Chapter 1
Sae observó a su alrededor, notando la soledad y penumbra que invadían el estadio. Aquel lugar que solía vibrar con la vida y la emoción de los partidos, ahora estaba vacío y silencioso. Los estridentes gritos de la multitud se habían desvanecido, dejando tras de sí una atmósfera de melancolía y abandono.
El sonido amortiguado de sus pasos en el césped resonaba en el silencio nocturno, amplificando la quietud que lo rodeaba. Era una sensación extraña y casi sobrecogedora, como si el estadio estuviera respirando en su propia soledad, recuperándose de la energía que había albergado durante el último partido.
No había una razón concreta para estar allí; Sae simplemente había sentido el impulso de adentrarse en la noche, buscando un lugar donde pudiera escapar del bullicio del día a día. Caminaba lentamente, absorto en sus pensamientos, mientras observaba las gradas desiertas y las luces tenues que apenas iluminaban el terreno de juego.
No era algo inusual para él; la soledad se había convertido en una compañera constante que había aprendido a apreciar. Disfrutaba de los momentos de silencio y paz, donde su mente podía vagar sin restricciones. Estar siempre alerta podía ser agotador, y aunque nunca lo expresaba, a veces también le resultaba molesto. La soledad le ofrecía un descanso, una pausa en la que su mente podía relajarse sin la presión de pensar o resolver problemas. En esos momentos, podía perderse en sus pensamientos, permitiendo que su mente se deslizara a lugares inesperados, como si flotara en un mar de tranquilidad.
Sae se sienta en el suelo, sintiendo el pasto húmedo deslizarse entre sus dedos mientras se reclina hacia atrás, apoyándose en sus brazos. Levanta la mirada y sus ojos cansados se posan en el cielo nocturno, donde la oscuridad es casi total, salvo por la presencia de diminutas luces brillantes en la distancia: las estrellas.
Contempla el cielo con una mezcla de asombro y tranquilidad, maravillado por la inmensidad que se extiende ante él. El brillo lejano de las estrellas le da una sensación de pequeñez y grandeza a la vez, recordándole la vasta extensión del universo.
A medida que se sumerge en este momento de calma, su mente se vacía de preocupaciones y empieza a dejarse llevar por la belleza del cielo estrellado. Este instante de introspección le brinda una sensación de paz interior que pocas veces experimenta, y agradece la oportunidad de estar ahí, solo con sus pensamientos y la inmensidad del universo como compañía.
El viento soplaba con fuerza, mientras el aire frío lo azotaba con intensidad, recordándole las duras noches de Japón que había olvidado. Encogió los hombros, buscando refugio en su abrigo mientras cerraba los ojos. El cansancio era evidente después de un día largo y agotador, aunque no por el entrenamiento en sí; Japón le había decepcionado en muchas ocasiones, y los entrenamientos no eran la excepción.
No podía concebir un resultado más claro que la facilidad con la que ganarían el próximo partido. Después de todo, solo se enfrentarían a Blue Lock, un equipo de jóvenes que aspiraban a convertirse en “el mejor delantero del mundo", un sueño que él consideraba absurdo, dadas las limitaciones del país en el fútbol.
Sin embargo, sentía curiosidad por ver de qué eran capaces. Aunque no tenía fe en el potencial de Blue Lock, sabía que su hermano menor formaba parte de las filas del equipo. Era consciente de lo volátil que su hermano se había vuelto y cómo su comportamiento podría hacer que perdiera el enfoque en momentos cruciales.
Este enfrentamiento con Blue Lock le generaba un conflicto interno, ya que, a pesar de su falta de fe en el equipo, se veía obligado a enfrentar a su propio hermano en el campo. Sabía que este partido sería más que un simple juego; sería una prueba de su propia determinación y habilidades, y podría cambiar su percepción sobre el futuro del fútbol en Japón.
Aunque no lo expresara abiertamente, Rin seguía siendo su hermano menor. A pesar de que el tiempo y la distancia los habían separado, y que su relación había cambiado para beneficio de ambos de formas que pocos comprendían e incluso él mismo Rin, él mantenía un profundo amor fraternal por su hermano. Sabía que si ganaba el siguiente partido sería el fin de su carrera en Japón pero también era consiente de que esté partido también pondría en mapa a muchos jugadores que mostrarán potencial.
──Vaya, incluso cuando estás solo, luces molesto.
La voz lo sorprende por un momento; siente su cuerpo tensarse y sus ojos se abren de inmediato. No obstante, se sobrepone y oculta su impresión, ya que reconoce de inmediato quién le habla.
──¿Te molesta eso, capitán?
No se molesta en girarse; el sonido de los pasos sobre el césped se vuelve más claro en medio de la calma y el silencio del lugar. Su mirada vuelve a enfocarse hacia el cielo mientras Aiku toma su lugar a su lado.
──No, solo, ¿No te cansas? ── cuestiona, hay un toque de malicia en su voz. Ambos eran conscientes de que no eran total o nada del agrado del otro, pero por esa ocasión las circunstancias los habían colocado en una situación en la que debían trabajar en equipo.
Aiku reconocía que trabajar junto a Sae era especialmente beneficioso para él, ya que Sae era un destacado miembro de la nueva generación en el fútbol con un gran potencial e influencia. Con Sae de su lado, la victoria parecía casi asegurada, aunque las tensiones existentes entre ellos le preocupaban. La actitud arrogante y fría de Sae hasta el momento no parecía prometedora para la colaboración exitosa que Aiku deseaba.
──Es natural con presencias como tú.
Responde sin girar a mirarlo, Aiku frunce levemente el cejo, Sae era tan irritante pero también distante.
──Hablo enserio.
──Yo también.
El silencio les envuelve como una manta pesada, mientras una niebla sutil de incomodidad se cierne sobre ellos, aunque tratan de mantenerla a raya. Sae se distrae con el cielo nocturno, observando las estrellas y dejando que el viento revuelva su cabello.
En su mirada hay un toque de nostalgia; el paisaje le evoca recuerdos de su infancia cerca de la costa, cuando salía con su hermano menor a contemplar las estrellas y disfrutar del murmullo del mar. El frío viento y los aromas salados de las olas regresan a su memoria como un eco lejano.
A sus espaldas, el susurro de las hierbas como el susurro de la naturaleza recordándole la alegría y ligereza de un ayer.
──¿Te gustan las estrellas?
La voz de Aiku corta el silencio con un tono suave y amistoso, rompiendo el ambiente tenso de la noche. Aunque su personalidad suele ser más extrovertida y alegre, en esta ocasión su pregunta revela un interés más profundo por compartir un momento de calma. Sus ojos miran al cielo con atención, buscando una respuesta en las constelaciones que se despliegan ante ellos.
──Sí.
La respuesta de Sae es breve pero significativa, un poco más de lo que Aiku había esperado. Él sonríe, y aprovechando el momento y considerando la actitud de Sae tan silenciosa y discreta decide comenzar a hablar.
──Es la primera vez que veo las estrellas tan nítidas desde que salí de mi ciudad natal ──comenta, mientras se relaja y se recuesta en la hierba, dejando que sus brazos se extiendan hacia atrás y su mirada se pierda en el cielo estrellado──. Cuando era pequeño, mi abuelo me llevaba al techo de la casa para contemplar las estrellas.
Las palabras de Aiku despiertan el interés de Sae, quien no puede evitar mirar de reojo la silueta de Aiku. Tras acomodarse en el pasto, Aiku se tiende hacia atrás, con los brazos debajo de su cabeza, adoptando una posición cómoda bajo el cielo nocturno.
──Mi abuelo tenía un pequeño telescopio que él mismo construyó cuando sus hijos eran pequeños para ver las estrellas ──continúa Aiku, sus ojos reflejando las constelaciones en lo alto──. Era un apasionado de las estrellas y sus historias. Me enseñó los nombres de las constelaciones de memoria, repitiéndome sus relatos con frecuencia.
Las palabras de Aiku despiertan en Sae una profunda sensación de nostalgia mientras observa las constelaciones. Aunque Sae no era conocido por ser particularmente empático, comprendía perfectamente la experiencia de la pérdida y lo que significaba para cada persona. Sabía que enfrentarse a la pérdida era un desafío universal que todos deben enfrentar en algún momento, él mismo no era ajeno a ello.
──Debió ser un gran hombre ──Sae respondió con un tono bajo, sintiéndose por primera vez impulsado a pronunciar estas palabras con su propia convicción.
──Lo fue ──Oliver asintió con una sonrisa que se dibujó en su rostro, iluminándolo brevemente── ¿Tú, tienes abuelos?
Sae guardó silencio por unos momentos, reflexionando antes de contestar.
──No ──dijo finalmente.
Aiku le miró con una expresión de compasión y tristeza en sus ojos.
──Lo siento mucho ──murmuró con sinceridad.
Después de un momento, ambos volvieron su mirada al cielo, sumidos en sus pensamientos personales, pero unidos por un dilema compartido.
Oliver cerró los ojos, buscando paz en medio de la conversación. Su actitud tranquila contrastaba con la imagen que el mundo tenía de él; era consciente de lo que se esperaba de él, y que pocos podían creer que entre toda la energía existía un contraste.
A medida que el silencio seguía envolviendo a los dos, ambos se sumían en sus propios pensamientos y emociones, con el cielo azul extendiéndose sobre ellos como un manto tranquilo.
──¿Por qué has venido? ──preguntó Sae, rompiendo el silencio esta vez.
Aiku se mantuvo quieto, pero no tardó en responder.
──Bueno, quise venir a ver el campo, y de noche es el mejor momento para disfrutarlo. Encontrarte aquí fue una coincidencia inesperada.
Sae no era alguien muy expresivo, pero no pudo evitar mirarlo con escepticismo. La palabra "coincidencia" sonaba a una excusa poco convincente para los crédulos, algo que no encajaba del todo con la forma en que él veía el mundo.
──Mmm... Ya veo ──respondió con un tono neutral, manteniendo su mirada fija en Aiku mientras procesaba su explicación.
──¿Y tú?, ¿Estás emocionado? ──preguntó, con un dejo de duda en su voz, su pregunta era clara; quería saber cómo consideraba el siguiente partido.
Sae no entendía cómo podían tener tantas expectativas con respecto al partido, ya que para él era solo uno más en su trayectoria. Sin embargo, la intensidad en los ojos de Aiku le decía que para el hombre a su lado este era un evento de suma importancia. Aiku era consciente de la perspectiva indiferente de Sae, pero estaba ansioso por escuchar si había algo en particular que motivara a Sae en este caso.
──No ──responde Sae con una sinceridad directa, algo característico en él. Su mirada se desplaza hacia el cielo mientras continúa hablando──. No hay nada excepcional en este partido; me entusiasma más un juego de práctica contra un equipo alemán que jugar en este país.
Aiku frunce el ceño, confundido por lo que considera arrogancia en la respuesta de Sae. No entiende cómo puede menospreciar tanto el lugar donde nació y se crió. Japón era la tierra de todos, su patria, y aunque Aiku reconoce los desafíos en el fútbol local, todavía siente un profundo amor por su país y por su cultura futbolística, algo que no parece compartir Sae.
Aiku deja escapar una risa nerviosa y se rasca la mejilla, tratando de comprender a su compañero y de no sentirse ofendido.
──Ya veo ──responde, aunque no puede evitar la sensación de incomodidad. Añade, con un tono amistoso, aunque con un toque de ironía──: Pero espero que no subestimes lo que podemos lograr aquí, ¿no crees? Japón tiene potencial, solo necesitamos seguir trabajando. ¿No te motiva en absoluto pensar en ser parte de ese crecimiento?
──No, Japón no tiene futuro en el fútbol como está ahora. Las organizaciones solo buscan beneficios económicos, y las personas que representan el deporte aquí solo piensan en fama, no en el desarrollo del fútbol ──respondió Sae, sus ojos turquesa fijándose intensamente en los heterocromáticos de Oliver, buscando en ellos alguna señal de entendimiento.
Su tono era firme, reflejando entre silabas su frustración y desilusión con el estado actual del sistema deportivo en su país.
──Es decepcionante, porque hay tanto talento aquí que simplemente no se cultiva correctamente. El potencial está, pero se desperdicia o simplemente no se da lo suficiente ──continuó Sae.
Oliver asintió lentamente, entendiendo la perspectiva de Sae aunque no compartiendo completamente su pesimismo.
──Es un reto, sí, pero tal vez sea nuestra oportunidad para hacer un cambio, para demostrar que se puede pensar en el deporte de una manera diferente ──respondió Oliver, intentando inyectar algo de optimismo en la conversación. Sabía que el cambio era difícil, pero creía firmemente en la posibilidad de transformación desde dentro.
──Eso suena ridículo ──refutó Sae, soltando un suspiro profundo mientras se recostaba en el pasto, permitiéndose un breve descanso y una pausa para reflexionar. Con la mirada fija en el cielo nocturno, sus ojos contemplaron las estrellas que titilaban en la inmensidad, como si buscaran respuestas en la vastedad del universo ──. Aunque fuera posible, Japón ya está atrapado en una ideología arraigada, de la que supongo estás al tanto.
Oliver apretó los labios, asimilando la dura realidad en las palabras de Sae. Él mismo había vivido bajo el peso de las expectativas y la mentalidad rígida que imperaba en el mundo del deporte en Japón, donde el conformismo y el tradicionalismo a menudo se interponían en el camino de nuevas ideas.
──Aun así, no es malo soñar con que Japón pueda tener una oportunidad algún día... ── dijo, permitiéndose un atisbo de esperanza, aunque sabía que el cambio sería lento y difícil.
Oliver soltó un largo suspiro después de sus palabras, mientras ambos permanecían recostados lado a lado, observando el cielo nocturno. El silencio se asentó entre ellos, y las estrellas brillaban con intensidad, como si susurraran secretos ancestrales.
──¿Por qué tienes que ser tan pesimista? ── preguntó finalmente Oliver, con un matiz de resignación en su voz, pero también con una pizca de esperanza de encontrar alguna respuesta diferente esta vez.
──No hay nada más claro que la realidad ── replicó Sae con dureza──. Japón está condenado, ya sea por la ineficacia de la federación o por las estrategias poco convencionales de Jinpachi Ego. No hay un punto medio.
Aiku giró la cabeza para mirarlo, sus ojos heterocromáticos escrutando el semblante de Sae en un silencio tenso. Aiku no conocía a Sae más allá de lo que el mundo sabía de él, y desconocía las profundidades de su desprecio o la intensidad de sus sentimientos. Sin embargo, intuía que detrás de esa actitud implacable y áspera, había un dolor que lo había marcado; algo que había marchitado su espíritu.
Para Aiku, todos aquellos que habían llegado a cierta posición en el deporte habían comenzado como plantas verdes y florecientes, llenos de esperanza y pasión. Sin embargo, el mundo real había acabado erosionando esa vitalidad con el tiempo, reemplazándola con desencanto y escepticismo. Falsas promesas y expectativas poco realistas habían sido impuestas por la sociedad y el mundo del deporte, dejándolos desilusionados y rotos.
En ese momento, Aiku no pudo evitar sentirse un poco más empático hacia Sae. Sabía que él también había enfrentado la presión y las desilusiones del sistema, y que sus palabras podrían estar impulsadas por el miedo a que otros siguieran el mismo camino de decepción. Quizá la dureza de Sae era solo una fachada para protegerse de más dolor, pero Aiku no se atrevía a preguntar más, sabiendo que el tema podría ser demasiado sensible.
Mientras continuaban recostados bajo el cielo nocturno, Aiku pensó en lo difícil que debía ser lidiar con el peso de las expectativas, especialmente cuando uno ha visto cómo otros han sucumbido bajo esa misma carga. La sociedad, al exigir la perfección, puede ser despiadada con quienes no logran cumplir sus estándares. Y aunque Aiku no tenía todas las respuestas, sabía que era importante apoyar a Sae y a otros deportistas en su lucha, no solo por el bien de su carrera, sino por su bienestar mental y emocional.
Ambos bajo la luz de las estrellas y la oscuridad de la noche se quedaron ahí, no necesitaron palabras para seguir hablando, siendo consientes ambos de las ideas que ahora albergaba sus mentes. Y aunque no lo hubieran planeado aquella noche tuvieron una plática que pocas veces pueden expresar abiertamente, mirando una cara que las demás personas ignoran marcandolo como egoísmo o sobreprotección.
Bajo la tenue luz de las estrellas y la inmensidad de la noche, ambos permanecieron allí, sin necesidad de palabras para continuar la conversación. Las ideas que ahora poblaban sus mentes se comunicaban por sí solas en el silencio compartido. Esta noche, sin haberlo planeado, habían tenido una conversación poco común y profundamente sincera, una que rara vez se permite expresar abiertamente.
Mientras observaban el cielo, Oliver reconoció la vulnerabilidad que el resto del mundo muchas veces etiquetaba como egoísmo o arrogancia. Era una faceta poco comprendida por los demás, pero para ellos era una forma de lidiar con los desafíos y expectativas que el mundo del deporte les imponía.
En esa quietud nocturna, se sentían conectados por una comprensión mutua y un respeto silencioso por las batallas internas que cada uno libraba. La noche avanzaba, pero ninguno de los dos tenía prisa por romper el momento; la compañía del otro les brindaba un raro consuelo, una sensación de entendimiento que no necesitaba de palabras para ser apreciada.