0. Encuentro
Ser el nuevo nunca ha sido fácil, y Satoru tampoco pretendía que lo fuera; sin embargo, mentiría si admitiera que no estaba sufriendo en su nuevo trabajo.
Hace apenas un par de semanas, ha sido trasladado a la escuela técnica para varones Jujutsu, con el fin de impartir clases en la materia de cálculo avanzado, y todo iría de maravilla, de no ser por un pequeño problema con mechones rosados y ojos grandes y brillantes llamado Itadori Yuuji, su más grande tormento y quizás, el primero que ha tenido en su carrera como profesor.
El primer pensamiento que llegó a su mente al observarlo por primera vez, fue que era un chico dulce y amigable, adjetivos que dieron un giro de ciento ochenta grados cuando conoció su verdadera personalidad, la cual contrastaba de forma drástica con su aspecto físico.
De estatura mediana, cuerpo atlético y una sonrisa destellante que haría que cualquiera, a excepción de él, cayera a sus pies.
Tal vez, debió sacar muchas más conclusiones cuando el profesor, que fue despedido, le susurró un ‘cuidado con Itadori.’ ¿Aunque cómo podría haberlo sabido si apenas sabía quién era el director y uno que otro maestro?
“Aquí vamos.” Se anima para hacerle frente a su última clase del día, y también, la que podría arruinárselo.
“¡Satoru!”
“¿Eh?” Aleja su mano del pomo de la puerta de madera, y dirige su atención hacia el adulto a unos pasos de distancia. “¿Yaga?”
“Te dije que debías llamarme Yaga-san o director.”
“Tch.” Conoce a Yaga de hace varios años atrás, pues resulta ser su antiguo tutor, y a pesar de que los años hayan pasado, la confianza -unilateral, al parecer- prevalece.
“Como sea, te reitero que no puedes excluir las tareas que se te exigen dejarles a los chicos.”
“Vamos, Yaga, sabes que yo no enseño de esa manera.”
“Pues tendrás que adaptarte a la metodología de la escuela, porque nosotros no nos adaptaremos a la tuya, de lo contrario, regresarás a tu antiguo trabajo y Suguru Geto será contratado como el nuevo profesor de cálculo.”
“¡¿Ah?! ¿Acaso crees que Suguru es mejor yo?”
“Así es, así que obedece.”
“Oi, eso no es verdad. Pero… volviendo al tema, ya los he acostumbrado a excluirlos de las tareas, no puedo sólo cambiar mi método.”
“Llevas apenas un mes aquí, dudo que se hayan ‘acostumbrado’. Además, eres el profesor más joven de esta institución, estoy seguro que tus alumnos estarán más que de acuerdo con lo que les ordenes.”
Y si bien aquello tal vez sea cierto, no cree que varias páginas con ejercicios sin resolver, que probablemente arruinen la tarde de sus alumnos, contribuyan en su enseñanza y los apeguen a la materia. “Como digas.” Con un puchero en los labios y reacomodando sus gafas oscuras sobre el puente de su nariz, deja solo al adulto e ingresa al salón de clases.
Mientras lo hace, los gritos y las risas bajan su volumen, pero hay una que prevalece y que conoce a la perfección.
“Oh, oh, ya llegó.” Itadori Yuuji. Su maldito tormento, sonriendo desde las últimas sillas, con varios compañeros a su alrededor.
“Buenas tardes con todos.” Saluda, echando una ojeada rápida a cada uno, deteniéndose en el bulto de mechones rosados que lo mira fijamente y sin borrar aquella sonrisa burlona. “Espero que hayan repasado lo de la última clase, porque lamentablemente hay una práctica que deberán resolver.”
“¡¿Qué?!” Mentiría si admitiera que no esperaba esa reacción. “¿No se supone que nos debería avisar con anticipación?”
“Hmm, no lo creo, puesto que ya hemos visto este tema en clase.” Pero, aunque desee disculparse tontamente, no puede permitir que sobrepase el límite de profesor/alumno.
“Que tristeza.” La sonrisa en el rostro de Yuuji se borra, y un ceño fruncido acompañado de unos finos labios rosados, presionados uno contra el otro, la reemplaza.
“¿A qué te refieres, Yuuji?” Ese mocoso no va a avergonzarlo, no esta vez.
“Empezaba a agradarme…”
¿Eh?
“P-por favor, guarden sus cosas y dejen sólo su lapicero sobre la mesa.” ¿Agradarle? ¿Era así como se portaba con alguien que le agradaba? ¿Entonces debía tomar eso como una amenaza? “Iré llamando a cada uno, y necesito que se acerquen para entregarles la práctica.”
Chiba.
Hasegawa.
Hattori.
Ikeda.
Inukai.
Ishikawa.
Itadori.
Después de un par de segundos, y de varios intercambios de palabras con sus amigos, el adolescente se acerca. Sonriente y con las manos dentro de su sudadera gris.
“Sensei.”
“Aquí tienes.” Toma la hoja y la acerca al más bajo. “Espero que te vaya bien.”
“También lo espero.” Los dedos pequeños rozan el papel, pero no lo toman, dejándolo caer al suelo. “Ups. ¿Podría ayudarme? Me lastimé la espalda durante el partido de waterpolo.”
Definitivamente lo ha hecho a propósito, pero ¿qué otra cosa podría hacer más que ayudarlo? “Claro.” Se agacha sobre su silla, bajo la mirada expectante del resto del salón, y ensucia la yema de sus dedos al tomar la hoja. “Aquí tienes.”
“Se lo agradez- oh, lo siento, que torpe soy.”
¿Realmente se comportaría de esta forma tan infantil? “Descuida.” Sonríe forzado, y vuelve a agacharse para tomar el papel, y esta vez, sostiene la muñeca contraria, envolviendo la pequeña mano con la suya y asegurándose de que el papel quede apretado entre su palma.
“Gracias.” Una sonrisa, casi tan falsa como la suya, se dibuja en el rostro del menor.
Por fortuna, era sólo él quién se portaba de esa manera, y aunque no entendía la razón, suponía que, en algún momento de su vida, se cruzaría con algún chico así.
Satoru Gojo no era el típico profesor de números que cualquiera podría imaginar, él no usaba lentes de medida con marco grueso, ni camisas abotonadas hasta su cuello que lo asfixiaran, y su cabello, no estaba rígido por el uso de excesivo gel de peinar.
Contrario a eso, Satoru era alguien atractivo, que incluso podría ser confundido con un modelo. Con apenas veintiocho años de edad, de talla superior al promedio, con un cuerpo bien trabajado y lleno de músculos marcados, pero ocultos por ropa formal, con una piel limpia y tersa, y ojos grandes y del color del cielo, que simulaban dos joyas cada vez que parpadeaba, había sido el responsable de múltiples conquistas y corazones rotos.
Sin embargo, aquí estaba, sufriendo día a día por uno de sus alumnos, quien había decidido -desde la primera vez que lo vio- hacerle la vida imposible.
“Bueno.” Carraspea, ganándose la atención de la mayoría. “El tiempo ha terminado, pasen sus hojas hacia adelante y las recogeré.”
Con maldiciones susurradas y alguno que otro rostro desesperado, sus alumnos obedecen.
“A ver…” Regresa a su escritorio, y lee detenidamente el contenido de la primera práctica. “¿Eh?”
Nada.
“Supongo que…” Pasa la hoja hacia el final y continúa con la siguiente.
Nada.
No, no podía ser.
Las hojas se desparraman entre sus dedos sobre la superficie, y en todas ellas no hay nada más que los ejercicios impresos, por supuesto, sin resolver.
¿Acaso nadie recordaba algo de su clase de la semana pasada?
“¿Qué significa-”
“¿Sabe sensei?” Yuuji. “Dicen que si un alumno reprueba una materia es probablemente porque no ha prestado la suficiente atención o no ha puesto empeño en ella, pero… ¿qué sucede si todo el salón reprueba?”
“Pues… supongo que los alumnos-”
“Nop. Nadie diría eso, nadie se atrevería a culpar a cada uno de los alumnos de su clase, sino que la culpa recaería en el profesor.” No debería dejarlo reírse, no frente a todos, no de él. “Que triste, ¿no?”
“La clase ya ha terminado, pueden retirarse.” Aprieta ambos puños y se pone de pie, reprimiendo sus ganas de tomar un poco de ese cabello rosado y sujetarlo con fuerza. “Ah, y verán sus notas el día de mañana.” Pero, aunque no reaccione al sucio intento de intimidación, no permitirá que el resto se dé cuenta de ello.
De acuerdo, al parecer ese chico había venido a él para complicarle la vida y no se cansaría de hacerlo, y aunque algunas veces había pensado en resignarse y soportarlo hasta el fin del año escolar, tampoco se lo iba a dejar tan fácil.
Necesita poner un alto a su comportamiento, Yuuji es joven, pero a pesar de eso, no tiene nada de inocente ni de frágil ni de algún otro adjetivo bonito para describir a la juventud; pese a eso, tampoco puede tratarlo como lo haría con un adulto, porque lo más probable es que salga perdiendo. Entonces, ¿qué debería hacer? ¿Informarle al director? Yaga no le tiene un gran aprecio y duda mucho que haga algo al respecto, por el contrario, está más que seguro que terminará burlándose de él, acompañado de Shoko y Suguru; además, el chico al cual se estaba enfrentando tenía ‘ángel’ tatuado en el rostro.
Se deja caer sobre el respaldar de su silla, con las manos en la parte posterior de su cabeza, y los ojos fijos en el techo blanco del salón.
Ya no queda ninguno de sus estudiantes, pero aquello no lo hace sentir más cómodo, pues mañana volverá a verlos, o más bien, a verlo.
Luego de aproximadamente una hora, y de revisar a detalle cada uno de los exámenes, y de reafirmar que no hay algún tipo de contenido sobre ellos, a excepción claro, del examen de Yuuji, dónde bobamente había escrito un:
Gigante
idiOta
pendeJo
estúpidO
Él es… ¡Gojo-sensei!
Decide darse un merecido descanso, después de todo, no hay algún examen o tarea adicional por corregir, aunque sí, bastantes por realizar.
Cargando con su celular en su bolsillo, sale del salón y va hacia los baños más cercanos: los de los alumnos.
No hay nadie a su alrededor, así que no habrá problema en hacer uso de ellos, y tampoco es como si estuviera cometiendo un crimen al hacerlo; además, es un tormento tener que cruzar la sala de profesores y soportar la excesiva atención del resto de docentes hacia él, sólo para usar el urinario.
Con un último vistazo hacia todos lados, ingresa, calmado y haciendo el mínimo ruido, pues no tiene prisa y sólo desea refrescar su rostro y lavar sus manos manchadas con la tinta de sus hojas impresas. Y tal y como esperó, no hay nadie allí, o…
“Mhmm.”
Tal vez, lo mejor ahora sea irse, regresar sobre sus pasos y abandonar los baños, de los que no puede hacer uso, pero ¿no deberían estar vacíos?
“¿Por qué querías hacerlo aquí?” ¿Qué? ¿Hacerlo aquí? ¿Acaso esos mocosos estaban…
“Cállate y hazlo más rápido.” Esa voz, conoce esa voz.
Y antes de que pueda procesar la situación, una serie de gemidos provenientes de dos distintas voces, hacen eco en uno de los cubículos. Una de ellas, un poco más aguda, llegando a sonar adolorida, y la otra, ronca y tratando de reprimirse.
¿Realmente estaban teniendo sexo en el maldito baño del colegio?
“Yu-Yuuji, maldición.” Gruñe la segunda voz. “Sigues igual de apretado.”
¿Yuuji?
Yuuji.
Itadori Yuuji.
Su maldita pesadilla.
Já.
La venganza se le estaba presentando mucho antes de lo esperado, y servida en una bandeja de oro, recubierta con diamantes y rubíes.
Hay lloriqueos por parte de Yuuji, pero no siente pena alguna por él, no si el otro sujeto lo está sometiendo y follando a su antojo, por el contrario, es eso lo que necesita para que finalmente pueda trabajar en paz y con libertad. Referente al otro tipo, muy poco le interesa de quien se trate, por ahora, sólo importa que al fin le dará a Itadori Yuuji, su merecido.
Sin detenerse a pensarlo, y a dejar que su moral lo haga sentir culpable y lo aleje de la situación, ingresa al cubículo del costado y cierra la puerta con sigilo. Tampoco es cómo si fuera a ser escuchado con mucha facilidad, ya que los dos mocosos no se han molestado en ser silenciosos desde que comenzaron con su actividad.
Usa la huella dactilar para desbloquear su teléfono y pulsa el ícono de la cámara. Adiós, Yuuji. El aparato comienza con su grabación, y aprovecha su estatura para colocarlo sobre la pared de madera, que separa los baños.
Lo mantiene así por unos minutos, y luego, deja el teléfono sobre el suelo, con la cámara sobresaliendo hacia el otro baño, filmando desde una nueva posición, donde el cuerpo, cabello y rostro sonrojado de su ‘pesadilla’, se aprecia con todo detalle.
Sus párpados se encuentran cerrados, apretándose fuertemente por la dureza de la penetración, su nariz, pequeña y respingada, se arruga y se tiñe de un rosa suave, combinando con el de sus mejillas y frente, donde su cabello se adhiere a ésta, y sus labios, por ratos se entreabren o son atrapados entre sus propios dientes, enrojeciéndolos y dejándolos hinchados.
Con toda sinceridad, es una clase de expresión que nunca creyó presenciar.
“Yuuji…” Mierda. “Voy a… correrme.”
“Mmm.” Sus párpados se abren, y dos brillantes ojos marrones se muestran, idos y cansados, con las pestañas humedecidas por las lágrimas que no han caído de sus ojos. “Hazlo adentro.”
Traga saliva con dificultad al escucharlo, ese tal Yuuji realmente era una…
“¿O prefieres… hacerlo en mi boca?”
“Ahhh.” Una última estocada, y unos dedos gruesos aprietan la piel de las caderas del más bajo, y la ingle del tipo se presiona contra su culo enrojecido, dejando que algunas gotas de semen chorreen por sus muslos. “Maldita sea…”
“Hmm, ¡ah!” Yuuji también se corre, pero claramente ha sido más listo y se ha colocado un condón, evitando hacer un lío en el baño. “Eso fue bueno, ¿no?”
“Debes parar con esta clase de fantasías tuyas, no podemos exponernos a ser expulsados.”
“Tch, si no querías hacerlo, debiste decírmelo y buscaría a otro.”
Wow.
“No te sientas tan especial, Okkotsu-senpai.”
“Eres realmente una puta, ¿no?”
La risa afónica como respuesta de Yuuji, causa algo en su cuerpo. Calor, comezón y…
“Ponte la ropa, ya debemos irnos, y si tenemos algo de suerte, no nos encontraremos con el guardia.”
“Espera… hagámoslo una vez más, ¿sí?”
Con dedos temblorosos, toma su celular del piso, y termina con la grabación. Esos quince minutos serán más que suficientes para que Yuuji acceda a dejarlo en paz, o de lo contrario, todo el colegio, el director y su abuelo se enterarán de la clase de joyita que es.
“Lo haremos en mi casa, ahora vístete que tenemos que irnos.”
“Bruh, está bien.”
No, no. Rayos, no deben salir ahora, no si él sigue aquí. Si es visto por alguno de los dos, será como firmar su renuncia y su ida a la cárcel, pero si sale antes, y sus pasos lo delatan, podría correr el riesgo de que alguno lo escuche y también se lo informe al director.
Entonces, ¿debería irse antes que ellos o esperar a que se vayan?
“¿Qué harás con ese condón?”
“Mmm, será una sorpresa para el conserje.”
Quiere reír, ese Yuuji le recuerda a sus vagos días de secundaria y universidad, aunque claro, él no se dejaba follar por sus amigos, sino que lo hacía con distintas mujeres que corrían como locas hacia su cuerpo, pidiendo por un poco de su atención.
“Aunque la verdad, me encantaría ponerlo sobre el escritorio de Gojo Satoru.” Ese bastardo…
“Que pequeña mierda eres.”
Es ahora o nunca.
Con un leve empujón, abre la puerta del cubículo y da pasos largos hacia la salida.
“¡Estoy listo!”
“Shhh, Yuuji.”
Mierda, mierda.
Ya afuera, corre de vuelta al salón y se encierra. El sudor, proveniente del pequeño esfuerzo físico por correr, o tal vez, por el espectáculo que acaba de presenciar, cae en grandes gotas de su frente y humedece su cabello blanco.
Hace mucho no sentía tanta emoción por hacer alguna actividad, y ahora de repente, el niño que lo odiaba y arruinaba cada uno de sus días, había sido quien le había devuelto esa vitalidad, ese algo que necesitaba para volver a sentirse como el gran Gojo Satoru.