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Jay tiembla mientras sus piernas le dirigen hacia la vieja iglesia.
Lo sabía, su familia siempre le dijo que el diablo le tentaría con estos pensamientos profanos algún día, con ese deseo que se arrastra por debajo de su piel y le hace sentir mucho calor, con esos sueños que le hacen despertar mojado y con algo en sus pantalones que no debería estar así.
Pero jamás le advirtieron que el Diablo le atacaría con un hombre.
La homosexualidad era un pecado grave, lo sabía mejor que nadie, esas personas eran inicuos y el definitivamente no quería acabar así, no quería estar enfermo.
Sólo que había un pequeño —gran—problema, ahora mismo se encontraba yendo hacia el único lugar en donde podían ayudarlo, pero en donde también se encontraba su tentación.
El problema tenía nombre y apellido: Jake Shim. El nuevo sacerdote que había llegado hace apenas unos meses gracias a que el sacerdote anterior de la iglesia no podía continuar sirviendo a Dios, se descubrió que su hija había tenido un hijo fuera del matrimonio con su actual esposo y aunque ellos ya fueran una familia casi perfecta, el pueblo no perdono “su traición” y manifestaron su desacuerdo, pidiendo que enviaran a alguien para reemplazarlo.
Jay aún siente pena al pasar frente a la casa abandonada del antiguo sacerdote, el hombre y toda su familia tuvieron que irse del pueblo debido al rechazo de las personas.
Regresa a su realidad al llegar a las gigantescas puertas de la iglesia, estaba lloviendo a cántaros así que nadie había asistido hoy, eso le provoca más alivio y con el cuerpo temblando entra en el lugar.
Al final y entre la oscuridad logra ver una silueta, se lamenta el reconocerla tan bien, es el padre Jake.
El hombre se gira y se apresura a caminar hasta llegar a el. —¿Pero qué te ha ocurrido Jay?
Ignorando la pregunta, Jay susurra entre tartamudeos: —Necesito confesarme, he pecado.
Jake no hace más preguntas y señala el confesionario. Cuando Jake está dentro, Jay se permite tomar asiento frente a él.
El confesionario es viejo así que sólo hay un pequeño cuadrado de madera con varios agujeros separándolos, Jay apenas puede ver el rostro de Jake entre la oscuridad, afortunadamente la luz se había ido gracias a la fuerte lluvia y lo más probable es que Jake no le vea tampoco.
—Ave María purísima —. La voz de Jake le trae devuelta de su ensoñación y Jay acomoda mejor sus rodillas sobre la incómoda tabla que apenas tiene un cojín delgado.
—Sin pecado concebida —. Responde.
—Bien, puedes comenzar.
Jay tiene que retener y soltar el aire en sus pulmones al menos unas siete veces, no sabe exactamente si es por su nerviosismo o por la probable hipotermia que va a darle gracias a su ropa mojada.
—El Diablo ha comenzado a confundirme y estoy por caer, no sé qué hacer padre.
—¿Porqué lo dices?
—Estos días... He tenido tantos pensamientos profanos, ellos incluso causaron que le mintiera a mi familia y me han hecho maldecir en varias ocasiones —. Puede notar que el padre está tenso, pero no le preocupa que se lo diga a alguien más, después de todo, si lo hace será sustituido.
—¿Qué clase de pensamientos?
—Pensamientos que implican la
lujuria —. Duda un momento, pero decide decirlo. —Y a un hombre.
Ya que el padre se queda
callado, Jay continúa. —Me lo he imagina—. Se detiene. —No, nos he imaginado en muchas situaciones comprometedoras —. Corrige.
—Lo he soñado, aparece en mi cabeza casi las veinticuatro horas del día y sé que no debería, pero mi mente sigue repitiendo que es atractivo, que tal vez besar sus labios no sería tan malo... Que tener intimidad no sería tan asqueroso.
Se levanta, cansado de estar arrodillado, pero aún así su espalda se curva para seguir estando a la altura del pequeño pedazo de madera. —¿Y sabe qué es lo más jodido? —. Jay quiere reírse al ver los ojos del sacerdote abrirse de sobremanera al escuchar sus palabras, sabe que es un lenguaje vulgar y está prohibido en la casa de Dios.
Cuando Jake niega con la cabeza, Jay toma la palabra. —Que vengo aquí a tratar de reformarme, de cambiar, pero entonces veo su maldita cara y sólo puedo pensar en lo mucho que quiero besarlo y en lo bien que se sentirían sus manos apretando mi cintura hasta dejar marcas en ella, ¿qué me ha hecho?
Jake guarda silencio y le observa con la boca abierta de par en par durante varios segundos, Jay rápidamente pierde la paciencia y camina hasta entrar en el confesionario junto al hombre.
—Jay no puedes estar aquí.
El nombrado se limita a soltar una risita burlona que eriza cada bello en el cuerpo de Jake. —¿Y por qué no? —. Jay ni siquiera lo deja responder, sus manos le toman del rostro y lo atraen más cerca, iniciando un beso.
Al principio es solo Jay quien mueve sus labios, pero Jake termina por ceder y corresponde al beso, tomando el control rápidamente, dejando que su lengua deguste cada pequeño rincón en la garganta del adolescente que acaba de hacer trizas todo su juicio y creencias.
Las manos de Jake toman de la cadera al adolescente y le sube sobre su regazo, Jay suelta un gemido embelesado cuando por fin siente esos largos dedos clavándose en su piel de manera posesiva.
La sotana del sacerdote comienza a mojarse gracias a la ropa empapada de Jay, pero eso no parece importarle, está demasiado ocupado profanando la boca del chico, mordisqueando sus labios mientras se deleita escuchando sus bajos quejidos.
Cuando ambos se alejan
jadeando, ambos quedan con
sus frentes unidas y Jay esboza
una media sonrisa. —Ayúdeme
a dejar de pecar tanto —. Jake
casi tiene un colapso al escuchar
al adolescente, y no por sus
palabras sino por el tono que
utiliza al pronunciarlas.
No parece muy asustado por pecar, al contrario, su sonrisa le indica que está ansioso por más y eso altera su cordura.
Soltando un gruñido ronco, Jake jala sus cabellos y le obliga a separarse de el. —Entonces arrodíllate y comienza a pedir perdón por tus pecados, ruega por Dios mientras adoras al Diablo.
Y Jay sonríe ladino, dejándose caer de rodillas frente al hombre. —Eso haré.
Jake jala bruscamente su sotana hasta hacer que los botones salgan disparados, Jay muerde su labio inferior al ver a Jake comenzando a desabotonar sus pantalones.
Cuando finalmente lo hace y está a punto de bajar sus bóxers, Jay coloca una de sus manos sobre sus dedos, deteniendo sus movimientos. —Deje que yo lo haga.
Su fuerza de voluntad no es tan fuerte como para que logré ignorar su erección necesitada y pueda llevarle la contraria al adolescente, así que asiente y aparta las manos.
Jay observa el prominente bulto durante unos segundos antes de que sus dedos tomen el elástico y comiencen a bajar la última prenda que le separa del pecado.
Su cerebro es un caos, pero ignora cualquier pensamiento coherente y sus manos toman el gran miembro, inicia con movimientos lentos y algo torpes, a medida que escucha los bajos gemidos roncos de Jake su confianza va en aumento, puede sentir las marcadas venas y el líquido preseminal comenzando a humedecer el glande que ya se encuentra algo rojizo, es todo un espectáculo visual que no le genera más que un profundo deseo y excitación.
Cuando su lengua apenas da una pequeña lamida, sus ojos observan a detalle el rostro del mayor, observando perfectamente el momento en el que su atractivo sacerdote por fin pierde el control.
Los dedos de Jake se enredan en sus negros cabellos y le obligan a acercarse aún más al erecto miembro, sin oponer resistencia Jay abre los labios y trata de meter en su boca todo lo que puede, masturbando con sus manos la parte que su boca no pudo tragar.
Contrario a lo que Jay pensaba, Jake embiste su boca de manera lenta, puede sentir como su hombría raspa su garganta, las lágrimas comienzan a acumularse en sus ojos y la saliva resbala por las comisuras de sus labios.
Sus manos descansan sobre su regazo y clava sus uñas en sus muslos, abrumado por las sensaciones que le invaden de golpe mientras observa a Jake a detalle, su mandíbula está apretada y sus ojos cerrados mientras se le escapan gemidos de vez en cuando.
—Estoy por venirme —. El hombre le avisa con dificultad y toma sus cabellos para apartar su boca.
Pero Jay utiliza la poca fuerza que le queda y vuelve a meter el pene dentro de su boca, succionando casi con desespero, cosa que logra sorprender a Jake, pero se recupera rápidamente y continúa embistiendo la boca del adolescente, está vez con algo más de rudeza y rapidez.
Termina de mancillar la inocencia del chico cuando su esencia se derrama dentro de su boca. Observa fascinado como algo del líquido logra resbalar por la barbilla de Jay cuando este se aleja.
Jay aún está en el suelo del confesionario, jadeando, sudado
y con la garganta adolorida, piensa
que se ve como un desastre, pero
aún así Jake le mira con una sonrisa de lado. —¿Quieres ayuda con eso?
Sólo cuando el pregunta, Jay es consciente de que aún tiene una dolorosa erección bajo sus jeans rasgados, está a punto de negar cuando Jake le toma del cinturón para traerlo aún más cerca, metiendo una de sus manos bajo la tela.
—Nghm, no ne-necesito
ayuda —. Balbucea, pero Jake le ignora descaradamente y continúa acariciando su miembro.
Ya que Jay aún sigue en el suelo y Jake continúa sentado en el confesionario, el mayor puede ver a la perfección el rostro del adolescente recostado en el piso mientras se deshace en gemidos necesitados.
Estaba tan necesitado que sólo bastaron un par de tirones a su miembro para que eyaculara. Finalmente la mano de Jake salió de sus pantalones y apartó los cabellos sudados de la frente de Jay con una sonrisita engreída.
Se acercó para dejar un pequeño beso en la frente del adolescente para después acercarse a su oído. —Puedes venir al confesionario cuando quieras, siempre estaré aquí para escuchar tus pecados.