Annie de las Estrellas

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Summary

De niñas, Maya y Lake fueron las mejores amigas, pese a sus muchas diferencias. A los nueve años, sus vidas se cruzaron de forma inesperada con la de un pequeño alienígena perdido, al que ellas bautizaron como 'Annie', con quien compartieron un verano que las cambió para siempre. Diez años después, separadas por sus diferentes caminos de vida, y con aquel recuerdo de su inusual amigo convertido casi en un sueño, Lake y Maya se reencuentran con Annie, ahora inesperadamente convertida en una misteriosa mujer humana que ha vuelto para reconectar con ellas… y quizá para algo más.

Status
Ongoing
Chapters
38
Rating
n/a
Age Rating
16+

01. VERANO DE HACE DIEZ AÑOS (I)

VERANO DE HACE DIEZ AÑOS (I)

En cuanto su maestra de danza dio por terminada la clase de esa tarde, Lake Morrison corrió presurosa hacia los vestidores para cambiarse su leotardo y mallas, por un atuendo mucho más adecuado para sus planes de más tarde: unos jeans, camiseta de mangas cortas, y tenis deportivos.

Clarisa Mathews y la madre de ésta se ofrecieron a llevarla hasta su casa, pero Lake se excusó, explicando que había traído su bicicleta y se vería con una amiga.

Larisa Nichols, Jen Harper y Anita García la invitaron a caminar juntas, e incluso a detenerse a comprar un helado en la tienda de la Sra. Matías, pero rechazó también esa invitación usando el mismo argumento.

No era raro que Lake llegara y se fuera en bicicleta a sus clases de danza, así que nadie cuestionó mucho al respecto.

Una vez cambiada, la niña de nueve años se echó su mochila al hombro, y corrió a la puerta antes que cualquier otro. Se colocó su casco de protección, montó en su bicicleta rosa palo, y pedaleó con fuerza en dirección al sureste por la avenida Principal. Giró sobre la calle Maple poco después, y siguió derecho hacia el este hasta dar con el puente Broad, que cruzaba por encima del ancho río St. Lerwick, cerca del camino que llevaba más adelante a la carretera principal; el sitio exacto en el que había acordado verse con Maya Stuart, su vecina de al lado y, por algún motivo, mejor amiga.

Maya le había propuesto esa mañana ir a atrapar luciérnagas a la orilla del río, que daba además nombre al pueblo. Y aunque no era una actividad que a Lake le interesara de forma particular, usualmente si Maya quería hacer algo, Lake no solía oponerse demasiado. Y eso era particularmente más cierto durante esos días de verano, en los cuales pareciera que en cada ocasión Maya se las arreglaba para llegar con un nuevo plan para ambas. La mayoría resultaban divertidos, otros un tanto extraños, y unos cuantos ya terminaban siendo de entrada peligrosos. No obstante, ninguno era aburrido, eso habría que tenerlo en cuenta.

Todo el recorrido en bicicleta desde el estudio de danza en el centro del pueblo hasta el puente, usualmente le tomaba unos diez minutos a lo mucho. Pero para cuando se subió a su bicicleta, faltaban poco menos de ocho minutos para la hora que había pactado con Maya. Una diferencia insignificante para la mayoría, pero un motivo de alarma para Lake, lo que la llevó a poner más empeño en la segunda mitad de su tramo y compensar ese tiempo.

Al arribar al punto de reunión, estacionó su bicicleta al final del puente, al lado de la lámpara de calle, y se tomó un segundo para recuperar el aliento que la extenuante carrera le había arrancado. Una vez recuperada, rebuscó con su vista alrededor. Había sólo dos vehículos en el estacionamiento de la Cafetería Dolly, al otro lado de la calle. Y en la fábrica de textiles, al otro lado del puente, los trabajadores parecían estar terminando su turno. Escuchó un par de ranas croar desde abajo en el río, y un grupo de tres perros pasó corriendo bastante cerca de ella, sin reparar mucho en su presencia.

Pero no había rastro alguno de su amiga, sin importar a dónde mirase.

Sacó su teléfono y le echó un vistazo a la hora. A pesar de todos sus esfuerzos, igual terminó llegando un minuto tarde; una desgracia en todos sentidos. Pero su amiga aún no había llegado, así que podía ser una desgracia manejable. Por lo que guardó su teléfono, se apoyó contra el póster de luz, y aguardó paciente.

Maya apareció cruzando el puente en su bicicleta… veinte minutos después. Las luces del farol ya se habían encendido, así como las del letrero de neón sobre la cafetería.

La jovencita, también de nueve, y de ondulados cabellos oscuros sujetos en una alta cola de caballo, pedaleó con fuerza en su dirección, dejándose llevar por el impulso en el último tramo, incluso soltando el manubrio y alzando sus brazos al aire como si acabara de cruzar la meta de una carrera. Perdió el control por un segundo, pero lo retomó rápidamente en el último instante, frenando en seco a menos de un metro de donde Lake aguardaba. Ésta la miró, quieta en su sitio, en silencio, y con sus brazos cruzados.

—¡¿Viste eso?! —exclamó Maya con entusiasmo, al tiempo que se retiraba su casco. Una enorme sonrisa de alegría le adornaba el rostro—. Casi derrapó y me mato. ¿El puente está más empinado o qué?

Sólo hasta ese momento, en el que Maya posó su mirada en su amiga, y puso mayor atención a la expresión de su rostro, se percató de que Lake no estaba en lo absoluto feliz.

—¿Qué?

—¿Y todavía lo preguntas? —le respondió, malhumorada—. Dijimos que nos veríamos aquí a las 6:45; 6:45 —repitió poniendo más intensidad en sus palabras.

Maya resopló.

—¿Y? No es tan tarde —se excusó, mientras sacaba su pequeño teléfono del bolsillo de su overol de mezclilla. Echó un rápido vistazo a la pantalla y, evidentemente, lo que vio en ella la hizo reflexionar un poco más, antes de seguir hablando—. Bueno, da igual —respondió al final con voz queda, al tiempo que guardaba discretamente su teléfono de regreso.

—¡¿Cómo que da igual?! —exclamó Lake, indignada por tal comentario.

—De todas formas las luciérnagas salen hasta que anochece, así que estamos a tiempo —concluyó Maya, encogiéndose de hombros.

Y ante la mirada incrédula de Lake, estacionó sin más su bicicleta a lado del poster, atándola a éste con un candado de combinación.

—Estuve esperando aquí sola todo este tiempo —le recriminó Lake, notándosele ansiedad en su voz—. Podrían haberme atropellado, secuestrado, asesinado, comido…

—¿Comido? —inquirió Maya, curiosa, levantando la mirada hacia ella desde el suelo.

—Unos perros pasaron por aquí… y se veían hambrientos…

Maya no pudo evitar soltar una aguda carcajada divertida ante tal comentario. Lake, por su parte, se ruborizó apenada.

—Lo bueno es que sobreviviste —indicó Maya con tono burlón. Se paró en ese momento, y se colgó su mochila, de tamaño considerable, a los hombros—. Vamos, antes de las luciérnagas se duerman.

Y sin esperar alguna confirmación por parte de su amiga, comenzó a andar con paso seguro hacia la ladera a un lado del puente, para bajar en dirección al río. Lake resopló molesta, y la siguió unos pasos detrás, aunque no por ello se había quedado sin cosas que decir.

—¿Por qué siempre haces eso?

—¿Qué cosa?

—Llegar tarde. ¿Por qué si quedamos a una hora no puedes intentar llegar a esa hora? No cinco minutos después; no diez minutos después; ¡y no veinte minutos después! ¡A la hora que acordamos!

—Ya, ya, cálmate —exclamó Maya, comenzando evidentemente a irritarse también—. ¿Qué eres? ¿Reloj alarma?

—Tuve que salir apresurada de mi clase de danza para llegar aquí, ¿sabes? —añadió Lake sin dejar su brazo a torcer. Ambas avanzaban con cuidado por la maleza alta a un lado del río, internándose poco a poco en dirección al bosque circundante de la carretera—. Y tuve además que mentirle a mi madre, diciéndole que sólo iríamos a la heladería.

—Eso debió ser toda una tortura para ti —señaló Maya con sorna.

—Y todo porque tú querías atrapar luciérnagas. Lo menos que pudiste haber hecho por mí es llegar a tiempo.

Maya se detuvo abruptamente, y dejó escapar un pesado suspiro. Se giró de lleno hacia Lake, encarándola de frente, o al menos lo mejor que la media cabeza que su amiga le sacaba en altura se lo permitía.

—Lo siento, ¿está bien? —musitó con voz apagada, y al instante desvió su mirada hacia un lado—. Mi padre llegó temprano.

Ese sólo comentario bastó para que la actitud de Lake diera un giro casi completo. Su cuerpo se estremeció un poco, y su rostro inevitablemente se fue suavizando.

—Oh… —masculló despacio, con un pequeño nudo en la garganta—. ¿Cómo…?

No logró terminar su pregunta, pero Maya igual la comprendió.

—Por la ventana.

—¿Te saliste a escondidas? —exclamó Lake, sobresaltada—. Si sube a tu cuarto y no te ve ahí…

—No pasará nada —indicó Maya, agitando una mano en al aire con indiferencia—. Con suerte tomará un par de cervezas y estará bien dormido para cuando vuelva. En serio, no importa. Vamos por las luciérnagas, ¿quieres?

Lake se limitó a sólo asentir, y ambas reanudaron al instante la caminata por la maleza. Permanecieron calladas por unos tres minutos, antes de que Lake tuviera el valor suficiente para volver a hablar.

—Podrías quedarte a dormir en mi casa hoy, si quieres.

—Estoy bien —recalcó Maya con severidad—. De verdad.

Lake no creía que eso fuera del todo cierto, pero sí que era su manera de decir que no quería hablar de eso. Lake era quizás de las pocas personas fuera de la casa Stuart que conocía la complicada relación que existía entre Maya y su padre. Aunque a veces se preguntaba si en verdad sus padres no escuchaban nunca los gritos que venían de la casa de al lado… o simplemente preferían ignorarlos.

Siguieron avanzando sin decir mucho por un rato, alumbrando el camino con sus linternas cuando la oscuridad se volvió más densa.

Dos niñas de nueve años caminando solas por el río cerca del bosque en la carretera; en cualquier otra parte del mundo de seguro eso sería un escenario impensable. Pero esto era St. Lewrick; el St. Lewrick de hace diez años, además. El clásico pueblo pequeño y tranquilo en donde la gente se toma todo con bastante calma, y en donde nunca pasa nada… hasta que pasa.

Tras unos diez minutos más de caminata, ambas niñas recibieron al fin su recompensa, en la forma de pequeños puntos luminosos que flotaban en el aire unos metros delante de ellas. Maya se detuvo, y le indicó a su acompañante con un movimiento de su mano que apagara la linterna. Ambas lo hicieron, quedando alumbradas sólo por las estrellas, y claro por los pequeños insectos que danzaban delante de ellas, como pequeñas hadas de un cuento.

Se agacharon un poco, hasta casi ocultarse tras la hierba, y así contemplar el espectáculo unos segundos, sin perturbarlo.

—Mira eso —susurró Maya, absorta.

—Es muy bonito —añadió Lake, asintiendo.

—Esos colores… Es como si alguien dibujara con luz en el aire, ¿no te parece?

—Supongo que sí.

Lake en efecto podía ver lo atractivo de la escena ante ellas, pero su entusiasmo era bastante menor al de su amiga. Maya siempre se prestaba más interesada en ese tipo de cosas que veían en la naturaleza, y usualmente replicaba en alguno de sus dibujos. Como los peces saltando contracorriente en el río que vieron hace unos días; o incluso el árbol alcanzado por un árbol que encontraron en otra ocasión, y pasó casi una hora bocetándolo en su bloc.

No sabía qué clase de ilustración pensaba hacer basada en esas luciérnagas, pero estaba segura de que sería hermosa.

Maya comenzó entonces a moverse muy lentamente, temerosa de quizás ahuyentar a los pequeños insectos. Se retiró su mochila de la espalda y la colocó delante de ella, para justo después sacar de su interior un frasco de vidrio grande, con una tapa a la que al parecer le había hecho agujeros. Con una mano desenroscó lentamente la tapa, preparándose para lanzarse al ataque.

—¿Segura que sabes cómo hacerlo? —preguntó Lake, sin ocultar su escepticismo.

—Ni que fueran matemáticas avanzadas —le respondió Maya, un poco hiriente de hecho. Lake se limitó a encogerse de hombros, y le dejó hacer lo que quisiera.

Maya entonces comenzó a avanzar con paso lento, agachada hasta quedar casi a la misma altura de la hierba; el frasco en una mano, y la tapa en la otra. Su mirada era intensa, concentrada en la misión delante de ella. Las luciérnagas continuaban revoloteando en el aire, de momento ignorantes de lo que se les acercaba.

Cuando estuvo a la distancia adecuada, Maya se lanzó hacia un grupo de ellas, extendiendo el frasco y la tapa hacia el frente para así poder atraparlas. Sin embargo, las luciérnagas se movieron rápidamente de posición primero. Y no sólo no pudo atraparlas en el frasco, sino que además la niña terminó tropezándose hacia adelante, cayendo de bruces directo al lodo de la orilla del río.

Las luciérnagas se alejaron asustadas.

Lake, por su parte, no pudo contenerse la pequeña risilla burlona que le nació desde el centro de la pansa, pero sí logró mitigarla lo suficiente para no ser tan grosera ante el fracaso de su amiga.

Maya alzó su cara llena de barro, y contempló con frustración como las luciérnagas se alejaban entre la hierba.

—¡Maldición! —exclamó con molestia, mientras se sentaba y quitaba el lodo de la cara lo mejor que podía.

—Debes tener más cuidado —indicó Lake con ligera sorna, aproximándosele por detrás.

—No todos tenemos los reflejos de una bailarina —le respondió Maya a la defensiva—. ¿Me ayudas o qué?

Le extendió entonces una mano para que la auxiliara a levantarse. A Lake no le agradó mucho la imagen de la mano de su amiga cubierta de lodo, pero eso no la detuvo de hacer lo que le pedía. La tomó con sus dos manos y la jaló para levantarla. La tarea fue un éxito, al menos hasta la mitad de ella, pues cuando Maya ya se estaba poniendo de pie, sus pies resbalaron en el lodo, haciéndola precipitarse de espaldas, e inevitablemente jalando consigo a Lake.

Ambas niñas chillaron, y un instante después cayeron de lleno contra el lodo, siendo ahora Lake a la que le tocó tener su cara contra éste. Se quedaron en silencio unos segundos, pero Maya no tardó en romper dicho silencio con una estridente risa, al tiempo que se agarraba el estómago, aún en el suelo.

Lake no compartía su risa, sino todo lo contrario. Se sentó con molestia, escupió algo de lodo, y se talló el rostro entero con sus manos para intentar limpiárselo.

—¡Lo hiciste apropósito! —gritó furiosa, virándose hacia su amiga.

—No, te juro que no —le respondió Maya entre risas más moderadas.

—¿Y por qué te estás riendo?

—No me estoy… —intentó explicarse Maya, pero otro ataque de risa la hizo callar.

Eso no hizo más que hacer que el enojo de Lake entrara en ebullición.

—¡Eres imposible! —exclamó con fuerza, un instante antes de tomar un manojo de lodo con una mano, y arrojarlo directo a la cara de Maya.

—¡Oye! —exclamó ésta, sorprendida por el repentino ataque. Pero no tardaría mucho en regresárselo, y Lake de regreso. Maya soltaría entonces un intenso grito de guerra, y se lanzaría en contra de ella.

Lake no pudo evitar la embestida de su amiga, y ambas terminarían cayendo al lodo. Las dos niñas comenzaron a forcejear y rodar por el barro, cada una intentando levantarse, pero haciendo que la otra se quedara debajo de alguna forma.

—¡Basta! —gimoteó Lake tras un rato de estar revolcándose en el lodo—. ¡Dije basta!

De alguna forma logró empujar a Maya hacia un lado para quitársela de encima, y justo rodó rápidamente para alejarse de ella. Maya no hizo intento en esa ocasión de volver a someterla, y se limitó a quedarse de espaldas y volver a reír. De nuevo, Lake no parecía compartir su humor.

—Mira lo que hiciste —exclamó Lake malhumorada, mirando casi con horror sus jeans, camiseta y tenis; todos cubiertos de tanto lodo que casi parecían ser de color marrón. Y eso que no veía en esos momentos su propio rostro y cabello.

—Oye, tú empezaste —respondió Maya respirando con agitación, más por la risa que por la pelea.

—No es cierto. ¿Ahora cómo le voy a explicar a mi mamá que me ensucié de esta forma en la heladería?

—No sé. Pero mejor piensa en algo bueno…

Maya no terminó su frase, pues algo captó repentinamente su atención. Un punto brillante sobre ella, que al principio pensó que se trataba de una luciérnaga. Sin embargo, cuando lo miró con más atención, se dio cuenta que era azul, que de hecho no estaba justo sobre ella sino bastante más lejos en el cielo… y se hacía cada vez más grande.

—Oye, ¿qué es eso? —preguntó curiosa, señalando hacia arriba. Lake miró en esa dirección, y no tardó en reparar también en el mismo punto azul, que para esos momentos ya había crecido lo suficiente para casi rivalizar con la luna.

—No lo sé —susurró Lake, dubitativa—. Pero, ¿no parece como si se estuviera…?

Su pregunta también quedó a medias, pues de inmediato fue obvio que sí, justo como lo estaba sospechando, aquella enorme esfera de luz azul se estaba acercando; directo hacia ellas; muy rápido…

—¡Al suelo! —gritó Maya en alerta, y rápidamente se lanzó contra su amiga, haciendo que ambas se agacharan pecho a tierra. Maya instintivamente la cubrió lo mejor que pudo con su cuerpo, y ambas niñas apretaron fuerte los ojos.

Sintieron como aquella esfera azul pasaba sobre ellas, lo suficientemente cerca cómo para ser bañadas por su luz. Lo que fuera, resultó ser también lo suficientemente sólido como para alterar el aire a su paso, y golpear a ambas como una ráfaga de viento que casi las levantó del suelo. Sin embargo, todo duró apenas un segundo, y al instante siguiente siguió de largo. Maya alcanzó a abrir los ojos y alzar su mirada en el momento justo para ver cómo la luz azulada se filtraba entre los árboles cercanos, y un instante después se sintió el retumbar debajo de ellas de algo golpeando el suelo con fuerza.

Maya se quedó totalmente quieta por un rato, mirando azorada en la dirección en la que aquello, sea lo que sea, se había ido. Sólo logró reaccionar cuando Lake comenzó a zarandearse, intentando quitársela de encima.

—Lo siento —pronunció Maya, al tiempo que se retiraba presurosa—. ¿Estás bien?

Lake se sentó, y con ambas manos comenzó a retirarse más lodo que había quedado en su cara tras esa última caída. De seguro hasta tendría que sacárselo de dentro de la nariz, pero de momento su preocupación también se vertía en otra dirección.

—¿Qué fue eso? —preguntó con una mezcla de confusión y miedo.

Maya negó con la cabeza, incapaz de darle cualquier tipo de respuesta… de momento.

—Creo que cayó por allá —indicó con fervor, parándose rápidamente—. Vamos a ver.

—¿Qué? —exclamó Lake, incrédula de haber escuchado bien—. Claro que no. Tenemos que ir y avisarle a un adulto.

—No seas cobarde. ¿Qué es lo peor que podría ser?

Sin esperar la respuesta de su amiga, Maya comenzó a moverse hacia los árboles, alumbrando el camino de nuevo con su lámpara. Lake vaciló un momento, pero al ver que en serio se disponía a ir hacia allá, no tuvo más remedio que ponerse también de pie e ir detrás de ella.

—Espera, Maya —susurró con aprehensión a sus espaldas—. ¿Y qué tal si es un misil teledirigido con explosión retardada, y nosotros nos dirigimos directo a él?

—¿Dónde lees esas cosas? —le respondió Maya, risueña.

Ambas no tardaron en internarse entre los árboles. Y mientras más avanzaban entre estos, el fulgor azul que habían visto anteriormente se volvía más vivido. Aquel resplandor simplemente no parecía natural.

—¿Y si es un OVNI? —sugirió Lake tras un rato, aún más preocupada que antes.

—¿OVNI? —exclamó Maya, soltando una risotada burlona—. Por favor, no digas…

En ese momento, ambas llegaron justo a un pequeño claro del bosque en el cuál, tras pasar los últimos árboles, pudieron ver de dónde emanaba esa luz.

—Tonterías… —añadió Maya totalmente atónita, complementando su frase sin acabar.

Lo que se encontraba ante las dos niñas, era una esfera redonda y perfecta, estacionada justo en el centro del claro, de un material metálico reflejante, que brillaba intensamente con aquella luz propia casi cegadora. Era grande, casi del tamaño de un vehículo pequeño.

Ninguna podía recordar haber visto algo parecido antes.

—Bueno, definitivamente no es un misil —concluyó Maya en voz baja. Y tras unos segundos de reflexión, comenzó a avanzar con cuidado hacia la esfera. Sólo alcanzó a dar dos pasos, antes de que Lake la tomara firmemente del brazo para detenerla.

—¿Qué haces? No te acerques.

—¿Por qué no?

—No sabes lo que es. Aún podría explotar.

—No lo creo —declaró Maya, aunque no sonando del todo segura en realidad—. Debe ser… un satélite secreto del gobierno o algo así.

—Lo qué sea, insisto en que mejor vayamos a buscar a alguien —instó Lake, intentando jalar a su amiga de regreso por donde vinieron, mas Maya se resistió.

—Basta, tú siempre quieres llamar a un adulto para todo.

—¡¿Y eso qué tiene de malo…?!

Algo comenzó a cambiar de pronto. La luz azul del extraño objeto se apagó abruptamente, dejando en su lugar sólo la esfera de superficie brillante, pero no por mucho tiempo. Su superficie comenzó a agitarse, como si enormes gusanos corrieran por debajo de ella. Lake soltó un pequeño chillido asustado, y Maya instintivamente se colocó delante de ella de forma protectora. Las dos se quedaron quietas, observando.

Ante sus ojos incrédulos, la esfera comenzó a deshacerse poco a poco, como si estuviera hecha de miles de piezas de Lego, que una a una se iba separando de la estructura, para simplemente desaparecer en el aire de forma espontánea, hasta que la forma entera de la esfera se esfumó frente a sus ojos como si nunca hubiera estado ahí.

Pero no se había ido sin dejar algo detrás. En el centro justo en el que la esfera había estado hasta hace un segundo, algo reposaba en el suelo. Era una silueta pequeña y oscura, apenas alumbrada por la escasa luz de la luna.

Lake y Maya se miraron la una a la otra. Ninguna dijo nada, pero instintivamente cada una alzó su linterna y apuntó directo en dicha dirección, atreviéndose incluso a dar un par de pasos más hacia la singular figura.

Como habían supuesto en un inicio, aquello tenía la forma de una persona. Era pequeño, como un niño más o menos de un tamaño similar al suyo, de complexión delgada, echado sobre su costado derecho, hecho un ovillo. Pero conforme más lo examinaron, más se dieron cuenta de lo inusual que resultaba en realidad.

No parecía tener ni una sola prenda de ropa encima, y su piel era de un extraño azul oscuro, como los arándanos. Su cabeza estaba totalmente calva, lisa como el resto de su piel. No parecía tener orejas, ni tampoco nariz, pero si dos grandes parpados cerrados, y una pequeña línea más debajo que, quizás, era su boca.

A simple vista, parecía ser un niño durmiendo; un niño desnudo, calvo y de piel azul… pero un niño, aun así.

—¿Y este quién es? —susurró Maya con curiosidad.

—Más bien… ¿qué es? —añadió Lake, desconcertada.

Como si fuera una respuesta a su pregunta, en ese momento el mismo brillo azul que habían visto hace un momento volvió a hacerse presente, pero esta vez emanando del cuerpo del extraño ser delante de ellas. Ambas dieron un paso hacia atrás, pero no pudieron apartar sus miradas del insólito espectáculo: líneas de luz recorrían la piel de aquel niño, como ramificaciones brillosas que se prendían y apagaban, al ritmo de su lenta respiración.

Lake lo relacionaría con ver una lluvia de estrellas en el firmamento, mientras que Lake pensaría más justo en las luciérnagas dibujando caminos de luz en el lienzo nocturno. Como fuera, resultaba algo hermoso de ver.

Ambas se perdieron tanto en aquello, que repararon un poco tarde en que aquel niño había abierto sus parpados, y en esos momentos unos grandes ojos turquesa las miraban desde el suelo.

Lake volvió a chillar en cuanto se percató de esto, y se hizo de nuevo hacia atrás, asustada. Maya se quedó quieta en su sitio, regresándole la mirada al curioso ser. Éste parpadeó una vez con lentitud, y luego soltó con voz queda, casi quebrada:

¿Conpaz banwiz…?

Maya arqueó una ceja confundida, y simplemente le respondió sin más:

—¿Compás qué?