugar entre el resto de las personas que se veían bastante apuradas por recoger su equipaje. La gente se amontonaba ansiosa evitando que pudiera moverme con facilidad. Un hombre ocupado con su móvil se metió en medio de mi camino y una señora a la que le colgaban por lo menos tres niños de la falda a gritos de "mamá, mamá, mamá", no logró verme cuando volcó su vaso de té helado sobre la cómoda blusa blanca que llevaba puesta.

Perfecto, esta aventura prometía, desde ya.


— ¡Por Dios! ¡Lo siento tanto! — Gritó la señora madre, mientras en un intento fallido buscó la forma de limpiar mi prenda con sus propias manos. Enseguida se dio media vuelta con la intención de evitar que el resto de niños se le escaparan, olvidándose por completo del incidente ocurrido con su té.


-No..se..preocupe. - Llegué a decir pero levanté la mirada de mi blusa y ya la había perdido de vista. En ese momento solo pude agradecer al cielo que le quedara poco líquido en el recipiente que contenía la bebida, o de seguro el desastre hubiera sido mucho peor.


Cerré los ojos respirando con calma para que aquello no me afecte y volví a centrarme en la maleta, visualizando mi llegada a la casa de Julia. Dicen que si visualizas algo con mucha fuerza y energía las cosas suceden. Y yo solo quería por fin estar en el que sería mi nuevo hogar así que le pedí en mi interior al Diosito del cielo para que me guiara por buen camino hasta llegar a mi nueva casa.


Fue entonces cuando lo ví. Su espalda podría ser el doble de ancho que la mía sin ningún problema. Llevaba una camiseta blanca y unos jeans negros ajustados que no dejaban para nada a la imaginación lo trabajado que tenía el cuerpo. Se apoyaba sobre un bastón que le ayudaba a caminar mejor, ya que lo hacía con dificultad o al menos eso veía desde mi fastidiosa ubicación.

Admito que el asunto del bastón hubiera acaparado mi atención por completo, ya que al menos de atrás se veía joven, deportista y ágil, de no ser porque lo único de lo que podía ser consciente en ese momento era de que se llevaba mi maleta.


— ¡¡¡Mi maleta!!! — Repetí en voz alta convenciéndome de que aquello estaba sucediendo. 《Vale, Madrid, te voy cogiendo el tranquillo. 》 Aquella ciudad se las traía conmigo, nadie podía decir lo contrario.


Salí disparada en su dirección, el joven rengueaba pero caminaba ligero, sin problema alguno y con total calma, como si no se estuviera robando nada. Campante por la vida, el hombre.

Varios metros después de mi triunfal corrida por fin llegué a él, debía destacar que tuve la suerte de que el ladrón se había detenido en un kiosko de golosinas de esos típicos de aeropuerto, o de lo contrario, jamás hubiera logrado alcanzarle.

Como escritora que era, o al menos así me autopercibía, imaginar la vida de las personas se me había tornado una manía bastante recurrente a la hora de prestar atención a un desconocido.

Cuando creaba personajes para mis historias, solía pensar demasiado los detalles, desde su personalidad, su manera de pensar y hasta los pensamientos mas recóndito de su ser, todo. Eso llevaba a que me cuestionara cosas todo el tiempo.

Aquel chico, de aspecto seguro pero con una notoria discapacidad en la pierna, ¿cuántas batallas estará librando en su interior? ¿Cuántos problemas o inquietudes rondarían su mente en ese momento? Sin embargo ahí estaba, de pie, esperando a que la encargada del local le entregara su compra mientras sostenía una maleta robada con total naturalidad.


Tomé aire como si hubiese corrido una carrera de diez kilómetros, me paré detrás de él y golpeé su espalda con dos dedos preparando mi mejor cara de pocos amigos.

Era alto, bastante más alto que yo...

La boca se me secó y pasé saliva nerviosa cuando aquel intruso se giró quedando frente a mí.


— Te...te robaste mi maleta. — Expresé con menos actitud peligrosa de la que hubiese querido.

Algo en su mirada de un azul intenso me hizo perder toda la valentía y molestia que fui acumulando desde que le había visto llevarse mi equipaje. Pero nada, ni siquiera su apariencia avasalladora, lograría que le deje ir con lo mío.