Venganza
1708. Cassis, Francia.
Soy Edward Aramis Deveraux, segundo hijo del marquesado de Cassis. Vivo aprisionado en una mansión blanca y ostentosa sobre el acantilado, elevándose por encima de las humildes casas de los plebeyos bajo el sol de la mañana.
Desde que tengo memoria, he debido respetar códigos: de comportamiento, modales y vestimenta. Me avergüenzo cada vez que me miro al espejo, vistiendo trajes de mangas amplias y bordados en oro. Pero al contemplar mi tez trigueña y mi cabello negro, no puedo evitar sentirme… solitario, castigado por los tratos crueles e indiferentes y las miradas críticas que recibo por mi apariencia. No tengo culpa de haber nacido así.
Mis padres discuten a diario, tras las puertas y de manera discreta si soy producto de una infidelidad; ni siquiera disimulan porque acaban en gritos. Todo porque ellos son de tez blanca y yo no. Al menos heredé los ojos verdes de mi madre; eso me da la seguridad de que sí soy su hijo.
Hablando de los Deveraux, mi hermano mayor, Robert d'Athos, primogénito y heredero de las riquezas, es un maldito pesado. No tiene otra cosa en qué enfocarse que no sea hacer mi vida un infierno. Suelo estar encerrado en mi recámara por su culpa; sus gritos altisonantes, sus cachetadas, golpes en la cabeza y su imponente presencia me dejan llorando contra las sábanas. Al día siguiente, las fundas apestan a sangre seca.
Puedo ver algo de arrepentimiento en su mirada después de los abusos, pero es un cobarde que jamás admitiría sus errores. Las palabras de perdón nunca salen de su boca, aunque tuviera el culo lleno de brasas. Digo, no es como si le hubiera puesto leña caliente en la silla del comedor.
Y por el lado de mi padre, ni hablar. Es un vago bueno para nada. Casi todo el marquesado quiere rebelarse en su contra por su desinterés y pésima toma de decisiones.
Tengo quince años, pero sé que si continúa cobrando impuestos tan altos sin ofrecer algo de calidad —los molinos están en mal estado—, tarde o temprano nos arriesgaremos a la horca. Según Robert, “todo está en orden, necesitamos tiempo”, pero no lo creo; hay que ser un idiota como él para pensar que las acciones no tienen consecuencias. Quizás sea yo quien deba actuar. Los milagros se hacen, no se esperan.
Con el tiempo, y para sorpresa de nadie, se formó una guerra civil porque no podían trabajar ni alimentarse con la indumentaria abandonada. Arrojaron piedras contra las ventanas, volcaron los comercios, molinos, puertos y presas en protestas. Logramos sobrevivir porque los soldados los contuvieron, pero mi padre se mantuvo terco con su posición como marqués. Si sigue siendo tan estúpido, acabaremos muertos. Frente al público prometió que cambiaría y que todo sería mejor de ahora en adelante, pero nadie le creyó. Tampoco se podía hacer nada al respecto debido a su título y a que la corona podría respaldarlo.
Un día quise hablar con él en su oficina para hacerlo recapacitar, pero me azotó la cara en el escritorio y usó un hierro candente para sellar vinos contra el dorso de mi espalda, diciendo que yo era un niño insolente que no sabía nada de la vida, y que le hubiera gustado arrojarme a la multitud para calmarla. Y estaba sobrio cuando lo dijo; ebrio es aún peor.
Ahora tengo una cicatriz en forma de cuervo con las alas abiertas.
Es el animal del blasón Deveraux.
Arde en mi piel como un recordatorio constante de su yugo de hierro sobre el mío.
Anhelo alejarme de ellos, pero no puedo escapar; siempre están vigilándome de manera amenazante en cada paso y acción que doy. Como aquella vez que me estrelló una botella en la cabeza porque no había vino en la licorería, o cuando mi hermano casi me ahogaba en las heces de los caballos porque ensucié su traje con un poco de tinta, por accidente.
Mi madre ignora esas actitudes, repitiendo que tanto Robert como mi padre están cansados, además de defender que son los hombres más inteligentes de la región; sonriendo de forma falsa, forzada, como si temiera decir algo de más.
¿Cómo puede justificar la violencia? Un simple título de heredero no vuelve valiosa a una persona tan miserable como mi hermano. Ella, al menos, suele acariciar mis rizos y sostener mi rostro entre sus manos para sonreírme. Sin embargo, no parece verme a mí, sino a mis rasgos y, por ende, a quien los heredé.
Harto de mi familia, los tratos y que el botellazo en la cabeza me provoca inmensas jaquecas de vez en cuando, decidí apartarlos de mi camino y, de paso, beneficiar al pueblo con sus ausencias.
Una noche, me colé fuera de la mansión justo cuando mi padre y hermano habían salido con los guardias para controlar a la gente y revisar los insumos.
Mi objetivo era la leprosería: una aldea aislada, barricada con láminas y muros de piedra, donde mantienen a los enfermos apartados del exterior. Supe de ella por las constantes noticias sobre la peste… que ha castigado al país durante siglos.
Traje conmigo una nota escrita: “Si quieren un pequeño trabajo a cambio de oro, los veré afuera. Ahora”. La doblé en forma de flecha y la arrojé por encima de los muros: no había guardias, y aunque los enfermos pudieran salir, nadie querría tenerlos cerca.
Me mantuve a una distancia considerable, recargado sobre un árbol y esperando de brazos cruzados. Al cabo de un rato, cinco leprosos cruzaron el portón de madera podrida, cautelosos. Les saludé con las manos en alto para que me notaran y alcé las monedas del bolsillo, para que vieran que no mentía
—¡Oigan! ¡Se las daré si me ayudan! —grité desde la lejanía.
—¿No eres el hijo del marqués Deveraux? ¿Qué quieres? —exigió un leproso, desconfiado.
—¡Quiero que contagien a mi hermano mayor! Les concedo el acceso a mi mansión —indiqué desde lejos.
Se sorprendieron al punto de que sus mejillas mohosas se agrietaron. Era lógico que reaccionaran así; ¿quién querría que su pobre, estúpido y desdichado hermano mayor estuviese enfermo de una cosa diabólica como la lepra? Pero por unas monedas de oro, aceptaron sin cuestionar.
Estando de vuelta en el jardín de mi mansión, tuve que quitarme los zapatos con hebillas plateadas pesadas para arrojarlos por el lateral de la casa y que cayeran en el suelo de piedra. El ruido bastó para llamar la atención de los soldados, quienes seguramente pensaron que el mocoso —yo— se había escapado, y así despejarnos el tramo central. Abrí el portón usando la llave, con cuidado de no hacer ruido, para que no rechinaran las bisagras; manteniendo a los enfermos varios metros detrás de mí y sintiendo el piso frío bajo mis calcetas blancas, que ya comenzaban a ennegrecerse
—Sean silenciosos y no despierten a nadie, para que mi familia no se entere —susurré, ellos asintieron—. Ya habrán regresado de sus asuntos.
Los llevé al interior, casi agachados. Pisar el suelo de mármol estando descalzo congelaba mis pies
—La habitación de mi hermano está en el segundo piso, primera puerta. De todos modos, ronca como un animal; no se perderán —ordené—. En cuanto terminen, los esperaré aquí y les daré las monedas.
—¿Y qué hacemos con sus padres?
—Tengo diferentes planes para ellos.
Me alejé de los enfermos mientras subían por el gran escalón hacia el segundo piso, murmurando entre risas leves.
Cinco minutos después —según marcó el reloj de pared— regresaron aguantando las carcajadas y con las palmas llenas de pus embarrada y limpiándose las comisuras. Deslicé las monedas por el suelo, las recogieron, cubriéndose de sangre; estaban dejando un rastro de porquería por donde pasaban
—Gracias —añadí con una leve sonrisa.
Los leprosos se marcharon por la ventana lateral; los escuché escapar a través de los arbustos. Luego, con una vara larga y un trapo atado en el extremo, limpié los restos de mugre, pus, tierra y sangre que dejaron en el camino y en los picaportes.
Al día siguiente, desayuné junto con mi familia en el gran comedor, con aparente normalidad. Mi hermano masticaba su desayuno como una vaca y mis padres no le llamaban la atención por eso; como es costumbre. Yo tengo que mantener los codos abajo, espalda recta y elegir los cubiertos de plata correctos, o me golpean en la espalda
—Desperté con el camisón lleno de suciedad, la boca me sabe a pus y tierra —se quejó Robert.
Me dio un retortijón en el estómago por el asco, oculté la arcada al toser, pero a su vez, quería reírme. Contuve la mueca al masticar
—Bien que conoces el sabor de la pus y la tierra —comenté, con risa entre dientes—. ¿Acaso limpias los viñedos con la lengua?
Robert, presionando su mandíbula con fuerza y las cejas fruncidas, me arrojó un tenedor a la cabeza; lo esquivé al ladearla
—Deben ser duendes —explicó mi madre desinteresada, sin apartar la mirada del plato lleno.
—Esos son cuentos de hadas, mujer, historias tontas —añadió mi padre, tragando trufas, igual un estúpido cerdo.
—Más tonta tu historia de querer mejorar Cassis teniendo a tu pueblo en tu contra —interrumpí y ladeé los ojos con disgusto.
La cara de mi padre se puso roja del enojo, tan roja como una cereza a punto de estallar por la ira. Azotó ambas manos en la mesa y se fue del comedor lleno de furia. Yo reía mientras comía mis legumbres. Robert apartó la mirada, negándose a admitir que me salí con la mía.
En unas semanas, mi hermano fue incapaz de levantarse de la cama a causa de una fiebre implacable. Según dijo el médico, le crecieron llagas en la lengua, garganta y paladar ocasionadas por fluidos invasivos que llevaron a agraviar su condición.
¿Acaso los leprosos le escupieron en la boca?
Los sirvientes no pudieron administrarle sus medicinas por temor a contagiarse y acabar igual, así que murió al mes siguiente con la primera señal de sarpullidos en sus labios y cuello, inconsciente por su fiebre ardiente.
Ahora fue él quien recibió una marca de fuego.
Sin embargo, durante el entierro, sentí lástima y tristeza por su partida, a pesar de la horrenda persona que era. Mi madre me ha llegado a contar que él me enseñó a hablar y a caminar, también que le gustaba hacerme reír y jugar conmigo cuando yo era pequeño. Es algo que ya no recuerdo. Ambos nos llevábamos nueve años de diferencia. ¿Habrá cambiado su actitud por la sospecha de que yo sea un hijo bastardo?
Saberlo me afectó gravemente, con un constante nudo de culpabilidad en la garganta. Pero no era mi problema que se hubiera convertido en un verdadero cabronazo.
El odio de mi padre aumentó desde que Robert murió. Por ejemplo, cuando yo estudiaba libros de geografía e historia que él me obligaba a leer bajo sus condiciones, no podía desobedecer ni cometer errores en mis apuntes; de lo contrario, me castigaba con una escuadra contra mis dedos y labios, que acababan sangrando y enrojecidos por días. Además, solía regresar borracho cada noche, quejándose por perder a su único heredero. Entraba a mi cuarto pateando la puerta, con tal de acercarse a mí, dormido, para jalarme el cabello, gritarme groserías apestando a alcohol y golpearme con sus puños o el primer objeto que tuviera a la mano.
Ya no podía dormir en paz; tenía que estar despierto en todo momento con una daga en la mano, apuntando a la puerta, preparado por si quería entrar otra vez y que esto fuera peor.
Por eso, quería que él tuviera una muerte silenciosa y horrenda, para no levantar sospechas y que fuera causada por una infección implacable.
Estuve paseando por las calles de mi modesto y humilde pueblo buscando ratas, ya que podían tener garrapatas que portaran la peor enfermedad que casi acaba con Europa... la Peste. Estuve días indagando porque era difícil encontrar a estos animales debido a la enorme cantidad de gatos que rondaban, pero se iluminó mi suerte cuando vi una panadería que tenía un cartel anunciando que cerrarán por días debido a una plaga.
Mi plan sería descubierto si me ofreciera a limpiar, así que me escabullí una noche en que mi padre se encontraba borracho y dormido en su dormitorio; aparentaba una oportunidad perfecta para escapar y alejarme de ellos para siempre, pero Cassis estaría condenada con la presencia del marqués. Los plebeyos no tienen la culpa de su violento carácter y nuestro asunto familiar. Y él sería capaz de buscarme por todo el país. Si me llegara a atrapar, me mataría.
Entré a la panadería a través de la ventana trasera, colocándome un pañuelo que cubriera mi boca y nariz, además de usar guantes de cuero gruesos; no quería ensuciarme. Con un trincho fui matando una por una hasta dar con la que tuviera garrapatas: tan grandes y llenas de sangre que se distinguían a simple vista. Recolecté la rata muerta infectada y otra viva sin los parásitos dentro de un saco de tela y me las llevé a casa.
El siguiente paso fue soltar al animal sano en el cuarto de baño, donde los sirvientes encontrarían las heces y verían a la rata correteando, lo que los distrajo mientras yo ocultaba la rata infectada bajo las capas de cobertores y cerca de la almohada de mi padre. Así los bichos afectarían su piel con rapidez.
Sin embargo, tuve que esperar más de dos años para que mi padre comenzara a mostrar las secuelas graves, porque no empeoraba más allá de las picaduras y ronchas de su cuello y axilas. Habían encontrado la rata muerta en cuestión de días. Y no solo eso: mi madre también había sido infectada por haber cuidado a mi padre, además de compartir la misma cama matrimonial. Yo no quería que tuviera ese destino.
Pero la Peste no tiene cura, y no tuve más remedio que aceptar su inevitable muerte; la culpa golpeaba mi corazón. Las lágrimas se desbordaron al verla en la cama: con picaduras en sus labios y manos.
Al menos, ella se despidió de mí en su lecho de muerte, pero ni siquiera se atrevía a acariciar mi mejilla por temor a traspasarme su malestar. Pero en su mirada, veía mis ojos cansados.
Le dejé crisantemos blancos en su tumba.
Así, a mis diecisiete años, quedé huérfano. Me convertí en el último Deveraux, dueño de mi mansión y marqués de Cassis.
Por fin podía disfrutar de un ambiente de silencio absoluto, paz y serenidad. Comer a solas sin cubiertos golpeándome, y dormir plácidamente, sin la necesidad de tener un cuchillo en la mano con que defenderme. Sin embargo, por alguna razón, ese vacío fue más cruel que la violencia.
Un día, mientras almorzaba con la mente tranquila, las imágenes de mis acciones comenzaron a abrumarse. ¿Yo? ¿Un adolescente cometiendo tales actos atroces? Tuve muchísimo tiempo para arrepentirme y no convertirme en el jinete de la plaga, pero nada me había doblegado. Fue horrible lo que hice para vengarme, y eso me hacía sentir como un monstruo. El pueblo y mis sirvientes sospechan que fui el responsable, ya que soy el único que resultó sano e ileso cuando mi familia fue devastada por las peores enfermedades. Pero sin pruebas sólidas, seguía siendo inocente.
Masticaba mi almuerzo con dificultad debido a las espinas de remordimiento en mi garganta; mis lágrimas se deslizaron por mis mejillas. Mi corazón estaba afligido por el arrepentimiento y la decepción hacia mí mismo.
No voy a justificar lo que me hicieron, pero me volví peor que ellos.
Me pregunto si mi hermano, quien alguna vez fue mi guía, había cambiado su actitud; si alguna vez me habría amado... u odiado para siempre.
Los sirvientes, al verme así, no dudaron en abrazarme para darme consuelo, masajeando mi espalda y cabello. Una leve sonrisa de apoyo que me ancló a este momento
—No es tu culpa —murmuraron con empatía.
Claro que lo es, pero no tengo el valor para decirlo.
Ese sentimiento me carcome el alma, y no tengo a nadie con quien compartirlo, no para librarme de ello, más bien para aceptarlo.
Por lo menos, tuve una opción: ir a la iglesia, el doble de ostentosa que mi mansión. Le pedí al padre que quería confesar mis pecados, sintiéndome como un cordero perdido. Aceptó con amabilidad y me llevó al confesionario. Nos separaba una rejilla, por donde podía ver parte de su rostro. Yo tenía los ojos bien abiertos, indagando los huequitos para asegurarme si podía ver el otro lado con claridad. Él aclaró la garganta, intentando que dejara de inquietarme. Enderecé la postura, respiré hondo y le conté todo lo que había hecho, añadiendo cómo me trataba mi familia, y que yo solo quería lo mejor para el pueblo, pero se negaban a escucharme
—Dios mío —exclamó, visiblemente impactado.
Debió ser una historia tan fuerte, que hasta un padre profanó el nombre de Dios en vano
—Lo sé... soy consciente de que me espera el castigo del infierno cuando muera —susurré, decaído, enterrando mis uñas en el pantalón, sintiendo mi marca del cuervo.
—No, hijo —interrumpió con gentileza—. Debo ser imparcial. Dios es el único que juzga. Tus métodos fueron viles, pero tu familia cargaba crímenes contra todo un pueblo... y contra un niño como tú. Ahora debes buscar un objetivo claro y lleno de luz en tu vida para encontrar el perdón divino. No tienes las manos ensangrentadas, pero sí tu voluntad. Que Dios te acompañe.
—Gracias, padre —abrí la puerta del confesionario al instante, aliviado.
Recorrí el camino de tierra que abarca el barranco de la iglesia al pueblo, con vista al océano. Me detuve con las manos en los bolsillos, observando la costa y el mar. El puerto se encontraba atascado de barcos de guerra, algunos atracados y otros navegando, trabajando al mediodía a pesar del intenso calor.
Recordé las palabras del padre sobre tener un objetivo claro y lleno de luz en mi vida. Solo se me ocurrió una cosa al ver el océano y los navíos: las defensas marítimas de Francia, la Marine Royale.
Claro, eso sería para obtener conocimientos y experiencia.
Mi verdadera meta sería la piratería. De por sí estoy acostumbrado a sus historias... a esa vida llena de aventuras y saqueos que ocultan pasados como el mío, plagados de dolor y heridas abiertas.
El padre dijo que ya tengo la conciencia manchada de sangre, aunque haya sido en defensa propia. ¿Qué diferencia hay entre mis acciones y las de un pirata?
Ya que estaba en el camino oscuro, podría conseguir riquezas de manera rápida y sencilla, con el objetivo de ayudar a Cassis de la única forma que me quedaba, ahora que cargaba con la imagen de asesino inculpado.
Hacer una diferencia notable y eficaz en mi hogar natal… y por donde quiera que vaya.